ALEXEI #2
Me retiré lo más dignamente que pude y pedí que me prepararan el baño y ropa limpia.
Era una fiesta de gala, tenía que lucir mi uniforme y mis condecoraciones.
En parte sabía que mi padre tenía razón, mi voluptuosa amante me negaría sus favores si no la compensara.
No nos amamos, nuestra relación se basa en la lujuria y el interés.
Cuando la vi por primera vez en el teatro quedé obnubilado.
Pedí que me la presentaran, pero mis amigos me dijeron que ni un príncipe podía acercarse a una mujer así con las manos vacías.
Así que la noche siguiente hice que le llevaran un inmenso ramo de flores a su camerino con mi tarjeta.
Accedió a verme. Con una mirada de sus ojos de pálido color azul se apoderó de mi voluntad.
Su cabello rubio parece oro puro. Ella misma es como una muñeca de porcelana.
No entiendo cómo de un matrimonio de siervos pudo salir semejante belleza.
Me dio las gracias solemnemente pero no aceptó cenar conmigo.
Naturalmente. Tenía que ganármela. Tres días después le hice llegar una joya con mi invitación formal a cenar en la intimidad.
Aceptó. Bebimos champán francés y demostró tener una resistencia al alcohol superior a la de una mujer.
Hubiera podido venir de francachela conmigo y mis amigos y nos hubiera tumbado a todos.
Me permitió un beso y puso freno a mis deseos.
Se marchó a Moscú con la compañía. Cuando volvió, allí estaba yo esperándola con un regalo especial.
Me llevó a su casa, pequeña pero exquisitamente decorada.
Sus admiradores se portaban bien. Sentimos una intensa atracción mutua.
El beso inicial se convirtió en un desenfreno de los sentidos, nos arrancamos mutuamente la ropa y caímos encima de su cama hundiéndonos sobre los tres colchones.
Fue un festín de la carne liberada. Yo creía saber mucho pero ella me sorprendió con una sabiduría íntima que me llevó a límites que no imaginaba.
Le propuse un trato: sería mi amante exclusiva, nada de retozar a mis espaldas con hombres escogidos por el capricho del momento, ni aunque fuera el zar Nicolás en persona.
Aquello tenía un precio muy alto que acepté.
—Eres muy posesivo, Aliosha —ronroneó.
—Contigo sí, Sonia. Te quiero solo para mí, no estoy dispuesto a aceptarte con las huellas y el sudor de otros en tu cuerpo.
—Pero siempre me baño después, amante mío.
—Ni aun así. Si estás conmigo, estás conmigo. Nada de deslices. Si me traicionas no volverás a verme.
Quedó pensativa. Imaginé que sopesaba los pros y los contras de una relación exclusiva.
—Acepto, Aliosha. Seré solo tuya —me sonrió y se movió encima de mí ligera y suavemente—. ¿Tanto me amas?
Volví apenas de mi arrebato de placer para mirarla mientras me rozaba el pecho con sus uñas cada vez con más fuerza.
—No —logré articular—. No te amo, Sonia.
—Estupendo. Porque yo a ti tampoco.
El agua empezaba a enfriarse y volví de mi abstracción. Mi ayuda de cámara, diligente como de costumbre, había dispuesto todos los accesorios de mi vestimenta para ponérmelos en el menor tiempo posible y con el menor esfuerzo.
Besé la mano de mamá, preciosa con su vestido dorado, y ella me cogió la cara entre sus manos enguantadas.
—Tu padre y yo sólo queremos lo mejor para ti, Aliosha. Eres nuestro orgullo y nuestro futuro.
—Lo sé, mamá —su orgullo y su futuro. Mamá también quería aquel matrimonio.
Me incliné ante Darya y besé su mano. Ella me hizo una reverencia y me miró.
Creí ver un brillo distinto en sus ojos, como si de repente hubiera cobrado conciencia de que voy a ser su marido y me estuviera evaluando.
Por primera vez me pregunté si a ella también la obligaban y sentía el mismo rechazo hacia mí que yo hacia ella.
Eso me hizo preguntarme cómo me vería. Mis amantes siempre me han considerado atractivo.
Pero, ¿eran sinceras? ¿Sonia es sincera o protege sus intereses?
¿Qué valor pueden tener sus palabras amables?
De todas formas Darya no es frívola y no creo que se entretenga en pensamientos banales.
Me miraba calibrándome por dentro, está muy por encima de las cuestiones físicas.
—La veo espléndida, duquesa Darya.
Apenas sonrió. Mi cumplido había sonado forzado y falso.
—No necesita adularme, príncipe Alexei —seguía hablando en voz baja y monótona, pero se expresaba en un francés impecable—. Creí que vendría a la recepción del miércoles.
—Me resultó imposible, señora. ¿No recibió mi nota de disculpa?
—Oh, sí. Pero me sorprendió. Había invitado a Alejandro Pushkin, que nos deleitó con algunos de sus poemas. Creía que usted estaba interesado en la literatura.
Maldije en mi interior. No tenía ni idea de que Pushkin estaría allí, me había imaginado una tediosa reunión en el estilo de Darya, hombres sesudos y damas gazmoñas.
—Lo estoy, duquesa. Le confieso que apenas leo obras en ruso, pero admiro a Pushkin. Es un gran intelectual. No me dijo usted que iba a asistir.
—Comprendo —en un abrir y cerrar de ojos había leído mis pensamientos.
Le pedí un baile, como se suponía que debía hacer.
De nuevo me resultó incómodo bailar con una mujer a la que le llegaba a la barbilla.
Yo no soy precisamente bajo, pero Darya es extremadamente alta, demasiado para una dama.
Y esos pies. Los piececitos de Sonia son diminutos, blancos y menudos como bolitas de mazapán.
Yo se los beso, me meto en la boca sus deditos como si fueran golosinas.
Hacer algo así con Darya estaba fuera de mis planes.
Tampoco creía que ella me lo permitiera en caso de desearlo.
El cuerpo de Sonia es un dulce de azúcar que yo devoro con la glotonería de un niño.
Saboreo cada rincón oculto con un ansia insaciable mientras ella se estremece y se derrite en mi boca.
Miré hacia arriba mientras bailábamos. En la mano con la que sujetaba su cintura sentía la rigidez apretada de su corsé.
Parecía absorta en la música y no bajó los ojos hacia mí en ningún momento.
Emanaba de ella un aroma agradable, perfume francés sin duda.
Sus ropas perfumadas giraban con el baile.
Me imaginé por un momento haciendo con Darya lo que hago con Sonia y casi reí.
Jamás aceptaría semejante demostración de intimidad, que su educación estricta consideraría escandalosa e innombrable.
Dudaba incluso de que supiera de la existencia de tales prácticas.
Tendría que acercarme a ella con mucho cuidado de no mostrar interés más allá del necesario para conseguir engendrar un hijo.
Tendría que pensar en Sonia cada vez que la visitara en sus habitaciones con fines reproductivos. Era desalentador. Era injusto.
Después de reflexionar profundamente intenté llegar a un acuerdo con mi padre. Una mañana en que le vi algo más calmado llamé a la puerta de su despacho.
—Papá, me gustaría hablar contigo —me dejó entrar y señaló un sillón—. Me casaré con Darya como tú deseas. Te obedeceré. Pero antes…
—¿Pero? ¿Vas a poner condiciones?
—No, papá. Solo quería pedirte permiso para emprender un viaje por Europa, como hacen otros jóvenes de la nobleza. Ver un poco de mundo: Francia, Italia, Alemania, Inglaterra. Déjame que pase unos meses, un año, fuera. Deja que viva un poco antes de atarme a mis obligaciones.
—¿Piensas llevarte a esa actriz contigo?
—No. Iré solo, con un séquito reducido. Será un viaje privado.
—Alexei, si quieres mi permiso te pongo dos condiciones: primero, dejarás de ver a tu amante de inmediato. Dejarás de darle dinero, regalarle joyas y mantenerla. Segundo, antes de marcharte te prometerás oficialmente con Darya y a tu vuelta celebraremos la boda.
—¿Volverás a proporcionarme mi asignación?
—Desde ahora mismo. Y pagaré todos tus gastos sean los que sean.
Me quedé serio y pensativo. De la boda no me iba a librar nadie a menos que ocurriera un milagro.
Quería, necesitaba aquel viaje; y si eso suponía renunciar a Sonia, lo haría.
No la amaba. Era una amante complaciente, preciosa, experimentada y cada vez más cara; pero una amante es fácilmente sustituible por otra.
—De acuerdo, papá. Te doy mi palabra de honor de que hoy mismo romperé mi relación con Sonia y de que a mi vuelta me casaré con Darya.
—Alexei, ¿hay algo de lo que aún no me hayas hablado?
—No, papá. No tengo hijos y no he dejado encinta a Sonia, ella tiene sus recursos.
—No necesito saber más.
Le llevé a Sonia una generosa cantidad de dinero que ella recibió con alegría porque cada vez tenía más gastos, las facturas de su modista eran astronómicas.
Me lo agradeció con entusiasmo. Envuelto en su perfume, que no era barato como aseguraba mi padre porque se lo había regalado yo, hundí la cara en la suavidad de sus pechos y la poseí con furia, iba a ser la última vez.
Cuando cesaron los jadeos y gemidos la besé en la boca y se lo dije.
Todavía se estremecía debajo de mi cuerpo pero de repente se quedó fría.
—Lo esperaba. Era cuestión de tiempo. ¿Te lo ha pedido ella? — Ella . Darya.
—No sabe nada de ti.
—No seas ingenuo, Aliosha —no se reía—. Las mujeres sabemos esas cosas, cuándo nuestro hombre tiene a otra. Por muy ignorante que sea tu duquesa, no le cabrá duda de que te entretienes en otro sitio.
—Mi padre.
—¡Ah! Bien. Te deseo lo mejor, Aliosha.
—Y yo a ti, Sonia. Cuídate mucho.
—Como si te importara —parecía a punto de montar una escena que atajé al instante.
—Teníamos un acuerdo. Ese acuerdo se ha roto. Organiza tu vida como te parezca mejor, no te faltarán protectores. No nos debemos nada. Nunca te he amado.
—Yo a ti tampoco.
Me vestí y me marché. Le encargué a mi ayudante que se ocupara de enviar un ramo de flores a Darya. Si íbamos a comprometernos debía tener galanterías con ella.