ALEXEI
Cuando mi padre me anunció que iba a prometerme con Darya Petrovna Smirnova di un grito de frustración.
Esa dama no es de mi agrado en ningún sentido.
No se trata solo de que sea fea, sino de su carácter tristón y apagado.
Extremadamente religiosa, además, rozando el fanatismo.
No puede aportarme ninguna alegría. No puede aportarme nada.
Pero la zarina lo quiere. Pensó en mí como la mejor opción para su favorita y entre mi padre y ellos firmaron mi condena.
No puedo negarme. Estoy atrapado en un compromiso que detesto con una mujer que no me inspira ningún sentimiento.
Nos presentaron en una fiesta. Ella vestía demasiado austeramente, demasiado recatada aunque su vestido estaba confeccionado con telas preciosas.
Me pareció demasiado gris. Insignificante incluso.
Sus ojos azules se fijaron en mí sin alegría y sin ningún interés.
Hablamos de algo, el tiempo, los paseos en la nieve, de nada en definitiva.
Me preguntó por mis acciones de guerra pero parecía más una enfermera que una futura novia obnubilada por un héroe condecorado.
Su tono de voz no es desagradable pero habla en voz muy baja, no es capaz de mantener la atención del interlocutor.
Me va a matar de hastío. Cuando nos casemos, como resulta inevitable, espero que me envíen a combatir lo más lejos posible.
Al menos baila bien, no me pisó con esos enormes pies calzados en raso.
Es más alta que yo, además, delgada y sin formas.
No posee esas curvas voluptuosas que a mí me fascinan.
Las que posee mi amante del momento, Sonia.
Sonia es el reverso de Darya. No tiene pudor, ni falta que le hace.
Se ríe a carcajadas, disfruta del amor y no se contiene en demostrarlo.
No hay un detalle, por muy pequeño que sea, de su cuerpo que no conozca y no haya tocado y besado.
No puedo casarme con Sonia pero la mantendré igual después de la boda.
No seré el primer hombre triste y adecuadamente casado que tiene una amante, o varias.
Papá espera que siente la cabeza con Darya.
Por el contrario, aún me descontrolaré más.
Lo que no entienden nuestros mayores es que obligándonos a casarnos con damas que no nos interesan nos lanzan a los brazos de otras que nos dan algo de vida.
Qué agobio tener una vida pública intachable, una vida privada absolutamente detestable, y otra vida secreta en la que poder disfrutar del cuerpo y del sexo con mujeres a las que no se puede mostrar ni nombrar.
Se espera que tendremos hijos que perpetúen nuestro apellido.
Cuando mi padre habla de hipotéticos nietos le brillan los ojos y a mí se me cae el alma a los pies.
Ese es otro tema, claro. Tener hijos. Es decir, mantener intimidad por obligación con una esposa que no me emociona.
Tendré que emborracharme cada vez que deba visitarla para olvidarme de con quién estoy.
No pude evitar el compromiso nupcial y la fiesta correspondiente.
Cientos de invitados. Darya y su madre, una mujer muy inteligente que se mueve en el círculo más cercano de la zarina Alejandra.
Pero si ha creído que entre su hija y yo va a surgir un amor intenso como ocurrió entre el zar Nicolás y la zarina, se equivoca.
Nuestros emperadores se aman sinceramente y son un ejemplo de felicidad conyugal. Afortunados ellos.
Le he contado mis cuitas a Sonia y no he logrado que se apiade de mí; por el contrario, se ha reído. Ella se quedará conmigo mientras le convenga y siempre y cuando no la atormente con mi vida conyugal. No quiere un amante amargado sino apasionado y divertido. No la culpo.
La miro mientras se acicala para ir al teatro; ella me sonríe a través del espejo.
Sentado en la cama entre las sábanas revueltas me lleno los ojos de ella, de su cuerpo curvilíneo y blanco.
Ese momento tan íntimo me seduce. Ver el agua de rosas resbalando por su piel, oler su perfume y su maquillaje.
Se pone la ropa lentamente para mi deleite.
Es preciosa, descarada y atrevida. Su vida no ha sido fácil.
Es hija de siervos que con fuerza de voluntad ha logrado hacerse un nombre como actriz; no una gran actriz, lo que le falta en talento lo suple con su belleza y desparpajo.
—Aliosha, ¿te gusta mi nuevo vestido?
Me llama familiar y cariñosamente por el diminutivo de mi nombre. Muy pronto apeó la fórmula «príncipe Voronin». No es que no me respete, es que no la intimido. Un príncipe desnudo en sus brazos simplemente es un hombre.
—Precioso, Sonia. ¿Te lo he regalado yo?
—Tú has pagado a la modista —ríe.
—Estás divina y seductora —cierro los ojos y suspiro—. Tengo que marcharme ya.
—Te están esperando tus numerosas obligaciones. Pensé que esta noche vendrías al teatro.
—Imposible. Ojalá pudiera.
Desde las primeras confidencias no he vuelto a hablarle de Darya. Ella tampoco la nombra.
—Te echaré de menos —asegura mientras me besa apasionadamente. Me recorre un escalofrío.
—No es verdad pero me gusta que me lo digas.
—¿No crees que te quiero de verdad, Aliosha?
—No, Sonia. No me quieres. No quieres a nadie excepto a ti misma, y haces bien.
Si yo dejara de proveer a sus necesidades y caprichos no tardaría en sustituirme por otro.
Eso fue algo que le dejé muy claro cuando la convertí en mi amante.
Mientras esté conmigo no aceptaré escarceos ni locuras sentimentales.
Ha tenido muchos admiradores que la invitaban a cenar y le hacían regalos, eso se ha terminado.
No voy a tolerar que se venda por un collar de diamantes.
Si me traiciona la abandonaré, no cogeré sobras de otros, no voy a compartir su bello cuerpo con nadie.
—Eres malo, Aliosha —hace un mohín—. Me has puesto triste y no podré actuar.
—Eso no podemos permitirlo, ¿verdad? Tengo la solución, querida Sonia. Cierra los ojos —me obedece expectante y risueña esperando su regalo. Beso su cuello y los lóbulos de sus orejas y le prendo un par de pendientes de esmeraldas—. Ya puedes abrirlos.
Da un grito al mirarse en el espejo y cae en mis brazos mimosa y juguetona. Me quedaría con ella hasta el amanecer, pero tiene que ir al teatro y yo a una tediosa fiesta.
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—Alexei, ¿sigues viendo a esa actriz de medio pelo y despilfarrando tu dinero con ella?
Me quedo mudo de asombro. Ignoraba que mi padre estuviera al corriente de mi vida íntima. Soy muy discreto, aunque no tanto como imaginaba.
—¿Cómo te has enterado, papá?
—Hijo mío, todo San Petersburgo está al tanto. Hay ojos y oídos por todas partes y yo no soy imbécil.
—¿Lo sabe mamá?
Eso sí me preocupa de verdad, que mi madre se haya enterado. La quiero muchísimo y ella me idolatra. Es una mujer de pensamientos limpios, un ángel que camina sobre la tierra.
—No lo sé. Si ha oído algo fingirá que no ha escuchado. Cree que tú eres un dechado de virtudes porque ella misma lo es.
—Papá, no soy un monje. Tú lo sabes perfectamente. ¿Qué esperabas?
Le cambia la expresión de la cara. No quiero recordarle que me inicié con una mujer mayor, paciente y sabia, que me enseñó todos los secretos del cuerpo femenino, todos los mecanismos del placer.
Una mujer increíble y todavía bella a la que papá recompensó generosamente por convertir a su hijo adolescente y tímido en un hombre.
—¿Qué esperaba? Un hijo respetuoso, para empezar. Una cosa es que no vayas a tu matrimonio como un gazmoño y otra convertido en un libertino.
—No soy un libertino. Sonia es mi amante. He tenido otras y seguiré teniéndolas después de casado porque no pienso pasar el resto de mi vida secándome contemplando el rostro tristón y feo de Darya.
—Si tuvieras unos años menos y no te hubieras destacado en la guerra te daría unos cuantos azotes, Alexei. Me has decepcionado. Darya Petrovna es la mejor criatura del mundo. No te mereces a alguien como ella.
—¡Bien! Rompe mi compromiso. Nos harás un gran favor a ambos.
—¡No! Te vas a casar con ella, me darás nietos, continuarás el nombre de nuestra Casa. Eres un príncipe, Alexei, no puedes hacer lo que quieres sino lo que debes.
—Eso ya lo sé, papá. ¿Pero por qué con ella? Es fea, gris, aburrida.
—La zarina quiere casarla bien. Tiene veintidós años, no puede seguir soltera mucho tiempo más.
Es amable y culta, si te lo propones encontrarás puntos en común con ella.
Será una buena esposa, dedicada a ti como tu madre se ha dedicado a mí.
No sabes lo afortunado que eres porque desperdicias tu juventud con mujeres frívolas que solo están contigo porque les pagas.
¿Cuánto te cuesta esa Sonia? ¿Seguiría a tu lado si dejaras de hacerle regalos?
Darya estará a tu lado cualesquiera que sean tus circunstancias.
Esa es la diferencia entre una esposa y una mantenida vulgar.
Qué mal gusto tienes, hijo mío. Preferir esa plebeya sin raíces a una dama noble, noble en todos los sentidos, por nacimiento y por carácter.
—Escucha, papá…
—¡No! Te vas a casar con Darya Petrovna. Esta será la última vez que hablemos de este asunto. Y, Alexei, te voy a retirar tu asignación mientras sigas con esa actriz o lo que sea. Apáñatelas con tu propio peculio.
—No puedes hacer eso.
—Puedo y lo haré. Ahora ve a prepararte para la fiesta. Apestas a perfume barato.