El secreto de Lady Agnes -3-
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—Hace una mañana espléndida.

Agnes respiró el aire limpio y fresco. Paseaban al paso de sus caballos para poder hablar. Apenas se cruzaban con algún jinete madrugador.

—¿No tienes nada que contarme? Tienes aspecto de haber dormido poco.

—Nos acostamos muy tarde todos, Claudette.

Pero este paseo me sentará bien. Respecto a tu pregunta…

Alexei volvió a proponerme matrimonio, pero sabe que mi respuesta es definitiva.

No quiero que pierda nada por mí, ni que falte a sus obligaciones.

Dime, ¿tú hubieras cometido una locura por amor, sin pensar en las consecuencias?

—Casi lo hice, Agnes. Me casé con Randall en Francia y pusimos a sus padres ante el hecho consumado. Pero conocí a alguien que sí se arriesgó. Se llamaba Florence de Cominges, una gran dama —y Claudette le contó la historia.

—¡Dios mío! Qué mujer tan valiente.

—Valiente y fuerte. Fue ella quien convenció a mi padre de que autorizara mi matrimonio, para que no me escapara con Randall.

—¿Te hubieras escapado con él?

—¿Con diecisiete años y enamorada? Sin dudarlo un segundo. Fue una apuesta muy alta y gané. Pero tú no quieres apostar.

—No. Le amo lo suficiente para renunciar a él.

—Pienso que si le amaras intensamente te daría igual todo. Cariño, no puedes nadar y guardar la ropa. Te arrepentirás cuando sea demasiado tarde y no tenga remedio. Tu padre daría su consentimiento sin pestañear.

—Pero el zar, no. Y aunque él razonara, tendría en contra a la zarina. Lo perdería todo.

—Te ganaría a ti. Le importas tú más que su rango.

—Me importa más Alexei que nada en el mundo.

Por eso renuncio a él. No me siento desgraciada, Claudette.

Hago lo que debo hacer. Si él no estuviera prometido no me lo pensaría.

Pero nos jugamos mucho, él se juega mucho.

Es un príncipe, Claudette, no puede hacer lo que quiere sino lo que debe. Me siento en paz conmigo misma.

—Deseo que esa sensación de paz te dure después de que él se haya ido. Cuando vuelva a San Petersburgo ya no habrá marcha atrás, Agnes. Coge lo que la vida ha puesto en tus manos, querida. No rechaces sus dones.

—Claudette… —se secó los ojos con un pañuelo. Estuvo a punto de contarle la proposición extraña que le había hecho Alexei, pero se calló. Sería su secreto. No podía contárselo a nadie—. Voy a salir a todo galope, ¿me seguirás?

—No —la francesa puso cara de asombro—. No quiero caerme del caballo por alcanzarte. Corre tú, querida, será un placer mirarte. Pero no montes a horcajadas en un lugar público, ni se te ocurra.

—Con una silla de dama es más complicado, pero ya lo hice una vez. Aunque ahora no, tranquila.

Agnes puso al galope su caballo y se perdió entre los árboles.

Claudette siguió al paso sin prisa. No era buena amazona mientras que Agnes era extraordinaria.

Imaginó que se iba a encontrar con Alexei pero no podía hacer nada.

La divisó regresando a ritmo lento. Al verla de cerca comprendió que efectivamente había estado con Alexei, conservaba las huellas de sus besos.

Pero prefirió hacer como que no lo había notado.

—Podrías participar en una carga de húsares, los dejarías a todos atrás.

—Me gusta correr y saltar, me siento libre. En casa, en Escocia, paso horas al aire libre con mi Robert .

—¿Por qué le pusiste Robert a tu caballo?

—En memoria de mi primo. Nos queríamos mucho, se preocupaba por mí. Era un buen chico.

—Cómo se le ocurriría retar a un duelo a mi difunto cuñado, qué absurdo. ¿Seguro que no fue por una mujer?

—No, qué va. Robert nunca hubiera llegado tan lejos por una chica, por mucho que le gustara.

Estaba enamorado pero nunca supe de quién, su secreto murió con él.

Fue un asunto político, Edward ofendió su sentimiento nacionalista y él se sintió agraviado en su alma.

Fue terrible ver cuando llegaron los dos cuerpos al castillo.

Papá y Julius estaban destrozados. Los sepultaron uno al lado del otro.

Supongo que en la otra vida se habrán reconciliado.

Edward también era un chico maravilloso.

—Es horrible, Agnes. Papá me contó que había soñado con veros casados a Edward y a ti.

—Sí, eso parece. El propio Edward me lo dijo. «Dentro de muchos años», aclaró sonriendo. Yo tenía once años y él veintiuno. Robert y él se enzarzaron en una discusión violenta y se insultaron delante de mí.

—¿Por qué se pelearon?

—A Robert no le gustó que Edward me hablara de matrimonio, yo era una niña.

Pero papá dice que no se soportaban y que se pelearon desde el primer momento.

Debían de tener palabras muy fuertes cuando estaban solos.

Al final terminó con ellos muertos antes de tiempo, cuando tenían toda la vida por delante. Qué horriblemente absurdo.

—Querida, olvidemos esa tristeza. No te beneficia.

—No pienso en ellos constantemente, Claudette, sería morboso. ¿Volvemos? Me he saltado el desayuno pero con suerte conseguiré que la cocinera se apiade de mí y me prepare algo. Es una mujer terrible, pondría firme al mismísimo rey.