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La correspondencia entre el príncipe ruso y Agnes pasó desapercibida a los ojos de su padre.
Claudette se había decidido finalmente a interceder por él ante la joven sin darle consejos ni presionarla en un sentido ni en otro.
Encontró a Agnes mejor dispuesta hacia Alexei de lo que había esperado.
En connivencia con ellos logró arreglar un encuentro entre los enamorados a condición de no dejarlos solos.
—Agnes, si te acompaño tú estás bajo mi responsabilidad. No permitiré que te quedes sola con un hombre joven por muy príncipe que sea. No escucharé lo que habléis pero os mantendréis a la vista, y no es negociable.
—Está bien, Claudette. Ya haces mucho por nosotros y no quiero abusar. Gracias.
—Veo que llevas el collar.
—Me gusta ponérmelo, es maravilloso —lo acarició—. Tiene la magia del amor. Y Alexei lo adora, está fascinado por esta joya. Creo que es muy apropiado que lo lleve hoy que vamos a vernos.
—No sabía si accederías.
—Cuando me dijiste que deseaba verme lo pensé mucho, como comprenderás.
Pero cómo negarme si me he enamorado de él.
Nos escribimos regularmente y el amor ha ido creciendo entre nosotros.
¿Te parece una locura, Claudette? ¿Se puede amar a alguien así, tan rápidamente y sin apenas haberle visto?
En sus cartas me ha abierto su corazón y yo le he abierto el mío.
Te debemos este encuentro, sin ti no hubiera sabido cómo salir de casa.
—Tú tienes la excusa de las visitas y paseos, y como vas conmigo puedo organizarlas. Él tiene que escaparse de incógnito.
—Claro —Agnes se apretó las manos, temblando—. Claudette, ¿tú crees que hago mal?
—Cariño, si lo creyera tú y yo no estaríamos en este coche, ni autorizaría ningún disparate.
El carruaje cerrado salió de la ciudad y tomó un camino rodeado de árboles, desviándose hacia un claro donde aguardaba otro coche cerrado corriente, de donde salió Alexei vestido con un traje que no le distinguía de otros jóvenes de su edad.
Abrió la puerta del coche de Claudette y besó las manos de las mujeres.
—Gracias por venir. Agnes, ¿me concedes unos minutos?
La ayudó a bajar y se alejaron lo suficiente para hablar en privado aunque a la vista de Claudette, que se quedó en el coche. Ambos se sentaron sobre un tronco caído.
—Perdona que tenga que recurrir a este subterfugio, no veo de qué otra forma podría hablar contigo sin testigos.
—No importa. Imagino que tampoco te puedes pasear por Londres libremente.
—No. Estoy casi tan prisionero como tú —le sonrió—. Me llevan y me traen. Pero hoy me he escapado. Agnes, tengo muy poco tiempo y mucho que decirte. Escúchame, por favor. Mira, no soy un niño en ningún aspecto de mi vida. He estado en la guerra, he combatido duramente.
—¿En qué guerra, Alexei? Imposible contra Napoleón.
—No, no, querida mía. En el Cáucaso. Era mi obligación con el zar y con mi familia.
—¿Eres hijo del zar de Rusia?
—No —rio despacio—. Su Majestad Imperial Nicolás I no es mi padre.
Pertenezco a una rama lateral de la familia.
Pero le conozco, a él y a la zarina Alejandra.
El zar y mi padre son parientes aunque no muy cercanos.
La zarina no era rusa, sino una princesa prusiana llamada Carlota antes de su matrimonio.
Se convirtió al cristianismo ortodoxo para poder casarse.
—¿Y no le importó?
—No, ¿por qué? Se convirtió en Emperatriz de Todas las Rusias y solo tuvo que cambiar de tradición cristiana, no hacerse turca. Si yo me casara con una dama extranjera, ella también debería convertirse.
—¿Te vas a casar, Alexei? ¿Eso quieres decirme?
Alexei la miró y sus ojos se volvieron opacos. Se pasó una mano por el pelo, con el rostro tenso.
—Agnes. Me he enamorado de ti. Te amo más que a nada ni a nadie en este mundo y te amaré hasta el día de mi muerte. Con quien deseo casarme es contigo.
—¿Pero?
—Antes de emprender este viaje me prometieron con la duquesa Darya Petrovna Smirnova. Es hija de una dama del círculo de la zarina. Nos hemos visto dos veces. No, tres. No nos queremos. Yo desde luego no siento nada por ella.
—¿Ella tampoco siente nada por ti?
—Sería raro. Las veces que hemos hablado ha sido de banalidades. Ella me ha aceptado por mi condición de príncipe. Yo por orden de mi zar.
Agnes apartó los ojos de él para que no la viera llorar.
—No quiero casarme con Darya. Te amo a ti. Y si tú me amas romperé mi compromiso, a ella no le debo nada. Agnes… si tú me amas no habrá obstáculo ni dificultad que me arredre.
—Yo… —apenas podía hablar—. Yo te amo, Alexei. Te amo…
Alexei se arrodilló a sus pies y besó sus manos.
—Amor mío, me das la vida. Teniendo tu amor me enfrentaré a todo y a todos.
—Alexei… ¿qué pasará si rompes tu compromiso?
—Que Su Majestad Imperial montará en cólera, la zarina me odiará y mi padre se avergonzará de mí por haber desobedecido al zar y por haber roto mi promesa, le di mi palabra de honor de que me casaría con la duquesa.
Tal vez me repudie como hijo. Volveré a San Petersburgo, me plantaré delante de ellos y les diré que renuncio a todo por amor.
Después volveré contigo. Si me envían a las fronteras más orientales del Imperio, me escaparé para volver contigo.
¿Tú me aceptarías pobre y sin título, Agnes?
—Yo te aceptaría descalzo y en harapos, Alexei… Pero no puedo permitirlo. No, amor mío, mi amado y dulce Alexei. No permitiré que lo pierdas todo por mí.
—Si me amas, eso da igual.
—Porque te amo no consentiré que te alejes de lo que eres ni que olvides tu deber.
—Me moriré lejos de ti, Agnes.
—Y yo me moriré lejos de ti, Alexei.
—Te lo ruego, no me hagas esto. No me rechaces.
Se abrazaron llorando. Claudette, dentro del coche, se tapó los ojos, conmovida. No oía lo que hablaban pero su actitud era muy elocuente.
—¿Puedo besarte, Agnes?
Agnes inició un movimiento de retroceso, pero mirando los ojos de Alexei volvió a acercarse a él.
Dejó que la besara hasta que se mareó, abrazada a él, sus dedos entre el rubio cabello.
Aprendió cómo corresponderle, el sabor de su boca y de su lengua la hizo estremecerse. Perdieron la noción del tiempo.
—No me alejes de ti, amor mío. Dime que me amarás siempre —susurraba Alexei.
—Te amaré siempre. Mi corazón siempre será tuyo. Tengo que conformarme con eso. Mi Alexei, mi dulce y amado Alexei…
Claudette se inquietó. Ellos parecían haber olvidado que no estaban solos. El príncipe desató los lazos del sombrero de Agnes y se lo quitó, hundiéndole las manos en el cabello. Claudette reaccionó.
El ruido de la puerta del carruaje los volvió a la realidad. Se miraron con los ojos dilatados y temblando.
—Agnes, tenemos que volver. Alteza, por favor. Tengo que llevarla a casa.
—Un momento nada más, Honorable Claudette. Por favor. Agnes, dime que vendrás a la fiesta que organiza Lord Bailey en mi honor, amor mío. Aunque no pueda dedicarte todo mi tiempo al menos te veré llena de luz y de amor. Dime que pensarás en lo que te he pedido y te casarás conmigo.
—Iré a la fiesta. Pero ya tengo tomada mi decisión, Alexei. No te apartaré de tus obligaciones. Seré feliz porque te amo y tú me amas aunque nunca volvamos a vernos.
Se besaron de nuevo desesperadamente y cada uno volvió a su coche. El de Agnes fue el primero en ponerse en marcha.
—¿Qué ha pasado, Agnes? ¿Por qué llorabais los dos?
—Porque no puedo casarme con él exponiéndole al rechazo y a la enemistad de su emperador. Es un príncipe, Claudette, tiene que cumplir con su deber aunque no le guste. No seré yo quien le arruine la vida.
—Pero tú le quieres.
—Mucho. Muchísimo. Por eso no puedo interponerme. Está prometido a una favorita de la zarina. Si rompe el compromiso su padre le maldecirá. Imagina que permito que suceda y llega el día en que me odia por eso. ¿Qué podría hacer conmigo, Claudette? ¿Cuidar el jardín?
—Tal vez ser más feliz y más libre, querida mía. No le dejes marchar.
—Debo hacerlo. Ahora estoy viviendo una historia de amor maravillosa. No la estropearé. Podría no haberle conocido, pero ha ocurrido y me basta para ser feliz y estar agradecida el resto de mi vida.
—Agnes, te equivocas. Estás siendo egoísta, piensas sólo en ti. Le estás condenando a la infelicidad.
—¿Egoísta? —miró a Claudette con los ojos llenos de lágrimas—. Te equivocas. Solo pienso en él, en su vida. Le dejo ir por amor, Claudette.
Claudette movió la cabeza, poco convencida.
—Resiste un poco más, querida —le susurró—. Aún tenemos que hacer un par de visitas. Y seguramente tu príncipe será el plato fuerte de las conversaciones. No les des pie a que murmuren.
Llegaron a la casa de Claudette al mismo tiempo que Randall.
—¡Agnes! Qué sorpresa. ¿De dónde venís?
—De hacer visitas, Agnes tiene que dejarse ver. Va a merendar con nosotros.
—Qué feliz idea. Papá estará encantado de verte, Agnes.
—¿Al final no se fue contigo?
—Pues no, Claudette. Dijo que le dolía el brazo y prefirió quedarse. Pero no te preocupes, ha estado bien atendido.
—No me gusta que papá se quede solo tanto tiempo, Randall. Entremos.
Julius fumaba su pipa leyendo el periódico ante una taza de café. Claudette pidió también café para ella y té para su marido y Agnes.
—Has tenido visita, hija —le dijo a su nuera—. Han venido a verte Eleanor y Charlotte.
—¿Las dos? No las esperaba. Habíamos quedado con ellas mañana. ¿Qué querían?
—Comentar contigo la invitación a la fiesta en honor del príncipe Voronin.
—Ya. Bueno, mañana me dirán lo que sea.
—Va a ser un acontecimiento. Irá toda la Sociedad —Randall parecía contento—. A papá también le han invitado.
—Por supuesto, Randall. Papá es un héroe de guerra. Vamos a tener que hacer muchos preparativos. Sobre todo las mujeres. Estrenar vestidos, elegir aderezos.
—Va a ser una competición —dijo Agnes—, para ver quién va mejor vestida y enjoyada. Estoy empezando a cansarme de esto, qué ganas de volver a Perth.
—Pero Agnes, es un privilegio asistir. Además, el príncipe ha vuelto locas a muchas jovencitas. Más de una estará pensando en ser la más bella para llevarse al príncipe. Vas a estar rodeada de enemigas.
—Randall, no tiene gracia. Ninguna de esas chicas es mi enemiga.
—Ay, bendita ingenuidad. Agnes, te deben de odiar desde que ese apuesto ruso te invitó a un vals. Ya verás cómo todas intentarán ponerse delante de él para que las vea.
—Bueno, que se pongan donde quieran. No me incumbe. Dios, es agotador ese empeño en hacerse notar para encontrar marido. No puedo más.
—Tú no te haces notar, querida, no te inquietes por eso; pero brillas con luz propia y no pasas desapercibida. Imaginad —Randall continuaba con la broma—, que el bueno del príncipe se declara a nuestra Agnes y se casan. Tendríamos una Alteza en la familia y muchas madres furibundas.
—Yo no me voy a casar, primo Randall. Ya se lo he dicho a papá.
—¿En serio? ¿Ni con un príncipe ruso?
—Con nadie. Randall, como broma ya está bien. Déjalo, por favor.
—Perdona, Agnes. No quería molestarte.
—¿Te pasa algo, querida? —Julius la miró fijamente.
—Me duele un poco la cabeza, primo Julius. Me gustaría volver a casa, se ha hecho algo tarde.
—Yo te acompaño —se ofreció Randall.
Le dio el tiempo justo de refrescarse y cambiarse para cenar. Su doncella notó que estaba algo alterada. Agnes le pidió que le preparara un tónico para el dolor de cabeza.
—Tiene usted razón, Katy. Estoy triste y al mismo tiempo feliz.
—Se ha enamorado, Milady.
—Sí…
—Cuánto me alegro por usted, Lady Agnes. ¿Se anunciará pronto el compromiso?
—No, Katy. No se anunciará nunca.
—¡Dios mío! No me diga que se ha enamorado de un hombre casado.
—No está casado. Pero es imposible. Termine ya de abrocharme el vestido, Katy. Si bajo tarde al comedor papá se molestará.
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Tanto el salón como el comedor de ceremonia de Lord Bailey resplandecían. Los invitados eran anunciados a medida que entraban y el noble y su esposa les daban la bienvenida. Alexei, en cuyo honor se celebraba la fiesta, vestía uniforme de gala luciendo todas sus condecoraciones.
Miró a Agnes cuando entró acompañada de su padre.
El vals no se había olvidado y no quiso dar otro tema de conversación que afectara a Agnes.
Lo habían hablado de nuevo y ella definitivamente dio por zanjado el asunto.
Se declararon su amor, pero él volvería a Rusia solo y se casaría con su prometida según lo acordado.
Agnes, con un vestido azul y una diadema de brillantes, también le miró.
Llevaba el collar de perlas azules, una gargantilla y pulseras sobre los guantes blancos largos hasta algo más arriba del codo haciendo juego con la pulsera.
El príncipe y ella intercambiaron los saludos protocolarios de rigor y se sentaron a la mesa a bastante distancia uno de otro.
Alexei bailó con las jóvenes solteras, incluida Agnes.
La música cesó. Se hicieron una reverencia y el príncipe la acompañó a su lugar sin prisa.
—Te pido un matrimonio de corazón, aunque no quede registrado en ningún sitio —le dijo en voz baja—. Sin testigos ni clérigos, solamente tú y yo. Nuestro amor como único testigo. Serás mi esposa en mi alma, Agnes.
Ella, sorprendida, se quedó parada. Alexei, que no quería llamar la atención, aprovechó para coger una copa de champán de la bandeja que llevaba un lacayo y ofrecérsela.
—No debemos cometer ese disparate, Alexei. Te convertirías en bígamo.
—Legalmente, no. Algo así hizo el anterior monarca inglés, ¿no? Lord Bailey me lo contó.
—Fue escandaloso, por cierto.
—Yo no quiero arrastrarte al escándalo, Agnes, Quiero casarme contigo como sea.
—Estás loco, mi amado Alexei.
—Sí, pero loco de amor por ti.
Henry en compañía de Julius y Randall, hablaba con otros invitados. Claudette acudió al rescate.
—Qué bien se os ve juntos, Agnes. ¿Lo has pensado bien?
—Sí, Claudette. No me interpondré en su camino.
—Espero que sepas lo que haces.