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—¿Quién es la dama de las perlas azules?
El joven príncipe Alexei MijailovichVoronin, de visita privada en Inglaterra, se fijó en la debutante que lucía un collar de perlas espectacular.
Su rostro nacarado se iluminaba bajo las múltiples luces.
El príncipe la miró con sus grandes ojos azules brillando.
Ella también le miró de repente, y él sintió el hechizo de aquellos ojos castaños que tan bien casaban con el cabello rubio y la tez muy blanca.
—Lady Agnes Baxter, Alteza.
—¿Podría presentármela, Lord Bailey?
—No conozco personalmente a la dama, pero sí a su padre.
Acompáñeme —se acercaron despacio al grupo formado por Henry, Randall, Claudette y Agnes.
Pese a la discreción de sus movimientos, muchos pares de ojos se fijaron en ellos—.
Querido Henry, permíteme. Su Alteza el príncipe Alexei MijailovichVoronin desea conocerte a ti y a Lady Agnes.
Alteza, Lord Henry Baxter es un antiguo amigo —el saludo entre ellos fue formal y protocolario—.
Agnes, querida, permíteme presentarte a Su Alteza Real AlexeiVoronin.
—A sus pies, honorable dama —Alexei besó su mano.
—Un honor, Alteza –Agnes le hizo una profunda reverencia.
Se expresaban en francés porque el príncipe tenía un conocimiento muy limitado del idioma inglés.
—Los Honorables Randall Wilson y Claudette Wilson.
—Oh. Usted no es inglesa, Dama Claudette.
—Por matrimonio lo soy, Alteza. Antes era francesa.
—Una bella representante de Francia en Inglaterra —dijo galantemente. Randall parpadeó. Alexei volvió a mirar a Agnes y ella le sostuvo la mirada—. Lady Agnes, ¿me concedería el honor del próximo baile?
Agnes consultó su carnet de baile y sonrió tristemente.
—Lo lamento profundamente, Alteza. Tengo todos los bailes reservados.
—¿Todos? Me siento desolado. ¿Me permite el atrevimiento de mirar quiénes me han robado mi dicha esta noche?
Casi sin saber lo que hacía Agnes le dio el cuadernito, que él ojeó.
—¡Oh! Pero tiene los valses libres, Honorable Dama.
—Alteza, las jóvenes debutantes no bailan el vals —intervino Claudette.
—¿No? –se dirigía directamente a Agnes, como si los demás no existieran—. Lady Agnes, si le pido que baile conmigo el próximo vals, ¿me concederá el honor? Nadie entre los presentes se atreverá a cuestionarla.
Agnes no titubeó. Alexei le hizo otra reverencia y la condujo de la mano al centro del salón.
Hubo un movimiento de pies y un susurro apagado que cesó cuando comenzó la música.
Alexei era un experto bailarín y Agnes se movía con gracia, casi flotando.
Cuando él la levantó en el aire se escuchó una exclamación.
—Honorable Dama, esta noche me siento el hombre más feliz y el más desdichado.
—¿Por qué, Alteza?
Alexei suspiró. Agnes comprendió que no se trataba de una pose afectada.
—Me llamo Alexei, dulce Agnes. Contigo solo soy un hombre corriente que ha logrado robarte un vals.
—Alexei. No me lo has robado, yo te lo he concedido.
—Pero hay algo que sí me has robado: mi corazón.
—¿Yo? ¿Cómo podría?
—Con una mirada. ¿Sabes que el amor entra por los ojos? ¿Dónde estabas el año pasado? ¿Por qué te he encontrado tan tarde?
—No te comprendo.
—Yo tampoco comprendo nada. Excepto tu presencia, tu luz envuelta en música. Me voy a morir de amor, Agnes. Baila conmigo todos los valses, no desaparezcas como la Cenicienta.
—No puedo. Uno ya es demasiado. No puedo.
—¿Y en las siguientes recepciones? Lord Bailey va a ofrecer una fiesta en mi honor. Pediré que incluyan tu nombre en la lista de invitados. El tuyo y el de tu padre, por supuesto. Ahora que te he conocido me resisto a separarme de ti.
El vals terminaba. Un nuevo giro en el aire, la reverencia final y la acompañó a su lugar.
Los abanicos de las damas mayores se agitaban, las debutantes miraban a Agnes entre horrorizadas y envidiosas.
Henry, Claudette y Randall parecían tres estatuas.
Alexei no se inmutó. Vio que la francesa no estaba escandalizada, sonreía.
—Lady Agnes, gracias por su gentileza. Dama Claudette, caballeros.
Y se retiró para reunirse con Lord Bailey, que era su anfitrión.
Agnes ya no miraba a Alexei; pero tenía en su retina el rostro perfecto como un camafeo, los grandes ojos azules, el cabello tan rubio que casi parecía blanco.
Enfundado en el vistoso uniforme de gala que le sentaba muy bien y le hacía parecer aún más alto.
Las manos fuertes y cálidas la habían levantado del suelo como si fuera una pluma.
Su voz acariciando sus oídos. Agnes decidió callar y ocultar los sentimientos que le hacía sentir el príncipe.
Randall y Claudette bailaban un vals y vieron al príncipe emparejado con Lady Bailey.
—Como se le ocurra levantar a Sophie del suelo quedará lisiado —susurró Claudette disimulando la risa.
—Eres mala, amor mío. Sophie Bailey tiene treinta años más que él y baila con ella por cortesía.
—Treinta años más y le dobla en peso. Después de haber flotado con Agnes creerá que se está hundiendo en el suelo.
—¿Cuándo te has vuelto tan maledicente, amada esposa?
—Desde que frecuento los bailes, amado esposo. Cuando los caballeros os vais a fumar, las mujeres nos explayamos. Me he enterado de cosas increíbles.
—Ajá. ¿Y son?
—Ah, no. No son para oídos masculinos. Secreto. Tú tampoco me cuentas los chismorreos de tus amigos.
—Nosotros no criticamos, hablamos de política —ella rio ligeramente—. ¿Quieres que te levante como ha hecho el príncipe?
—¿Serás capaz?
—Ya lo verás.
La enlazó por la cintura y levantándola del suelo giró con ella en el aire. Hubo sonrisas y movimientos de extrañeza. Alexei les hizo un gesto de asentimiento. Tras un descanso, el joven ruso se plantó delante de ellos.
—Señor, ¿me permite bailar con la Dama Claudette?
—Si ella acepta lo permito, Alteza.
—Dama Claudette, ¿conoce bien a Lady Agnes Baxter?
—La conozco desde que era una niña, Alteza. Su familia y la de mi esposo mantienen relaciones de amistad desde hace años.
—Sé que peco de indiscreción, pero necesito preguntar si está ya prometida en matrimonio.
—Todavía no. Hoy ha sido su entrada en sociedad y no tardará en ser solicitada. Alteza… yo también seré indiscreta preguntándole qué interés tiene en Agnes.
—Todo, señora. Me ha tocado el corazón.
—Alteza, con todo respeto. Usted volverá a San Petersburgo pronto y Agnes se quedará aquí. Es una niña impresionable que no sabe nada de la vida. No la altere.
—Dama Claudette, no albergo malas intenciones ni deseo seducir a una joven virtuosa y única amparado en mi rango. Sólo quería pedir su ayuda.
—¿En qué puedo ayudarle yo, Alteza?
—Necesito hablar con ella al menos una vez a solas. Si usted accediera a facilitar la entrevista le estaría muy agradecido.
—¿Sabe lo que me está pidiendo?
—Nada deshonroso, señora. Una conversación con la dama que me ha llegado al corazón, siguiendo las normas naturales de la decencia y el decoro. Se lo ruego, pregúntele si accedería a hablar conmigo.
La acompañó a su sitio y se despidió. Henry y Randall dieron la orden de partida, los invitados comenzaban a marcharse y no querían quedarse entre los últimos.
Era ya muy tarde cuando Agnes se acostó. Su doncella, que se había dormido esperándola, se calzó y se arregló el moño. La joven parecía agotada.
—¿Ha disfrutado de la velada, Milady?
—Mucho, Katy. Ha sido maravilloso. Había cientos de invitados, luces por todas partes, una orquesta magnífica.
—¿Cuántos caballeros han caído rendidos a sus pies?
—No exagere, Katy. Suficiente es que no me hayan pisado.
—Miente usted muy mal, Lady Agnes —rio en voz baja—. Estoy segura de que ha roto más de un corazón, y no me sorprende. Bien, le cepillo el cabello y ya podrá meterse en la cama. Dulces sueños, Milady.
—Katy, no soy una niña. No necesito que me arrope, váyase usted también a dormir.