Capítulo 20 / Epílogo Rumbo al Adriático #2
y en su dedo anular la esmeralda imperial de los Comneno capturaba la luz del sol como un talismán que había cumplido su juramento.
La muchacha apoyaba las manos en la barandilla de madera de la proa, contemplando el horizonte infinito con los ojos azul grisáceo anegados en un asombro deslumbrado.
Una sonrisa radiante, hermosa y soberana, de una felicidad tan plena que parecía desafiar al sufrimiento de toda su vida pasada, iluminaba sus facciones.
Marco se acercó despacio por la cubierta de tablones limpios.
El luthier vestía su jubón de cuero castellano y calzones oscuros de montar, con el estuche de las gubias de su padre asegurado a la cintura.
Ya no había en su rostro la sombra de la melancolía que lo había acompañado desde su salida de Castilla; en sus ojos oscuros ardía la serenidad de quien ha encontrado su patria en el único lugar que no puede ser invadido por los tiranos:
en el corazón de la mujer que amaba y en la verdad sagrada de su oficio.
Se colocó a su lado, apoyando los antebrazos sobre la borda de proa, sintiendo la brisa marina azotarle el rostro.
Elena se volvió hacia él despacio.
La luz dorada de la mañana se reflejó en sus pupilas con una ternura infinita.
Alargó su mano derecha —esa mano sabia, curtida por las cuerdas del arpa pero suave como el terciopelo— y la posó sobre la mejilla de Marco, acariciando con la yema del pulgar la cicatriz antigua que el luthier llevaba junto a la comisura de los labios.
—Míralo, Marco… —susurró ella, y su voz tuvo la cadencia de una melodía que flotaba sobre el rumor del agua—.
El mar no tiene rejas de hierro dorado como La Pietà.
No tiene sotanas negras que vigilen las notas, ni senadores que vendan la belleza por ducados de oro.
Se acabaron las sombras, hijo de Toledo. Somos libres.
Marco cubrió la mano de Elena con la suya propia, entrelazando sus dedos con una fuerza cálida y protectora que parecía desafiar a la rotación de los astros.
Sintió el calor de su piel viva, el pulso acompasado de su sangre imperial y la certeza absoluta de que el universo entero no contenía un milagro superior al de aquella muchacha que le sonreía bajo el viento del Adriático.
—Nunca fuiste una prisionera, Elena —dijo Marco con una voz grave, limpia y conmovida, donde el orgullo toledano se desnudó en pura devoción—.
Llevabas la inmensidad de este mar dentro del pecho mucho antes de que yo cruzara las puertas de San Zaccaria.
Yo solo era un hombre que sabía escuchar el lamento de la madera talada.
Pero tú… tú le devolviste la respiración a mi alma.
Marco respiró hondo el aroma a salitre y a sol naciente. Con la mano libre se llevó los dedos al bolsillo de su jubón y extrajo la tira de papel de trapo que había guardado bajo la tortuga de plomo en su taller la primera mañana de su encuentro.
Miró a Elena a los ojos y, sin leer el papel, porque los versos estaban grabados a fuego en las paredes de su corazón, recitó en castellano con esa cadencia sobria, noble y ardiente que su padre le había legado a orillas del Tajo:
«No es la madera quien buscaba el puerto, ni el hierro quien dictaba la sentencia: sobre las aguas de la decadencia hallé tu voz en medio del desierto.
Que calle ya la piedra y el senado, que borre el mar las huellas del tirano: yo soy el mástil firme de tu mano y tú la vela de mi amor salvado».
Elena cerró los ojos por un instante. Dos lágrimas limpias y luminosas resbalaron por sus mejillas sonrosadas por el viento, brillando como perlas líquidas bajo la luz del amanecer.
Abrió los ojos y lo miró con toda la fuerza, con toda la pasión indómita y la entrega absoluta de su ser.
—Bésame, Marco —susurró la muchacha con los labios temblorosos de deseo y de una emoción que quemaba más que cualquier fuego—. Bésame antes de que Venecia desaparezca en el agua. Bésame como se besa a la eternidad.
Marco no esperó un segundo más.
Rodeó la cintura esbelta de Elena con su brazo izquierdo, atrayéndola contra su pecho con una fuerza protectora, apasionada e infinita que abolió de golpe cualquier distancia entre sus cuerpos.
Con la mano derecha le acunó la nuca, hundiendo los dedos en la cascada de sus cabellos castaños que el viento marino arrojaba sobre sus hombros, y bajó sus labios sobre los de ella.
El beso fue una llamarada de vida desatada en medio de la inmensidad del océano.
No hubo en su unión la timidez del primer encuentro frente a las brasas moribundas del palacio sumergido, ni la cautela de los fugitivos que temen el paso de la guardia.
Fue un beso hondo, ardiente, salvaje y soberano, donde la boca de Marco devoró la dulzura salada de los labios de Elena con una sed acumulada durante años de soledad en las orillas castellanas, y donde Elena respondió con una entrega total, abriendo su alma al artesano,
aferrándose a las solapas de su jubón de cuero con ambas manos como si en aquel abrazo encontrara el único cimiento indestructible sobre la faz de la tierra.
En el roce ardiente de sus bocas ardía la sangre de Bizancio y el fuego de Toledo.
Ardían los cinco siglos de silencio del violonchelo negro; ardía la memoria de la madre que la dejó en el torno de La Pietà para que pudiera vivir este instante;