Capítulo 20 / Epílogo Rumbo al Adriático
La última noche en Venecia transcurrió en un silencio limpio, casi reverente, que parecía lavar las heridas abiertas en el cuerpo de piedra de la ciudad.
El viento del norte había terminado de barrer los últimos bancos de niebla hacia las marismas lejanas, dejando un cielo de invierno tachonado de estrellas tan nítidas, frías y brillantes que parecían diamantes clavados sobre una cúpula de terciopelo azabache.
En el muelle privado de la abadía de San Giorgio Maggiore, resguardado de las corrientes de la cuenca por la mole de piedra blanca de la basílica de Palladio, un bergantín mercante de tres palos cabeceaba suavemente sobre la marea en reposo.
Era La Stella dell’Adriatico, una nave de casco negro de roble y arboladura esbelta, con bandera neutral de la República de Ragusa, que cargaba sedas de Damasco, aceite de oliva de Istria y cristales de Murano con rumbo a las islas del mar Jónico y a las costas del sur de España.
A pie de muelle, iluminados por la luz dorada y parpadeante de dos linternas de aceite que los marineros habían encajado en las bitas de amarre, cinco figuras se estrechaban en un círculo que desafiaba a las despedidas vulgares.
Don Antonio Vivaldi no llevaba su peluca de maestro ni el hábito formal de los tribunales.
Vestía su vieja sotana eclesiástica de paño rojo desteñido y una capa gruesa de lana de oveja que le cubría la garganta contra el aire salino.
Aunque su respiración conservaba ese silbido asmático secular, en sus ojos vivaces y hundidos ya no había la angustia del acorralado; había una paz profunda, luminosa y triunfal.
El sacerdote tomó las manos de Marco entre las suyas, apretándolas con sus dedos largos de violinista:
—La madera negra va en buenas manos, Marco de Toledo —dijo Vivaldi con una voz que tembló de emoción sincera—.
Los gobernadores de La Pietà me han concedido esta tarde una dispensa especial para componer una misa solemne en honor a la purificación de la basílica.
Pero te juro por el hábito que llevo que el tema principal del Gloria…
será la melodía que tus gubias y las cuerdas de Elena despertaron en el abismo.
Llévala lejos de estas aguas cerradas, muchacho.
Enséñale a los reinos de Occidente que el árbol que canta con la verdad es más fuerte que todos los imperios de la tierra.
Vivaldi extrajo de los pliegues de su capa un rollo de partituras recién secadas con arena de río y atadas con un lazo de seda verde:
—Es mi último concierto para violonchelo, arpa y cuerda baja en do menor. Lo terminé antes de maitines. Es vuestro. Tocadlo cuando crucéis el estrecho de Mesina y acordaos de este cura loco que casi se queda sin fuelles en la Plaza de San Marcos para abriros la puerta de la gloria.
Marco recibió el manuscrito con una reverencia que rozó la devoción filial, inclinando la cabeza ante el maestro:
—Vuestra música nos salvó la vida, Don Antonio. Y mientras yo viva, no habrá instrumento que salga de mis manos que no lleve grabado en el alma el fuego del Prete Rosso.
A su lado, Carlo Goldoni reía con esa franqueza descarada que iluminaba las noches venecianas. El joven letrado se había enfundado una casaca de viaje azul cobalto y sostenía bajo el brazo un cartapacio atestado de borradores dramáticos:
—¡Ay, Marco! ¡La que nos habéis liado a los poetas!
—bromeó Goldoni, estrechando a Elena en un abrazo fraternal que levantó el vuelo de su mantón—.
Mi profesor de leyes en Padua asegura que el juicio de Malipiero sentará jurisprudencia durante los próximos cien años, pero yo ya he comenzado a escribir una comedia en tres actos para el teatro de San Samuele.
Se titulará El luthier de Castilla y la dama de las aguas.
Os garantizo que el público del Carnaval llorará de risa cuando vea a los soldados de los Diez salir nadando entre calabazas podridas en el puente de la Canonica.
Elena soltó una carcajada cristalina que espantó a las gaviotas dormidas en los aparejos, acariciándole la mejilla al joven dramaturgo:
—Asegúrate de que la actriz que me interprete tenga buen oído para el arpa, Carlo, o volveré desde el fin del mundo para desafinarte las mandolinas en mitad del estreno.
Giovanni Antonio Canaletto se adelantó despacio.
El célebre pintor de vistas no pronunció largos discursos; su arte vivía en la mirada. Extendió hacia Elena una pequeña tabla de madera de nogal de apenas un palmo de longitud, protegida por un paño de lino fino:
—Es para vosotros —dijo Canaletto con su voz pausada y precisa—. La pinté ayer por la tarde desde la punta de la Dogana, mientras el sol se ponía sobre la basílica.
Elena retiró el paño.
La pintura era una miniatura prodigiosa ejecutada al óleo con la técnica de la cámara óptica: mostraba la cuenca de San Marcos bajo la luz del amanecer del Miércoles de Ceniza.
Las aguas reflejaban las cúpulas bizantinas como un espejo de oro líquido, y en el centro exacto de la marea, recortada contra la silueta de los dos pilares de la Piazzetta, una pequeña barca con dos figuras y un violonchelo negro navegaba hacia la inmensidad del horizonte abierto.
—Para que nunca olvidéis cómo os vio la luz de Venecia en la mañana de vuestra libertad —añadió el pintor, apretando la mano de Marco con una lealtad de piedra.
—Jamás lo olvidaremos, Toni —susurró Elena, con los ojos anegados en lágrimas de pura gratitud, guardando la tabla junto al cofre de su linaje.
Desde la pasarela de madera del bergantín, la voz recia del capitán raguseo rompió la magia de la despedida:
—¡Marea alta a favor, señorita! ¡El viento del noroeste salta sobre los bajíos! ¡Tenemos que largar amarras antes de que rompa el alba si queremos librar los bancos de arena de Malamocco!
Battista el Cojo y dos marineros fornidos del arsenal cargaron con cuidado supremo los dos bultos sagrados: la gran arpa doble de Brescia, envuelta en tres capas de sayal impermeable, y el violonchelo negro de Enrico Dandolo, asegurado en su arcón forrado de terciopelo.
Detrás de ellos, Marco cargó los arcones con las herramientas de su padre y la bolsa de cuero que custodiaba los doce rollos de la Restauratio Magna.
Marco y Elena subieron por la pasarela de madera.
Al pisar la cubierta de roble de La Stella dell’Adriatico, los marineros soltaron los cabos de cáñamo de las bitas. Las vergas chirriaron en lo alto; las velas mayores de lona cruda se desplegaron con un chasquido sordo y el viento gélido del invierno infló el velamen con un empuje formidable.
El bergantín se despegó del muelle de San Giorgio, virando con elegancia hacia el canal de la Giudecca.
En la orilla, Vivaldi agitaba su tricornio en el aire con la cabellera roja encendida por la luna, Goldoni saltaba sobre los bolardos gritando vivas al amor libre y Canaletto permanecía erguido con los brazos cruzados,
grabando en su memoria de artista la silueta de la nave que se alejaba hacia la eternidad.
Marco y Elena caminaron juntos hacia la proa del navío.
A medida que el bergantín ganaba velocidad sobre las aguas profundas de la laguna, Venecia comenzó a desplegarse ante ellos como una joya líquida que se disolvía en la distancia.
El amanecer despuntó sobre el horizonte del Adriático con una lentitud majestuosa, derramando sobre las aguas una sinfonía de colores que ningún lienzo humano podría igualar jamás.
El cielo sobre el mar pasó del negro de tinta al añil, luego al violeta de Tiro y finalmente estalló en una franja inmensa de oro viejo, nácar y rosa encendido.
Los primeros rayos del sol naciente golpearon de lleno las agujas góticas y las cúpulas bulbosas de la basílica de San Marcos, encendiéndolas como antorchas doradas que flotaban sobre la superficie de la laguna.
A lo lejos, recortada contra el resplandor de la alborada, la torre del campanile se erguía como un mástil solitario, vigilando el laberinto de techos de teja roja, palacios de mármol y canales dormidos que iban quedando atrás.
Hacia el norte, más allá de las marismas de Torcello y de los arenales del Lido, la cordillera colosal de los Alpes julianos y las cumbres nevadas de los Dolomitas se recortaban contra el azul del cielo con una pureza sobrecogedora, tiñéndose de púrpura bajo la luz del nuevo día,
reflejadas en el agua tranquila como una muralla de cristal de roca que despedía a los viajeros.
El aire que entraba por la amura de estribor ya no era el miasma estancado y húmedo de los canales estrechos de Castello.
Era el aire del mar abierto: un viento puro, gélido, potente y salobre que olía a salitre virgen, a algas marinas recién batidas por las olas y a una libertad tan vasta, tan limpia y desmedida que llenaba el pecho con la fuerza de un renacimiento.
El bergantín cruzó las bocas de puerto de Malamocco.
Al franquear la hilera de briccole de roble que marcaban el límite de las aguas territoriales de la República, la nave cortó la primera gran ola del mar abierto.
El casco de roble cabeceó con una oscilación profunda y elástica; un penacho de espuma blanca y cristalina saltó sobre la roda de proa, rociando las tablas con un rocío salado que brilló bajo los rayos del sol como una lluvia de diamantes líquidos.
Habían dejado atrás la laguna. Estaban en el Mar Adriático.
Frente a ellos no había murallas de piedra de Istria, ni decretos del Consejo de los Diez, ni prisiones bajo el plomo, ni bocas de león alimentadas por la delación y el miedo.
Solo se extendía la inmensidad infinita de un mar azul cobalto que se abría hacia las costas luminosas de Grecia, hacia los puertos templados del sur de Italia y hacia las tierras lejanas de España,
donde el Tajo seguía corriendo bajo los puentes de Toledo esperando la música de los hombres que no se doblegan.
Elena se había despojado del mantón de lana oscura.
Llevaba una túnica sencilla de seda cruda que ondeaba al viento de la mañana, ajustada a la cintura por una cinta carmesí.
Su cabello castaño claro, libre de cofias y de horquillas monásticas, flotaba en cascadas doradas alrededor de sus hombros; en su pecho, el relicario de los Dandolo resplandecía con la pureza de la plata limpia,