Capítulo 19 La caída del Inquisidor #2
Bernardo Gradenigo desenrolló un pliego de pergamino encerado con el sello de los tres magistrados supremos y leyó la condena con la frialdad de un martillo golpeando sobre una yunque:
—Por el voto unánime de los Avogadori de Comùn, con la ratificación del Consejo de los Cuarenta y la venia de Su Serenidad el Dux:
»Se declara a Alvise Malipiero culpable de alta traición a la República, asesinato premeditado de patricios del Senado, sacrilegio mayor con uso de pólvora en la Basílica de San Marcos, concusión continuada y falso testimonio ante la Inquisición de Estado.
»En virtud de lo cual se decreta:
»Primero: La pena de reclusión perpetua e incomunicada en las mazmorras de los Pozzi, en la cota más baja bajo el nivel del agua del canal de las Prisiones, sin acceso a luz solar ni a correspondencia de hombres.
»Segundo: La damnatio memoriae total y absoluta.
El nombre de Alvise Malipiero será raspado a cuchillo de todos los registros del Libro d’Oro de la nobleza veneciana; su blasón de armas será quebrado públicamente por el verdugo de la Señoría entre las dos columnas de la Piazzetta y sus bienes presentes y futuros confiscados a perpetuidad en
beneficio del erario público y del Ospedale della Pietà.
»Tercero: Queda revocada cualquier condena, proscripción o infamia contra la memoria de la ilustrísima Casa de Dandolo, reconociéndose a doña Elena Dandolo como heredera legítima de todos los derechos de sangre de su estirpe.
»Dese cumplimiento en el acto».
El silencio que siguió a la lectura de la sentencia fue sobrecogedor.
Alvise Malipiero se quedó petrificado en medio de la sala.
La condena no era solo la cárcel; era la aniquilación absoluta de su propia existencia.
El hombre que se creía el dedo ejecutor de Dios, el que había soñado con un imperio eterno gobernado por su voluntad inflexible, veía cómo su nombre era borrado de las piedras de la historia como si jamás hubiera respirado sobre la tierra.
Sus piernas temblaron bajo la camisola de reo. Cayó de rodillas sobre el mármol, sacudiendo los brazos engrilletados hacia el estrado con un chillido enloquecido que resonó contra las vigas del techo:
—¡Malditos seáis todos! —aullaba Malipiero, con la saliva goteando de sus labios pálidos y los ojos inyectados en sangre—. ¡Yo era Venecia! ¡Yo era la última muralla contra la herejía! ¡Esta ciudad se hundirá en el mar sin mi mano! ¡Os ahogaréis en vuestra propia marea…!
Dos guardias cívicos lo agarraron por los hombros, levantándolo del suelo como a un guiñapo roto, y lo arrastraron a través de la gran puerta de bronce hacia las escaleras sombrías que descendían a los fosos de las Prigioni Nuove.
El eco de sus maldiciones histéricas se fue apagando por los corredores de piedra, hasta que el portazo de hierro de los calabozos subterráneos selló su destino para siempre en la oscuridad.
El «Incorruptible» había caído. Su máscara de cera se había disuelto en las aguas de la verdad.
En el estrado ducal, el anciano Dux Mocenigo descendió dos peldaños hacia Elena Dandolo. Con una cortesía paternal y regia, tomó la mano de la joven patricia:
—Doña Elena… la República tiene una deuda impagable con vuestra estirpe.
El Senado pone a vuestra disposición el palacio de vuestros mayores en San Polo, una asignación anual de cuatro mil ducados de oro de la hacienda ducal y el derecho a elegir consorte entre los patricios más encumbrados de este reino para presidir las damas de la corte.
Venecia os devuelve vuestro trono.
Elena miró al Dux a los ojos. En su rostro no había vanidad, ni rencor, ni deslumbramiento ante las promesas del oro cortesano.
Esbozó una media sonrisa luminosa, serena y libre, y con un ademán de una elegancia exquisita, declinó la oferta con una reverencia suave:
—Agradezco la piedad y la justicia de Su Serenidad y del ilustre Senado.
Pero el linaje de Enrico Dandolo no nació para ser una joya dorada en los salones de una corte que gasta sus días en la desconfianza.
Mi herencia no está en los ducados ni en los palacios de mármol; está en la música que aprendí en las vigas frías de La Pietà y en la libertad que ningún tribunal puede comprar.
Acepto la limpieza del nombre de mis padres…
pero mi patria está más allá de las bocas del puerto.
Elena se volvió despacio hacia Marco de Toledo.
El luthier toledano permanecía junto al violonchelo negro, con la bolsa de cuero de la Restauratio Magna sujeta en la mano, mirándola con una devoción tan limpia, tan honda y orgullosa, que la muchacha sintió que el mundo entero cabía en el espacio que separaba sus miradas.
Marco dio un paso hacia el estrado y se dirigió a Canaletto y a Vivaldi:
—Los manuscritos de la Restauratio Magna contienen secretos de ingeniería que pertenecen a la salvaguarda de esta laguna.
Entregamos a don Giovanni Antonio Canaletto los planos de cimentación y los cálculos de las esclusas acústicas para que los arquitectos honestos mantengan a flote esta basílica contra las mareas del nuevo siglo.
Pero los tratados alquímicos… las fórmulas de la transmutación y del fuego supremo…
viajarán con nosotros. Ningún hombre en Europa debe volver a tener la tentación de usarlos para levantar imperios de sangre.
Canaletto asintió con gravedad solemne, recibiendo de manos de Marco el cartapacio con los diagramas arquitectónicos:
—Custodiaré estas piedras con mis pinceles y con mi vida, Marco. Mientras la luz brille sobre el Gran Canal, nadie olvidará que un artesano de Toledo y una arpista de Bizancio salvaron el corazón de la Serenísima.
Vivaldi tosió con fuerza, secándose los ojos con un pañuelo de seda desteñida, y rodeó a ambos jóvenes con sus brazos huesudos con un afecto que quebró toda la solemnidad del Senado:
—¡Que el mar os sea leve, hijos míos! —dijo el cura rojo con la voz temblorosa de emoción—.
Llevad esa madera negra lejos de estos canales podridos.
Haced que ese violonchelo y esa arpa canten donde el aire sea puro y donde ningún inquisidor pueda envenenar el alma de los instrumentos.
Y no olvidéis que el mejor concierto de mi vida…
fue el que toqué en el agua para abriros la puerta de la libertad.
Afuera, las campanas de San Marcos dejaron caer sus tañidos graves sobre la laguna.
La tarde del Miércoles de Ceniza comenzaba a teñir las aguas del Molo de un oro líquido y sereno.
La justicia estaba cumplida; los tiranos habían sido barridos por la marea y la verdad descansaba en manos puras.
Marco de Toledo y Elena Dandolo descendieron por la escalinata de los Gigantes del Palacio Ducal hacia el embarcadero de San Marcos, tomados de la mano, listos para emprender el último viaje hacia el horizonte abierto del mar Adriático.