Capítulo 19 La caída del Inquisidor
El mediodía del Miércoles de Ceniza de 1730 no olía a fiesta ni a incienso de convento; olía al polvo seco de los códices abiertos y a la severidad implacable de la ley veneciana cuando el engaño se desmorona a la vista de todos.
En el interior del Palacio Ducal, la Sala del Maggior Consiglio —la cámara parlamentaria más colosal de la cristiandad, con sus cincuenta y cuatro metros de longitud bajo el techo artesonado de oro y el fresco monumental de El Paraíso de Tintoretto— acogía una sesión extraordinaria que la República
no presenciaba desde las conspiraciones del siglo anterior.
Doscientos senadores ataviados con togas de seda carmesí y estolas de terciopelo negro abarrotaban las bancadas de nogal, mientras en el estrado superior, bajo el dosel ducal flanqueado por los estandartes del león de San Marcos,
el anciano Dux Alvise Mocenigo III presidía el tribunal junto a los tres Avogadori de Comùn.
En el centro de la sala, sobre el pavimento de mármol enlosado en damero, Marco de Toledo y Elena Dandolo permanecían de pie junto al estrado de los testigos.
A su lado, Don Antonio Vivaldi, con una sotana limpia de paño fino y la peluca corta peinada con dignidad sacerdotal, sostenía en las manos un legajo de actas corales de La Pietà;
Carlo Goldoni exhibía una pila de cuadernos con sellos de la cancillería de Padua y Giovanni Antonio Canaletto mantenía desplegados sobre una mesa baja los planos milimétricos de las cimentaciones de la basílica.
Sobre un atril de hierro descansaban los dos cuerpos del delito que habían convulsionado a la ciudad: el gran violonchelo negro de madera bizantina y el arpa doble de Brescia, custodiados por dos alabarderos de la guardia cívica que mantenían las armas en reposo.
Un silencio sepulcral, denso como el plomo de los tejados, cayó sobre el hemiciclo cuando las dos pesadas puertas de bronce del fondo se abrieron de par en par.
Seis soldados de la guardia del Dux escoltaron al prisionero hasta la barra de acusación.
Alvise Malipiero ya no vestía el hábito de paño negro con el que fingía su beatitud de asceta, ni llevaba la vara de plata de los Procuradores de San Marcos.
Le habían despojado de la sotana y del manteo eclesiástico; vestía únicamente una camisola de lino burdo de color ceniza, manchada por el lodo de los canales subterráneos,
y unos calzones desgarrados sobre piernas desnudas que mostraban las marcas moradas de los grilletes de hierro dulce que le aprisionaban las muñecas y los tobillos.
Tenía la cabeza calva descubierta, la barba entrecana manchada de salitre y los ojos hundidos en cuencas oscuras que evitaban la mirada de sus antiguos pares del Senado.
Sin embargo, en la comisura de sus labios finos aún flotaba una crispación de soberbia herida, el último estertor de un tirano que se resiste a aceptar que la historia ha continuado su curso sin su permiso.
El Avogadore mayor, el senador Bernardo Gradenigo, se puso en pie en el estrado y golpeó la mesa de nogal con la vara de justicia de oro.
—Que comience la lectura de cargos contra el ciudadano Alvise Malipiero, otrora Procurador de San Marcos y miembro del Consejo de los Diez —dictaminó Gradenigo con una voz que resonó bajo el lienzo de Tintoretto como la sentencia de un patriarca bíblico—. Hable el letrado de la acusación pública.
Carlo Goldoni dio tres pasos al frente sobre el mármol, ajustándose la gorguera blanca de su título de leyes.
El joven dramaturgo había abandonado por completo la máscara y el bastón de comediante; su porte era el de un jurista implacable que dominaba los códigos de la República con la precisión de un cirujano:
—Ilustrísimo Dux, venerables senadores del Maggior Consiglio —comenzó Goldoni, alzando un fajo de cartas con sellos de lacre descolorido y cintas notariales rotas—.
Comparezco ante este tribunal para demostrar que el hombre que durante una década se hizo llamar «El Incorruptible», el que predicaba la castidad y el ayuno desde los púlpitos de Castello mientras ordenaba detenciones secretas a media noche, no era el guardián de la fe ni el servidor de la ley.
Era un asesino, un conspirador sacrílego y un ladrón que utilizó las bocas de león de esta ciudad para extorsionar a la nobleza y devorar el honor de los linajes fundadores de la patria.
Goldoni depositó el primer documento sobre la mesa de los jueces:
—Presento ante esta sala el inventario notarial incautado esta misma mañana en la residencia privada de Alvise Malipiero en San Polo por los alguaciles cívicos.
Tras los paneles falsos de su oratorio privado no había reliquias de santos ni libros de horas: había cuatrocientos mil ducados de oro en letras de cambio de los bancos de Ámsterdam y Génova,
producto de la extorsión sistemática a más de veinte familias patricias a las que amenazó con procesos secretos de herejía.
Un clamor sordo y colérico de murmullos sacudió las bancadas del Senado. Varios ancianos patricios se pusieron en pie, señalando al prisionero con dedos temblorosos: «¡Traidor! ¡Falso santo!».
Goldoni no se detuvo. Desplegó un segundo pergamino sellado con el plomo ducal de 1711:
—Y presento la confesión firmada del boticario imperial de San Moisè, extraída de los archivos secretos de los Diez.
En ella se detalla cómo Alvise Malipiero suministró cicuta y arsénico blanco al cocinero del senador Alvise Dandolo para provocar su muerte súbita en los Piombi,
con el único propósito de declarar extinta la rama mayor de la casa de Dandolo y confiscar sus palacios para buscar la entrada a las criptas bizantinas de San Marcos.
Malipiero alzó la cabeza de golpe, con los ojos desorbitados por una llamarada de odio hacia el joven letrado:
—¡Ese proceso era secreto de Estado! —aulló el reo con la voz desgarrada, sacudiendo los grilletes con un estrépito metálico que hizo retroceder a los soldados—.
¡Alvise Dandolo conspiraba con los griegos para entregar la laguna a los cismáticos de Oriente!
¡Yo salvé a la República del contagio de la herejía!
¡Tenía la autorización del tribunal supremo!
—¡No teníais ninguna autorización, Malipiero! —intervino la voz atronadora de Giovanni Antonio Canaletto, avanzando hacia el estrado con sus dibujos arquitectónicos—. ¡Teníais la codicia de un ladrón de tumbas!
Canaletto extendió ante el Dux los bocetos a carboncillo y las muestras de mortero quemado:
—Estas son las marcas de las barrenas de mina y los restos de pólvora negra recogidos hace cuatro horas en el baptisterio de San Marcos.
El señor Inquisidor no dudó en dinamitar las losas de mármol de Verona de seiscientos años de antigüedad y perforar los arcos torales del crucero sur, arriesgando el derrumbe de la cúpula mayor de la basílica,
solo para forzar las esclusas hidráulicas de Enrico Dandolo y apoderarse de los tratados de la Restauratio Magna.
¡Ha profanado el templo sagrado del apóstol como un salteador de caminos turco!
Don Antonio Vivaldi dio un paso adelante, alzando la mano sacerdotal con un ademán tajante que impuso silencio en la sala:
—Y para encubrir su sacrilegio —proclamó Vivaldi con su voz rota por el asma pero vibrante de autoridad moral—, intentó asesinar a un artesano extranjero que solo cumplía con el deber de restaurar un instrumento noble,
y envió a sus esbirros a asaltar la clausura del convento de La Pietà para secuestrar a una doncella consagrada al servicio del altar.
Si la justicia de los hombres vacila en castigar semejante infamia, yo mismo denunciaré a este impostor ante el tribunal de Roma para que sea despojado de sus órdenes y arrojado a las llamas de la excomunión mayor.
El hemiciclo entero rugió. Los senadores más ancianos golpeaban sus escaños con las varas de ébano; los heraldos del Dux tuvieron que alzar las trompetas de plata para sofocar el tumulto que amenazaba con convertir la sala en un motín público.
Fue en ese instante cuando Elena Dandolo avanzó hacia el centro de la barra.
Se despojó del mantón oscuro, revelando el hábito blanco de La Pietà y el relicario de plata que descansaba sobre su pecho.
Caminó con una gracia majestuosa que atrajo magnéticamente las miradas de los doscientos magistrados; en su dedo anular izquierdo, la esmeralda imperial de los Comneno destellaba bajo la luz que entraba por los altos ventanales góticos que daban a la laguna.
Se detuvo a dos pasos de Malipiero, clavando sus ojos azul grisáceo en el rostro demacrado del que había sido el amo de su destino:
—Me llamaste expósita sin nombre, Malipiero —dijo Elena con una voz cristalina, pausada y limpia, que llenó la inmensidad de la sala sin necesidad de esfuerzo—. Dijiste que mi linaje era un pecado que debía pudrirse en el fango de la Giudecca. Pero la mentira dura lo que tarda en romper el alba.
Elena se volvió hacia el Dux Alvise Mocenigo III, inclinando la cabeza con una reverencia que contenía la dignidad de cuatro siglos de historia:
—Serenísimo Príncipe, ilustres señores del Consejo.
Presento ante este Senado el libro de vitela blanca de mi abuelo Alvise Dandolo y el testamento de mi madre, María Dandolo, sellados ante los escribanos mayores de la cofradía de San Juan Evangelista en el invierno de 1711.
No reclamo palacios confiscados ni exijo indemnizaciones de la hacienda pública.
Solo exijo que el honor de los Dandolo sea devuelto al lugar que le corresponde en las actas de esta patria, y que el hombre que pretendió usar nuestro nombre como escudo de su tiranía sea juzgado según la ley que él mismo prostituyó.
El anciano Dux Alvise Mocenigo III contempló a la joven patricia durante varios segundos interminables. Sus ojos velados por la edad se humedecieron de emoción; extendió su mano enjoyada, tocó el pergamino de los Dandolo y luego alzó la vista hacia los doscientos senadores del Maggior Consiglio.
—La sangre de Enrico Dandolo ha hablado —declaró el Dux con solemnidad conmovida—. Y la República no olvida a quienes la levantaron sobre el mar.
El Dux se volvió hacia el Avogadore Gradenigo y asintió con una lentitud severa:
—Pronunciad la sentencia.