Capítulo 18 El enfrentamiento en la plaza #2
Marco de Toledo se colocó a su lado, desatando las correas de la bolsa de cuero encerado y extrayendo ante los ojos del pueblo el primer rollo de vitela imperial teñido en púrpura de Tiro con los sellos dorados de la Restauratio Magna:
—¡Aquí están los tratados que el Inquisidor pretendía robar en la oscuridad!
—proclamó Marco con su voz toledana, templada y resonante como el bronce—.
No contienen hechizos ni herejías; contienen la ciencia arquitectónica, la alquimia del fuego y las leyes acústicas con las que los sabios antiguos mantuvieron a salvo esta laguna de las tempestades.
¡El Procuratore Malipiero no quería salvar a Venecia; quería utilizar este conocimiento para levantar un imperio de terror absoluto, purgar el Senado y gobernar como un tirano vitalicio sobre las cenizas de vuestra libertad!
Elena dio un paso más hacia el borde del estrado, clavando su mirada limpia en el rostro desencajado del Inquisidor:
—Hablaste de virtud, Malipiero. Te presentaste ante este pueblo con un sayal burdo y un rosario de madera, llamándote «El Incorruptible» mientras llenabas los canales de sangre y delaciones pagadas.
Pero anoche… anoche el mar juzgó tu pureza.
Tu rosario falso se pudre en el fondo de las alcantarillas de la basílica; tu espada negra está partida por el acero de un artesano honrado, y tus soldados están desarmados y atrapados en los desagües que pretendías violar con pólvora de guerra.
Tu máscara se ha roto ante Dios y ante los hombres.
Malipiero retrocedió dos pasos tambaleantes sobre el agua de la plaza.
Miró a su alrededor con los ojos desorbitados: los soldados de su escolta bajaban las armas avergonzados, incapaces de sostener la mirada de la nieta de los Dandolo; los patricios del Senado murmuraban con indignación creciente,
reconociendo el sello imperial y las cartas notariales de la gran familia proscrita; y la multitud de gondoleros y artesanos comenzaba a rodearlo con una hostilidad sorda que amenazaba con lincharlo allí mismo sobre las losas de San Marcos.
—¡Traición…! —balbuceó el Inquisidor, con la voz ahogada en su propia bilis—. ¡Soy el Procuratore… soy el Consejo de los Diez…!
En ese instante de máxima tensión, una comitiva solemne emergió por la arcada central de la biblioteca Marciana.
Seis heraldos con dalmáticas de terciopelo azul marino y trompetas de plata abrieron paso a una figura majestuosa flanqueada por la guardia cívica de la República:
los Avogadori de Comùn —los tres magistrados supremos encargados de velar por la legalidad constitucional y frenar los abusos de los Diez—, encabezados por el anciano senador Bernardo Gradenigo, portando la vara de justicia de oro con el león de San Marcos.
Gradenigo se detuvo frente al estrado, contempló los documentos que Elena sostenía, miró a Vivaldi que asentía solemnemente con la cabeza y clavó sus ojos severos en la figura lamentable y enfangada de Malipiero:
—Alvise Malipiero —sentenció el Avogadore con una voz que heló la plaza entera—.
En virtud de las pruebas documentales presentadas ante este pueblo, del testimonio del maestro Antonio Vivaldi y de la acusación formal de flagrante profanación de los santos lugares de esta República,
quedáis suspendido de vuestro cargo de Procurador de San Marcos y de vuestro asiento en el Consejo de los Diez.
El anciano magistrado señaló al Inquisidor con su vara de oro:
—Capitán de la guardia cívica: desarmad a ese hombre. Conducidlo bajo custodia estricta a la cámara de los Pozzi en el Palacio Ducal. El Consejo de los Cuarenta abrirá juicio extraordinario sobre sus crímenes antes del mediodía.
Dos guardias cívicos se adelantaron con paso marcial.
Arrancaron de las manos de Malipiero el muñón de su espada rota, le retiraron la faja de magistrado y le sujetaron los brazos a la espalda con grilletes de hierro dulce.
El hombre que durante una década había hecho temblar a la nobleza y al pueblo de Venecia con un solo susurro de su hábito negro bajó la cabeza calva, con los ojos vacíos de toda luz y la boca temblando en un estertor de ruina absoluta,
mientras los soldados lo arrastraban a través del agua de la plaza entre los abucheos y el desprecio ensordecedor de miles de ciudadanos que celebraban el fin de la tiranía.
La Plaza de San Marcos estalló en un clamor triunfal.
Don Antonio Vivaldi levantó su violín de Cremona en el aire con una risa salvaje y liberada; Carlo Goldoni arrojó su sombrero al viento y Canaletto comenzó a trazar a toda prisa sobre su cartón las líneas maestras de aquella escena histórica que jamás olvidaría su pincel.
Marco de Toledo se volvió hacia Elena.
La joven patricia dejó descansar su arpa doble sobre la madera del estrado y clavó sus ojos azul grisáceo en el luthier toledano. Una sonrisa radiante, hermosa y desbordante de una emoción que ninguna lágrima podía empañar iluminó sus facciones bajo el sol de la mañana.
Marco alargó su mano vendada y tomó los dedos de Elena, apretándolos con una devoción limpia y profunda que desafiaba a todos los siglos de la historia.
El juicio de la plaza había terminado. La memoria de los Dandolo estaba limpia y la verdad de Bizancio rescatada de las sombras.
Pero frente a las aguas abiertas del Adriático, el destino final de los dos amantes de la madera y de las cuerdas aguardaba su última partitura.