El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 18 El enfrentamiento en la plaza
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Capítulo 18 El enfrentamiento en la plaza

La luz del Miércoles de Ceniza de 1730 no perdonaba las imposturas de la noche anterior.

Era una claridad gélida, cortante y azulada, nacida de un cielo limpio de nubes que el viento del norte había barrido hasta el confín de las cumbres nevadas del Véneto.

Sobre las losas de piedra de Istria de la Plaza de San Marcos, el agua de la Acqua Alta se había retirado casi por completo hacia las bocas del Molo, dejando una lámina reluciente y delgada que reflejaba la basílica como un espejo de plata recién pulida.

Por el suelo inundado flotaban los despojos de la fiesta: serpentinas de seda teñida empapadas en salmuera, cascarones de almendras confitadas, antorchas de pez consumidas y, sobre todo, máscaras.

Centenares de máscaras blancas de Bauta, morettas de terciopelo y antifaces de arlequín yacían pisoteados en los charcos, desprovistos de su magia clandestina.

El Carnaval había muerto a la medianoche; el rostro desnudo de Venecia volvía a exigir cuentas a la luz del sol.

Desde la arcada umbría del Palacio Ducal, dos figuras empapadas pero erguidas como soberanos antiguos avanzaron a paso firme sobre el pavimento húmedo.

Marco de Toledo caminaba con la cabeza alta, sosteniendo el violonchelo negro sobre su costado izquierdo y la bolsa de cuero encerado con los doce rollos de la Restauratio Magna cruzada sobre el pecho.

A su lado, Elena Dandolo avanzaba con la gran arpa doble de Brescia en los brazos, con el mantón oscuro abierto dejando a la vista el relicario de plata que brillaba sobre su saya y el anillo de esmeralda de los Comneno resplandeciendo en su anular.

A pesar de sus ropas manchadas por el cieno subterráneo y las heridas abiertas en sus manos, no había en ellos la facha de reos acorralados. Había una serenidad majestuosa, una dignidad de piedra y música que cortaba la respiración.

La plaza, lejos de estar vacía tras la noche de excesos, hervía con una multitud insólita.

Miles de ciudadanos sin máscaras —pescadores de la Giudecca, gondoleros con sus fajas rojas, mercaderes armenios con turbantes oscuros, patricios con togas de seda carmesí y damas nobles que salían de los primeros oficios penitenciales de San Moisè— abarrotaban la explanada.

En el centro, junto al tablado del concierto nocturno frente al campanile, Don Antonio Vivaldi permanecía apoyado en la balaustrada de madera.

A su lado, Carlo Goldoni garabateaba notas febriles en su cuaderno y Giovanni Antonio Canaletto limpiaba con un trapo la lente de su cámara oscura portátil, con los ojos clavados en las arcadas de la basílica.

Al divisar a los dos jóvenes emergiendo de las sombras con los dos instrumentos intactos, un grito quebrado de júbilo escapó de la garganta del sacerdote pelirrojo:

—¡Están vivos! —bramó Vivaldi, tosiendo con fuerza antes de golpear el suelo con el regatón de su bastón—. ¡Por todos los mártires de Bizancio, lo han conseguido!

Goldoni soltó una carcajada vibrante que resonó por las Procuratie, mientras Canaletto alzaba el compás de hierro hacia el cielo en señal de victoria matemática.

Marco y Elena subieron los tres peldaños de madera del estrado central, depositando el arpa doble y el violonchelo negro sobre la tarima seca.

Sin embargo, antes de que el maestro Vivaldi pudiera estrechar las manos del artesano toledano, un estrépito de cerrojos reventados y gritos de mando desgarró la calma matinal de la plaza.

Desde la Porta della Carta —la entrada monumental que unía la basílica con el Palacio Ducal—, una docena de soldados de la guardia personal del Consejo de los Diez irrumpieron a la carrera en la plaza con alabardas caladas y mosquetes terciados,

empujando a los ciudadanos con violencia para abrir paso.

Y al frente de ellos, avanzando con pasos espasmódicos sobre el agua baja, apareció Alvise Malipiero.

El Inquisidor de Estado era la viva estampa de la derrota más espantosa.

Su hábito de paño negro estaba desgarrado en los dobladillos, cubierto de fango verdoso y salitre pegajoso; la sotana goteaba agua podrida sobre las losas de piedra de Istria y su rostro huesudo, habitualmente de una palidez marmórea y virtuosa, estaba desfigurado por la rabia,

el esfuerzo y una humillación demencial.

Ya no llevaba el rosario de olivo con el que engañaba a las beatas en los sermones; en su mano derecha empuñaba el muñón roto de su espada negra, mellado y partido por el acero toledano de Marco.

Al ver a los dos jóvenes en lo alto del estrado público, rodeados por Vivaldi y los comediantes, los ojos hundidos de Malipiero se encendieron con una furia homicida:

—¡Guardias del tribunal! —aulló el Inquisidor con una voz enronquecida por el salitre que sonó como el graznido de un cuervo herido—.

¡Apresad a esos dos criminales en nombre de la Serenísima República!

¡Son espías del rey de España y ladrones sacrílegos que han profanado las criptas sagradas de la basílica con ritos heréticos de Bizancio!

¡Fusilad al extranjero si opone resistencia y derribad ese tablado ahora mismo!

Los doce soldados de los Diez amartillaron los percutores de sus mosquetes y avanzaron sobre el agua con las bayonetas dirigidas hacia el estrado.

Pero antes de que pudieran dar cuatro zancadas sobre las losas de la plaza, el pueblo de Venecia se interpuso en su camino.

Un muro de madera de fresno y músculo curtido por las mareas cayó sobre el agua entre los soldados y el tablado.

Medio centenar de gondoleros de la cofradía de San Marcos, liderados por Battista el Cojo y alertados por las redes que Goldoni había tejido durante la noche, plantaron sus pesados remos de haya en el suelo inundado, cruzando las palas en una empalizada humana impenetrable.

Hombres fornidos de brazos tatuados con cruces marineras y anclas cerraron filas hombro con hombro, empuñando bicheros de hierro y cabos de cáñamo con miradas que desafiaban al tribunal más temido de Europa.

—¡Atrás los perros de Malipiero! —rugió Battista, blandiendo su remo como un garrote naval—. ¡En la fiesta mandan las máscaras, pero en el día del Señor nadie pone una mano sobre las pupilas de La Pietà ni sobre el maestro Don Antonio!

La multitud de la plaza —más de dos mil venecianos hartos de las delaciones secretas, las extorsiones y las ejecuciones sin juicio de los Diez— comenzó a rugir en un clamor unísono que hizo retroceder a los soldados: «¡Fuera los espías! ¡Que hable el luthier! ¡Que hable la muchacha!».

Carlo Goldoni dio tres pasos hacia el borde del estrado, arrojó al suelo su cuaderno de comediante y desdobló con ademán magistral un pergamino sellado con la orla de la Universidad de Padua.

El joven de veintitrés años ya no era el bufón del Carnaval; era un Doctor en Leyes de la Serenísima República hablando ante el tribunal de su pueblo:

—¡Alto en nombre del Derecho de Gentes y de las Leyes Fundamentales de San Marcos!

—clamó Goldoni con una voz de barítono que acalló a la multitud entera—.

El Procuratore Alvise Malipiero ha ordenado un asalto militar sin decreto del Maggior Consiglio y sin la firma de los Avogadori de Comùn.

¡Acuso formalmente al señor Inquisidor de haber profanado el baptisterio de la basílica con barrenas de mina y pólvora sorda, poniendo en riesgo los cimientos milenarios del templo sagrado de esta ciudad!

Giovanni Antonio Canaletto dio un paso al frente junto a Goldoni, desplegando ante los ojos de los senadores y magistrados que comenzaban a rodear el estrado una serie de lienzos y bocetos a tinta ferrogálica:

—¡Aquí están las pruebas arquitectónicas!

—declaró el pintor con su fría precisión geométrica—.

Estas son las mediciones de los pilares subterráneos que los zapadores de Malipiero han dañado esta madrugada.

¡El señor Procuratore no buscaba herejes; buscaba reventar las esclusas hidráulicas de Enrico Dandolo para apoderarse de los planos de la ciudad y doblegar al Senado bajo su capricho particular!

Malipiero tembló de ira. Su rostro calvo se tornó lívido; alzó su espada rota amenazando a la multitud con un ademán histérico:

—¡Mentiras de farsantes y pintores de taberna! ¡Esos dos forasteros tienen las reliquias robadas en esa bolsa! ¡Soy el Inquisidor de Estado! ¡Soy la voz de la fe y el guardián de la ley! ¡Obedeced a vuestro señor!

Fue en ese instante supremo cuando Elena Dandolo avanzó hacia la barandilla de madera.

Se despojó del mantón de lana oscura y de su tricornio, dejando que su espesa cabellera castaña ondeara libre bajo la brisa limpia del Adriático.

La luz del sol matinal cayó de lleno sobre su rostro noble, sobre sus grandes ojos azul grisáceo y sobre el hábito blanco de La Pietà que vestía bajo la ropa de viaje.

En su mano izquierda alzó el relicario ovalado de plata vieja que colgaba de su cuello; en la derecha sostuvo en alto el cuaderno de vitela blanca del senador Alvise Dandolo y el anillo imperial de esmeralda de los Comneno, que destelló con una llamarada verde bajo los ojos de toda Venecia.

El silencio que cayó sobre la Plaza de San Marcos fue tan denso, tan absoluto y sobrecogedor, que el tañido de una campana distante en Murano resonó como si estuviera a diez pasos.

—¡Mírame bien, Alvise Malipiero! —dijo Elena con una voz clara, cristalina y majestuosa que cruzó la explanada entera sin necesidad de gritar—. ¡Mírame y dile a este pueblo si te atreves a llamarme expósita sin nombre!

Elena señaló con la esmeralda imperial hacia el león alado tallado en la fachada de la basílica:

—Soy Elena Dandolo, nieta del senador Alvise Dandolo y descendiente legítima de Enrico Dandolo, el Dogo que levantó esta basílica sobre las aguas de Oriente.

Durante diecinueve años me tuvisteis encerrada tras las rejas de La Pietà creyendo que era una bastarda abandonada en un torno de misericordia.

Pero hoy las piedras de Bizancio han hablado.

¡Tengo en mis manos el testamento de mi linaje, sellado con el plomo del Senado antes de que tus predecesores envenenaran a mi familia para apoderarse de este secreto!

Un murmullo de asombro sacudió a los patricios con toga roja que abarrotaban la plaza: «¡Una Dandolo! ¡La sangre del Dux ciego vive!».