El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 17 La trampa de las mareas
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Capítulo 17 La trampa de las mareas

La disonancia armónica de la cuarta disminuida no quebró el aire como un sonido que busca el agrado del oído humano; cayó sobre la Cámara de las Compuertas como una cuchilla acústica que hendió la densidad del agua y de la piedra.

Marco de Toledo atacó la cuerda grave del violonchelo negro en el punto exacto de la tastiera donde la madera imperial entraba en rebelión con la física común, sosteniendo un Do sostenido que vibraba a cuatrocientas treinta y dos pulsaciones,

mientras sus nudillos descargaban toda la memoria de los yunques de Castilla sobre el arco de crin.

A su derecha, en el pedestal gemelo, los dedos de Elena arrancaron al encordado de plata del arpa doble una escala descendente en Sol bemol: doce notas secas, cortantes y metálicas que colisionaron en el centro geométrico de la nave con la vibración telúrica del bajo continuo.

El choque de ambas frecuencias no produjo un eco. Produjo una onda de choque hidrostática.

En el instante exacto en que los seis soldados de Malipiero apretaban los gatillos de sus mosquetes de chispa, el aire de la estancia fue succionado hacia el suelo con la violencia de un tifón en miniatura.

Las pequeñas trompas de bronce helicoidales empotradas en las bases de los pedestales comenzaron a aullar en un tono sobreagudo, silbando como calderas navales a punto de reventar.

Bajo la gran reja de bronce fundido del pavimento, el mercurio líquido encerrado en los tubos de compensación bizantinos comenzó a desplazarse por resonancia sónica, desequilibrando los balancines de plomo que sostenían las compuertas en reposo.

Un chasquido ciclópeo de cadenas reventando sus topes de piedra sacudió los cimientos de la basílica entera.

Antes de que la pólvora negra de las cazoletas pudiera prender en los cañones de los mosquetes, la gran compuerta trasera de plomo —una mole de doce pies de ancho suspendida sobre el arco de entrada— se precipitó hacia abajo por sus guías de granito con la velocidad de una guillotina colosal.

¡ZAS-BUM!

El impacto del plomo al estrellarse contra el umbral de piedra caliza levantó una cortina de espuma blanca y selló la salida hacia las galerías del baptisterio con un encaje hermético a hueso seco.

Los cuatro alabarderos que cubrían la retaguardia de Malipiero quedaron aislados al otro lado del muro metálico, mientras en el interior de la cámara los seis mosqueteros del frente tropezaban en el fango líquido, desestabilizados por el temblor que recorrió las losas.

—¡Fuego! ¡Disparad a la madera! —aulló Malipiero, alzando su espada negra en el aire.

Pero el fuego de los hombres ya no tenía jurisdicción en aquel santuario.

En las paredes laterales de la cámara, seis compuertas de alivio secundarias —sifones circulares de tres pies de diámetro que comunicaban directamente con los canales de marea alta de la Piazzetta y del Molo— se abrieron hacia adentro con un estrépito de goznes liberados por la succión del aire.

El mar Adriático, retenido en la superficie de la plaza por el fenómeno de la Acqua Alta, encontró por fin la garganta que llevaba cinco siglos esperando.

Una muralla de agua salobre, turbia, gélida y espumosa penetró en la cámara con la violencia de un ariete líquido.

No fue una inundación lenta; fue una tromba marina confinada bajo una bóveda de piedra.

El torrente rugiente barrió la reja de bronce con una corriente salvaje de tres pies de altura, arrancando de cuajo las teas de brea de las manos de los guardias.

Las llamas se extinguieron al unísono con un siseo ensordecedor de vapor blanco y humo sulfuroso, sumiendo la nave en una penumbra fantasmal donde solo la linterna de cristal de roca de Elena, resguardada en lo alto del pedestal seco, proyectaba un haz dorado sobre el caos.

El agua marina empapó instantáneamente los mosquetes de los soldados; la pólvora de las cazoletas se convirtió en un lodazal negro e inútil antes de que los percutores de chispa pudieran herir el pedernal.

La fuerza de la marea levantó a los seis soldados de sus pies con la facilidad con que una ola barre un puñado de conchas vacías.

Entre alaridos de pánico, los guardias de los Diez salieron despedidos hacia la fosa de drenaje inferior, arrastrados por la corriente contra los barrotes de la gran reja de desagüe.

Sus alabardas, sus corazas de hierro y sus cascos rodaron por el fango sumergido con un tintineo sordo y metálico; empapados hasta el cuello, tosiendo agua salada y aferrándose desesperadamente a los pilotes de alerce petrificado para no ser succionados por los imbornales del fondo,

los hombres más temidos de la Inquisición quedaron reducidos a un grupo de náufragos desarmados, inmovilizados por el mismo mar que pretendían gobernar.

La ingeniería de Enrico Dandolo había cumplido su juramento: la trampa de las mareas había desarticulado a una escuadra entera de asalto sin derramar una sola gota de sangre hermana.

Sin embargo, entre los remolinos de espuma blanca y el vapor que subía del agua gélida, una silueta se negó a ser devorada por el abismo.

El Procuratore Alvise Malipiero.

El Inquisidor de Estado, arrastrado por la primera embestida de la ola, había logrado clavar la hoja de su espada negra entre las junturas de la reja de bronce del suelo, resistiendo el empuje de la corriente con una fuerza sobrehumana nacida de la demencia y del fanatismo más absoluto.

Con la sotana de paño negro empapada y pesada como una cota de plomo, con el rostro cadavérico cubierto de cieno y los cabellos grises pegados a las sienes como serpientes marinas, Malipiero emergió del agua rugiente.

Subió a gatas los tres peldaños de mármol del pedestal izquierdo, arrancó su espada de la piedra con un crujido salvaje y se incorporó frente a Marco de Toledo con los ojos desorbitados por una furia homicida.

La máscara de asceta piadoso, la falsa beatitud del «Santo de la Laguna», ya no existía. Solo quedaba el monstruo desnudo.

—¡Bastardo de Toledo! —aulló Malipiero con una voz que brotó de su garganta como el estertor de una fiera degollada—. ¡Si tengo que ahogarme en esta cloaca, tú te pudrirás conmigo en el fango! ¡Nadie saldrá de aquí con los secretos de mi imperio!

El Inquisidor se abalanzó sobre Marco con la espada en alto, lanzando una estocada descendente a dos manos destinada a partir el cráneo del artesano y quebrar el violonchelo negro que reposaba a su espalda.

Marco no retrocedió un milímetro sobre el peldaño seco.

Su sangre castellana, templada en la sobriedad de las riberas del Tajo y en la memoria de un padre que jamás agachó la cabeza ante los señores de la tierra, tomó el mando con una serenidad de acero.

No desenvainó para matar; desenvainó con la precisión quirúrgica de quien utiliza el hierro para desarmar la mentira.

Con la mano izquierda alzó la palanqueta toledana de desbaste, encajando la hoja negra de Malipiero en la muesca templada del luthier.

El impacto arrancó chispas azules en la penumbra; Marco amortiguó la fuerza del fanático con un giro de muñeca y, con la cuchilla de acero vizcaíno que empuñaba en la diestra, lanzó un tajo lateral ascendente, limpio, milimétrico y fulgurante.

No tocó la carne del Inquisidor.

La punta de la cuchilla toledana golpeó directamente sobre el cordón de cáñamo del rosario de madera de olivo que Malipiero llevaba enroscado al cuello y sobre el nudo de su cíngulo monástico.

El cordón se quebró con un chasquido tenue.

Las cuentas de madera de olivo salieron despedidas por los aires, rebotando contra las losas de mármol y cayendo una a una en el agua turbia de la marea, arrastradas hacia las alcantarillas de la laguna como briznas de ceniza sin valor.

En el mismo movimiento fluido, Marco giró la palanqueta sobre el eje de la espada de Malipiero, aplicando una torsión de palanca contra la cruz de la empuñadura con toda la masa muscular de sus hombros de artesano.

El acero negro del Inquisidor, forjado con exceso de carbono y templado en frío, no resistió la elasticidad del acero de Toledo.

¡CLANC!

La hoja de la espada de Malipiero se partió en dos mitades a la altura del recazo. La punta metálica cayó al agua con un chapoteo sordo, dejando en la mano enguantada del Procuratore solo un muñón de hierro inofensivo.

Malipiero se quedó petrificado en el escalón.

El impacto de la fuerza de Marco lo hizo retroceder dos pasos hacia atrás; sus pies resbalaron en el verdín del mármol mojado y el Inquisidor cayó de rodillas sobre las losas húmedas, jadeando,

con los brazos colgando inertes a los costados y la mirada clavada en el trozo de hierro roto que aún sostenía entre los dedos temblorosos.

Marco bajó la cuchilla toledana despacio, colocándola a tres pulgadas de la garganta del vencido. Sus ojos oscuros recorrieron la figura encorvada del magistrado con una piedad severa, majestuosa y desprovista de cualquier odio vulgar:

—Tu máscara se ha roto, Malipiero —dijo Marco con una voz grave que resonó bajo la bóveda con el peso de una sentencia histórica—.

Las cuentas de tu falso rosario flotan en el lodo con la carroña de la laguna.

Ni tu espada partida, ni tus mentiras de púlpito, ni el Consejo de los Diez tienen ya poder sobre las mareas de este reino.

Elena descendió de su pedestal con la lámpara de latón en alto.

La joven patricia se detuvo junto a Marco, contemplando al hombre que había destruido a su familia con una mirada limpia, fría y soberana, donde la sangre de Enrico Dandolo brillaba en todo su esplendor imperial:

—Mi abuelo Alvise murió en los Piombi con el alma limpia, Malipiero —dijo ella en un susurro cristalino que heló el tuétano del Inquisidor—.

Tú morirás ahogado en tu propia soberbia, sabiendo que el nombre de los Dandolo vuelve a estar en pie sobre Venecia, mientras el tuyo será borrado de las piedras y de la memoria de los hombres libres.

Malipiero alzó despacio la cabeza calva. En sus ojos hundidos ya no había rastro de la demencia divina; había un vacío inmenso, el pavor absoluto y desnudo de un tirano que comprende que su reinado de sombras se ha desmoronado en un segundo ante el juicio de dos jóvenes desarmados.

—¡No… no saldréis de esta basílica! —balbuceó el Inquisidor con la voz quebrada por el agua y la humillación—. ¡La Señoría… los soldados de la plaza os colgarán en las columnas del Molo…!

—La plaza nos espera, Procuratore —sentenció Elena—. Y con nosotros saldrá la verdad.

La joven se volvió hacia el pedestal derecho, tomó la palanca de bronce que regulaba los sifones superiores y tiró de ella hacia abajo con un movimiento firme.

En el extremo sur de la cámara, la gran compuerta frontal de bronce —la que comunicaba con las galerías de desagüe de la Piazzetta di San Marco— comenzó a elevarse hacia el techo sobre sus poleas hidráulicas, accionada por el vacío que la marea saliente había dejado en las cámaras de aire.

Un pasadizo abovedado de sillería seca, inclinado suavemente hacia arriba y bañado por una corriente de aire puro, gélido y limpio que olía a nieve fresca y a amanecer de laguna, quedó al descubierto ante ellos.

Marco guardó su cuchilla toledana en la vaina de cuero de su cinto.

Se echó al hombro el violonchelo negro, asegurando la bolsa impermeable de la Restauratio Magna contra su pecho, mientras Elena levantaba su gran arpa doble de Brescia con un orgullo que parecía multiplicarle las fuerzas.

Los dos jóvenes cruzaron el umbral de la compuerta abierta sin volver la vista atrás.

A sus espaldas, en el fondo de la cámara inundada, el Procuratore Alvise Malipiero permaneció arrodillado en el fango líquido, empapado, desarmado y solo en medio de la penumbra, contemplando cómo el agua de la marea arrastraba los últimos restos de su poder hacia las alcantarillas de la ciudad.

El ascenso por la galería meridional duró apenas cinco minutos.

A medida que subían por los peldaños de piedra caliza, el olor a incienso viejo y a fango subterráneo fue cediendo el paso a la frescura salina del aire abierto.

El rumor distante de las aguas de la cuenca de San Marcos y el tañido majestuoso de las campanas de la basílica comenzaron a filtrarse por las troneras superiores, anunciando que la noche de la locura había llegado a su término.

Al final del corredor, una reja baja de hierro forjado que daba a los cimientos exteriores del Palacio Ducal cedió bajo la presión de la palanqueta de Marco.

Marco y Elena empujaron los barrotes y salieron a la luz.

El alba del Miércoles de Ceniza de 1730 acababa de romper sobre Venecia.

El cielo sobre la cuenca de San Marcos era una inmensidad de azul cobalto y plata limpia, barrido por un viento del norte que había disipado por completo la niebla de la laguna.

Las aguas de la Acqua Alta se habían retirado casi en su totalidad, dejando las losas de piedra de Istria de la gran plaza cubiertas por una fina lámina brillante que reflejaba la luz del nuevo día como un espejo sagrado.

La Plaza de San Marcos estaba despierta.

Miles de ciudadanos, patricios sin máscaras, gondoleros de la cofradía y mercaderes extranjeros abarrotaban la explanada frente a la basílica, rodeando el estrado donde Don Antonio Vivaldi, apoyado en la barandilla de madera con el violín en la mano y la cabellera roja encendida por el sol naciente,

aguardaba la señal de los canales junto a Carlo Goldoni y Giovanni Antonio Canaletto.

En medio de la plaza deslumbrante, dos figuras empapadas pero erguidas como reyes antiguos avanzaron sobre las losas húmedas con los instrumentos de Bizancio a la espalda y los tratados de la libertad en las manos.

Marco de Toledo y Elena Dandolo emergían a la superficie.

Y la hora de la justicia y del juicio público ante los ojos de la Serenísima acababa de sonar en los bronces de San Marcos.