El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 16 El cerco en la cripta
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Capítulo 16 El cerco en la cripta

El estruendo de la cantería al desgarrarse en las alturas del pozo no sonó como un derrumbe accidental; sonó como el hachazo de un verdugo sobre el cuello de la basílica.

Un crujido brutal de hierro contra piedra caliza sacudió la bóveda de la rotonda octogonal.

Desde el techo de la rampa de descenso, una lluvia de cascotes, polvo de mortero puzolánico y fragmentos de mosaicos dorados se precipitó sobre el agua del canal subterráneo, levantando columnas de espuma turbia.

Arriba, en el baptisterio de San Marcos, los zapadores del Arsenal habían logrado introducir barrenas de mina y palancas de acero entre las juntas de la tercera losa de mármol rojo de Verona, forzando los trinquetes de bronce que Marco había trabado con su cuña de boj toledana.

A través de la brecha que comenzaba a abrirse en el techo del pozo, un resplandor sangriento de antorchas de brea y el olor a pólvora quemada se filtraron en las profundidades, acompañados por los gritos marciales de los oficiales del tribunal:

—¡La losa ha cedido tres pulgadas! ¡Traed los marros de forja! ¡Meted las cuñas de hierro!

Marco de Toledo no vaciló ni una fracción de segundo.

Con la bolsa de cuero encerado —donde los doce rollos de la Restauratio Magna y el sello imperial de oro descansaban a salvo del agua— bien cruzada sobre su pecho mediante una bandolera de lino reforzado, tomó el gran violonchelo negro por el mástil con la mano izquierda,

sosteniendo en la derecha su cuchilla de desbaste toledana desenvainada.

Elena ya estaba junto a él sobre las losas secas del descansillo.

La joven patricia sostenía la gran arpa doble de Brescia con ambos brazos, protegiendo las cuerdas de plata contra su pecho con una firmeza que desmentía el temblor de la fatiga.

Sus ojos azul grisáceo, limpios de todo pavor, brillaban en la penumbra con una lucidez feroz:

—No podemos volver a subir por el pozo del baptisterio, Marco —dijo ella en un susurro rápido y firme—. Si la losa cae, los mosquetes de los soldados barrierán la rampa antes de que alcancemos el primer peldaño.

—No vamos a subir, Elena —respondió Marco, señalando con la punta de su cuchilla hacia el extremo meridional de la cripta, donde el canal de agua marina serpenteaba entre el bosque interminable de pilotes de alerce negro—.

El manuscrito de tu abuelo señalaba una cámara de maniobra hidráulica antes del desagüe mayor del Molo.

Las esclusas acústicas de Bizancio no solo abren el arca de plomo; controlan los sifones que regulan el peso del agua bajo la plaza.

Si alcanzamos la cámara de las compuertas antes de que Malipiero selle las galerías, la marea jugará a nuestro favor.

—A la cámara de las compuertas entonces —asintió la muchacha, ajustándose el mantón sobre los hombros con un gesto decidido—. Que San Marcos le dé paciencia a mis piernas, porque el arpa pesa más que un cañón de galera.

Se internaron de nuevo en el agua salobre del canal subterráneo.

La marea de la Acqua Alta, habiendo alcanzado su cota máxima a medianoche, comenzaba a experimentar el primer reflujo hacia el mar abierto.

La corriente ya no empujaba hacia el interior de la cripta; tiraba hacia el sur, hacia las bocas de desagüe que desembocaban bajo las arcadas del Palacio Ducal y la Piazzetta.

El agua, que les llegaba a la cintura, fluía con una pesadez densa y fría que exigía un esfuerzo muscular titánico a cada zancada.

Marco abría la marcha, tanteando el fondo con la pica de madera del violonchelo para evitar los pozos ciegos y los desprendimientos de mampostería antigua, mientras Elena avanzaba a su estela, manteniendo el encordado de su arpa doble por encima de la superficie líquida.

A sus espaldas, el estruendo final de la brecha desgarró las galerías.

Un estallido ensordecedor retumbó en el baptisterio: los zapadores habían reventado los goznes de la losa roja con una carga sorda de pólvora de mina.

La piedra de seiscientas libras se vino abajo con un golpe monumental que hizo temblar los cimientos de la basílica, seguido por el chapoteo furioso de una docena de hombres arrojándose al agua del pozo con botas de cuero claveteadas y alabardas desnudas.

Las luces de una veintena de teas de pez inundaron de golpe la penumbra de la cripta, proyectando sombras alargadas y monstruosas sobre las columnas de pórfido y los miles de pilotes de alerce petrificado.

—¡Cerrad las galerías laterales! —rugió la voz aterciopelada y temible del Procuratore Alvise Malipiero, que resonó bajo las bóvedas romanas con el timbre de un trueno inquisitorial—.

¡Bloquead el conducto de la Zecca y la salida de las Prisiones!

¡No permitáis que alcancen los canales exteriores con los pergaminos!

El Inquisidor de Estado no se había quedado en la superficie presidiendo el asedio desde la comodidad de una cátedra ducal.

Había descendido en persona por la rampa de agua con la sotana negra recogida en el cinto, empuñando su espada de acero oscuro con la diestra y un farol de asalto con persiana de bronce en la izquierda.

A su alrededor, doce soldados de su guardia personal —los hombres más despiadados de las mazmorras de los Piombi, armados con mosquetes cortos de chispa y hachas de abordaje— avanzaban en abanico por el agua salobre, barriendo las arcadas con los haces de luz de sus faroles.

Marco y Elena alcanzaron el umbral de la cámara de maniobra en el instante exacto en que los primeros disparos de mosquete rebotaban contra los pilotes de madera a cincuenta pasos a su retaguardia.

¡BUM! ¡BUM!

El estampido de la pólvora confinada bajo las bóvedas de ladrillo fue atronador. El humo blanco de azufre y salitre invadió el canal, arrastrando esquirlas de madera vieja y astillas de piedra que silbaron sobre sus cabezas.

—¡Adentro! —gritó Marco, empujando a Elena a través de un arco de medio punto reforzado con sillares de mármol de Verona.

La Cámara de las Compuertas era una obra maestra de la ingeniería militar bizantina que desafiaba a los siglos.

Era una nave abovedada de planta elíptica, de cuarenta pies de largo por veinte de ancho, situada en la cota más baja de todo el complejo de San Marcos, justo debajo de la línea que separaba la basílica del Palacio Ducal.

El suelo estaba formado por una inmensa reja de bronce fundido en una sola pieza, bajo la cual rugían las aguas del canal mayor de drenaje que comunicaba directamente con la dársena del Molo.

En el centro de la estancia, suspendida sobre la reja por un sistema colosal de cadenas de hierro dulce y poleas de bronce de cuatro pies de diámetro, descansaba la gran compuerta de plomo:

una losa metálica de cuatro pulgadas de espesor y doce pies de ancho que regulaba el paso de las mareas de la laguna hacia los sifones de la cripta.

A ambos lados de la compuerta, empotrados en dos hornacinas de piedra caliza que se elevaban tres escalones secos sobre el nivel del agua, se alzaban dos pedestales acústicos de mármol blanco.

En la base de cada pedestal, un juego de trompas de bronce helicoidales —idénticas a las del baptisterio superior— comunicaba directamente con las cámaras de aire de los contrapesos de mercurio que sostenían la compuerta en equilibrio hidrostático.

Elena depositó su gran arpa doble sobre el pedestal de la derecha, respirando con dificultad pero con los ojos centelleando de una emoción que quemaba más que el miedo:

—Es el mecanismo del segundo movimiento, Marco —dijo ella, señalando las trompas de bronce y desatando las fundas del instrumento—.

El pergamino de Enrico Dandolo lo llamaba El juicio de las mareas.

Las compuertas de plomo están trabadas por un contrapeso de mercurio que solo cede ante la disonancia armónica de una cuarta disminuida ejecutada a dos voces.

Si tocamos la frecuencia exacta mientras el reflujo tira del agua hacia el Molo…

el peso del plomo caerá sobre las esclusas traseras, inundando las galerías de los soldados hasta el techo, mientras la compuerta mayor se elevará, abriéndonos un túnel seco hacia la Piazzetta.

Marco colocó el violonchelo negro sobre el pedestal de la izquierda, ajustó la pica de madera y extrajo su arco de cerdas toledanas de la funda de cuero:

—Una trampa de agua que desarma a los invasores sin derramar una sola gota de sangre —murmuró él, reconociendo la genialidad humanista de los sabios de Bizancio—.

La nobleza toledana habría intentado defender esta cámara con cien arcabuceros; tu antepasado prefirió defenderla con las leyes de la física y la música.

Sin embargo, antes de que Marco pudiera tensar la cuerda más grave del violonchelo, una voz gélida, profunda y majestuosa resonó desde la arcada de entrada de la cámara:

—La música no os salvará de la ira de la República, idólatras.

Marco y Elena se volvieron al unísono.

El cerco se había cerrado por completo.

En el vano del arco de entrada, con el agua salobre llegándole a las rodillas y el resplandor de una decena de teas de brea iluminando sus facciones de piedra caliza, se erguía el Procuratore Alvise Malipiero.

A su espalda, seis soldados con capas negras y mosquetes amartillados formaban una línea de fuego cerrada sobre el agua, mientras otros cuatro alabarderos se desplegaban por los flancos de la reja de bronce con las armas apuntando hacia los dos pedestales de mármol.

No había escapatoria posible: el arco de entrada estaba sellado por el acero de los Diez, y a espaldas de los jóvenes solo se alzaba la muralla ciega de la gran compuerta de plomo.

Malipiero dio dos pasos lentos sobre el agua, deteniéndose a escasos quince pies de los pedestales.

Su figura enjuta y alta parecía dominar la estancia como un monumento fúnebre.

Su rostro de mármol blanco estaba manchado de hollín y fango salado; la sotana de paño burdo goteaba cieno sobre las losas, pero en la comisura de sus labios finos flotaba esa sonrisa de fría beatitud, esa devoción perversa que lo hacía infinitamente más peligroso que cualquier mercenario vulgar.

En su mano diestra, la espada ropera de acero negro descansaba con la punta apoyada sobre una viga de piedra sumergida; en su pecho, el rosario de olivo golpeaba rítmicamente contra las telas mojadas.

—Habéis luchado con una tenacidad admirable, hijos míos —dijo el Inquisidor con su voz suave y aterciopelada, que llenó la bóveda elíptica sin necesidad de alzarse—.

Pocos hombres en la historia de esta ciudad han tenido la osadía de desafiar al tribunal más antiguo de la cristiandad durante tres días enteros.

Pero vuestra comedia carnavalesca ha terminado en el fondo de este pozo.

Malipiero alzó su mirada de pedernal hacia la bolsa de cuero encerado que Marco llevaba cruzada sobre el pecho:

—Entregadme los doce rollos de la Restauratio Magna, luthier. Y tú, Elena Dandolo… desciende de ese pedestal y entrega el anillo de los emperadores de Bizancio al magistrado legítimo de la Serenísima.

Elena no descendió un solo escalón.

Enderezó la espalda con una soberbia regia que hizo retroceder a los soldados de la primera fila; sus dedos acariciaron las cuerdas de plata de su arpa doble y su voz sonó clara, cristalina y limpia como el repique de una campana de plata en medio de la tormenta:

—No eres el magistrado legítimo de nada, Malipiero.

Eres el asesino que envenenó a los míos en los banquetes del Senado; el traidor que mandó a sus sicarios a degollar a los sabios de Creta para robar los secretos que jamás entenderás.

La Restauratio Magna no es un arma para tiranos con sotana; es la ciencia de la armonía y de la libertad.

Mi sangre la protegió durante quinientos años…

y morirá en este fango antes de ponerla en tus manos ensangrentadas.

El rostro de Malipiero se endureció de golpe.

La máscara de asceta virtuoso y piadoso se resquebrajó por completo ante la acusación directa de la joven patricia.

Sus ojos oscuros y hundidos se encendieron con una llamarada de odio absoluto, de soberbia herida y de una ambición tan desmedida que pareció hacer descender la temperatura de la cámara varios grados bajo cero.

—¡Maldita estirpe de bastardos bizantinos!

—siseó el Inquisidor entre dientes, perdiendo por fin toda su templanza eclesiástica—.

¿Habláis de libertad a quien sostiene la corona de este reino?

¡Venecia se pudre en sus canales! ¡La nobleza gasta sus rentas en rameras de terciopelo y en dados cargados en los casinos de San Moisè!

¡Nuestros almirantes tiemblan ante las flotas de los turcos y nuestros senadores se venden por cuatro ducados de Austria!

Malipiero dio un paso más hacia el centro de la reja, alzando su espada negra hacia las bóvedas con un gesto de demencia divina:

—¡Yo soy el único que puede salvar esta República de su propia decrepitud!

¡Con los tratados de la Restauratio Magna reconstruiré las flotas con fuego incombustible; purgaré el Senado de cobardes y levantaré un imperio eterno que no necesitará de las leyes de los hombres débiles!

¡Dios me ha puesto al frente de los Diez para extirpar el cáncer de esta tierra con hierro y sangre!

¡Y nadie… ningún artesano extranjero ni ninguna ramera de convento se interpondrá en el designio del Todopoderoso!

Marco dio un paso al frente sobre su pedestal de mármol, colocándose en la línea visual del Inquisidor, con su arco de crin toledana levantado en la mano derecha como una vara de justicia superior a la del tribunal:

—Tu dios es tu propio ego, Malipiero —dijo Marco con una voz grave, pausada y demoledora, donde el orgullo de Toledo resonó con una autoridad ancestral—.

Usas el nombre de la fe para alimentar tu sed de trono y te crees un santo porque vistes de negro y ayunas en público.

Pero mi padre me enseñó que los hombres que no toleran la música son los mismos que necesitan la oscuridad para no ver la podredumbre de sus propias manos.

No eres un salvador, Procuratore. Eres el último parásito de una ciudad que está a punto de despertar de su pesadilla.

Malipiero tembló de cólera. Levantó su mano izquierda enguantada y la dejó caer con un latigazo salvaje hacia los soldados:

—¡Fuego a discreción! ¡Malditos sean sus huesos! ¡Disparad a matar!

Los soldados de los Diez alzaron los mosquetes de chispa hacia los dos pedestales.

Pero en ese segundo exacto, Marco y Elena cruzaron sus miradas a través de la penumbra de la cámara: un relámpago de entendimiento absoluto, un pacto sellado en el fuego de su amor y en la verdad de su arte que desafiaba a la muerte misma.

Elena hundió los dedos en el registro agudo de su arpa doble. Marco descargó el arco de crin sobre las cuerdas graves del violonchelo negro.

El segundo movimiento de la Voz del Abismo —la disonancia armónica de la cuarta disminuida a cuatrocientas treinta y dos vibraciones— estalló en la cámara de las compuertas con una violencia acústica que partió el aire como un rayo de invierno.

La batalla final de la marea alta acababa de comenzar. Y las aguas de la laguna estaban a punto de dictar su propia sentencia sobre los hombres del Consejo de los Diez.