El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 15 El hallazgo del cofre bizantino #2
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Capítulo 15 El hallazgo del cofre bizantino #2

fórmulas químicas para la elaboración del fuego griego incombustible y, en las páginas centrales, el tratado supremo de los sabios de Alejandría sobre la alquimia acústica:

la ciencia de hacer vibrar los fluidos y la piedra mediante frecuencias armónicas calculadas según las proporciones de Pitágoras y Platón.

En el colofón del documento, escrito por el puño ciego y tembloroso del gran Dogo Enrico Dandolo en el campamento de Constantinopla en mayo de 1204, se leía en latín cancilleresco:

«A los que vengan detrás de la marea: Venecia sobrevivirá mientras su música no sea una cortesana de los tiranos. Si este conocimiento cae en manos de hombres que fingen la piedad para devorar a los humildes, la República se hundirá en el mar que la vio nacer.

Confío la llave de Bizancio a mi sangre y al arte de los hombres libres. —Henricus Dandolo, Dux».

Elena terminó de leer en silencio. Levantó la vista hacia Marco, y sus ojos azul grisáceo estaban limpios de toda lágrima; ardía en ellos una lucidez tan vasta, tan noble y serena, que el luthier toledano sintió que la historia entera de Venecia se inclinaba ante la joven que tenía enfrente.

—El secreto no era un arma de guerra para aplastar imperios, Marco —dijo ella en un susurro grave que llenó la rotonda octogonal—.

Era la ciencia para mantener viva esta ciudad sin vender el alma a la tiranía.

Enrico Dandolo sabía que Venecia se hundiría en el fango si sus gobernantes perdían la noción de la armonía.

Malipiero cree que estos rollos contienen el secreto para gobernar con terror absoluto; no comprende que la Alquimia de Bizancio solo responde a quienes no buscan el ego ni el oro.

Marco dio un paso hacia ella, tomó suavemente la mano de Elena que sostenía el pergamino imperial y la apretó con una fuerza cálida y protectora:

—Malipiero jamás tocará esta madera ni este pergamino, Elena. Tu linaje guardó la verdad en el abismo; nosotros la devolveremos a la luz del nuevo siglo.

Elena lo miró fijamente. Una sonrisa luminosa, desafiante y hermosa curvó sus labios; dio medio paso más hacia él y apoyó su frente contra el hombro del artesano, respirando el calor de su presencia como si en aquel abrazo subterráneo encontrara el ancla de su universo entero.

Marco rodeó la cintura de la joven con su brazo izquierdo, atrayéndola contra su pecho, sintiendo el latido acompasado de sus corazones en medio del silencio milenario del plomo y del mármol.

Sin embargo, en el instante supremo en que ambos sellaban su alianza frente al arca imperial, una vibración sorda y violenta sacudió la cúpula de la rotonda.

No fue un acorde musical. Fue el impacto de una barrena de hierro golpeando contra la piedra caliza del techo.

Un chasquido seco resonó en las galerías altas, seguido por una lluvia de polvo de yeso y fragmentos de mosaico que cayeron sobre el agua del canal subterráneo como esquirlas de piedra.

Luego, a través de los respiraderos de los pilotes de alerce, ascendió el eco de voces masculinas, gritos de mando y el sonido inconfundible de zapadores militares abriendo brecha con palancas y pólvora sorda en las bóvedas del baptisterio superior.

—¡Están perforando la losa! —exclamó Elena, separándose del pecho de Marco con los ojos en alerta máxima.

Marco miró hacia el arco de entrada de la rotonda.

El agua salada que cubría el canal subterráneo comenzaba a moverse en una corriente inversa: la marea alta de la Acqua Alta acababa de pasar su punto culminante de medianoche.

El reflujo del Adriático comenzaba a tirar de las aguas hacia la laguna exterior, cambiando la presión hidrostática de los sifones de la basílica.

En menos de media hora, el aire comprimido de las cámaras inferiores se agotaría, y los soldados de Malipiero, guiados por los zapadores del arsenal, habrían reventado el acceso del baptisterio para descender sobre la cripta como una jauría hambrienta.

Marco no perdió un segundo.

Tomó la bolsa de cuero encerado toledana que llevaba al cinto —la misma que su padre utilizaba para proteger las partituras maestras de la humedad de Castilla— y guardó en su interior los doce rollos de la Restauratio Magna y el sello de oro de Dandolo,

ajustando los cordones con tres nudos marineros ciegos.

Dejó la arqueta de la reliquia del apóstol en su lecho de ciprés, cerrando parcialmente la pesada tapa de plomo para que ningún hierro vulgar profanara el descanso del santo.

Se volvió hacia Elena con la determinación de acero brillando en sus ojos oscuros:

—Tenemos los planos y tenemos la verdad, Elena. El arpa doble y el violonchelo están afinados en el descansillo de la entrada. Malipiero cree que nos tiene acorralados en un pozo sin salida; no sabe que este canal desemboca en las esclusas mayores de la Piazzetta.

Elena tomó su puñal toledano con la mano diestra, ajustándose el mantón sobre el pecho con esa audacia indómita que ninguna Inquisición lograría apagar jamás:

—Pues vamos a enseñarle al Procuratore lo que pasa cuando la marea de Bizancio decide salir a la superficie, Marco de Toledo.

El Acto III de la novela había alcanzado su clímax definitivo.

El secreto de la Serenísima estaba en manos de los justos. Pero allá arriba, en las aguas inundadas de la Plaza de San Marcos y en las galerías subterráneas que comunicaban con el Palacio Ducal, el Inquisidor Alvise Malipiero cerraba el cerco final con bayonetas y fuego de metralla.

La batalla por la libertad y la marea alta de Venecia estaba a punto de estallar en su acto final.