El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 15 El hallazgo del cofre bizantino
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Capítulo 15 El hallazgo del cofre bizantino

El agua del canal subterráneo lamía los muslos de Marco con una frialdad viscosa que parecía querer arrastrarlo hacia el fondo de fango milenario sobre el que descansaba Venecia.

Con la mano izquierda sostenía en alto la linterna de latón sellada con cristal de roca, cuya llama protegida arrojaba un haz dorado y vacilante sobre la superficie negra; con la derecha guiaba el cuerpo del gran violonchelo negro,

que flotaba sobre la lámina de agua envuelto en su sayal impermeable, sostenido por la pica de madera como si fuera una embarcación en miniatura.

A dos pasos de él, Elena avanzaba sobre una estrecha repisa de piedra de Istria que bordeaba el canal, guiando la columna del arpa doble con la paciencia de una sacerdotisa.

El mantón de lana oscura de la muchacha estaba empapado en los dobladillos, pero en su rostro no había el menor rastro de debilidad.

Sus ojos azul grisáceo, iluminados por el resplandor de la linterna y por los destellos verdosos que flotaban en el agua, recorrían las arcadas subterráneas con una fijeza magnética.

En su dedo anular izquierdo, la esmeralda imperial de los Comneno resplandecía en la penumbra con una intensidad casi orgánica, como si el mineral reconociera la proximidad del santuario para el que había sido tallado quinientos años atrás.

A su alrededor, el silencio de la cripta era monumental.

El bosque de miles de pilotes de alerce negro se extendía en todas direcciones, alineados con una simetría geométrica prodigiosa.

Marco, con su ojo de artesano acostumbrado a evaluar la fibra de los árboles talados, contemplaba las maderas sumergidas con un asombro reverente: aquellos troncos no se habían podrido en cinco siglos de inmersión;

la ausencia total de aire en el cieno de la laguna y la saturación constante de sales de hierro del agua los habían transformado en columnas de piedra viva, duras como el basalto, sobre las cuales reposaba el peso de las cúpulas de San Marcos sin ceder un solo milímetro.

—El fango de los pescadores sostiene a los emperadores, Elena —susurró Marco, y su voz resonó bajo las bóvedas de ladrillo romano con un eco cálido y amortiguado.

Elena se detuvo un instante en la repisa de piedra, mirándolo con una sonrisa dulce y cansada que iluminó la penumbra:

—Enrico Dandolo decía que Venecia no fue construida sobre la tierra firme porque la tierra pertenece a los reyes que cambian de corona cada invierno; fue construida sobre el agua porque el mar no tiene dueño y solo obedece a quien sabe escuchar sus mareas.

Estamos cerca, Marco. El agua se vuelve más tibia.

No era una ilusión de los sentidos. A medida que avanzaban hacia la rotonda septentrional, la temperatura del líquido salobre comenzaba a templarse levemente.

Un sistema de respiraderos térmicos y sifones de compensación, alimentados por el calor de las arenas profundas de la laguna y diseñados por los arquitectos hidráulicos de Constantinopla en 1204, mantenía la cámara central a salvo de la congelación invernal.

El canal subterráneo desembocó finalmente en un rellano semicircular enlosado en mármol blanco de Paros.

Al salir del agua y pisar las losas secas, Marco ayudó a Elena a depositar el arpa doble sobre una estera de esparto trenzado que descansaba junto al zócalo.

El artesano descolgó el violonchelo negro de su espalda, secó la madera exterior con el lino limpio de su pañuelo y alzó la linterna sobre sus cabezas.

La visión que se abrió ante ellos los dejó paralizados de sobrecogimiento.

La estancia no era una cueva tosca ni una mazmorra carcelaria; era una rotonda octogonal de sillería marmórea, una réplica en miniatura del sanctasanctórum de la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla, el mausoleo donde reposaban los emperadores bizantinos antes del saqueo latino.

Ocho columnas colosales de pórfido rojo egipcio sostenían una cúpula baja revestida por completo de mosaicos dorados, cuyas teselas diminutas representaban a cuatro serafines con alas de seis puntas que custodiaban un sol naciente.

En las paredes curvas, inscripciones en griego uncial y latín arcaico grabadas en frisos de bronce narraban la caída de Bizancio y el juramento secreto de los cuatro capitanes venecianos que se negaron a entregar los tesoros de la ciencia a la codicia de los cruzados francos.

En el centro exacto de la rotonda, elevado sobre un pedestal de tres peldaños de mármol de Carrara, descansaba un monumento fúnebre.

Era una inmensa arca de plomo macizo, de casi seis pies de longitud por tres de ancho, con los bordes sellados por cordones de soldadura de plata y estaño.

En la cara frontal del plomo, en relieve perfecto, destacaba el águila bicéfala imperial coronada, y a sus pies, esculpido con un trazo indómito, el león alado de los Dandolo con la espada desnuda apuntando hacia el cielo.

Sobre la tapa del arca no había cerraduras comunes ni pestillos de hierro.

En el centro del metal destacaba una placa circular de bronce de Corinto con una moldura cóncava donde se abría una hendidura en forma de flor de loto de ocho pétalos. Y en el corazón de la flor, un hueco octogonal del tamaño exacto de la sortija que Elena llevaba en la mano.

Elena caminó hacia el pedestal como si avanzara en sueños.

El agua salada goteaba de los bajos de su falda sobre el mármol seco, pero sus ojos estaban fijos en el león de su estirpe. Se detuvo ante el arca, apoyó ambas manos temblorosas sobre el plomo frío y respiró hondo aquel aire que llevaba quinientos veintiséis años esperando el regreso de su sangre.

—Aquí está… —susurró la muchacha, y su voz tuvo la resonancia sagrada de quien llega al final de una travesía milenaria—. El secreto que le costó la vida a mi abuelo en los Piombi y que obligó a mi madre a dejarme en el torno de las expósitas para que no me degollaran en la cuna.

Marco subió los peldaños despacio, colocándose a su lado con la lámpara en alto.

La luz dorada iluminó las facciones de ambos: el rostro castellano del luthier, surcado por las fatigas de la fuga pero firme como el acero de sus herramientas, y la belleza luminosa de Elena, cuya mirada azul grisáceo parecía condensar toda la dignidad herida de la República.

—Es tuya, Elena —dijo Marco con una suavidad que acarició el alma de la joven—. El Dogo Enrico no la cerró para los reyes; la cerró para quien tuviera el valor de descender a este abismo sin pedir oro a cambio. Pon tu mano en la flor.

Elena asintió despacio. Con un movimiento sereno, giró el anillo de esmeralda de los Comneno en su dedo anular para orientar la piedra tallada en cabujón hacia adelante.

Introdujo el dedo en el receptáculo octogonal del bronce.

La esmeralda imperial encajó en el fondo con un chasquido mineral seco.

Elena aplicó una presión firme hacia la derecha, haciendo girar la sortija un cuarto de vuelta.

En el interior del arca de plomo, un mecanismo de engranajes hidráulicos y contrapesos de mercurio comenzó a deslizarse con un murmullo sibilante, semejante al fluir de arena fina en un reloj gigante.

Las soldaduras de plata que sellaban los bordes de la tapa no se quebraron; se separaron sobre guías de bronce engrasadas con manteca de ballena antigua, abriéndose con una suavidad milagrosa.

La pesada tapa de plomo se elevó cuatro pulgadas hacia arriba, impulsada por dos pistones hidráulicos inferiores que aprovecharon la presión de la marea exterior, y quedó suspendida en el aire con un chasquido solemne.

Un vaho denso, perfumado y templado escapó del interior del arca.

No olía a muerte ni a ceniza de cripta. Olía a resina de lentisco de la isla de Quíos, a aceite esencial de cedro del Líbano, a cera virgen de abejas de Licia y a ese aroma inconfundible, seco y noble del pergamino imperial que Marco ya conocía por el cilindro de plata.

Marco y Elena se inclinaron sobre el borde del plomo.

El interior del arca estaba dividido en dos compartimentos forrados de madera de ciprés aromático y terciopelo carmesí desvaído.

En el compartimento izquierdo, envuelta en un sudario de lino finísimo bordado con hilos de oro y sellada con doce bulas de plomo del patriarcado ortodoxo de Alejandría, descansaba una arqueta de madera de cedro de proporciones sagradas.

En su tapa de plata repujada, una inscripción griega del siglo IX proclamaba:

«HAGIOS MARKOS HO EVANGELISTES – CORPUS VERUM» (San Marcos el Evangelista – El Cuerpo Verdadero).

Elena contuvo el aliento, llevándose una mano a la boca con un escalofrío de pavor religioso:

—Dios bendito… es la reliquia verdadera.

Marco contempló la arqueta de cedro con los ojos muy abiertos. La historia secreta que Vivaldi le había susurrado en el taller cobraba una realidad incontestable ante sus ojos:

—El Dogo Enrico Dandolo trajo el cuerpo auténtico del apóstol de Alejandría y lo ocultó en este abismo para que los emperadores germánicos y los papas de Roma jamás pudieran utilizarlo como botín de guerra —murmuró Marco, persignándose con su mano vendada—.

La momia que los canónigos exhiben en el altar mayor de la basílica…

no es más que una falsificación de cera y huesos de mártires menores para mantener en paz al Senado.

Pero fue en el compartimento derecho del arca donde descansaba el verdadero corazón del enigma: el secreto que el Inquisidor Malipiero codiciaba con la desesperación de un poseso.

Sobre una bandeja de bronce descansaban doce rollos de vitela purísima, teñidos en púrpura de Tiro y atados con cordones de seda dorada que lucían el sello imperial de los Comneno y el león alado de los Dandolo. Eran los manuscritos originales de la Restauratio Magna.

Elena tomó el primer rollo con una lentitud que rozaba el éxtasis. Lo desenrolló parcialmente bajo la luz de la lámpara.

El pergamino contenía diagramas arquitectónicos de una precisión geométrica que anticipaba en quinientos años a los tratados de la Ilustración: secciones de cúpulas acústicas autoportantes, cálculos sobre la resistencia hidrostática de las mareas de la laguna,