Capítulo 14 El descenso a las aguas
El primer compás de la Voz del Abismo no sonó como un concierto de iglesia; sonó como la fractura de una presa en las profundidades de la tierra.
Marco descargó el talón de su arco de crin toledana sobre la cuerda más grave del violonchelo negro con una presión implacable, extrayendo del vientre de madera imperial un Do cavernoso y continuo que vibró en la frecuencia exacta de cuatrocientas treinta y dos pulsaciones.
No fue un sonido que flotara en el aire; fue una descarga telúrica que descendió por la pica de boj, atravesó el peldaño de mármol del altar y se propagó por la masa de agua de la Acqua Alta que cubría las losas del baptisterio.
Al instante, con una sincronía que parecía dictada por la misma sangre de Bizancio, los dedos de Elena atacaron las cuerdas de plata de su gran arpa doble.
La muchacha no vaciló. Sus manos desgranaron una secuencia ascendente de arpegios en modo dórico: doce acordes quebrados, limpios y cortantes como esquirlas de cristal de Murano, que subieron en espiral hacia la bóveda dorada de los mosaicos antes de precipitarse de nuevo hacia el suelo inundado,
buscando la colisión armónica con el bajo continuo de Marco.
Lo que siguió desafió toda ley conocida por los sabios de la Academia de Padua.
La lámina de agua marina que cubría el pavimento no se limitó a temblar: comenzó a ordenarse en patrones geométricos vivientes.
Círculos concéntricos, triángulos de espuma blanca y ondas estacionarias de una precisión milimétrica se formaron sobre la superficie salobre, convergiendo con una violencia magnética hacia el centro exacto de la tercera losa de mármol rojo de Verona.
Bajo el agua, la roseta circular de bronce deslustrado comenzó a silbar.
Las doce perforaciones helicoidales no expulsaron líquido; comenzaron a tragarlo.
Una succión formidable, producida por el vacío de las cámaras inferiores al entrar en resonancia con la frecuencia de cuatrocientas treinta y dos vibraciones, aspiró el agua de la marea hacia el subsuelo con un gorgoteo ensordecedor.
El aire comprimido durante cinco siglos en los sifones de Enrico Dandolo escapó por las trompas acústicas con un aullido sordo, semejante al lamento de una ballena herida bajo los cascos de las naves.
En las entrañas del suelo, un estrépito colosal de poleas de bronce y contrapesos de plomo macizo rodando sobre carriles de piedra caliza sacudió la basílica entera.
La gran losa de mármol rojo, de dos palmos de grosor y más de seiscientas libras de peso, tembló, se quebró limpiamente por su junta seca y comenzó a descender en ángulo oblicuo, hundiéndose hacia las sombras como la rampa de acceso a un sepulcro monumental,
dejando al descubierto una abertura cuadrada por la que el agua de la Acqua Alta caía en una catarata rugiente hacia un abismo de tinieblas.
—¡Funciona! —gritó Elena a través del torrente de sonido, con los ojos azul grisáceo llameantes de triunfo—. ¡Las esclusas acústicas están abiertas, Marco!
Pero el grito de júbilo de la joven fue sepultado al instante por el eco violento de un disparo de pólvora.
¡BUM!
Una detonación ensordecedora retumbó bajo la cúpula del baptisterio.
El fogonazo anaranjado de una pistola de chispa iluminó las sombras de la nave lateral; una bala de plomo de tres onzas silbó a escasas pulgadas de la oreja de Marco y se estrelló contra la pila bautismal de Sansovino,
arrancando una lluvia de esquirlas de mármol y bronce que cayeron sobre el agua como granizo de fuego.
El olor acre a humo de azufre y salitre quemado invadió de golpe el aire sagrado del templo.
Al pie de la verja de hierro del baptisterio, chapoteando en el agua con la furia de una jauría desatada, seis soldados de la guardia personal del Consejo de los Diez irrumpieron con alabardas caladas y pistolas amartilladas.
Y en medio de ellos, avanzando con zancadas rápidas que levantaban cortinas de espuma blanca sobre las baldosas inundadas, venía el Procuratore Alvise Malipiero.
El Inquisidor de Estado ofrecía una visión aterradora.
Su habitual compostura de monje virtuoso se había hecho pedazos; la sotana de paño negro estaba empapada hasta la cintura por el agua del templo y su rostro huesudo, blanco como la cal de los osarios, estaba desfigurado por una mezcla de rabia ciega y una codicia demencial.
En su mano derecha ya no sostenía el rosario de olivo de sus sermones públicos; empuñaba una espada ropera de guarnición de lazo con hoja de acero negro,
y en la izquierda llevaba un farol de aceite cuya persiana abierta proyectaba un haz de luz amarilla directamente sobre la losa abierta en el suelo.
Al ver el pozo secreto bostezando bajo la piedra roja y escuchar el rugido de las aguas subterráneas, los ojos hundidos de Malipiero brillaron con un fuego fanático, salvaje y desquiciado:
—¡La esclusa de Dandolo! —aulló el Inquisidor con una voz desgarrada que rebotó contra los mosaicos dorados como la maldición de un condenado—. ¡No era una fábula de los herejes! ¡El arca está viva bajo el fango!
Malipiero alzó su espada negra hacia Marco y Elena, señalándolos con la punta del acero temblando de odio:
—¡Disparad al extranjero! ¡Matadlo antes de que toque la madera! ¡Y traedme a la muchacha viva; sus dedos tienen que cantar ante el tribunal hasta que no le quede una sola uña sana!
Dos alabarderos se adelantaron a la carrera por el agua, alzando sus armas para ensartar a Marco contra el pedestal del altar.
Marco no titubeó.
Con la rapidez forjada en el temple de los artesanos de Toledo, descolgó el violonchelo negro de su soporte y se lo cruzó a la espalda mediante la correa de cuero grueso, asegurando la caja armónica contra sus omóplatos.
Dio un paso lateral con el pie sumergido en la corriente, desenvainó su cuchilla toledana de desbaste con la mano diestra y, utilizando la palanqueta de acero como escudo improvisado en la izquierda,
bloqueó la primera estocada de alabarda con un golpe seco que desvió el hierro hacia las losas de piedra.
Con un giro limpio de su muñeca curtida, Marco descargó la empuñadura de bronce de su cuchilla directamente sobre la mandíbula del primer soldado.
El hueso crujió bajo el impacto; el guardia soltó el arma con un estertor sordo y cayó de bruces en el agua salobre, chapoteando aturdido en medio de la marea.
El segundo alabardero intentó clavarle la moharra por el flanco izquierdo, pero Elena intervino con la ferocidad indómita de su sangre.
La joven patricia empujó con todas sus fuerzas la pesada columna de madera de cerezo de su gran arpa doble, usándola como un ariete de sesenta libras de peso.
La base del instrumento golpeó de lleno en el pecho del soldado con la contundencia de un mazo; la coraza de hierro del guardia sonó como un tambor quebrado y el hombre salió despedido hacia atrás,
resbalando sobre las baldosas inundadas y derribando a dos de sus compañeros en una maraña de capas negras y mosquetes inútiles.
—¡Al pozo, Marco! ¡Salta! —gritó Elena, arrastrando el arpa hacia el borde de la abertura de mármol rojo.
La rampa subterránea descendía en un ángulo de cuarenta y cinco grados hacia la oscuridad, convertida en un tobogán de agua espumosa que caía hacia las entrañas de la basílica.
Marco tomó el cuerpo del arpa doble junto a Elena.
Ambos levantaron la monumental estructura de madera y la deslizaron por la rampa de piedra caliza con una destreza milagrosa: la madera barnizada resbaló sobre la lámina de agua que se precipitaba al abismo, descendiendo hacia el descansillo inferior como una góndola sobre un torrente subterráneo,
guiada por los pasamanos de bronce que los arquitectos de Bizancio habían embutido en los muros de la caja de descenso para el traslado de las reliquias imperiales.
—¡Baja tú primero, Elena! —ordenó Marco, interponiéndose entre la muchacha y los soldados que se reincorporaban en el agua con juramentos de sangre—. ¡Yo cerraré el paso!
Elena no discutió con palabras vanas; conocía el valor del tiempo en medio de la batalla. Se recogió las faldas del sayal oscuro, se deslizó por el brocal de piedra y se arrojó al agua de la rampa, desapareciendo en la oscuridad del pozo con la agilidad de una nutria marina.
En el baptisterio, Malipiero cargó en persona a través del agua.
El Inquisidor arrojó el farol a un lado y lanzó una estocada letal con su espada negra dirigida directamente al cuello del artesano toledano.
El acero silbó en el aire húmedo con una precisión asesina; Malipiero no era solo un burócrata del tribunal, era un espadachín consumado que había librado duelos secretos en las sombras del Gran Canal.
Marco desvió el filo asesino con la hoja de su cuchilla de desbaste en un chispazo azulado que iluminó las facciones huesudas del Inquisidor a escasos dos palmos de distancia.
—¡Hijo de carpinteros! —siseó Malipiero entre dientes, y su aliento apestaba a bilis y a ceniza podrida—. ¡No saldrás vivo de este templo! ¡Esa reliquia es el instrumento con el que purgaré a los traidores del Senado y levantaré una Venecia de hierro que no morirá jamás!
Marco sostuvo la mirada del fanático con un desprecio soberano, apoyando todo el peso de su cuerpo toledano contra la hoja del Inquisidor:
—La madera de Bizancio canta para la libertad de los hombres, Malipiero… no para los monstruos que se esconden tras una sotana.
Marco no intentó atravesar el cuerpo del Procuratore.
Con un movimiento fulgurante de su mano izquierda, tomó una de las cuñas de madera de boj que guardaba en su cinto —la misma cuña con la que había desarmado el violonchelo horas antes— y la clavó con la fuerza de un martillo en el eje del trinquete de bronce que mantenía abierta la gran losa de
mármol rojo.
El trinquete saltó de su muesca con un chasquido metálico atronador.
Liberada del tope acústico, la losa de seiscientas libras de piedra de Verona comenzó a bascular hacia arriba bajo el empuje de sus gigantescos contrapesos sumergidos, cerrándose como la mandíbula de una bestia de cantería sobre el brocal del pozo.
—¡Maldito seas! —aulló Malipiero, lanzando un tajo desesperado que cortó la manga de la casaca de Marco pero solo arrancó virutas a la madera del suelo.
Marco dio un salto hacia atrás, encogió las piernas sobre el pecho y se arrojó de espaldas hacia el tobogán de agua de la rampa subterránea en el segundo exacto en que la losa de mármol rojo se cerraba sobre su cabeza.
¡CLAAAM…!
El choque de la piedra contra su cerco de bronce retumbó como un trueno en el fondo del pozo.
La losa selló el vano a hueso seco, cortando de un tajo la luz de las teas del baptisterio, los gritos de Malipiero y los disparos de los mosquetes.
La punta de la alabarda de uno de los guardias, atrapada en la juntura del mármol, se quebró limpiamente, cayendo al agua subterránea como una astilla de hierro inútil.
El silencio volvió a ser absoluto, húmedo y sepulcral.
Marco se deslizó por la rampa de piedra resbaladiza en medio de una cascada de agua salobre que lo empujó durante treinta pies de descenso vertical antes de arrojarlo a una balsa de agua estancada que amortiguó su caída con un chapoteo descomunal.
El artesano emergió a la superficie jadeando, sacudiéndose el agua de los ojos y buscando instintivamente la correa del violonchelo negro a su espalda.
El sayal de cáñamo y la lona encerada habían resistido la inmersión; el instrumento estaba húmedo por fuera pero la madera imperial conservaba su hermetismo milagroso.
A dos brazas de distancia, de pie sobre una plataforma de piedra caliza con el agua llegándole a la cintura, Elena lo esperaba sosteniendo en alto una lámpara de latón sellada con cristal grueso que había encontrado en una hornacina del descansillo.
La luz dorada de la llama reveló a Marco un universo subterráneo que ningún mapa oficial de la República se había atrevido a dibujar.
Estaban en el corazón secreto del subsuelo de la Basílica de San Marcos.
La cámara era una inmensa catedral sumergida que se extendía bajo el baptisterio y la cripta ducal.
El agua de la Acqua Alta, drenada parcialmente por los sifones acústicos, alcanzaba allí unos tres pies de profundidad, cubriendo las bases de un bosque interminable de miles de pilotes de alerce negro que sostenían el peso descomunal de la basílica entera sobre el fango primordial de la laguna.
Los pilotes, petrificados por quinientos años de inmersión en agua salobre sin oxígeno, parecían columnas de ébano mineralizado.
Entre ellos corrían arcadas de ladrillo romano y canales abovedados donde el agua fluía con un susurro hipnótico, reflejando el fulgor de la lámpara en un espejo oscuro y cristalino.
Elena extendió su mano hacia él, ayudándolo a subir al escalón de piedra seca donde descansaba la gran arpa doble de Brescia, intacta sobre una estera de juncos antiguos:
—¿Estás herido, Marco?
El luthier se puso en pie, pasando la mano por el corte superficial que la espada de Malipiero le había dejado en el antebrazo izquierdo:
—Solo es un rasguño de hierro, Elena. El mármol ha sellado la puerta por fuera; Malipiero tardará al menos una hora en traer palancas y zapadores del arsenal para levantar esa losa sin reventar los cimientos de la basílica. Tenemos tiempo.
Elena respiró hondo, apartando los mechones mojados de su frente.
Sus ojos azul grisáceo brillaron en la penumbra con una emoción que superaba cualquier fatiga física.
Señaló hacia el fondo de la galería de pilotes de alerce, donde las aguas del canal subterráneo desembocaban en una rotonda de piedra iluminada por un resplandor verdoso, sutil y sobrenatural:
—Mira allí, Marco…
Entre dos pilares de granito rojo que emergían del agua como los centinelas de un imperio desaparecido, una escalinata sumergida descendía hacia una cámara abovedada custodiada por dos leones de mármol que cruzaban sus alas sobre el dintel.
El arca bizantina de Enrico Dandolo aguardaba al final del agua.
Y el secreto que había permanecido oculto durante quinientos años estaba a punto de entregarse a la luz de los justos.