El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 13 La infiltración en la Basílica #2
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Capítulo 13 La infiltración en la Basílica #2

Y tallado en relieve diminuto sobre el bronce, justo en el punto que señalaba el norte de la basílica, aparecía el mismo símbolo que presidía el relicario de Elena: el león alado con la espada desnuda.

—Es aquí —afirmó Marco con una certeza matemática que le erizó el vello de los brazos—.

Esta losa cubre el pozo de descenso hacia la cripta sumergida.

Pero las compuertas inferiores están bloqueadas por toneladas de agua y plomo.

Si intentamos levantar esta piedra con palancas de hierro, la presión de la laguna reventará los sifones y ahogará la cámara secreta en un abrir y cerrar de ojos.

Elena alzó los ojos hacia la pila bautismal.

El agua de la Acqua Alta seguía subiendo a un ritmo vertiginoso.

La marea del invierno, empujada por el siroco exterior, cubría ya las losas del baptisterio hasta una cota de casi siete pulgadas.

La superficie líquida comenzaba a rozar la base de la roseta de bronce, formando pequeños remolinos que absorbían burbujas de aire hacia el subsuelo con un gorgoteo sordo y continuo.

—Canaletto dijo que la marea alta alcanzaría su punto culminante exactamente a la medianoche —recordó la muchacha, consultando el reloj de sol interior y la posición de las sombras de las arcadas—.

Faltan menos de quince minutos. Si la marea toca el labio superior del león de bronce antes de que hayamos comenzado a tocar…

las esclusas se bloquearán por sobrepresión y la compuerta no volverá a responder en los próximos cien años.

Marco se puso en pie con un movimiento ágil y seguro, despojándose de su capa castellana empapada para ganar libertad en los brazos.

—No se bloqueará, Elena. Vamos a preparar los instrumentos.

El artesano toledano levantó el gran violonchelo negro de su pedestal y lo colocó sobre el primer escalón seco del altar del baptisterio, un peldaño de mármol que se elevaba cuatro pulgadas sobre la lámina de agua de la marea.

Con una devoción quirúrgica, extrajo de su bolsillo el diapasón de hueso y comprobó la tensión de las cuatro cuerdas de tripa entorchadas en plata.

Acercó el oído al lóbulo superior de la tapa armónica y pulsó la cuerda más grave con el pulgar:

¡DOOOOM…!

La nota fundamental vibró en el tono sagrado de cuatrocientas treinta y dos pulsaciones.

La madera balsámica de Bizancio respondió con una resonancia profunda, aterciopelada y pura que se propagó por el agua del baptisterio como una onda de terciopelo líquido, haciendo temblar los cirios apagados del altar.

A su lado, Elena desenvolvía con manos rápidas y expertas las fundas de cuero de su gran arpa doble de Brescia.

El instrumento apareció en toda su magnificencia bajo la penumbra del templo: una estructura imponente de madera de cerezo pulida, con dos columnas paralelas que sostenían casi sesenta cuerdas de tripa y entorchados de plata pura.

La joven se sentó en el segundo escalón del altar, acomodó la caja armónica entre sus rodillas y comenzó a afinar las octavas medias en el modo dórico con una llave de hierro dulce,

girando las clavijas con una rapidez prodigiosa que denotaba diez años de disciplina implacable en el coro de La Pietà.

Cada arpegio que Elena desgranaba en el arpa se elevaba hacia la bóveda dorada del baptisterio con una claridad diamantina, dialogando en el aire con los ecos graves del violonchelo de Marco.

Por primera vez desde la caída del Imperio Romano de Oriente en 1204, las dos mitades de la llave acústica de Enrico Dandolo vibraban juntas bajo el mismo techo.

Sin embargo, en el instante supremo en que ambos afinaban la última cuerda, un sonido metálico, áspero y violento desgarró la solemnidad del templo.

Un golpe seco de cerrojo resonó en la lejanía de la nave mayor.

Luego, el crujido inconfundible de una pesada cancela de hierro que cedía hacia el interior, seguido por el eco de pisadas marciales sobre el agua de la basílica y el entrechocar de vainas de acero contra corazas de hierro.

Marco y Elena se quedaron petrificados.

Desde la galería alta que comunicaba el Palacio Ducal con la tribuna del Dux, en el crucero sur de San Marcos, una linterna sorda de aceite proyectó un haz de luz amarilla que barrió las columnas de pórfido del baptisterio.

—¡Revisad las capillas bajas! —ordenó una voz que hizo que a Marco se le helara la sangre en las venas.

Era la voz del Procuratore Alvise Malipiero.

El Inquisidor de los Diez no se había quedado en la plaza fascinado por el concierto de Vivaldi.

Guiado por su instinto implacable de sabueso de Estado y por el registro forzado de la Porta dei Fiori exterior, Malipiero había cruzado los pasadizos secretos del palacio ducal con una escuadra de seis soldados de su guardia personal, penetrando en la basílica por la galería privada de la Señoría.

—¡El español está aquí dentro! —gritó un soldado desde la tribuna alta—. ¡He visto el brillo de un arpa en el baptisterio!

—¡Apresadlos vivos si es posible! —rugió la voz aterciopelada de Malipiero desde la nave—. ¡Y si tocan esa madera… haced fuego a discreción!

Los soldados comenzaron a descender por la escalera de caracol de la sacristía con las alabardas caladas, chapoteando en el agua de la nave central a menos de cincuenta pasos de donde se encontraban los dos jóvenes.

Elena alzó los ojos hacia Marco. En su rostro no había terror; había una resolución salvaje, una llama de fuego indómito que parecía desafiar a toda la Inquisición de Venecia.

En ese segundo exacto, el gran reloj astronómico de la Torre dell’Orologio, en la plaza exterior, comenzó a dejar caer sus doce campanadas de bronce sobre la noche:

¡DONG… DONG… DONG…!

Era la medianoche del Martes de Carnaval.

El agua de la Acqua Alta alcanzó en ese mismo instante el borde exacto del león alado en la roseta de bronce de la tercera losa de mármol rojo.

Marco tomó su arco de crin toledano, miró a Elena con una complicidad que quemaba más que cualquier hoguera y apoyó la vara sobre la cuerda más grave del violonchelo negro.

—Es la hora, Elena Dandolo —dijo Marco con voz de trueno—. ¡Haz que cante Bizancio!

Elena cerró los ojos, hundió los dedos en las cuerdas de plata de su arpa doble y ambos atacaron el primer acorde de la Voz del Abismo con una potencia titánica que hizo temblar los cimientos de la basílica entera.

La batalla de la música y el agua acababa de comenzar. Y las losas del baptisterio estaban a punto de quebrarse ante el juicio de la armonía.