Capítulo 13 La infiltración en la Basílica
El silencio en el interior de la Basílica de San Marcos no era una simple ausencia de ruido; era una presencia física, inmensa, pesada y litúrgica, acumulada a lo largo de ocho siglos de incienso, plegarias de cruzados y decretos ducales.
Al cerrarse tras ellos la pesada hoja de bronce y roble de la Porta dei Fiori, el estrépito colosal del concierto de Vivaldi, el rugido de tres mil gargantas ebrias en la plaza y los chasquidos de la pólvora carnavalesca quedaron amputados de golpe,
como si hubieran sido sepultados bajo diez brazas de agua muerta.
Solo se escuchaba el goteo rítmico, pausado y frío de la marea alta que comenzaba a filtrarse por las juntas de la mampostería exterior, y el eco tenue de la respiración agitada de Marco y Elena, que resonaba bajo las bóvedas como el aleteo de pájaros atrapados en una catedral de sombra.
La atmósfera olía a una mezcla sagrada y penetrante: cera de abejas virgen de los cirios pascuales, madera de cedro secada al frío, nardo oriental petrificado y ese regusto amargo a cieno y salitre que el mar Adriático dejaba en cada poro de Venecia.
Marco se despojó del sayal de cáñamo que cubría su cuerpo, asegurando el violonchelo negro contra su costado. Sus ojos oscuros, habituados a la penumbra de los talleres toledanos, tardaron varios segundos en adaptarse a la inmensidad cavernosa del templo.
La basílica estaba sumida en una penumbra dorada y fantasmal.
A través de las ventanas altas de las cinco cúpulas bizantinas, la luz lechosa de la luna llena de febrero y el reflejo rojizo de los fuegos artificiales de la plaza se colaban entre las tracerías, haciendo relucir millones de diminutas teselas de oro que tapizaban las bóvedas de cañón.
Figuras monumentales de apóstoles, ángeles con alas de pavo real y profetas barbudos parecían descender desde las alturas celestes con miradas severas e inmóviles, suspendidos sobre un bosque de más de quinientas columnas de mármol de Paros, pórfido rojo egipcio,
jaspe verde y serpentina que los capitanes venecianos habían arrancado de los palacios de Constantinopla durante la Cuarta Cruzada.
En el suelo, el fenómeno de la Acqua Alta reclamaba ya el santuario.
El pavimento, una obra maestra de opus sectile donde mármoles polícromos formaban pavos reales, leones y círculos geométricos entrelazados, estaba cubierto por una lámina de tres pulgadas de agua marina limpia y oscura.
El agua entraba por los imbornales subterráneos y por los umbrales del atrio, convirtiendo la nave central en un estanque sagrado que duplicaba las cúpulas de oro en un espejo invertido y tembloroso.
Elena dio dos pasos en el agua salada, sosteniendo la gran arpa doble de Brescia con ambos brazos para que las cuerdas de plata no tocaran la marea.
La joven contemplaba las bóvedas con la cabeza alzada, y a través del brillo de sus ojos azul grisáceo cruzaba una reverencia que Marco no le había visto en los callejones.
—Aquí está todo, Marco… —susurró ella, y su voz, aunque apenas fue un suspiro, flotó por la acústica elíptica del templo con una nitidez sobrecogedora—.
Cada pilar de esta iglesia fue robado del palacio de Blanquernas y de Santa Sofía por las galeras de mi antepasado.
Enrico Dandolo despojó al Imperio Romano de Oriente de sus huesos más nobles para levantar esta fortaleza sobre el barro de los pescadores.
Los venecianos creen que esto es una iglesia latina dedicada a un apóstol…
pero esto es Bizancio resucitado sobre el mar.
Marco caminó a su lado, sintiendo el frío del agua calando las suelas de sus botas toledanas. Con su oído absoluto de luthier, no solo miraba la piedra; escuchaba la arquitectura.
El templo tenía una resonancia prodigiosa: el eco tardaba casi cinco segundos en extinguirse entre las naves laterales. Cualquier paso en falso, cualquier golpe de metal sobre el agua se multiplicaba en las bóvedas cóncavas como un disparo de fusil.
—Canaletto dijo que el acceso no estaba en la nave mayor —recordó Marco en un susurro grave, mirando hacia las sombras del flanco sur—.
La tercera losa de mármol rojo está en el baptisterio, junto a los sepulcros ducales.
Tenemos que cruzar antes de que la ronda de canónigos haga la inspección de medianoche.
Se adentraron por la nave lateral derecha, sorteando las hileras de bancos de nogal que flotaban a la deriva en el agua baja.
Al cruzar una pesada verja de hierro forjado adornada con cuadrifolios góticos, entraron en el Baptisterio de San Marcos.
Aquel recinto era más íntimo, más oscuro y considerablemente más antiguo que la nave central.
En el centro de la estancia se alzaba la monumental pila bautismal de mármol y bronce fundida por Jacopo Sansovino, coronada por la figura de San Juan Bautista; en las paredes,
los mosaicos del siglo XIV narraban el martirio de los apóstoles sobre un fondo de oro envejecido que parecía llorar gotas de condensación.
Pero lo que detuvo el paso de Elena fue el monumento funerario que presidía el muro occidental.
Bajo un arcosolio de piedra de Istria descansaba un sarcófago de mármol blanco de Carrara, sobre el cual yacía esculpida la estatua yacente de un dux ataviado con el manto de armiño y el corno ducale sobre la frente, con las manos cruzadas sobre una espada de parada.
En la losa frontal, una inscripción latina rezaba con letras capitales desgastadas:
«ANDREAS DANDOLO – DUX VENETIARUM – DOCTOR HISTORIAE ET AMATOR PATRIAE»
Elena se acercó despacio, chapoteando en el agua que allí alcanzaba ya casi cinco pulgadas de profundidad. Alargó su mano derecha y posó los dedos desnudos sobre la piedra gélida de la tumba de su antepasado.
Andrea Dandolo. El quincuagésimo cuarto Dogo de Venecia.
El último soberano de la República que había obtenido el derecho sagrado de ser sepultado dentro de los muros de la basílica; el amigo íntimo del poeta Petrarca y el guardián que había reorganizado los archivos secretos de la familia tras la gran peste del siglo XIV.
—Aquí descansa el último que supo la verdad entera —dijo Elena, y dos lágrimas limpias asomaron a sus pestañas, reflejando el fulgor de la esmeralda imperial que brillaba en su anular—.
Él escribió que la grandeza de Venecia no estaba en sus flotas mercantes ni en los ducados de la banca, sino en el pacto que su bisabuelo Enrico había sellado con las aguas de Bizancio.
Pasé toda mi niñez en La Pietà, a menos de trescientos pasos de esta tumba, creyendo que era una hoja seca arrojada al viento…
y mi sangre estaba enterrada bajo el oro de los apóstoles.
Marco se detuvo a su espalda, depositó el violonchelo negro sobre el pedestal seco de una estatua de San Pedro y apoyó sus manos sobre los hombros de la joven con una firmeza protectora que le transmitió todo el calor de su espíritu toledano:
—No eres una hoja seca, Elena. Eres la rama viva que ha sobrevivido a la tormenta para hacer florecer el árbol de nuevo.
Tu abuelo Alvise, tu madre en el torno de las expósitas y este Dogo yacente…
todos ellos resistieron a los inquisidores para que tú estuvieras hoy de pie frente a esta piedra.
Su historia no termina en este mármol; comienza en tus manos.
Elena se volvió hacia él. Una sonrisa dulce, valiente y conmovida curvó sus labios; tomó la mano vendada de Marco y la apretó contra su mejilla con una devoción despojada de todo miedo:
—Gracias, Marco. Gracias por no haberme dejado sola en este abismo.
El artesano sintió que el corazón le latía con un compás nuevo y luminoso, pero su mente analítica devolvió de inmediato su atención al suelo inundado.
—Canaletto y el testamento del senador Alvise hablaban de la tercera losa oriental de mármol rojo de Verona —dijo Marco, sacando de su faltriquera el pergamino bizantino del Liber Mundi y desdoblándolo a la luz de una pequeña lámpara de aceite con pantalla sorda que extrajo de su bolsillo—.
El plano indicaba que está ubicada entre la base de la pila bautismal y el altar mayor del baptisterio, en la línea de fuga donde la sombra del ángel del mosaico corta el mediodía.
Marco se arrodilló en el agua salobre, sin importarle que el frío líquido le empapara los calzones de paño y las rodillas.
Con los dedos desnudos comenzó a tantear el pavimento sumergido.
El suelo del baptisterio combinaba mármoles grises de Grecia y baldosas blancas de Istria, pero a tres pasos del zócalo de la pila bautismal, sus yemas tropezaron con una textura completamente distinta: era una piedra densa, nodulosa,
con vetas de un tono carmesí oscuro salpicado de fósiles de ammonites petrificados que formaban espirales naturales bajo el agua.
El marmo rosso di Verona. La piedra sagrada de los constructores medievales del Véneto.
Marco limpió el limo con la palma de la mano. La losa medía tres pies de largo por dos de ancho. A diferencia de las baldosas circundantes, que estaban selladas con mortero hidráulico de cal y puzolana, esta pieza encajaba a hueso seco sobre una arqueta de bronce embutida en la mampostería.
En el centro exacto del mármol rojo destacaba una roseta circular de bronce deslustrado, de unas seis pulgadas de diámetro, horadada por una docena de perforaciones helicoidales que parecían los agujeros de un desagüe común.
Elena se arrodilló a su lado en el agua, inclinándose sobre la roseta:
—No son agujeros de desagüe, Marco —susurró ella, traduciendo mentalmente las notas del pergamino imperial—.
Son trompas acústicas. Es el conducto que comunica con las cámaras de aire de los contrapesos inferiores.
El texto decía: «Donde el mármol rojo bebe de la marea… la cuerda grave debe hacer vibrar el labio de bronce para que el agua no rompa la piedra».
Marco pasó la yema del índice por el borde de la roseta de bronce.
En el anillo perimetral de la pieza, grabada con buril bizantino bajo la pátina verde del salitre, se leía una inscripción en caracteres griegos unciales:
«H ELEYTHERIA DIA THS ARMONIAS» (La Libertad a través de la Armonía).