El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 12 El concierto distractor de Vivaldi #2
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Capítulo 12 El concierto distractor de Vivaldi #2

Marco se echó a la espalda el violonchelo negro envuelto en su sayal de cáñamo, sujetando la caja armónica con el brazo izquierdo para evitar que el agua salada rozara la madera imperial; con la mano derecha empuñó una de las palanquetas de acero toledano que llevaba en el cinto.

Elena, con una fuerza que desmentía la fragilidad de su figura, levantó la gran arpa doble de Brescia, sosteniendo la columna de cerezo entre sus brazos con la destreza de quien abraza a un ser vivo, manteniendo las cuerdas de plata a salvo de la marea.

Canaletto y Goldoni inmovilizaron a los dos guardias cegados contra el muro de pórfido, amordazándolos con sus propios mantones de lana con una rapidez cómica y despiadada.

Marco llegó frente a la Porta dei Fiori.

La cerradura exterior de bronce estaba asegurada por un candado antiguo con tres guardas de acero.

El luthier toledano no intentó forzar el mecanismo con ganzúas de cerrajero; sabía por las notas del manuscrito de Dandolo que aquella puerta tenía una debilidad estructural que los siglos habían respetado:

el pestillo superior descansaba sobre una barra de tiro interior que podía ser accionada desde el vano del fileteado de piedra.

Introdujo la hoja plana de su palanqueta toledana en la hendidura entre el batiente de roble y el marco de mármol. Hizo palanca con todo el peso de su cuerpo, descargando la fuerza de sus muñecas curtidas por las gubias.

El bronce chirrió con un quejido seco. La barra interior saltó hacia arriba y la pesada puerta de roble de la Porta dei Fiori cedió hacia adentro, abriéndose apenas un palmo sobre la penumbra del interior.

Una ráfaga de aire sagrado, denso, tibio y balsámico escapó por la rendija.

Olía a siglos de incienso de Tierra Santa quemado en pebeteros de plata, cera de abejas virgen, nardo de Oriente y al polvo milenario de los mosaicos dorados que tapizaban las bóvedas de la basílica.

—¡Entrad! —susurró Goldoni, jadeando por el esfuerzo mientras sostenía al soldado desarmado contra la pared—.

¡Canaletto y yo cerraremos la hoja por fuera y mantendremos la carroza atravesada en el arco para que nadie sospeche que habéis pasado!

¡Tenéis hasta la medianoche antes de que Malipiero ordene el cambio de guardia general!

Elena miró a los dos hombres con los ojos muy abiertos tras su máscara de Bauta, asintiendo con una gratitud que no necesitaba palabras.

—Que San Marcos os guarde, amigos míos —dijo la muchacha.

—San Marcos no tiene nada que ver con esto, pequeña Dandolo —bromeó Goldoni con una sonrisa a través de su máscara ensangrentada—. Esto es comedia veneciana en su estado más puro. ¡Haced que esa cripta cante como los ángeles!

Marco deslizó el cuerpo voluminoso del violonchelo negro por la abertura, asegurando la cabeza del águila bicéfala contra su pecho. Elena entró tras él con el arpa doble, protegiendo las cuerdas entre los pliegues de su capa negra.

En el centro de la Plaza de San Marcos, a doscientos pasos de allí, el concierto de Don Antonio Vivaldi alcanzaba su clímax definitivo.

El maestro ejecutaba el último acorde del Inverno: un trino colosal y desgarrador que subió hasta las notas más agudas de la escala antes de resolverse en un acorde de fa menor sostenido con una potencia titánica que pareció hacer temblar los caballos de bronce del pórtico mayor.

En ese segundo exacto, Canaletto y Goldoni empujaron la pesada hoja de bronce de la Porta dei Fiori desde el exterior.

La puerta se cerró con un golpe seco, rotundo y cavernoso que resonó en las entrañas del templo como el cierre de un sarcófago imperial:

¡CLAC!

El cerrojo interior cayó en su encaje por gravedad.

De golpe, el estrépito ensordecedor del violín de Vivaldi, los gritos de tres mil máscaras y el chapoteo del agua en la plaza se extinguieron por completo, como si hubieran sido devorados por una campana de cristal neumática.

Marco de Toledo y Elena Dandolo quedaron suspendidos en un silencio absoluto, monumental y reverente.

Estaban dentro de la Basílica de San Marcos.

A su alrededor, la oscuridad era una masa de sombras doradas.

A través de la penumbra de la nave lateral, las teselas de oro de los mosaicos bizantinos del siglo XI reflejaban la poca luz lunar que se filtraba por las cúpulas altas, devolviendo un brillo pálido y fantasmal sobre las doce columnas de mármol que conducían hacia el baptisterio sumergido.

El suelo del templo estaba frío y húmedo; una fina película de agua de marea comenzaba a filtrarse por las juntas de los mosaicos de piedra dura, dibujando ríos brillantes que serpenteaban hacia la tercera losa de mármol rojo de Verona.

Marco se despojó de la máscara blanca de Bauta, dejando caer el yeso sobre las losas húmedas, y respiró hondo aquel aire cargado de historia y eternidad.

Elena hizo lo mismo: se quitó la máscara y el tricornio, dejando que su melena castaña cayera libre sobre los hombros.

Sus ojos azul grisáceo, limpios de todo fingimiento, brillaron en la penumbra del templo con una audacia invencible mientras su mano derecha se posaba sobre el encordado de plata de su arpa mayor.

—Hemos cruzado el umbral, Marco —susurró ella, y su voz tuvo la resonancia sagrada de una plegaria cumplida.

Marco desenvainó el violonchelo negro de su sayal de cáñamo, apoyando la pica de madera sobre el mármol milenario:

—Ahora le toca hablar a la música, mi señora. Hacia el baptisterio.

Los dos jóvenes avanzaron entre las sombras de las columnas hacia el corazón secreto de la basílica, mientras afuera, en la plaza inundada, el reloj de la torre marcaba las once y media de la noche.

La marea alta estaba a punto de alcanzar su cenit. Y las aguas de Bizancio aguardaban la primera nota del abismo.