El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 12 El concierto distractor de Vivaldi
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Capítulo 12 El concierto distractor de Vivaldi

El primer golpe de arco de Don Antonio Vivaldi no cayó sobre las cuerdas de su violín como una nota humana; cayó como el restallido de un rayo sobre la superficie helada de la laguna.

Fue un acorde seco, áspero y disonante en fa menor, ejecutado con tal violencia en el talón de la vara que varias cerdas de crin blanca se quebraron al instante, ondeando en el aire como hilos de plata rota.

De inmediato, sin concederle al público ni medio segundo de tregua para asimilar el impacto, los dedos largos y huesudos del sacerdote pelirrojo se lanzaron sobre el diapasón en una sucesión vertiginosa de arpegios cromáticos,

dobles cuerdas y trinos furiosos que imitaban el crujido del hielo al quebrarse bajo el viento del norte.

Era el Presto del Concierto de Invierno, pero llevado a una velocidad demencial, sobrehumana, nacida de la desesperación y del desafío absoluto a las leyes de la muerte.

A espaldas de Vivaldi, sobre el tablado de madera que el Senado había levantado frente al campanile, una orquesta improvisada de veinte músicos —sus mejores discípulas de La Pietà, disfrazadas con máscaras de arlequines y pelucas blancas para burlar la clausura,

junto a instrumentistas de los teatros de ópera de San Angelo— atacó el bajo continuo con una ferocidad salvaje.

Los violonchelos y los contrabajos golpeaban sus cuerdas con el arco al revés (col legno), produciendo un chasquido rítmico, cavernoso y militar que hizo vibrar las tablas del estrado y se propagó a través del agua salobre de la plaza como una onda de choque sísmica.

El efecto sobre la multitud enmascarada fue fulgurante y devastador.

Venecia, que hacía apenas unos minutos era un hervidero disperso de gritos báquicos, risas de cortesanas y petardos de pólvora, se detuvo en seco.

Tres mil hombres y mujeres ataviados con capas negras de seda y máscaras blancas de Bauta quedaron petrificados en medio de la lámina de seis pulgadas de agua salada que cubría la Plaza de San Marcos.

La música de Vivaldi no invitaba a la danza ligera de los salones; atrapaba las entrañas, suspendía el pulso y obligaba a los cuerpos a volverse magnéticamente hacia el tablado.

Un murmullo colosal, que sonó como el resoplido de una marea gigantesca, recorrió la explanada inundada.

La masa de máscaras comenzó a avanzar hacia el centro de la plaza.

Olvidando las pasarelas elevadas de madera, nobles extranjeros, embajadores de Francia, senadores con togas empapadas y gondoleros borrachos chapotearon en el agua a la carrera, empujándose con los codos para aproximarse al estrado donde el cura pelirrojo tocaba como un poseso,

arrojando agua marina hacia los lados a cada paso.

Bajo los soportales de las Procuratie Nuove, el Procuratore Alvise Malipiero comprendió la trampa en el instante exacto en que la primera oleada humana rompió la formación de sus tropas.

—¡Mantened la línea! —rugió Malipiero, y por primera vez en su carrera la voz aterciopelada y fría del Inquisidor perdió su compostura eclesiástica para transformarse en un aullido de cólera impotente—. ¡Capitán! ¡Haced retroceder a esa chusma! ¡Disparad al aire si es necesario!

Fue inútil.

La orden del Inquisidor se ahogó en el torrente atronador del violín de Vivaldi y en los vítores ensordecedores de tres mil gargantas que comenzaban a aclamar al maestro con delirio colectivo: «¡Viva il Prete Rosso! ¡Viva el rey de la música!».

Una marea de capas negras, plumas de pavo real y sombreros de tres picos barrió el cordón de alabarderos apostados frente a la Porta della Carta.

Los soldados de los Diez, pesadamente blindados con pecheras de hierro y cascos remachados, resbalaron sobre las losas verdosas y mojadas de la plaza; las alabardas chocaron entre sí con un tintineo ridículo y dos mosqueteros cayeron de bruces en el agua salada,

arrollados por un grupo de nobles ingleses ebrios que bailaban en círculos alrededor del estrado.

Malipiero intentó avanzar hacia la basílica, pero una masa compacta de máscaras de médico de la peste y polichinelas le cerró el paso, apretujándose contra las columnas de la columnata.

El Inquisidor apretó los puños con tal rabia que las cuentas de su rosario de olivo se clavaron en sus palmas de mármol.

Clavó sus ojos de pedernal en la figura de Vivaldi, que desde lo alto del tablado parecía flotar en medio de la niebla, con la cabellera roja desgreñada por el viento y el arco trazando relámpagos en el aire.

Vivaldi alzó la mirada sobre la multitud y, a través del torbellino de sonido, cruzó sus pupilas encendidas con las del Inquisidor.

El sacerdote sonrió con una mueca abierta, feroz y triunfal, inclinó el violín hacia su hombro con un giro teatral y atacó el solo más vertiginoso de toda su carrera: una cascada de trinos en la cuerda más alta que desafió a su asma secular, arrancándole a la madera una queja tan pura,

tan dolorosa y sobrecogedora que el mismo Malipiero retrocedió un paso, aturdido por la belleza de un fuego que sus leyes no podían apagar.

En el extremo norte de la plaza, en la sombra profunda que proyectaba la Torre dell’Orologio, la carroza de las Musas se puso en marcha.

—¡Ahora o nunca! —susurró Carlo Goldoni a través de los orificios de su máscara de cuero negro—. ¡Vivaldi ha hipnotizado a toda la guarnición del Dux! ¡Avanzad por el agua baja!

Marco de Toledo y Giovanni Antonio Canaletto se colocaron a ambos lados de la barra de tracción delantera, empujando la pesada carreta de madera dorada con todas las fuerzas de sus brazos.

Las ruedas de madera ferrada rodaron sobre las losas de piedra de Istria sumergidas bajo el agua, produciendo un rumor sordo y continuo que la apoteosis del concierto ahogaba por completo.

A popa de la carroza, con las faldas del tabarro recogidas sobre las rodillas para no tropezar con el fango líquido, Elena empujaba con el hombro apoyado en el bastidor, vigilando que las lonas enceradas que cubrían su arpa doble y el violonchelo negro no se movieran un solo centímetro.

Avanzaron bordeando las arcadas de la Piazzetta dei Leoncini, la pequeña explanada lateral donde dos leones de mármol rojo descansaban con la mirada fija en el canal. Allí, el agua de la Acqua Alta era más oscura y profunda, estancada contra los muros bizantinos de la basílica.

Al doblar el contrafuerte del crucero norte, la Porta dei Fiori —la Puerta de las Flores— se alzó ante ellos.

Era un portal gótico de proporciones modestas comparado con los arcos triunfales de la fachada principal, pero de una riqueza ornamental deslumbrante.

El tímpano de mármol blanco estaba esculpido con relieves que representaban la Natividad de Cristo entre guirnaldas de follaje oriental, enmarcado por dos columnas de pórfido oscuro traídas de Siria durante las cruzadas.

La pesada puerta de roble macizo estaba revestida de planchas de bronce verde por el salitre, cerrada con un cerrojo de tres barras de hierro.

Frente al portal permanecían dos guardias de la Inquisición de Estado.

Los dos soldados, ataviados con capas oscuras y cascos de hierro, se encontraban de espaldas a la puerta, con los mosquetes apoyados en el suelo inundado, completamente embobados contemplando el espectáculo que ardía en el centro de la plaza.

Apenas podían dar crédito al delirio de tres mil personas aclamando a un cura pelirrojo sobre un lago de fuego y agua.

Canaletto aminoró la marcha de la carroza a diez pasos de los centinelas y miró a Goldoni a través de la larga nariz de su máscara de médico de la peste:

—Tu turno, cómico. Déjalos ciegos sin derramar sangre.

Goldoni soltó una risita seca bajo la Bauta, metió la mano en la faltriquera de su casaca verde y extrajo dos frascos de cristal envueltos en trapos de lana y una botella de vino de Chipre descorchada.

El joven estudiante de leyes se arrojó al agua con un chapoteo descomunal, tambaleándose como un noble borracho que ha perdido el equilibrio en el fango de la marea:

—¡Ay, hermosa Venecia! ¡Que el vino de las islas me perdone los pecados!

—gritó Goldoni con un acento francés fingido y quebrado, arrastrando las palabras con la exageración de un actor de taberna—.

¡Señores oficiales de la Señoría! ¡Por piedad de San Marcos, sostened a un marqués de Borbón que no encuentra el camino hacia el casino de los Mocenigo!

Los dos guardias se volvieron de golpe, empuñando los mosquetes con sobresalto:

—¡Atrás, máscara! —bramó el primer soldado—. ¡Esta puerta está sellada por orden del Consejo de los Diez! ¡Apartaos al canal grande!

—¡Pero si traigo un mensaje urgente del embajador! —insistió Goldoni, trastabillando hasta caer de rodillas en el agua a escasos dos palmos de los centinelas, derramando el vino dulce sobre las botas de los soldados—. ¡Mirad el sello de oro! ¡Mirad el brillo de París!

Goldoni abrió los dos frascos de cristal en el fondo de sus manos y arrojó el contenido al aire, justo a la altura de los ojos de los guardias.

No era vino ni oro.

Era una mezcla de pólvora purificada de magnesio y azufre finamente triturado que Canaletto utilizaba para las luces de su cámara óptica.

Al entrar en contacto con la llama de la tea de brea que uno de los soldados sostenía sobre la pared, el polvo reaccionó con un fogonazo blanco y cegador que iluminó la Piazzetta dei Leoncini como un relámpago de mediodía.

Un estallido sordo y un olor acre a humo de piedra quemada envolvieron a los dos guardias.

Los soldados soltaron los mosquetes con alaridos de dolor, llevándose las manos enguantadas a los ojos quemados por el resplandor químico, tambaleándose sobre las baldosas inundadas en una ceguera temporal absoluta.

—¡Ahora, Marco! —gritó Canaletto, empujando la carroza hacia el pórtico de mármol.

Marco y Elena no perdieron una milésima de segundo.

Con una sincronía perfecta forjada en el peligro de los canales, desataron las correas de cuero que sujetaban los instrumentos a los caballetes de la carreta.