Capítulo 11 La noche del Martes de Carnaval #2
En dos ocasiones, piquetes de sbirri intentaron aproximarse para pedir la contraseña del tribunal, pero Goldoni salía al paso de inmediato agitando su bastón de bufón,
arrojando puñados de almendras confitadas a los soldados y declamando versos satíricos sobre los cuernos del Dux que hacían rugir de risa a la muchedumbre, obligando a los guardias a retroceder para no ser arrollados por la masa de máscaras.
A las once menos cuarto de la noche, doblaron la última esquina de las Mercerie y desembocaron bajo la Torre dell’Orologio.
Al cruzar el arco triunfal de piedra, el espectáculo que se desplegó ante los ojos de Marco y de Elena los dejó sencillamente sin respiración.
La Plaza de San Marcos parecía el fondo de un océano encantado.
El fenómeno de la Acqua Alta había alcanzado su cota crítica del invierno.
Una marea insólita, empujada por el viento del siroco y la luna llena de febrero, había desbordado los muelles del Molo y las bocas de las alcantarillas, cubriendo las losas de piedra de Istria de la plaza entera bajo una lámina continua de seis pulgadas de agua marina limpia y oscura.
Las pasarelas elevadas de madera (passerelle) que la Señoría solía instalar para el tránsito de los nobles estaban atestadas de gente; pero la multitud festiva, embriagada por el vino y la locura carnavalesca, no vacilaba en chapotear sobre el agua con botas altas y zuecos de terciopelo (chapines),
arrancando reflejos líquidos a cada paso.
El agua de la plaza se había convertido en un espejo colosal de piedra líquida.
En la superficie temblorosa de la laguna inundada se reflejaban, con una nitidez sobrecogedora, las fachadas monumentales de las Procuratie Vecchie y Nuove, iluminadas por diez mil bujías que ardían en los ventanales de los casinos de juego; y al fondo,
alzándose sobre el espejo negro como una montaña sagrada traída de Oriente, la mole de la Basílica de San Marcos.
Las cinco cúpulas bulbosas bizantinas, los arcos góticos coronados por estatuas de ángeles y los mosaicos de oro del pórtico mayor brillaban bajo las teas con un resplandor sobrenatural, duplicados en el agua de la plaza como si la basílica entera flotara en medio de un mar de fuego y oro líquido.
Elena se detuvo junto a la rueda de la carroza, contemplando la fachada con los ojos muy abiertos tras los orificios de su máscara blanca.
Su mano enguantada buscó la de Marco en la oscuridad de los pliegues de sus capas de seda, apretando sus dedos con una fuerza que transmitía el peso de los siglos:
—Mírala, Marco… —susurró ella con la voz ahuecada por la Bauta—. Enrico Dandolo trajo la piedra, trajo los mosaicos y trajo el león de bronce para levantar este templo sobre el fango. Todo lo que somos, todo lo que nos arrebataron, duerme bajo esas aguas que reflejan el oro.
Marco apretó la mano de la muchacha, sintiendo la vibración del relicario contra su pecho:
—Esta noche despertará, Elena. Tu sangre y mi madera le devolverán la respiración.
Sin embargo, al fijar la vista hacia la base de la basílica, el luthier toledano advirtió de inmediato la magnitud de la muralla que los separaba de la gloria.
La Porta della Carta y el pórtico central estaban completamente acordonados.
Dos docenas de alabarderos de la guardia personal del Consejo de los Diez, vestidos con capas de paño negro y cascos de hierro brillante, permanecían formados en doble fila sobre las losas inundadas, con las bayonetas caladas cerrando el paso a cualquier máscara civil.
Y de pie bajo las arcadas de la Procuratie Nuove, resguardado de la humedad bajo un baldaquino de terciopelo oscuro sostenido por dos acólitos, una figura esbelta y enjuta observaba la plaza con la inmovilidad de un ave rapaz.
El Procuratore Alvise Malipiero.
El Inquisidor no llevaba máscara. Se mostraba a cara descubierta ante la multitud borracha, luciendo su austera sotana negra de paño burdo y su rosario de madera de olivo enroscado en las manos huesudas.
Su rostro de mármol blanco no mostraba el menor parpadeo; sus ojos oscuros y hundidos escudriñaban cada carroza, cada grupo de comediantes y cada barca que cruzaba el agua de la plaza,
con la certeza implacable de quien sabe que su presa no tiene más remedio que converger hacia ese punto exacto del mapa.
Marco calculó la distancia: cincuenta pasos los separaban de la Porta dei Fiori, en el flanco norte. Imposible cruzar el agua sin ser interceptados por el cordón de soldados.
Fue en ese instante supremo cuando el aire de la Plaza de San Marcos se congeló bajo el impacto de un sonido insólito.
En el centro exacto del gran estrado de madera que el Senado había levantado frente a la torre del campanile para las ceremonias de Estado, una figura solitaria emergió entre la niebla y las teas encendidas.
No llevaba máscara de Bauta.
Vestía una sotana de seda carmesí deslumbrante, una peluca empolvada coronada por mechones de un rojo encendido que escapaban hacia las sienes y sostenía un violín de Cremona en la mano izquierda y un arco largo en la derecha.
Don Antonio Vivaldi.
El sacerdote pelirrojo alzó el violín hacia su barbilla, tomó una bocanada profunda de aire salino que desafió a su asma secular y clavó su mirada ardiente en la muchedumbre que chapoteaba a sus pies.
El reloj astronómico de la torre comenzó a repicar los cuatro cuartos que precedían a las once de la noche.
El silencio comenzó a propagarse por la plaza como una marea silenciosa. Miles de máscaras se volvieron hacia el tablado; los comediantes enmudecieron, los soldados bajaron las alabardas y el mismo Procuratore Malipiero entrecerró los ojos con un presentimiento sombrío.
Vivaldi levantó el arco hacia el cielo nocturno.
Miró hacia la esquina donde la carroza de las Musas aguardaba en la penumbra de las arcadas, sonrió con una mueca salvaje y teatral que le iluminó las facciones de genio, y descargó el primer acorde con una violencia sobrehumana que desgarró la noche veneciana como un trueno de primavera.
La distracción más colosal de la historia de la Serenísima acababa de comenzar. Y las puertas de la basílica estaban a punto de abrirse para la música de Bizancio.