El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 11 La noche del Martes de Carnaval
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Capítulo 11 La noche del Martes de Carnaval

El sol del Martes de Carnaval de 1730 se hundió tras las cúpulas de la basílica de Santa Maria della Salute en una agonía de rojos purpúreos y oros desvaídos, dejando paso a la noche más frenética, licenciosa y peligrosa de todo el año veneciano.

En cuanto las sombras devoraron las aguas del Gran Canal, la República de Venecia dejó de ser un Estado gobernado por leyes de senadores para transformarse en un teatro colosal de trescientas mil almas sin rostro.

El Carnaval no era una fiesta común; era una conspiración consentida por la misma aristocracia para olvidar la ruina que carcomía sus palacios.

Bajo el decreto secular de la Señoría, durante las fiestas de invierno quedaba abolida cualquier jerarquía social.

El patricio más encumbrado del Libro d’Oro y el marinero más descalzo de Malamocco vestían el mismo atuendo ritual: la Bauta.

Una capa amplia de seda negra o lana finísima (tabarro) que caía desde los hombros hasta los tobillos, un sombrero de tres picos de fieltro (tricorno) ladeado con coquetería y, cubriendo el rostro por entero, una máscara de cera o cuero blanco endurecido (larva),

cuya quijada puntiaguda y saliente permitía comer, beber y hablar sin mostrar los labios, deformando las voces de todos los ciudadanos en un murmullo hueco, sordo e indistinguible.

En aquella Venecia enmascarada, nadie era nadie y todos podían ser verdugos o amantes. La máscara no ocultaba la identidad; la borraba.

En el semisótano de un antiguo almacén de atrezo teatral que Carlo Goldoni mantenía alquilado en el Campo Sant’Angelo, el aire olía a cola de carpintero, cera de maquillaje,

pechinas de terciopelo viejo y al aroma dulce del vino caliente especiado con canela y clavo que humeaba en una olla de hierro.

Marco de Toledo ajustaba los cordones de su propio tabarro negro frente a un espejo de luna agrietada.

Al colocarse la máscara blanca de Bauta, sintió una sacudida extraña.

Acostumbrado a la mirada directa y franca de los artesanos castellanos, aquel rostro de yeso helado que le devolvía el reflejo parecía la facha de un espectro desprovisto de pasado.

Sin embargo, bajo la seda negra de su pechera, el relicario de plata de los Dandolo latía con su calor inconfundible, y en el bolsillo interior de su chaleco descansaba el estilete de acero toledano que su padre le había forjado antes de morir:

las dos únicas verdades que no se doblegaban ante el engaño de la laguna.

A su lado, Elena acababa de atarse las cintas de raso negro de su propia máscara.

La muchacha llevaba el mismo atuendo de caballero que Marco, pero en el porte erguido de su cuello y en la línea elegante de sus hombros vibraba una gracia aristocrática que ninguna tela basta lograba disimular.

A través de las dos aberturas rasgadas de la máscara blanca, sus grandes ojos azul grisáceo brillaban con una excitación luminosa, casi salvaje.

Se acercó a Marco con paso ligero, inclinó la cabeza con una reverencia burlona y, adoptando la voz ahuecada que imponía la quijada de la Bauta, susurró en dialecto veneciano:

—Sior Maschera, ¿me concederíais el honor de acompañaros al baile, o preferís seguir mirándoos al espejo como un pavo real de Castilla?

Marco no pudo evitar una risa baja que resonó con un timbre seco bajo el yeso. Alargó su mano derecha vendada y ajustó con infinita delicadeza el ala del tricornio de Elena, rozando con sus dedos enguantados la piel tibia de su sien:

—Si los comediantes de San Marcos tienen que juzgar nuestra apostura, señora patricia, me temo que descubriremos que tu capa tiene bastante más linaje que la mía.

Pero no olvides la lección de Canaletto: bajo esta máscara no eres Elena Dandolo, ni la pupila de La Pietà.

Eres una sombra entre miles. Si algún guardia te interroga, no respondas en griego ni en dialecto culto; limítate a murmurar el saludo carnavalesco y sigue caminando.

—Sé cómo mentirle a un hombre con alabarda, Marco —replicó ella con una sonrisa invisible que se adivinaba en el brillo chispeante de sus pupilas—.

Pasé diez años convenciendo a las madres superioras de que mis escapadas nocturnas al coro eran solo para rezar el rosario de medianoche.

Ahora ven a ver la obra maestra de Carlo.

En el centro del taller teatral, rodeado por rollos de telones pintados con paisajes de la Arcadia y figuras de cartón piedra, una estructura monumental ocupaba el espacio.

Carlo Goldoni y Giovanni Antonio Canaletto terminaban de clavar los últimos tablones de una carreta de dos ruedas, diseñada para ser empujada por cuatro mozos a través de los puentes y las plazas.

El vehículo había sido camuflado con una maestría prodigiosa: parecía una de las muchas carrozas alegóricas que los gremios de la ciudad paseaban en la noche de Carnaval para deleite del pueblo.

Cubierta por damascos dorados y guirnaldas de laurel falso, lucía en sus costados un letrero pintado en letras latinas: «Tributum Apollinis: Orfeo y las Musas de la Laguna».

Bajo las telas doradas, encajados en soportes acolchados con fieltro para no sufrir el menor desajuste por el traqueteo de las piedras, viajaban los dos instrumentos sagrados de Bizancio: el violonchelo negro de Marco,

con su tapa armónica restaurada y afinada en el La sagrado de cuatrocientas treinta y dos vibraciones, y el arpa doble de Elena, con sus tres órdenes de cuerdas de plata brillando bajo la luz de los quinqués.

Goldoni se enjugó el sudor de la frente con la manga de su casaca verde, empuñando un martillo con la teatralidad de un general que pasa revista a sus tropas:

—¡Una escenografía impecable! —exclamó el joven dramaturgo, soltando una carcajada sonora que resonó bajo las vigas—.

Si los espías de Malipiero detienen este carro, les juraré por la memoria de mi abuela que formamos parte de la compañía de cómicos de San Cassiano y que llevamos los instrumentos para el estreno del nuevo drama pastoral de Don Antonio.

¡Nadie en esta ciudad se atrevería a ponerle la mano encima a una carroza que lleva el nombre de Vivaldi en la noche de Martes de Carnaval!

Canaletto, vestido con una capa oscura y una máscara de médico de la peste cuya larga nariz encorvada le confería un aspecto siniestro y enigmático, dejó sobre el tablero un plano enrollado y una brújula de bronce:

—No os confiéis a la farsa, Carlo —advirtió el pintor con su habitual frialdad geométrica a través del pico de cuero de su máscara—.

El Procuratore Malipiero no tiene sentido del humor para la comedia del arte.

He estado vigilando la plaza desde los soportales de las Procuratie Vecchie hace una hora.

El Inquisidor sabe que la marea alta de esta noche es la más violenta de la década; sabe que el agua inundará el baptisterio de San Marcos poco antes de la medianoche.

Ha colocado piquetes de doce alabarderos en la Porta della Carta, en la Porta dei Fiori y junto a los arcos del Tesoro.

No podréis meter esta carreta en la basílica por las entradas comunes sin desatar un tiroteo que alertará a la guarnición del palacio ducal.

Elena dio un paso al frente, apoyando la mano en la barandilla dorada de la carreta:

—¿Y cómo entraremos entonces, Toni? El arpa no cabe por una gatera y Marco no puede cargar el violonchelo por los tejados.

Canaletto extendió su plano topográfico sobre la mesa, señalando con la punta de un compás de hierro la fachada norte de la basílica, la que daba a la pequeña Piazzetta dei Leoncini:

—Aquí. La Porta dei Fiori, el acceso menor que los canónigos utilizan para entrar los cirios y el incienso.

Está custodiada por cuatro guardias, pero tiene una ventaja arquitectónica que ningún magistrado ha previsto: el dintel está a la misma cota que el baptisterio subterráneo.

Mientras Don Antonio desate su tempestad en el centro de la plaza principal, la multitud empujará a las patrullas hacia el Molo.

Ese será vuestro momento: tendréis exactamente tres minutos para cruzar el vano con los dos instrumentos antes de que los soldados comprendan de dónde viene la música.

Marco miró a Canaletto y luego a Goldoni. La lealtad incondicional de aquellos dos hombres que arriesgaban la horca y las galeras por una causa que no les prometía ducados ni honores de Estado conmovió profundamente al luthier toledano:

—Gracias, amigos míos. Si esta noche caemos, rezaré para que Dios os conceda la gracia que esta República os niega.

Goldoni soltó una carcajada vibrante y le propinó una palmada sonora en el hombro:

—¡Dejad las oraciones para los frailes de San Giorgio, hidalgo! ¡Esta noche no vamos a rezar; vamos a poner a Venecia patas arriba! ¡En marcha, máscaras de la laguna! ¡Que el telón del tercer acto está a punto de subir!

Los cuatro hombres y Elena empujaron la carroza de las Musas hacia el portalón de madera que daba a la calle.

Al cruzar el umbral hacia el Campo Sant’Angelo, el mundo exterior los golpeó con la fuerza de un torbellino de sonido, color y delirio colectivo.

La noche veneciana había estallado.

Miles de figuras enmascaradas abarrotaban las callejuelas y los puentes, iluminadas por el resplandor tembloroso de millares de teas de pez, farolillos de papel veneciano de mil colores y bengalas de magnesio que escupían chispas doradas hacia el cielo plomizo.

Se escuchaba el estruendo estridente de gaitas campesinas, panderos moriscos, trompetas de metal y las risas agudas de damas aristocráticas que corrían perseguidas por caballeros disfrazados de arlequines y diablos rojos.

En las esquinas, los vendedores de frìtole freían buñuelos de pasas en calderos de manteca hirviendo cuyo vapor dulce se mezclaba con el olor a pólvora de los petardos y al vino amargo que corría por las acequias de piedra.

Bajo la protección del disfraz de Bauta y la carroza alegórica, el grupo avanzó con paso firme a través del sestiere de San Marco.

Nadie los detuvo. Para los oficiales de la ronda nocturna que vigilaban las bocacalles con capas negras y alabardas apoyadas en los muslos, aquella carreta con dorados y telas de teatro no era más que otra comparsa de comediantes borrachos que acudían a la gran recepción de la plaza.