El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 10 La emboscada en el Puente de los Suspiros #2
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Capítulo 10 La emboscada en el Puente de los Suspiros #2

Una barcaza de carga pesada, pintada de franjas amarillas y negras y coronada por un mascarón de proa con la figura grotesca de Pantalone, embistió a toda velocidad la cadena de hierro del puerto.

El impacto del casco de roble contra los eslabones tensos arrancó chispas deslumbrantes en la cantería de los muros; el metal gimió bajo la inercia del navío y la cadena se quebró con un estruendo como de cañonazo naval, precipitándose al fondo del canal en medio de una nube de espuma blanca.

Sobre el puente de la barcaza, subido a un tonel de vino vacío y agitando un bastón de comediante con una mano y una bengala de fósforo de magnesio en la otra, se erguía Carlo Goldoni.

El joven estudiante de leyes llevaba su casaca verde manzana cubierta por una capa de terciopelo arlequinada y una máscara de media cara de cuero negro que dejaba al descubierto su boca abierta en una risotada descomunal:

—¡Buenas noches, ilustrísimo tribunal de los Diez!

—gritó Goldoni con una voz de barítono que resonó por todo el Molo—.

¡Disculpad la interrupción del ensayo general!

¡El Senado ha decretado que el Carnaval comienza a las cinco de la mañana, y ningún magistrado con dolor de estómago tiene derecho a fusilar a los primeros actores antes del primer acto!

Junto a Goldoni, media docena de gondoleros de la cofradía de San Marcos —hombres fornidos armados con remos pesados y arpones de pesca, ataviados con disfraces de Arlequines y Polichinelas— comenzaron a arrojar sobre los soldados de las prisiones una lluvia de artefactos pirotécnicos artesanales:

cohetes de humo denso de azufre, petardos de fogueo que retumbaban como mosquetería y bombas fétidas de orina podrida y salitre que envolvieron la galería del Puente de los Suspiros en una humareda blanca e irrespirable.

Los soldados de Malipiero soltaron alaridos de confusión, tosiendo y frotándose los ojos cegados por el magnesio, mientras dos disparos de mosquete salían desviados hacia el aire, quebrando los relieves de mármol del puente.

—¡Fuego! ¡Disparad a la barcaza! —aullaba la voz sofocada del Inquisidor a través del humo.

Pero Goldoni ya había maniobrado su barco hasta colocarlo abarrotado de costado contra el sándolo de los fugitivos.

En el centro de la cubierta de la barcaza de los comediantes, custodiada por dos marineros que la sostenían con cuerdas de cáñamo para protegerla de los golpes, se alzaba una estructura esbelta y magnífica envuelta en fundas de cuero y terciopelo carmesí: el arpa doble de Elena,

rescatada de la sacristía de La Pietà por Don Antonio Vivaldi en medio de la confusión de los preparativos del coro.

—¡Marco! ¡Elena! —bramó Goldoni a través de su máscara, extendiendo los brazos hacia ellos—. ¡Saltad a la barcaza con el violonchelo! ¡Los gondoleros de San Polo tienen la salida abierta hacia la cuenca de San Marcos!

Marco no titubeó un segundo.

Tomó el fardo del violonchelo negro con el brazo izquierdo, rodeó la cintura de Elena con el derecho y, apoyándose en la borda del sándolo con la fuerza de un resorte de acero,

se lanzó hacia la cubierta de la barcaza en el instante exacto en que una descarga de metralla destrozaba el esquife abandonado en el canal, haciéndolo astillas sobre el fango.

Cayeron sobre un montón de redes de pesca limpias junto a la base del arpa doble.

Elena se incorporó de golpe, palpando la funda de su instrumento con un grito de júbilo triunfal:

—¡Está entera! ¡Toni y Don Antonio lo consiguieron!

—¡Por supuesto que lo consiguieron! —gritó Goldoni, soltando una bengala humeante sobre el agua y empujando el timón con los marineros—. ¡Pero tenemos a media guarnición del palacio corriendo hacia los muelles con bayonetas caladas! ¡Sujetaos a los cabos!

La barcaza de los comediantes se impulsó hacia adelante, saliendo de la garganta del Rio di Palazzo hacia las aguas anchas y abiertas del Molo de San Marcos.

A popa, recortada contra el resplandor de los fuegos artificiales que comenzaban a estallar en el cielo sobre la plaza para anunciar el inicio oficial del Carnaval, la figura de Alvise Malipiero permaneció asomada a la barandilla de piedra de las prisiones.

El Inquisidor se había despojado de su capucha; su rostro de mármol estaba manchado de hollín y pólvora quemada, y sus ojos oscuros ardían con un odio tan puro, tan salvaje y destructivo que los propios soldados a su lado retrocedieron con pavor.

—¡Cerrad la basílica! —rugió Malipiero con una voz desgarrada que no parecía humana—. ¡Doblad la guardia en cada puerta de San Marcos! ¡Si intentan tocar esa partitura… inundaré las criptas con su propia sangre!

La barcaza de Goldoni viró hacia el este, perdiéndose en el oleaje encrespado de la cuenca bajo una lluvia de chispas doradas, mientras miles de campanas comenzaban a repicar al unísono por toda la laguna anunciando el Martes de Carnaval de 1730.

El Acto II había concluido en una sinfonía de fuego, pólvora y comedia salvaje.

Los dos instrumentos sagrados de Bizancio estaban reunidos por primera vez en quinientos años sobre las mismas tablas: el violonchelo negro de Marco y el arpa doble de Elena Dandolo.

La ciudad entera se ponía la máscara de la locura. Y en el corazón de la plaza de San Marcos, la marea alta comenzaba a ascender hacia las puertas del baptisterio, marcando el inicio de la batalla final por el secreto de la Serenísima.