Capítulo 10 La emboscada en el Puente de los Suspiros
La niebla que precedía al alba del tercer día era un sudario espeso y cáustico que olía a salmuera helada y a humo de abeto quemado en los hornos de pan de Castello.
A las cuatro de la madrugada, Venecia no dormía: contenía la respiración.
En los muelles principales de la Riva degli Schiavoni, los tramoyistas comenzaban a levantar en silencio los tablados de madera para los comediantes, mientras en los palacetes de la nobleza las luces de las bujías no se apagaban, consumidas en el frenesí secreto de quienes probaban pelucas,
ajustaban miriñaques y desempacaban máscaras de cera para la inauguración oficial del Carnaval.
El sándolo negro avanzaba por los canales interiores con la lentitud silenciosa de una aguja sobre terciopelo.
Marco gobernaba la pala desde la popa, con los ojos oscuros escudriñando cada arco gótico y cada recodo de agua estancada.
En su pecho, bajo el jubón de cuero curtido, el relicario de plata de los Dandolo que Elena le había confiado latía con esa calidez constante que ya le resultaba familiar;
pero en sus muñecas y en su mandíbula vibraba la memoria del beso que habían sellado horas antes frente a la chimenea del palacio sumergido.
Aquella unión no era una fantasía de amantes fugitivos: era un juramento de sangre y de madera que convertía cada palada en un acto de guerra contra la tiranía que asfixiaba la ciudad.
A proa, arrodillada sobre las tablas del fondo, Elena vigilaba los puentes bajos con la pequeña arpa de cámara renacentista oculta bajo su sayal y el fardo del violonchelo negro bien asegurado entre sus rodillas.
La muchacha había recogido su cabello castaño bajo una capucha de lana oscura; en su dedo anular izquierdo, la esmeralda de los emperadores de Bizancio resplandecía con un fulgor verde y frío cada vez que la luz de una hornacina callejera rozaba su mano.
No había en su postura el menor rastro del llanto de la víspera.
Al volverse hacia Marco, sus ojos azul grisáceo destellaban con esa alegría indómita y limpia que desarmaba al luthier toledano:
—El rio de San Julián está despejado, Marco —susurró ella, señalando con el mentón un canalillo angosto flanqueado por muros ciegos de ladrillo—.
Si doblamos por detrás de la iglesia de San Basso, saldremos directamente a la dársena del Palacio Ducal.
Don Antonio juró que a las cuatro y media tendría mi arpa doble lista en la puerta de la sacristía de San Marcos, camuflada en la barcaza de la lavandería del coro.
—Don Antonio es un genio para el violín, Elena, pero tiene la discreción de una campana de bronce —repuso Marco con una media sonrisa preocupada, sin detener la cadencia rítmica de su remo—.
Si Malipiero ha colocado espías en las puertas de la basílica, la cabellera roja de Vivaldi se verá desde media milla de distancia.
Mantén la cuchilla a mano; no me gusta el silencio de este canal.
Tenía motivos para desconfiar.
A medida que el esquife se adentraba en el corazón político y judicial de la República, el laberinto de callejuelas parecía cerrarse sobre ellos como una trampa de cantería.
El agua de la marea, que comenzaba a subir con el influjo de la luna menguante, lamía los zócalos de piedra de Istria con un sonido sordo, pastoso y amenazante.
Doblaron la última esquina hacia el sur y entraron en el Rio di Palazzo.
Aquel canal era la garganta más tenebrosa y sobrecogedora de toda Venecia.
A la derecha se alzaban los muros ciclópeos, góticos y rosáceos del Palacio Ducal, donde los Diez decidían en secreto la vida y la muerte de los ciudadanos; a la izquierda, la mole sombría, maciza y carcelaria de las Prigioni Nuove —las Prisiones Nuevas—,
con sus ventanucos protegidos por triples rejas de hierro forjado que jamás habían conocido la luz del sol.
Y suspendido sobre sus cabezas, uniendo ambos palacios a veinte pies sobre el agua, se recortaba contra la niebla la silueta arqueada, blanca y hermética del Puente de los Suspiros.
En aquel paso estrecho no había aceras para caminantes ni escalinatas de desembarco. Solo dos murallas verticales de piedra que caían a plomo sobre el canal, convirtiendo el curso del agua en un foso ciego del que era imposible escapar a nado.
De pronto, un chirrido metálico desgarró la calma de la noche.
A cincuenta pasos por delante de su proa, en la embocadura donde el canal desembocaba en la cuenca abierta de San Marcos, una pesada cadena de hierro forjado con eslabones del grosor de un brazo humano emergió del agua con un latigazo sordo,
tensándose de muro a muro a dos palmos sobre la superficie.
Marco clavó el remo en el fango para frenar la marcha, pero antes de que pudiera girar la popa, un sonido idéntico estalló a sus espaldas: una segunda cadena de puerto se elevó desde el lecho del canal tras ellos, bloqueando la retirada hacia San Julián.
Estaban atrapados en la garganta del puente.
—¡Marco! —gritó Elena, poniéndose en pie de un salto con el puñal toledano desenvainado en la mano diestra.
Una llamarada roja iluminó la piedra blanca del Puente de los Suspiros.
En las galerías altas de las prisiones y sobre las almenas del Palacio Ducal se encendieron de golpe una veintena de teas de brea y cuatro faroles de aceite con reflectores de azogue.
El resplandor crudo y amarillento barrió el agua del canal, arrancándole destellos dorados a la seda encerada del violonchelo y dejando a los dos jóvenes al descubierto en medio del foso de piedra.
En las troneras de la prisión aparecieron doce alabarderos con capas negras y pecheras de hierro pulido, apuntando mosquetes de chispa hacia el fondo del esquife.
Y en el centro del Puente de los Suspiros, tras una de las celosías de piedra calada que daban al abismo del canal, una figura solitaria permanecía inmóvil como una gárgola secular.
El Procuratore Alvise Malipiero.
El Inquisidor de Estado vestía su austero hábito de paño negro sin adornos, con el rosario de madera de olivo enroscado en su muñeca izquierda.
A través de las tracerías de mármol del puente, su rostro huesudo y blanco como la cera mortuoria parecía flotar en la penumbra con una frialdad matemática.
No había en sus facciones la agitación del cazador que acorrala a su presa; había una complacencia siniestra, una beatitud aterradora que lo hacía parecer un sacerdote a punto de oficiar un sacrificio purificador.
—«Nisi Dominus custodierit civitatem, frustra vigilat qui custodit eam» —recitó Malipiero con una voz suave, aterciopelada y profunda, que la acústica estrecha del canal multiplicó como el eco de una cripta—.
Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas.
Habéis corrido mucho por los lodazales de mi parroquia, hijos míos.
Pero habéis olvidado que en Venecia no hay agua que no desemboque bajo mis pies.
Marco dio un paso al frente en el sándolo, colocándose entre la línea de fuego de los mosquetes y el cuerpo de Elena. Desenvainó su cuchilla toledana de desbaste; el acero vizcaíno brilló con un reflejo azulado bajo el resplandor de las teas.
—No somos vuestros hijos, Procuratore —respondió Marco con voz firme, clara y resonante, donde el orgullo de Castilla desafió a los muros del palacio—. Y la madera que buscáis no pertenece a los carniceros del Consejo de los Diez.
Malipiero inclinó levemente la cabeza, sonriendo con una piedad hipócrita que heló la sangre en las venas del luthier:
—El orgullo es el primero de los pecados capitales, artesano extranjero.
Vuestro padre murió en la miseria de Toledo por negarse a doblar la cerviz ante las leyes de su rey, y vos habéis heredado su misma ceguera soberbia.
Creéis que esa madera negra es una obra de arte para el deleite de los sentidos; no comprendéis que es la llave que los sabios de Bizancio forjaron para preservar el orden divino contra la herejía.
El Inquisidor desvió sus ojos de pedernal hacia la joven:
—Y tú, Elena… la pequeña pupila sin nombre de La Pietà.
La sangre de Enrico Dandolo corría por tus venas y preferiste mancharla huyendo por las cloacas con un luthier proscrito antes que entregar la herencia de tu estirpe a los custodios de la fe.
Vuestra fuga termina aquí. Los Diez han firmado vuestra sentencia: vos, Marco de Toledo, seréis estrangulado en las mazmorras de los Pozzi antes del amanecer por conspiración y contrabando de Estado; y tú, Elena,
pasarás el resto de tus días en clausura perpetua en el convento de las penitentes de la Giudecca, expiando el pecado de tu linaje hasta que el mar te consuma.
Elena dio dos pasos hacia adelante sobre las tablas del esquife, apartando el mantón de su pecho. Con la mano izquierda tomó el relicario de plata que colgaba del cuello de Marco y lo alzó en alto hacia la celosía del puente, con los ojos azul grisáceo llameantes de una cólera soberana:
—¡No hables de fe ni de orden divino, Malipiero!
—bramó la joven con una voz que hizo temblar el agua del canal—.
¡Eres un asesino que envenenó a mi abuelo y desterró a mi madre para robar el secreto de Bizancio!
¡Te pasas los días ayunando y predicando sobre la pureza de las huérfanas mientras mandas a tus sicarios a estrangular a los patricios honrados en las sombras de San Marcos!
¡No eres un santo de la República; eres un ladrón que le teme a la luz del mediodía!
El rostro de mármol de Malipiero se contrajo en una mueca espeluznante. La máscara de asceta piadoso se quebró por una fracción de segundo, dejando al descubierto una fiera herida en su vanidad más profunda.
Alzó su mano derecha enguantada y la dejó caer en el aire con un ademán tajante:
—¡Capitán! Disparad a las piernas del español. Coged la madera negra y arrastrad a la muchacha viva hasta el portal de los Piombi. ¡Fuego!
Los mosqueteros de las prisiones amartillaron los percutores de chispa con un chasquido metálico unísono.
Pero el disparo jamás llegó a producirse.
Desde el extremo sur del canal, justo detrás de la cadena de hierro que bloqueaba la salida hacia la plaza, una música atronadora, carnavalesca y estridente estalló en la noche con la fuerza de un vendaval de pólvora.
—«¡Alzaos, máscaras de la laguna! ¡Que el Dux duerme y la comedia manda!»