Capítulo 9 Diálogos sobre el arte y el tiempo #2
Marco respiró hondo. El aroma a laurel quemado y salobre llenó sus pulmones. Sin apartar la mirada de aquellos ojos que se habían convertido en su único faro sobre la laguna, pronunció despacio, con esa cadencia castellana apretada, sobria y ardiente que su padre le había legado a orillas del Tajo:
«Bajo el agua que borra los caminos, donde la piedra calla su lamento, hallé una luz que no quebranta el viento ni teme a las tijeras del destino.
No busco ya la patria ni el reposo, ni el mármol vano de las sepulturas: me basta la marea de tus ojos para cruzar en paz las noches oscuras».
Cuando la última sílaba murió en el silencio del salón, Elena tenía los labios entreabiertos y dos lágrimas limpias brillando en el nacimiento de sus párpados.
La joven apartó el arpa de cámara con un movimiento suave, dejándola descansar contra la base del arcón de nogal. Se inclinó hacia adelante sobre la estera de juncos, acortando el último espacio que los separaba, hasta que sus faldas de paño rozaron las botas de Marco.
—Marco… —susurró ella, y su voz no fue más que un soplo tibio que rozó los labios del artesano—. Eres el hombre más insensato, más obstinado y más hermoso que ha pisado esta laguna podrida.
Marco no respondió con palabras.
Alargó su mano izquierda —la mano sana, limpia de heridas— y acunó la mejilla de Elena con una delicadeza infinita, sintiendo la tersura de su piel viva y el latido desbocado de su pulso bajo la mandíbula. Con el pulgar enjugó la lágrima solitaria que resbalaba hacia la comisura de su boca.
Elena cerró los ojos por una fracción de segundo, inclinando el rostro contra la palma de Marco con un abandono absoluto, suspirando ante el calor que emanaba de aquellos dedos toledanos acostumbrados a moldear la vida en la madera.
Luego, abrió los ojos y lo miró.
En la mirada de Elena no había miedo al futuro, ni la sombra del Inquisidor Malipiero, ni el abismo de la marea que los cercaba. Había una entrega limpia, soberana, un pacto eterno sellado en la verdad de su arte y de sus almas.
Marco se inclinó hacia ella. Elena alzó el rostro, entrelazando sus dedos con los de la mano vendada del luthier, y sus labios se encontraron en la penumbra del Palazzo Dandolo-Moresco.
El beso fue un incendio silencioso en medio del invierno de la laguna.
No fue la urgencia desesperada de los amantes que huyen de la muerte, ni el capricho carnal que los nobles venecianos buscaban tras las máscaras del carnaval.
Fue un beso hondo, puro, majestuoso como la arquitectura de los templos antiguos, donde la gravedad de Castilla y la luz de Bizancio se fundieron en un solo ser.
En el roce de sus bocas ardía la memoria del árbol talado que encontraba su voz, la redención de la niña abandonada en el torno de La Pietà y la certeza absoluta de que ningún tribunal terrenal,
ningún decreto de los Diez ni ninguna marea alta tendría jamás el poder de quebrar lo que sus almas acababan de unir ante el fuego.
Elena rodeó el cuello de Marco con sus brazos, hundiendo los dedos en sus cabellos oscuros, mientras el luthier la estrechaba contra su pecho con una fuerza protectora e infinita, sintiendo que el relicario de plata de los Dandolo latía entre los dos como un corazón compartido.
Cuando se separaron despacio, con la respiración entrecortada y las frentes unidas en la penumbra, una sonrisa luminosa y triunfal floreció en los labios de Elena.
—Ahora sí, Marco de Toledo —susurró ella, acariciándole la barba incipiente con la yema del dedo—. Ahora que sé que me perteneces, que venga Malipiero con todas las galeras de la Señoría. No podrán apagar este fuego ni con toda el agua de la laguna.
Marco sonrió con esa paz profunda que solo conocen los hombres que han encontrado su destino:
—No podrán, mi señora patricia. Tu arpa y mi violonchelo quebrarán sus piedras antes de que el carnaval termine.
En ese instante supremo, una campana lejana rompió la magia de la estancia.
Desde la distancia de los canales centrales, el campanile de San Francesco della Vigna dejó caer tres campanadas de bronce: eran las tres de la madrugada.
Por los ventanales ojivales del palacete, la marea alta comenzaba a retirarse despacio, revelando los pilotes de alerce que emergían del fango como soldados dormidos. El tiempo del reposo y de las confidencias tocaba a su fin; la realidad de Venecia volvía a reclamar su tributo de peligro.
Elena se incorporó despacio, alisándose la saya con su habitual gesto resuelto, aunque en sus ojos brillaba ahora una luz nueva, invencible:
—Don Antonio y Carlo Goldoni deben de estar preparando la salida del arpa mayor en La Pietà, Marco. Si queremos cruzar hacia San Marcos antes de que el Martes de Carnaval cierre las esclusas, tenemos que recuperar mi instrumento esta misma noche.
Marco se puso en pie, tomó el violonchelo negro y ajustó las correas de su funda de lona con la precisión de un guerrero que ciñe su armadura:
—Hacia el Puente de los Suspiros entonces, Elena. Vamos a devolverle la voz entera a la Serenísima.
Los dos jóvenes se miraron una última vez frente a las brasas moribundas del hogar, sellando su complicidad con una caricia breve de sus manos enlazadas, y se encaminaron hacia la escalinata de agua,
listos para descender a los canales donde la emboscada más peligrosa de la Inquisición aguardaba su paso entre la niebla.