Capítulo 9 Diálogos sobre el arte y el tiempo
El crepúsculo de aquel segundo día de fuga tiñó las aguas de la laguna norte de un tono violeta oscuro, casi fúnebre, que parecía fundirse con el fango de los bajíos.
A través de las tríforas góticas del Palazzo Dandolo-Moresco, el viento del Adriático entraba en ráfagas cortantes, arrastrando el graznido distante de las gaviotas que buscaban refugio en los campanarios sumergidos de Torcello y el murmullo continuo de la marea que comenzaba a subir por las
escalinatas del vestíbulo bajo.
En el gran salón del piano nobile, sin embargo, el fuego de la chimenea había levantado una muralla invisible contra el invierno veneciano.
La madera seca de pino y las ramas de laurel crepitaban sobre el hogar, desprendiendo una fragancia tibia que limpiaba el aire del moho secular.
El cofre de los Dandolo reposaba cerrado junto a la repisa de piedra, con el anillo de esmeralda de los Comneno destellando en el dedo de Elena y los documentos de la herencia guardados con veneración en la arqueta de plomo.
El violonchelo negro, con su tapa armónica perfectamente sellada por la cola de esturión de Marco, descansaba sobre su almohadilla de terciopelo, aguardando en silencio la hora de su destino.
Pero la tensión de la mañana había dado paso a una quietud extraña, íntima y suspendida en el tiempo.
Marco había explorado las estancias contiguas al gran salón durante las horas de la siesta.
En un pequeño studiolo orientado al este, protegido de las filtraciones del tejado por paneles de madera de cedro del Líbano, había dado con un hallazgo milagroso: un arcón de música que los antiguos señores del palacio habían dejado olvidado doscientos años atrás.
En su interior, envueltos en sayal encerado y ramas de lavanda seca, no solo descansaban rollos de partituras renacentistas de la escuela polifónica veneciana, sino dos instrumentos que el tiempo y la resina habían preservado de la carcoma:
un liuto attiorbato —un laúd tiorbado de diez órdenes de cuerdas con el mástil prolongado en una segunda clavija de ébano— y una pequeña arpa da camera, un arpa gótica de sobremesa de veinticuatro cuerdas de tripa,
tallada en madera de arce rizado con el escudo de los Dandolo repujado en la base de la columna.
Marco había pasado dos horas limpiando los diapasones con aguardiente de orujo, engrasando las clavijas con cera virgen y sustituyendo las cuerdas rotas por repuestos de tripa toledana que llevaba en su faltriquera.
Cuando regresó al salón arrastrando ambos instrumentos, Elena, que contemplaba la laguna desde el ventanal con el mantón cruzado sobre los hombros, se volvió de golpe.
Sus ojos azul grisáceo se iluminaron con una alegría tan fulgurante que el artesano sintió que la estancia entera se encendía de golpe:
—¡Por los clavos de San Marcos! —exclamó la joven, corriendo hacia él con las manos abiertas—. ¡Un laúd tiorbado y un arpa de cámara! ¿De qué tumba has rescatado estas maravillas, nigromante de Castilla?
—Del gabinete del senador Alvise —respondió Marco con una sonrisa sosegada, depositando el arpa sobre una mesa baja frente a las llamas—.
La madera de cedro los mantuvo secos mientras el resto del palacio se pudría.
El laúd tiene el puente algo cedido, pero aguanta la afinación en sol; el arpa…
el arpa parece haber sido construida para tus dedos, Elena.
La madera es arce de los bosques de Istria, ligera y vibrante.
No tiene la potencia de tu arpa doble de La Pietà, pero bastará para ensayar las respuestas armónicas del manuscrito.
Elena se arrodilló sobre una estera de juncos secos frente a la chimenea y acercó el arpa pequeña a su regazo.
Apoyó la columna de madera tallada sobre su hombro derecho, cerró los ojos y deslizó los dedos por el encordado en un glisando descendente.
El sonido que brotó del instrumento fue tenue, plateado, de una dulzura aérea que flotó sobre el crepitar del fuego como el susurro de hojas secas arrastradas por la brisa.
—Responde… —murmuró Elena con una devoción casi infantil, abriendo los ojos hacia Marco—. Duerme desde hace dos siglos, pero recuerda la escala. Es como si la madera reconociera que la sangre de su casa ha vuelto a cruzar la puerta.
Marco tomó asiento en una banqueta baja frente a ella, acomodando el cuerpo abombado del laúd tiorbado contra su pecho. Sus dedos largos, curados por las vendas de lino que Elena le había colocado horas antes, rozaron los órdenes dobles del instrumento.
Tocó un acorde en modo menor. Las cuerdas graves del mástil largo vibraron con una resonancia profunda y austera, ese timbre denso y sobrio de la vihuela española que su padre solía tocar en las noches de invierno en Toledo.
Elena no esperó una invitación formal.
Con la presteza instintiva de quien ha nacido para el diálogo musical, sus manos atacaron las cuerdas del arpa, tejiendo sobre el bajo continuo de Marco una melodía improvisada: un motivo melancólico que recordaba a las canciones populares de los gondoleros de Malamocco,
pero elevado por la pureza sacra de las armonías bizantinas que había aprendido en el coro.
Durante diez minutos, el fuego de la chimenea fue el único testigo de una conversación que no necesitaba del lenguaje de los hombres.
Las manos de Marco sostenían el pulso del tiempo: compases lentos, firmes, cargados de la gravedad de la piedra castellana y del dolor de un artesano que había visto morir a su padre sin vender su orgullo.
Y sobre esa base de tierra y memoria, los dedos de Elena danzaban con una ligereza luminosa, arrojando sobre las notas del laúd cascadas de armónicos brillantes que parecían elevar la música hacia las vigas policromadas del techo, burlándose de las sombras,
del tribunal de los Diez y de la muerte que los cercaba en los canales exteriores.
Sus miradas se cruzaron sobre las cuerdas tensas.
En los ojos de Elena no había la frivolidad de las máscaras de San Marcos ni el miedo de las fugitivas; había un reconocimiento absoluto, una comunión del alma tan transparente que a Marco se le cortó la respiración en la garganta.
Por primera vez en su vida, el joven toledano comprendió que la música no era un oficio para ganar ducados ni un refugio contra la soledad: era el único puente que permitía a dos almas desterradas mirarse sin disfraces.
Elena desaceleró el ritmo de sus dedos. El arpa dejó escapar un último acorde suspendido en una quinta justa, mientras el bordón del laúd de Marco sostenía la nota fundamental hasta que la vibración se disolvió en el aire tibio del hogar.
El silencio que siguió no fue un vacío; fue una presencia viva, densa y sagrada.
Elena apoyó las manos sobre las cuerdas para apagar las resonancias parásitas, exhaló un largo suspiro tembloroso y miró hacia las llamas con una sonrisa teñida de una nostalgia hermosa:
—Don Antonio dice siempre que Venecia se está muriendo, Marco. Dice que esta ciudad es como una cortesana vieja que se empolva la cara con harina y se pone vestidos de seda brillante para que los extranjeros no noten que tiene los dientes podridos y los pies gangrenados por el agua.
Marco dejó el laúd sobre la estera de juncos, apoyó los codos en las rodillas y contempló el perfil pensativo de la joven:
—Don Antonio tiene el ojo afilado de los músicos que ven el final de la partitura antes de que el coro empiece a cantar.
Toledo también se muere, Elena. Pero allí la muerte es de piedra seca, de conventos silenciosos donde el polvo de los siglos se acumula sobre las armaduras viejas sin que a nadie le importe.
Aquí, al menos, la muerte baila sobre el agua vestida con una máscara de Bauta.
Elena soltó una risita baja, volviendo su rostro hacia él:
—¿Y qué es peor, luthier? ¿Morir de olvido entre las rocas secas del Tajo, o ahogarse en una fiesta de carnaval mientras los violines desafinan en la plaza?
Marco clavó sus pupilas oscuras en el azul cambiante de los ojos de Elena. La distancia entre ambos se había reducido sin que ninguno de los dos lo advirtiera; el calor del fuego envolvía sus figuras en un círculo de oro y sombra donde el mundo exterior carecía de sustancia.
—Lo peor, Elena, es vivir como vivía yo antes de cruzar la puerta de San Zaccaria —respondió Marco con una voz grave, limpia y desprovista de cualquier fingimiento—.
Creía que el arte era una trinchera solitaria.
Creía que un hombre debía conformarse con labrar la madera en silencio, guardar sus versos bajo una piedra de plomo y dejar que los tiranos como Malipiero se repartieran el mundo mientras los honestos nos extinguíamos en las buhardillas.
Creía que la belleza era solo un lamento por lo que se ha perdido.
Elena ladeó la cabeza, mirándolo con esa intensidad desarmada que derribaba todas sus defensas:
—¿Y ahora qué crees, Marco?
El artesano alargó su mano derecha vendada y, con una lentitud llena de un respeto reverente, rozó con las yemas de sus dedos la madera tallada del arpa de Elena, deteniéndose a un palmo de la mano de la muchacha:
—Ahora creo que la belleza es un combate, Elena.
Creo que el tiempo no pertenece a los jueces del Consejo de los Diez, ni a los banqueros que compran senadores con oro robado.
El tiempo pertenece a quienes se atreven a cantar una verdad que no se marchita cuando el cuerpo se hace ceniza.
Y creo… creo que el árbol talado del que hablaban mis versos no estaba esperando una tumba en Castilla.
Estaba esperando encontrar el arpa que supiera responder a su dolor.
Elena sintió que el corazón le daba un vuelco salvaje en el pecho. Un rubor encendido le quemó las mejillas, pero no bajó la mirada; sostuvo los ojos de Marco con toda la valentía indómita de su sangre.
—Recítame otro poema, Marco —susurró ella con la voz temblorosa de emoción—. Esos versos que escribes en la sombra cuando crees que nadie te escucha. Quiero oírlos en tu lengua, con la voz del hombre que cruzó el mar para salvar mi memoria.