El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 8 El blasón de los Dandolo #2
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Capítulo 8 El blasón de los Dandolo #2

El artesano rodeó sus hombros con su brazo izquierdo, protegiéndola del viento que silbaba a través de las tríforas ojivales, sintiendo el latido acelerado del corazón de la muchacha acompasándose despacio con el suyo.

Durante varios minutos, el Palazzo Dandolo-Moresco fue un templo de paz inviolable en medio de la ciudad sitiada.

Cuando Elena se incorporó despacio, limpiándose las mejillas con el dorso de la manga con su habitual gesto resuelto, una chispa de su indómita energía veneciana volvió a encenderle la mirada:

—Bueno, don Marco… parece que ahora soy una patricia proscrita con un palacio inundado y una condena a muerte sobre la cabeza. ¿No te parece un título nobiliario bastante más entretenido que el de las damas que van a tomar café a la plaza de San Marcos?

Marco soltó una carcajada baja y cálida, sacudiendo la cabeza con admiración desbordada:

—Te sienta mucho mejor el orgullo de los Dandolo que las cofias de lana de La Pietà, señorita patricia. Pero veamos qué más guardó tu abuelo en este cofre antes de que los espías sospechen que este palacio sigue vivo.

Elena tomó el cuaderno de vitela blanca que descansaba en el fondo del cofre y desabrochó el cierre de plata.

Las páginas estaban cubiertas por una caligrafía cursiva en tinta sepia, intercalada con esquemas arquitectónicos a plumilla y diagramas geométricos que representaban las mareas de la laguna veneciana.

En la primera hoja, escrita por la mano del senador Alvise Dandolo en 1690, figuraba una advertencia solemne:

«A quien posea los dos ojos de la verdad: El secreto que Enrico Dandolo extrajo de las criptas de Santa Sofía en 1204 no es una mercancía para enriquecer a los mercaderes de la Serenísima, ni un talismán para coronar a los emperadores de la cristiandad. Es la Gran Obra de la Armonía:

los tratados originales de los sabios de Alejandría sobre la transmutación de los metales, la purificación del agua y el control de los elementos mediante la resonancia acústica.

Si este conocimiento cae en manos de hombres que fingen la piedad para ocultar su sed de sangre y dominio absoluto —como los inquisidores que gobiernan las sombras de nuestro Senado—, Venecia no será una república libre; será un matadero gobernado por la tiranía eterna.

El arca bizantina descansa bajo el baptisterio de San Marcos, en la cripta sumergida donde el agua de la marea alcanza el pecho del león de bronce. Solo dos instrumentos son capaces de quebrar las esclusas sin derrumbar los cimientos de la basílica:

el violonchelo negro de madera balsámica que resuena en el tono de cuatrocientas treinta y dos vibraciones, y el arpa doble de cuerdas de plata que responde en la quinta justa del modo dórico. Quien intente forzar la puerta con hierro o con pólvora,

ahogará la cripta para siempre bajo el fango del canal».

Elena pasó las páginas con rapidez febril hasta detenerse en un dibujo desplegable que mostraba la sección transversal del baptisterio de la basílica ducal.

Allí estaban detalladas las doce losas de mármol rojo de Verona que formaban el suelo del baptisterio; bajo la tercera losa oriental, un conducto cilíndrico de bronce descendía directamente hacia una cámara sumergida flanqueada por cuatro columnas de granito que los venecianos llamaban «los pilares

de Acre».

En el centro de la cámara, sobre un pedestal sumergido a diez pies de profundidad, figuraba el dibujo de un arca de plomo sellada con las armas de Bizancio y de los Dandolo.

—Canaletto tenía razón matemática —dijo Marco, examinando los cálculos de las mareas al pie del plano—.

La esclusa acústica solo puede ser liberada cuando la presión del agua del canal alcanza la cota máxima del invierno: la medianoche del Martes de Carnaval, durante la luna llena de febrero.

Si tocamos la partitura en ese momento exacto desde el baptisterio, la resonancia de las dos voces abrirá los contrapesos de bronce y drenará el pasadizo interior durante veinte minutos antes de que la marea comience a descender.

Elena cerró el cuaderno de golpe, con los ojos brillando de una resolución de acero:

—El violonchelo negro ya tiene su tapa sellada y su alma colocada, Marco. Pero nos falta la segunda voz.

El luthier la miró, comprendiendo de inmediato la gravedad del obstáculo.

—Tu arpa doble —dijo él—. Sigue encerrada en la cantoría alta de La Pietà, bajo la vigilancia de los guardias de Malipiero.

—Y no puedo usar un arpa común comprada en las tiendas del Rialto —añadió Elena con voz grave—.

La partitura exige un encordado de tripa entorchada en plata pura con una tensión de sesenta y cuatro libras en el registro medio para alcanzar los armónicos dóricos exactos.

Esa arpa fue construida a medida para mí por orden de Don Antonio en los talleres de Brescia; si intento tocar la Voz del Abismo con un instrumento vulgar, la vibración desafinará medio tono y las compuertas de bronce aplastarán la cámara bajo el agua.

Marco se puso en pie, caminó hacia las tríforas ojivales y contempló la laguna muerta.

La noche comenzaba a agonizar en el horizonte oriental. Una franja de luz azulada y gélida recortaba la silueta de los campanarios de Murano y las murallas rojas del gran Arsenal. En la ciudad, las campanas de San Marcos comenzaban a repicar a maitines con un toque apagado por la niebla.

—Don Antonio Vivaldi no nos abandonará, Elena —dijo Marco, volviéndose hacia ella con esa calma castellana que infundía una seguridad absoluta—.

El maestro conoce cada rincón y cada pasadizo de La Pietà mejor que los mismos gobernadores del hospicio.

Y Carlo Goldoni tiene a toda la cofradía de gondoleros de Castello esperando una señal en el puente de San Severo.

Sacaremos esa arpa del convento antes de que comiencen los festejos del Carnaval, aunque tengamos que colarla vestida con una capa de seda y una máscara de Bauta.

Elena se levantó despacio, tomó el anillo de esmeralda de los Comneno del cofre y lo deslizó en el dedo anular de su mano izquierda; la joya imperial brilló con un fulgor verde sobre su piel blanca. Luego, tomó el relicario de los Dandolo y se lo entregó a Marco:

—Guárdalo tú, Marco de Toledo. Mi madre lo confió al agua para que un día encontrara a alguien con manos limpias y corazón valiente. No conozco a ningún hombre en esta laguna que merezca custodiarlo más que tú.

Marco tomó el relicario de plata entre sus manos curtidas. Sintió el peso de la historia, la devoción de una estirpe milenaria y la confianza sagrada de aquella muchacha que acababa de entregarle su destino entero sin pedirle nada a cambio.

Deslizó el relicario en el bolsillo de su jubón, junto a su piedra de afilar y sus gubias, y miró a Elena a los ojos con un pacto silencioso que no necesitaba juramentos de corte:

—Custodiaré tu sangre como custodié la madera de mi padre, Elena. Y cuando amanezca sobre San Marcos, tocaremos esa partitura ante los ojos del mundo entero.

Una ráfaga de viento del norte barrió las aguas de la dársena, silbando entre los mármoles rotos del Palazzo Dandolo-Moresco como un preludio lejano.

El secreto de la sangre estaba revelado. La reliquia imperial aguardaba en las profundidades. Y en la penumbra del palacio sumergido, el arte toledano y la memoria de Bizancio comenzaban a afilar sus notas para el asalto definitivo a la ciudad de las máscaras.