Capítulo 8 El blasón de los Dandolo
El chasquido pétreo que había resonado en las entrañas del hogar se extinguió despacio, dejando tras de sí un silencio denso en el que solo se escuchaba el murmullo de la marea lamiendo los cimientos sumergidos del palacio.
La vibración profunda del violonchelo negro —ese La grave sostenido a cuatrocientas treinta y dos pulsaciones que Marco había arrancado a la cuerda de tripa entorchada— parecía seguir zumbando en los huesos de ambos jóvenes,
como si las paredes de sillería de Istria hubieran absorbido la frecuencia armónica y se negaran a soltarla.
Marco dejó el arco de crin sobre la tapa del arcón de roble, con los dedos todavía entumecidos por la tensión de la madera.
Elena ya estaba de rodillas frente a la chimenea.
Con una rama seca de laurel apartó las ascuas encendidas hacia un lateral del hogar, desentendiéndose del hollín que manchaba los puños de su saya de lana.
Sus ojos azul grisáceo estaban dilatados por una mezcla de incredulidad y vértigo; su respiración, entrecortada y rápida, empañaba el aire helado que descendía por el tiro de la campana de piedra.
—La losa del fondo… —susurró la muchacha, señalando con la punta de la leña un bloque de sillería cuadrangular, de dos palmos de lado, situado exactamente bajo el relieve tallado de los dos ángeles que sostenían el blasón familiar—. Se ha hundido hacia adentro, Marco. Casi tres dedos.
Marco se arrodilló a su lado sobre las baldosas frías.
Extrajo de su estuche toledano una palanqueta de acero dulce con la punta forjada en bisel y la introdujo con cuidado milimétrico en la fisura abierta.
Al hacer una presión suave, la piedra, liberada de los cerrojos hidráulicos internos que la resonancia acústica del violonchelo acababa de destrabar, cedió sobre unos goznes de bronce ocultos con la suavidad con que la tapa de un clavicordio se desliza sobre su fieltro.
Detrás de la losa no había escombros ni nidos de ratas de canal.
Había una hornacina abovedada de un pie y medio de profundidad, forrada por completo con planchas de plomo soldadas a fuego para aislar el hueco de las filtraciones salobres de la laguna.
En el centro de la cavidad, envuelto en una tela de seda adamascada de color carmesí desvaído por el paso de los siglos, descansaba un cofre rectangular de madera de nogal negro, protegido en sus esquinas por cantoneras de hierro labrado con motivos de hojas de acanto.
Marco extendió ambas manos con veneración de artesano, palpando la madera antes de moverla.
—Pesa como un ancla de fragata —murmuró él en voz baja, levantando el cofre con un esfuerzo contenido y depositándolo sobre el suelo limpio frente al fuego—. Está forrado de hierro por dentro. Quien guardó esto aquí sabía que el palacio se hundiría antes de que la humedad tocara su contenido.
Elena se acercó tanto que su hombro rozó el brazo de Marco. La luz dorada de las brasas acarició las facciones tensas de la muchacha, arrancándole reflejos de ámbar a sus cabellos desordenados.
El cofre no tenía cerradura común para llaves de hierro o latón.
En el centro exacto de la tapa de nogal, embutida en una placa de plata oxidada, se abría una hendidura poco profunda, de forma ovalada, con un relieve vaciado en negativo: la silueta perfecta de tres fajas onduladas sobremontadas por un león alado con una espada desnuda entre las garras delanteras.
Elena contuvo el aliento. Su mano derecha subió de forma maquinal hacia su pecho, buscando bajo el mantón el relicario que las monjas de La Pietà le habían colgado al cuello cuando la recogieron de la scafetta diecinueve años atrás.
—Es el molde… —dijo la joven con un hilo de voz que tembló por primera vez desde que habían iniciado la fuga—. El relicario de mi madre.
—Pruébalo, Elena —susurró Marco con infinita suavidad, posando una mano cálida sobre el hombro de la muchacha para transmitirle la firmeza de su presencia—. Este cofre lleva dos siglos esperando a que la sangre de su dueño regrese a Castello.
Con dedos trémulos, Elena desató el cordón de seda desgastado que sostenía la joya en su garganta. Tomó el relicario ovalado de plata vieja, cuyas superficies conservaban ese calor sutil que desafiaba al frío invernal, y lo encajó en el hueco de la placa de nogal.
El metal encajó con una precisión matemática asombrosa, sin holgura de un solo milímetro.
En el interior del cofre, una serie de resortes y contrapesos de relojería bizantina chasquearon con un sonido seco, metálico y rítmico, como si un mecanismo de campanas en miniatura se hubiera puesto en marcha.
La pesada tapa de nogal se elevó tres pulgadas por sí misma, desprendiendo una fragancia balsámica, antigua y dulce que inundó la estancia: olor a cera de Licia, hojas secas de arrayán, tinta de agallas de roble y el aroma inconfundible de pergaminos sellados al vacío de la historia.
Marco y Elena permanecieron inmóviles durante unos segundos, contemplando el interior del cofre abierto.
En la bandeja superior, forrada de terciopelo morado carcomido por el tiempo, descansaban tres objetos: un anillo de oro macizo con una esmeralda tallada en cabujón donde figuraba grabado el monograma imperial de los emperadores Comneno de Bizancio;
un fajo voluminoso de cartas notariales atadas con cintas de lino azul descolorido; y un cuaderno de tapas de vitela blanca, cerrado con un broche de plata que lucía grabado el blasón de los Dandolo.
Elena alargó una mano vacilante y tomó el fajo de documentos notariales.
Los desató con una lentitud reverente. El papel, fabricado con trapos de algodón en los molinos de Fabriano en el siglo XVI y principios del XVII, conservaba una textura recia y crujiente.
En la primera página, trazada con una caligrafía cancilleresca veneciana impecable y sellada con el plomo del Dux, se leía el encabezamiento:
«Testamentum et Memoria Secreta Domus Dandolo: De Jure Sanguinis et Fide Reipublicae» (Testamento y Memoria Secreta de la Casa Dandolo: Del Derecho de Sangre y la Fe de la República).
Elena comenzó a leer en voz baja. A medida que sus ojos azul grisáceo devoraban las líneas de tinta ferrogálica, su respiración se volvía más profunda y entrecortada; el rubor de sus mejillas fue cediendo el paso a una palidez luminosa, limpia de toda duda,
mientras gruesas lágrimas silenciosas comenzaban a formarse en sus pestañas, brillando como esquirlas de cristal bajo el resplandor del fuego.
Marco no la interrumpió. Se mantuvo a su lado, en silencio, velando su lectura como un centinela toledano que comprende que ciertas batallas del alma solo pueden librarse en soledad.
—No fui una vergüenza… —susurró Elena de pronto, dejando caer las manos sobre su regazo mientras las lágrimas rodaban libres por su rostro, mojando el papel antiguo—. Marco… no fui el fruto de un pecado que mis padres quisieran esconder en un torno de expósitas para no manchar su nombre.
La joven alzó la mirada hacia el artesano, y en sus ojos no había amargura; había un torrente de orgullo herido que finalmente encontraba su redención:
—Mi abuelo fue el senador Alvise Dandolo, el último descendiente directo de la rama mayor de Enrico Dandolo que se negó a someterse a la tiranía del Consejo de los Diez a finales del siglo pasado.
Cuando los inquisidores descubrieron que nuestra familia custodiaba la segunda clave de las criptas bizantinas de San Marcos, comenzaron a purgar a los nuestros.
Envenenaron a mis tíos en los banquetes del Senado; encarcelaron a mi abuelo en los Piombi acusándolo falsamente de conspirar con el Imperio Austriaco y confiscaron todas nuestras rentas para borrarnos del Libro d’Oro de la nobleza.
Elena apretó las cartas contra su pecho, cerrando los ojos con un sollozo ahogado que quebró el aire de la sala:
—Mi madre… mi madre era una muchacha de dieciocho años cuando la Inquisición de Estado rodeó este palacio en 1711.
Su padre la escondió en un convento de Murano, pero los espías de los Diez la rastrearon hasta los canales de Castello.
Cuando dio a luz en el invierno, supo que si conservaba a su hija a su lado, los esbirros nos degollarían a ambas antes de la primavera.
Me llevó en persona a la scafetta de La Pietà en mitad de una noche de tormenta.
Me colgó este relicario al cuello y firmó este documento ante dos notarios clandestinos de la cofradía de San Juan Evangelista antes de morir de fiebres en una buhardilla de San Severo.
Elena abrió los ojos y clavó su mirada en el luthier:
—Me dejaron en el torno para salvarme la vida, Marco. Para que creciera como una huérfana anónima entre las músicas del coro, oculta a los ojos del tribunal hasta que tuviera la edad y el valor necesarios para reclamar la herencia de mi sangre.
Marco sintió que un nudo denso y ardiente se le apretaba en la garganta.
Alargó su mano derecha vendada y, con una lentitud llena de un respeto reverente, cubrió las manos de Elena, envolviendo los documentos de los Dandolo entre los dedos de ambos.
El calor de su tacto castellano transmitió a la joven una solidez inquebrantable, una certeza de que la soledad que ambos habían arrastrado a lo largo de sus vidas acababa de extinguirse para siempre en aquel rincón de la laguna.
—Tu madre fue una reina, Elena —dijo Marco con una voz grave, limpia y profunda, donde la hidalguía de Toledo resonó como una campana de bronce—.
Tu madre tuvo el coraje de entregar lo que más amaba al silencio de un convento para preservar la luz de un linaje que los tiranos no pudieron doblegar.
Tú no eres una expósita sin nombre, Elena Dandolo.
Eres la heredera legítima de los hombres que construyeron esta República sobre las aguas.
Y mientras yo tenga aliento en el pecho y acero en mis herramientas, ningún inquisidor con sotana volverá a tratarte como a una sirvienta de coro.
Elena lo miró fijamente. Sus labios temblaron en una sonrisa diminuta, desgarrada por el llanto pero iluminada por una gratitud infinita.
Sin mediar palabra, se inclinó hacia adelante y apoyó la frente en el pecho de Marco, buscando el refugio de su jubón de cuero curtido.