El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 7 El refugio de las aguas #2
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Capítulo 7 El refugio de las aguas #2

Luego, con una destreza quirúrgica que dejó a Elena fascinada junto al fuego, aplicó un hilo finísimo de cola caliente a lo largo del fileteado interior y encajó la tapa armónica sobre el cuerpo del violonchelo.

Utilizó doce prensas toledanas de madera de peral y tornillo de hierro dulce para asegurar los bordes con una presión uniforme y milimétrica. La junta cerró con una perfección asombrosa; la fisura del lóbulo izquierdo quedó sellada sin dejar una sola cicatriz visible sobre el barniz mineral.

—La madera ha vuelto a cerrar los ojos —dijo Marco, contemplando la mole negra que reposaba sobre el arcón—. En tres horas la cola habrá tirado. Podremos encordarlo y afinarlo antes de medianoche.

—Entonces ha llegado la hora de leer la partitura —dijo Elena.

La joven se sentó en el suelo, junto a las brasas de la chimenea, y desenrolló con cuidado extremo el pergamino de vitela imperial teñido en púrpura de Tiro que Marco había extraído del cilindro de plata de los Dandolo.

Colocó cuatro piedras lisas en las esquinas del documento para mantenerlo abierto.

La luz dorada del fuego iluminó las cuatro líneas rojas de cinabrio y la intrincada caligrafía de los neumas bizantinos.

Marco se arrodilló a su lado, inclinándose sobre el pentagrama con su oído absoluto en guardia.

—Traduce el primer movimiento, Elena —pidió él—. La parte que leíste en el estudio de Canaletto.

Elena deslizó su dedo índice bajo el texto cursivo imperial, traduciendo en voz alta con esa cadencia dulce y solemne que parecía devolverle la vida a los monjes de Bizancio:

—El primer movimiento se titula La respiración del tercer pilar —comenzó la muchacha—.

Dice: «En el templo que custodia las cenizas robadas… entre el mármol rojo de Verona y las aguas del lecho ciego… la voz grave de la madera debe sostener el tono de cuatrocientas treinta y dos vibraciones durante doce compases de marea muerta».

Elena se detuvo, mirando a Marco:

—El tono de cuatrocientas treinta y dos vibraciones… ¿qué nota es en vuestra escala italiana, Marco?

—Es un La grave —respondió Marco con los ojos muy abiertos por la comprensión teórica—.

Pero no es el La brillante y tenso de los violines que Vivaldi hace tocar en La Pietà, que vibra a cuatrocientas cuarenta pulsaciones para deslumbrar a los cortesanos.

Es el La natural de la física antigua. La nota en la que resuenan las cavernas naturales y el latido del agua en reposo.

Mi padre me enseñó que esa frecuencia no fatiga el oído humano; calma el pulso y hace vibrar los sedimentos minerales de la piedra caliza.

Elena asintió, continuando la lectura con una emoción creciente:

—Escucha lo que sigue: «Y mientras la madera negra abre el lecho con su lamento de tierra… la cuerda de plata del cielo debe responder en el registro de la quinta justa. Doce arpegios en modo dórico que asciendan desde el agua hasta la bóveda de oro.

Cuando ambas voces colisionen en el centro del baptisterio… el peso de las aguas abrirá el sello de plomo de la cripta de Dandolo sin quebrar la piedra».

Un silencio sobrecogedor cayó sobre la estancia del palacete en ruinas.

Marco miró a Elena. Elena miró a Marco.

Las dos voces. La partitura no era un solo de violonchelo, ni una pieza de tecla.

Era un diálogo sagrado entre dos naturalezas acústicas opuestas y complementarias: el violonchelo negro de madera imperial y el arpa doble de Elena.

El grave telúrico del arco castellano sosteniendo el suelo, y los armónicos cristalinos del arpa de Bizancio quebrando las cerraduras hidráulicas desde las alturas.

—Es una llave a dos manos —susurró Marco, con la respiración entrecortada por la belleza matemática del misterio—.

Un solo instrumento no puede abrir la cámara.

Si Malipiero se apoderara del violonchelo, jamás podría hacer funcionar el mecanismo sin el arpa y sin las notas que solo tú puedes interpretar.

—Y yo no podría hacer vibrar la piedra sin el peso de tu madera —añadió Elena, con una sonrisa que mezclaba el orgullo de su estirpe con una devoción profunda hacia el artesano que tenía enfrente.

En ese momento, Marco tomó su arco de cerdas de crin blanca de caballo de su estuche toledano.

Se acercó al violonchelo negro, cuya cola ya había secado bajo el calor de la chimenea. El artesano montó las cuatro cuerdas de tripa de carnero entorchadas en plata que traía de su taller, giró las clavijas de boj con una lentitud milimétrica y acercó el oído a la caja de resonancia.

Con los ojos cerrados, buscando en su memoria la frecuencia sagrada de las cuatrocientas treinta y dos vibraciones, tensó la cuerda más grave: el Do imperial.

Apoyó el arco sobre la cuerda. Tiró del talón a la punta con una presión firme y constante.

El sonido que brotó del vientre negro del instrumento fue algo que jamás había resonado en los salones de Venecia.

No fue una nota musical común. Fue un trueno aterciopelado, denso, cavernoso y purísimo, una vibración tan profunda que hizo temblar el polvo de los capiteles bizantinos del techo y provocó una vibración física en el pecho de Marco y de Elena.

La onda sonora se propagó por el suelo del piano nobile, descendió por la escalinata de honor y golpeó la superficie del agua del androne inferior.

Abajo, en la penumbra del vestíbulo anegado, el agua de la marea comenzó a formar ondas geométricas concéntricas, círculos perfectos que chocaron contra las doce columnas de mármol como si una fuerza invisible agitara las profundidades de la laguna.

Y en el fondo de la chimenea, tras las llamas doradas que crepitaban sobre el hogar, un chasquido pétreo resonó en las entrañas del muro.

Una losa de piedra de Istria, oculta bajo el hollín secular de la pared del palacio, cedió media pulgada hacia adentro bajo el influjo de la vibración acústica, dejando al descubierto una hendidura oscura que llevaba doscientos años esperando la voz de su amo.

Elena se puso en pie de un salto, con los ojos dilatados por el asombro, señalando hacia el fondo del hogar:

—¡Marco… mira!

El secreto de la Serenísima acababa de responder a su primer acorde. Y las sombras del Palazzo Dandolo-Moresco estaban a punto de entregar su primer tesoro.