El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 7 El refugio de las aguas
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Capítulo 7 El refugio de las aguas

La quilla del sándolo cortó la lámina de agua negra y estancada del zaguán inferior del Palazzo Dandolo-Moresco con un gemido suave de madera rozando el légamo.

El palacete, abandonado tras la gran peste que diezmó la República en 1576, parecía haber sido devorado desde las raíces por la laguna.

En el androne —el vestíbulo de agua de la planta baja—, la marea alta lamía las bases de doce columnas de mármol griego coronadas por capiteles bizantinos con motivos de hojas de acanto y trenzados orientales.

El aire allí adentro olía a humedad mineral, a salitre petrificado y a ese silencio denso, sepulcral y frío que solo reina en las estancias donde los hombres dejaron de hablar hace doscientos años.

Elena amarró el cabo de cáñamo de proa a una anilla de hierro forjado empotrada en un pilar carcomido.

Marco no esperó a que la embarcación se estabilizara por completo: se echó al hombro el pesado fardo del violonchelo envuelto en la lona encerada y, con el estuche de herramientas toledanas en la mano libre, saltó sobre los primeros peldaños de la escalinata de honor.

Las losas de mármol blanco estaban cubiertas por una pátina verde y resbaladiza de algas secas, pero ascendían hacia un rellano seco en el entresuelo, lejos del alcance de las mareas vivas.

Elena subió tras él, cargando los remos cortos y una vieja cesta de mimbre con restos de pan y velas que el gondolero Battista les había entregado en el muelle de la Celestia.

Al alcanzar el descansillo del piano nobile, empujaron una doble puerta de nogal cuyas bisagras de bronce soltaron un chirrido que resonó bajo las bóvedas como el quejido de un espectro despertado de su letargo.

La estancia en la que entraron era una vasta sala de recepción de proporciones monumentales, orientada hacia el norte, donde los ventanales ojivales de tres vanos (tríforas) enmarcaban la inmensidad plateada de la laguna muerta y las sombras lejanas de la isla de San Michele.

En el techo artesonado, las vigas de alerce conservaban restos de policromía dorada y azul ultramar; los muros de ladrillo visto mostraban los fantasmas de frescos desmoronados donde aún se adivinaban escenas de batallas navales,

galeras con velas latinas y el perfil amurallado de la Constantinopla imperial bajo el estandarte del león de San Marcos.

En el centro del salón, protegida de las corrientes de aire por un muro de carga maestro, se alzaba una chimenea monumental de piedra caliza tallada con dos figuras aladas que sostenían el blasón de la familia Dandolo.

Marco depositó el violonchelo sobre un arcón de roble carcomido que reposaba junto al hogar.

Dejó escapar un largo suspiro tembloroso; el vaho blanco de su respiración flotaba en el aire gélido de la estancia.

Tenía las botas anegadas de agua salobre y los calzones de paño empapados hasta las rodillas tras el escape por el túnel de desagüe de San Lorenzo, pero su primera mirada no fue para su propio cuerpo, sino para la madera que llevaba a la espalda.

Desató los cabos con dedos entumecidos por el frío, retiró la lona encerada y acarició la superficie oscura de la caja armónica.

El violonchelo negro estaba intacto; el sayal de cáñamo había repelido la humedad y la madera imperial conservaba esa extraña tibieza sutil que parecía desafiar al invierno veneciano.

—Está a salvo… —susurró Marco en castellano, apoyando la frente un segundo sobre el diapasón de ébano.

—Por supuesto que está a salvo, maestro toledano —dijo una voz cantarina y cálida a sus espaldas—. ¿Acaso creías que la mejor barquera de La Pietà iba a dejar que se le ahogara un instrumento de quinientos años?

Elena se había arrodillado frente a la chimenea.

Con la presteza práctica de quien ha crecido en los dormitorios fríos de un hospicio, había encontrado en un rincón un montón de ramas secas de laurel silvestre y vigas de pino desmenuzadas que el tiempo y los murciélagos habían dejado sobre el hogar.

Utilizando un eslabón de hierro, un pedernal y una pizca de yesca seca que guardaba en su faltriquera, la joven arrancó una chispa al metal con dos golpes secos.

Una llama pequeña, viva y dorada, prendió en las hojas secas.

El fuego crepitó con un chasquido alegre, desprendiendo un aroma balsámico a madera vieja y resina dulce que comenzó a devorar la pesadumbre gélida de la sala.

La luz ambarina bailó sobre los frescos bizantinos y sobre las facciones de Elena, arrancándole destellos cobrizos a su melena castaña y encendiendo el azul grisáceo de sus ojos con una vitalidad que parecía un milagro en medio de aquella ruina.

—Ven aquí, Marco —ordenó ella con suavidad firme, palmeando una baldosa limpia frente a las llamas—. Si te quedas ahí de pie con la ropa chorreando, tus pulmones van a sonar peor que los de Don Antonio antes de que amanezca.

Marco obedeció despacio. Se despojó de su capa castellana empapada, colgándola de una barra de hierro oxidada junto al fuego para que el calor la secara, y se sentó en el suelo frente al fuego, estirando las manos hacia las llamas.

Fue en ese momento cuando Elena advirtió las heridas.

Las palmas y los nudillos del luthier estaban cubiertos de cortes sangrantes, arañazos profundos provocados por las conchas de los moluscos y los ladrillos carcomidos del túnel sumergido cuando había empujado el sándolo a ras de agua para salvar sus vidas.

Elena contuvo el aliento. Toda la ligereza burlona desapareció de su rostro, sustituida por una ternura dolorosa y sobrecogedora.

Sin pedir permiso, tomó la mano derecha de Marco entre las suyas.

Sus dedos eran finos, cálidos y suaves, con las pequeñas callosidades en las yemas propias de las arpistas virtuosas.

Sacó de su manga un pañuelo de lino blanco inmaculado, lo humedeció con unas gotas de aguardiente de orujo de un pequeño frasco de viaje que Vivaldi le había deslizado en La Pietà y comenzó a limpiar la sangre de las heridas de Marco con una delicadeza infinita.

—Eres un insensato, Marco de Toledo —susurró ella con la voz quebrada por una emoción que intentó enmascarar con un reproche suave—.

Tus manos son tu vida. Con estas manos construyes la música que el mundo no sabe crear.

¿Cómo se te ocurre usarlas para empujar piedras podridas como si fueras un mozo de carga del arsenal?

Marco sintió el ardor del aguardiente en los cortes, pero no apartó la mano ni un solo milímetro. Clavó sus ojos oscuros en el rostro de Elena, tan cercano que podía percibir el aroma limpio a lavanda y cera virgen que emanaba de su piel a pesar de la huida por los canales.

—Las piedras podridas se cruzan en el camino cuando hay que salvar algo que vale más que las manos, Elena —respondió él con una gravedad sosegada que hizo que la joven detuviera el pañuelo sobre su muñeca.

Elena alzó la mirada. Sus ojos, a escasos dos palmos de los de él, brillaron con una luz húmeda y limpia bajo el resplandor del fuego:

—¿Y qué valía tanto para ti, hidalgo? ¿Ese trozo de madera negra de Bizancio?

Marco no vaciló. Su alma de poeta, forjada en la soledad de las riberas del Tajo, desnudó su verdad con la nobleza que su padre le había enseñado a no empeñar jamás:

—Valía la voz que canta en esa madera… y valía la mujer que remaba en la popa.

Elena tragó saliva. Un rubor repentino y dulce tiñó sus mejillas pálidas; sus labios carnosos se entreabrieron y un temblor diminuto recorrió sus dedos sobre las heridas del artesano.

Durante varios segundos interminables, el crujido de las llamas y el rumor del agua de la laguna contra los cimientos del palacio fueron el único sonido en la inmensidad de la noche veneciana.

La joven bajó la vista despacio, terminó de vendar la mano de Marco con una tira limpia de lino y esbozó una media sonrisa, de esas suyas que parecían iluminar los rincones más oscuros:

—Tu padre te enseñó a afilar gubias, don Marco… pero sospecho que tu madre te enseñó a afilar palabras para desarmar a las huérfanas de coro. ¿Te quedan más versos castellanos en el bolsillo, o los gastaste todos en el canal de San Lorenzo?

Marco soltó una risa baja, la primera risa franca y luminosa que brotaba de su pecho en muchos meses. Se inclinó un poco más hacia ella, dejando que el calor del fuego envolviera la cercanía de sus cuerpos:

—Tengo versos suficientes para navegar hasta Constantinopla, Elena. Pero ninguno de ellos tenía sentido hasta que vi tus ojos burlándose de los soldados en el fango de San Zaccaria.

Elena soltó una carcajada cristalina que espantó a las palomas dormidas en las vigas del techo, apoyando por una fracción de segundo su frente tibia contra el hombro del luthier antes de incorporarse con un ademán resuelto:

—Guárdate los versos para después de la cena, poeta. Primero tenemos que curar al enfermo de cinco siglos. Don Antonio dijo que esa tapa armónica no resistirá la presión si no la encolas antes de que caiga la noche de mañana.

Marco asintió, sintiendo que una fuerza nueva, indómita y limpia fluía por sus venas. El dolor de las manos se había desvanecido por completo ante la presencia de aquella muchacha.

Se puso en pie y organizó su taller improvisado sobre el arcón de roble.

Reavivó el fuego con astillas de pino para calentar un pequeño cazo de cobre con agua y cola animal pura de piel de conejo que había rescatado del sótano.

Limpió con una rasqueta de hoja curva las viejas adherencias de barniz petrificado en las juntas de las costillas del violonchelo, comprobando con asombro que la madera negra no había sufrido la menor deformación estructural durante la fuga.

Con la espátula de desarmar templada al calor de las brasas, colocó el alma del instrumento —el cilindro interno de madera que transmitía las vibraciones— exactamente en el punto que las marcas de plata del fondo indicaban, una posición dos líneas más adelantada que en la luthería italiana moderna,

calculada para favorecer los registros graves y los armónicos oscuros.