El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 6 Fuga en góndola a medianoche #2
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Capítulo 6 Fuga en góndola a medianoche #2

A ras de la línea de flotación, casi sepultado por el limo verde y las colonias de mejillones que cubrían los cimientos del palacio de los Giustiniani, se abría un arco semicircular de ladrillo de no más de tres pies de altura.

Era un antiguo aliviadero de aguas pluviales construido en el siglo XIV, una galería de desagüe que pasaba por debajo de los sótanos inundados del convento y comunicaba directamente con la dársena abandonada de la Celestia, en los límites de las murallas del gran Arsenal veneciano.

El problema era letal: con la marea alta de diciembre, el agua de la laguna rozaba la clave del arco de piedra, dejando apenas un palmo de aire libre entre la superficie líquida y el techo de ladrillos carcomidos.

—Es una locura, Elena —dijo Marco, midiendo el vano con su ojo de carpintero—. El sándolo no pasará con nosotros erguidos. La madera del fondo rozará el lodo y si la marea sube una pulgada más, quedaremos atrapados bajo la bóveda sin aire para respirar.

—Pues será mejor que aprendas a aguantar la respiración, Marco de Toledo —replicó ella con una sonrisa salvaje que le encendió los ojos—. Porque prefiero tragar barro de la laguna contigo que terminar mis días en una celda de los Diez escuchando los sermones de Malipiero.

Elena desmontó la fórcola de nogal del costado de la barca con un movimiento rápido y la arrojó al fondo junto a los remos.

Se arrodilló junto al fardo del violonchelo, tiró de la capa de Marco obligándolo a tumbarse boca arriba sobre las tablas húmedas y se deslizó a su lado, apoyando la espalda en el fondo del esquife.

Ambos quedaron tendidos hombro con hombro, cubiertos por la lona encerada que protegía el instrumento imperial.

El espacio era mínimo. Marco sentía la respiración tibia y agitada de Elena contra su cuello y el roce de sus dedos entrelazados con los suyos en la oscuridad.

Con las palmas de las manos desnudas apoyadas contra el techo de ladrillo viscoso que pasaba a escasos cuatro dedos de sus narices, los dos jóvenes empujaron el sándolo centímetro a centímetro hacia el interior de la galería sumergida.

Afuera, en el canal abierto, el haz de luz del farol de los soldados barrió el agua vacía en el segundo exacto en que la popa de la barca desaparecía bajo la arcada de piedra.

—¡Por aquí no ha pasado nada, capitán! —gritó un soldado desde la proa de la peota—. ¡El agua está quieta! ¡Deben de haber doblado hacia el puente de San Severo!

—¡Remad hacia San Severo, idiotas! —rugió la voz del oficial—. ¡Registrad cada palacio!

El eco de los remos militares y los juramentos de los soldados comenzaron a alejarse hacia el sur, disolviéndose en el estruendo de la niebla.

Dentro del túnel de desagüe, la oscuridad era absoluta, densa como boca de lobo.

El agua helada se filtraba por las junturas del casco de la barca, empapando las botas de Marco y la saya de Elena.

El aire olía a moho milenario, cieno podrido y salitre concentrado.

Cada empujón contra las piedras del techo requería un esfuerzo descomunal; las conchas afiladas de los moluscos les desgarraban las yemas de los dedos, dejando un rastro de sangre invisible sobre la piedra de Istria.

Sin embargo, en medio de aquella claustrofobia aterradora, Marco no sintió el peso de la muerte.

Sentía la mano de Elena apretando la suya con una firmeza inquebrantable, y sentía la calidez milagrosa del cilindro de plata y de la madera del violonchelo pulsando entre sus cuerpos como una promesa de luz eterna.

Durante diez minutos interminables que parecieron diez siglos de historia, la barca avanzó por las entrañas sumergidas de Castello.

De pronto, el techo de ladrillos comenzó a elevarse. El olor a limo estancado dio paso a una corriente de aire puro, gélido y salobre que les golpeó el rostro con la fuerza de una bendición divina.

El sándolo emergió a una dársena abierta y desolada: la cuenca de la Celestia.

Frente a ellos, recortadas contra el cielo nocturno donde las nubes comenzaban a desgarrarse dejando ver una luna menguante lívida y afilada, se alzaban las almenas colosales y las torres de ladrillo rojo del Arsenal de Venecia.

Aquel era el confín septentrional de la ciudad, una zona militarizada y desierta donde los astilleros de la República dormían bajo la vigilancia de leones de piedra traídos de Atenas.

Hacia el norte, más allá de la empalizada de estacas de roble, se extendía la inmensidad negra y silenciosa de la laguna muerta, salpicada por las luces lejanas de los conventos de Murano y la silueta solitaria de la isla de San Michele.

Elena se incorporó despacio sobre las tablas, sacudiéndose el pelo mojado y respirando el aire limpio del mar con avidez desesperada.

Miró a Marco a los ojos en la penumbra plateada de la luna y soltó una carcajada limpia, triunfal y descarada que pareció desafiar a todos los tribunales de la cristiandad:

—¿Lo ves, maestro de Toledo? ¡Seguimos enteros! Y admito que tienes una habilidad admirable para no quejarte cuando el agua helada te llega a los calzones.

Marco se incorporó a su lado, contemplando la sonrisa luminosa de aquella muchacha con una devoción que desbordó por completo las defensas de su prudencia castellana.

Alargó una mano herida por las piedras del túnel y, con una delicadeza infinita, apartó un mechón castaño empapado que le cubría la frente:

—Eres un milagro peligroso, Elena Dandolo.

La joven bajó la vista por una milésima de segundo, sintiendo el calor de los dedos del artesano quemándole la piel, antes de volver a clavar en él sus ojos azul grisáceo, donde una emoción nueva, honda y dulce comenzaba a brotar en medio del peligro:

—Un milagro con hambre y con frío, Marco. Ahora ayúdame a remar. Tenemos que llegar al palacio de las aguas antes de que la marea baje y nos deje encallados en el fango de la laguna.

Elena señaló hacia el extremo norte de la dársena, donde las aguas lamían los cimientos de una mole gótica en ruinas que se alzaba solitaria entre los juncos de la orilla: el antiguo Palazzo Dandolo-Moresco.

Abandonado hacía casi dos siglos tras la peste de 1576, el palacete se erguía como un espectro de mármol blanco carcomido por el salitre, con sus plantas bajas completamente anegadas por las mareas y sus ventanales ojivales abiertos a la nada.

Era el lugar que Canaletto les había indicado en el mapa: un santuario donde ningún magistrado veneciano se atrevería a entrar por temor al veneno de las aguas estancadas y a las leyendas de los espectros de Oriente.

Marco colocó la fórcola en su sitio, tomó los remos con sus manos sangrantes y, sincronizando sus fuerzas con las de Elena, impulsó el sándolo hacia la puerta del agua del palacio sumergido.

La barca cruzó el umbral bajo una arcada de mármol donde un león alado con las alas abiertas —el mismo de Enrico Dandolo— contemplaba su paso desde la piedra milenaria.

El refugio de las aguas los esperaba en la oscuridad. Y en sus entrañas, la partitura de la Voz del Abismo aguardaba su primer acorde.