El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 6 Fuga en góndola a medianoche
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Capítulo 6 Fuga en góndola a medianoche

El agua negra del rio de San Provolo se tragó el sándolo como si la ciudad misma conspirara para borrarlos de la faz de la tierra.

La niebla invernal ya no flotaba en jirones; se había transformado en un muro compacto, grasiento y amarillento por el humo de las chimeneas bajas de Castello, una masa húmeda que reducía la visibilidad a escasos cuatro palmos por delante de la roda de proa.

Las fachadas de los palacetes góticos, con sus ojivas ciegas y sus cancelas de hierro devoradas por el orín, desfilaban a ambos lados como gigantes de piedra dormidos en un cenagal.

No había faroles encendidos en los muelles secundarios.

En aquella Venecia nocturna de diciembre de 1730, cualquier resplandor en el agua era una invitación al disparo de un arcabuz de los Diez o a la emboscada de un salteador de casacas.

A popa, de pie sobre la pequeña plataforma curva del esquife, Elena gobernaba el remo largo con una destreza que desafiaba a las ordenanzas de la República.

En Venecia, ninguna mujer libre —y mucho menos una pupila sin nombre de La Pietà— tenía permitido empuñar la pala de una embarcación en los canales públicos; era un monopolio celosamente guardado por los barqueros de la cofradía de San Marcos.

Pero Elena no remaba según las normas de los gremios.

Sus brazos delgados, templados por diez años de tensar las cuerdas metálicas del arpa doble, se movían con una cadencia rítmica, elástica y silenciosa, apoyando el talón de la madera sobre la fórcola de nogal sin emitir el más mínimo chasquido en el agua.

En el centro del sándolo, arrodillado sobre las tablas húmedas del fondo, Marco de Toledo protegía el fardo del violonchelo negro con su propio cuerpo.

Tenía las dos manos apoyadas sobre la lona encerada que cubría el instrumento desarmado.

A través de la tela impermeable y del sayal de cáñamo, sus palmas curtidas por las gubias volvieron a percibir esa extraña calidez interna que la madera imperial desprendía desde que había salido de su arcón de pino.

Era una vibración sorda, un latido que parecía reaccionar al compás de las paladas de Elena, como si el abeto y el arce bizantinos reconocieran la respiración de la última descendiente del Dogo que los había arrancado de Santa Sofía quinientos años atrás.

—¿Siguen detrás? —preguntó Elena en un susurro que apenas turbó el rumor de la marea contra el casco.

Marco se giró despacio, apoyando una bota toledana en el mamparo interior y escudriñando la oscuridad del canal a popa.

A doscientos pasos de distancia, recortadas contra el vapor lechoso de la desembocadura de San Zaccaria, tres teas de brea rojiza ardían con un resplandor humeante y vacilante.

Se escuchaba el estrépito lejano de silbatos de bronce, órdenes militares proferidas con aspereza veneciana y el chapoteo pesado de las galeras ligeras de la guardia que comenzaban a desplegarse tras superar el bloqueo de melones y barcazas que Carlo Goldoni había provocado en el puente de la

Canonica.

—Han botado dos peotas de remos dobles —informó Marco en voz baja, con la frialdad matemática con que su padre medía la tensión de un mástil—. Vienen cargadas con seis soldados cada una. Si nos atrapan en un canal recto, su empuje nos doblará en velocidad antes de alcanzar la dársena norte.

Elena no se inmutó. Dejó escapar una risita entrecortada, húmeda y alegre, ajustándose el mantón de lana sobre los hombros con un golpe de cuello:

—Para atraparnos en un canal recto, maestro de Toledo, primero tendrían que encontrar uno en este laberinto de barro.

Y los capitanes de Malipiero son nobles provincianos que solo conocen el camino entre el casino de los Frari y el prostíbulo de San Samuele.

Deja el remo en mis manos y vigila que tu joya negra no coja humedad; esta noche te enseñaré por dónde respiran los peces de Castello.

Con un golpe seco y diestro de la pala sobre la corriente, Elena hundió el timón improvisado en el fango y desvió la proa del sándolo hacia una hendidura casi invisible en el muro de mampostería de la derecha.

Era el rio de San Lorenzo, un canalillo angosto, sombrío y pestilente que corría bajo los contrafuertes del convento de las benedictinas.

Allí el agua era tan poco profunda que los postes de amarre (briccole) rozaban los costados de la barca y los balcones de madera de las casas de vecindad casi se tocaban sobre sus cabezas,

formando un túnel de tinieblas donde el cielo quedaba sepultado por tendales de ropa vieja y redes de pesca rotas.

Marco observó a la joven con un detenimiento nuevo en la penumbra.

A la luz mortecina de una lamparilla de aceite que ardía ante un nicho callejero de la Virgen de los Pescadores, el perfil de Elena parecía esculpido en marfil antiguo.

Tenía las mejillas sonrosadas por el esfuerzo y por el frío cortante del viento marino; unos mechones dorados se habían escapado de su recogido, pegándose a su frente húmeda de sudor y rocío, pero en sus ojos azul grisáceo no había el menor rastro de pánico.

Había una serenidad desafiante, una vitalidad desbordante que convertía aquella huida desesperada por las cloacas de la Señoría en una aventura luminosa.

Marco metió la mano bajo su capa y palpó la empuñadura de su cuchilla de desbaste toledana. La cercanía de aquella muchacha rompía el aislamiento amargo en el que se había refugiado desde la muerte de su padre.

—Escribí unos versos antes de que Vivaldi cruzara mi puerta esta mañana —dijo Marco de pronto, en un susurro pausado que brotó de sus labios en puro castellano antes de que pudiera frenar su lengua.

Elena enarcó una ceja con curiosidad viva, sin detener la cadencia de su remo:

—¿En la lengua de Castilla? Mi confesor decía que el español es el idioma que Dios utilizó para dictar los diez mandamientos a Moisés porque suena a hierro golpeando sobre piedras. ¿Qué decían esos versos, luthier? Tradúcelos antes de que la Inquisición me impida aprender idiomas extranjeros.

Marco esbozó una media sonrisa melancólica, bajando los ojos hacia el fardo del violonchelo:

—Decían que no es la cuerda quien llora en la penumbra… sino el bosque talado que recuerda la altura de la copa que no vuelve.

Elena dejó de remar por una milésima de segundo. Sus ojos se clavaron en los de Marco con una intensidad tan honda, tan limpia de artificios cortesanos, que el artesano sintió una corriente de calor recorrerle la espalda a pesar de la cellisca que comenzaba a caer sobre la laguna.

—Tu padre era un sabio, Marco —susurró ella con una dulzura firme que le templó el alma—.

Pero se equivocaba en una cosa: el bosque talado no llora por lo que perdió.

Canta porque ahora tiene una voz que puede cruzar el mar entero sin marchitarse con las estaciones.

Tú saliste de Toledo creyendo que tu arte era una condena a la pobreza; yo nací en un torno de expósitas creyendo que mi música era solo una limosna para pagar el pan de las monjas.

Ambos éramos madera a la deriva. Pero esta noche…

esta noche hemos despertado al león de Bizancio.

Y te juro por la memoria de los Dandolo que ese violonchelo volverá a tocar antes de que el Carnaval se apague en las cenizas.

En ese instante de complicidad suspendida en el aire helado, una señal de alarma quebró el murmullo de los canales.

Un estallido rojo iluminó la niebla sobre los tejados del convento de San Lorenzo.

Un cohete de señales con fósforo naval acababa de surcar el cielo ceniciento desde el puente de la Canonica, estallando en una lluvia de chispas escarlatas que tiñeron las aguas del canal de un tono sangriento.

A escasos sesenta pasos por delante de su proa, en la intersección donde el rio de San Lorenzo desembocaba en el canal ancho de Santa Giustina, un silbido metálico resonó en la oscuridad.

Una patrulla de los Diez acababa de cerrar el paso.

A través de la niebla apareció la silueta pesada de una peota de combate.

La embarcación militar estaba atravesada de babor a estribor en medio de la bocana del canal, bloqueando la salida con su casco blindado con planchas de plomo.

Cuatro soldados armados con mosquetes de chispa permanecían apostados en la borda, apuntando hacia las sombras del agua, mientras en la proa un oficial con capa oscura y sombrero apuntado alzaba un farol de aceite con persiana de bronce, barriendo las esquinas con un haz de luz amarilla.

—¡Cerrad el paso hacia el norte! —bramó el oficial a través de la máscara de Bauta que deformaba su voz en un graznido hueco—.

¡El Inquisidor Malipiero ofrece quinientos ducados de plata por el forastero toledano y la huérfana de La Pietà!

¡Revisad cada barcaza, cada cloaca y cada muelle de carga!

¡Si la madera negra intenta cruzar hacia la laguna muerta, disparad a matar!

Elena contuvo la respiración. Clavó la pala del remo en el fango del fondo con una fuerza prodigiosa, frenando el avance del sándolo a menos de veinte yardas de la luz del farol.

El esquife quedó balanceándose en el centro del canal estrecho, atrapado en una ratonera de piedra caliza.

A popa, el eco de los remos de las dos galeras que los perseguían desde San Zaccaria comenzaba a resonar contra los puentes bajos; a proa, los mosquetes de la peota cerraban el único acceso hacia los canales libres de Cannaregio.

Marco se incorporó sobre una rodilla, desenvainando su cuchilla toledana de desbaste con un chasquido mudo. El acero brilló con un destello azulado bajo la niebla.

—Elena… agáchate en el fondo de la barca —susurró él con una serenidad implacable—.

En cuanto el haz de luz toque este costado, me arrojaré al agua y volcaré la embarcación de los soldados por la borda de estribor.

Coge el fardo del violonchelo, salta al muelle bajo del convento y corre hacia el norte.

La muchacha lo miró con los ojos muy abiertos, pero en lugar de obedecer, su boca se curvó en una mueca de obstinada rebelión:

—¡Ni lo sueñes, hidalgo de secano! Si te tiras a esa agua podrida con el frío que hace, te ahogarás antes de tocar el casco de los guardias. Y además… tú no conoces el secreto del puente de los Suspiros de Castello.

Elena señaló con la barbilla hacia la pared izquierda del canal.