El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 5 La sombra de los Diez #2
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Capítulo 5 La sombra de los Diez #2

¡Este taller está bajo la protección personal de la archidiócesis de Venecia y del coro de La Pietà!

¡El primer sacrílego que ponga un hierro sobre esa puerta será excomulgado de plano en la misa mayor de San Marcos!

¡Aquí se custodian las violas consagradas a los himnos de la Santísima Virgen!

El capitán de los guardias retrocedió medio paso, intimidado por la furia del famoso compositor, pero una voz fría, pausada y sepulcral ascendió desde el final de la callejuela:

—La Iglesia gobierna las almas de los fieles, Don Antonio; pero el Consejo de los Diez gobierna las aguas, las piedras y las vidas de esta República.

Los soldados se cuadraron al instante, bajando las alabardas en señal de sumisión absoluta.

El Procuratore Alvise Malipiero avanzó despacio entre la niebla.

Su figura alta y enjuta, enfundada en su austero hábito de paño negro sin adornos, parecía deslizarse sobre los adoquines húmedos sin tocarlos.

Llevaba las manos cruzadas dentro de las mangas y el rosario de madera de olivo golpeándole rítmicamente las piernas.

Su rostro blanco y afilado como una lápida de mármol no mostraba la menor emoción humana; solo una frialdad implacable y devota.

Malipiero se detuvo a tres pasos del sacerdote, inclinando la cabeza con esa fingida humildad que helaba la sangre de los magistrados del Senado:

—Lamento turbar vuestro celo pastoral, venerado maestro —dijo el Inquisidor con un tono suave y aterciopelado que cortaba más hondo que cualquier alarido—.

Pero una delación formal ha caído esta mañana en la Bocca de Leon del Palacio Ducal.

Se acusa al forastero español que ocupa este semisótano de albergar reliquias cismáticas procedentes del saqueo de los templos de Bizancio, introducidas de contrabando para alimentar los ritos de ciertas logias heréticas.

La República no tolera la idolatría en sus orillas.

Y si la madera de ese taller está contaminada por el pecado de la herejía…

el fuego de la justicia la purificará antes de que termine el día.

Vivaldi palideció, apretando los puños dentro de los bolsillos de su sotana, sintiendo que el pecho se le cerraba en un ataque agudo de tos que lo dobló sobre las rodillas:

—¡Es… una infamia… Malipiero! —logró jadear el cura rojo entre estertores—. ¡Marco… es un artesano honrado… no hay reliquias… solo madera de pino…!

—Eso lo determinarán los ojos del tribunal, Don Antonio —sentenció Malipiero con una calma gélida—. Capitán: derribad esa puerta.

En ese instante supremo, un estruendo ensordecedor de maderas rotas, gritos desgarradores y rebuznos de animales estalló a escasos cincuenta pasos de allí, en el puente de la Canonica.

—¡Socorro! ¡Se hunde la barcaza de los melones! ¡Los caballos del embajador imperial se ahogan en el canal!

Una procesión caótica de tres góndolas de carga colisionó deliberadamente contra los pilares del puente, arrojando al agua medio centenar de calabazas, coles podridas y toneles de vinagre.

En medio del desastre, un joven con casaca verde manzana —Carlo Goldoni— braceaba desesperadamente en la orilla gritando que había visto a dos asesinos austriacos con pistolas de chispa huyendo hacia la plaza de San Marcos, provocando una estampida histérica de lavanderas,

frailes y gondoleros que bloquearon por completo la fondamenta.

—¡Capitán! —gritó uno de los guardias del puente—. ¡Hay un motín en la Canonica! ¡Dicen que hay espías armados!

Malipiero entrecerró los ojos de pedernal, oliendo la impostura en el aire con su prodigioso instinto inquisitorial:

—¡Es una distracción! —rugió el Procuratore, perdiendo por una milésima de segundo su máscara de asceta—. ¡No os mováis de este zaguán! ¡Derribad esa puerta ahora mismo!

Los carpinteros alzaron las hachas y comenzaron a golpear la madera de roble con una violencia salvaje.

Bajo el nivel de la calle, en las aguas turbias del rio trasero, un sándolo negro y ligero como una aguja de coser se detuvo sin hacer ruido bajo el arco de hierro de la puerta del agua del taller.

Elena sostenía el remo corto con ambas manos, manteniendo la embarcación pegada a la cantería húmeda con una destreza admirable, mientras Marco trepaba por los barrotes oxidados de la reja baja, que cedieron bajo la palanca de su escoplo toledano.

El luthier se deslizó hacia el interior del sótano en penumbra.

Arriba, sobre el techo de vigas, los hachazos de los soldados retumbaban como cañonazos navales. El marco de la puerta de la calle comenzaba a astillarse bajo los golpes; el polvo de cal y el hollín caían sobre los bancos de trabajo como una lluvia fúnebre.

Marco no perdió un segundo. Corrió hacia el rincón del secadero, apartó de un manotazo la montaña de virutas de pino y los sacos hediondos de cola de conejo, y desenterró la mole negra envuelta en su sayal de cáñamo.

La madera del violonchelo bizantino resplandeció en la penumbra con ese brillo metálico y oscuro.

Marco recogió también el estuche de cuero que contenía las gubias de su padre y la tapa armónica desarmada, atándolo todo con una cuerda de cáñamo grueso en un fardo compacto que se echó a la espalda con un gruñido de esfuerzo.

Un crujido brutal desgarró la estancia: la puerta principal de la calle cedió hacia el interior con un estrépito de goznes reventados.

La luz de las teas de brea y las sombras de media docena de alabarderos irrumpieron en el semisótano, precedidas por la figura implacable de Malipiero.

—¡Registrad cada rincón! —ordenó la voz aterciopelada del Procuratore desde la escalera—. ¡Buscad la madera negra! ¡Si encontráis al español, degolladlo en el acto!

Marco se arrojó hacia la abertura de la reja del agua, pasando el fardo del violonchelo por el hueco con una rapidez desesperada.

Elena recibió el peso del instrumento en el fondo del sándolo, acomodándolo bajo una lona encerada con una presteza asombrosa. Extendió su mano derecha hacia el artesano:

—¡Salta, Marco! ¡Rápido!

Marco se deslizó entre los hierros rotos y cayó sobre las tablas de la barca en el segundo exacto en que un alabardero asomaba la cabeza por la tronera con una tea encendida en la mano:

—¡Por aquí! ¡Escapan por el agua!

El soldado arrojó la tea encendida hacia la barca, pero Elena ya había hundido el remo en el fango del fondo con un latigazo seco de sus brazos.

El sándolo se impulsó hacia adelante como un dardo negro, cortando la niebla del canal justo cuando la tea golpeaba el agua a popa, apagándose en un siseo inofensivo de vapor blanco.

Marco tomó el segundo remo, sincronizando sus paladas con las de Elena con un ritmo salvaje y perfecto.

La pequeña embarcación dobló la esquina del convento de San Zaccaria a una velocidad vertiginosa, perdiéndose en el laberinto de canales secundarios donde la niebla de diciembre se cerraba tras ellos como un muro de piedra impenetrable.

Atrás, recortada contra el vano abierto de la puerta del agua del taller asaltado, la silueta inmóvil del Procuratore Alvise Malipiero permaneció de pie bajo el resplandor rojizo de las antorchas.

El Inquisidor de los Diez contempló las ondas que la barca dejaba sobre el agua turbia con una fijeza asesina, acariciando las cuentas de su rosario de olivo con dedos rígidos.

—El agua no os salvará de la purga, bastardos de Bizancio —susurró Malipiero para sí mismo, con una frialdad que heló el aliento de los guardias a su espalda—. Venecia es un pozo cerrado… y la marea siempre regresa a mis manos.

El Acto I de la tragedia había concluido entre el fuego y la niebla de Castello.

El taller de San Zaccaria estaba destruido, pero el violonchelo negro de Enrico Dandolo y la partitura de la Voz del Abismo navegaban a salvo sobre las aguas clandestinas de la laguna, custodiados por el arte de Toledo y la sangre de Bizancio.

Marco de Toledo y Elena Dandolo eran ahora dos fugitivos proscritos en la ciudad de las máscaras, y la noche del Carnaval se alzaba sobre el Adriático como un abismo sin fondo.