Capítulo 5 La sombra de los Diez
La trampilla del ático de Canaletto desembocaba en un dédalo subterráneo de galerías de ladrillo ennegrecido por la humedad de las mareas, donde los antiguos carniceros de San Polo salaban los cuartos de buey antes de distribuirlos a los mercados de Rialto.
El aire allí abajo era espeso, gélido y rancio, impregnado de sal gorda y grasa animal, pero ofrecía la única arteria invisible que permitía cruzar el corazón de la parroquia sin ser interceptado por los centinelas de la Señoría.
Marco y Elena avanzaban en penumbra, guiados por el resplandor tembloroso de un cabo de vela que la joven sostenía entre los dedos.
A pesar de la oscuridad y del fango que amenazaba con devorar las suelas de sus zapatos, Elena no mostraba el menor síntoma de fatiga ni vacilación.
Con la mano libre, mantenía el extremo del mantón sujeto a la cintura, sorteando los charcos salobres con esa ligereza ingrávida que parecía burlarse de la gravedad veneciana.
Cada pocos pasos se volvía hacia Marco, susurrándole indicaciones con una sonrisa chispeante que brillaba en la sombra como una moneda de plata recién acuñada.
—Tres revueltas más a la izquierda, Marco —dijo ella, con el tono de quien invita a un paseo campestre por las colinas del Véneto—.
Luego viene una rampa que sube directamente a los soportales del Campo San Bartolomeo.
Si tenemos un poco de suerte, no nos toparemos con las ratas del canal…
aunque admito que suelen tener modales bastante más refinados que los secretarios del Inquisidor Malipiero.
Marco, que caminaba con la mano derecha apoyada en el mango de su cuchilla toledana y el cilindro de plata apretado contra las costillas, no pudo reprimir una sacudida de asombro ante el temple de la joven.
—Elena, estamos a punto de ser declarados reos de Estado por el tribunal más despiadado de Europa, y tú hablas como si estuviéramos decidiendo qué pescado comprar para la cena.
La muchacha se detuvo un instante en un recodo de la galería abovedada, giró el rostro hacia él y alzó la vela. La llama dorada iluminó sus ojos azul grisáceo, donde la picardía habitual dio paso a una hondura limpia y sincera que desarmó al artesano:
—Pasé diecinueve años escuchando a las monjas de La Pietà decirme que una expósita sin linaje debe vivir con los ojos bajos y dar gracias por las migajas del coro, Marco.
He pasado la vida entera viendo a los nobles de esta ciudad fingir virtudes que no tienen mientras el agua podrida les carcome los cimientos de sus palacios.
Por primera vez en mi existencia, sé quién soy.
Sé que la sangre de los Dandolo corre por mis venas y sé que hay algo sagrado que espera la voz de mi arpa.
Si tengo que arder por defender la verdad de Bizancio, al menos arderé riéndome en la cara de los hipócritas.
Marco la contempló en silencio durante un segundo que pareció detener el fluir del agua en los canales superiores.
En la mirada de aquella huérfana de diecinueve años no había la vana temeridad de los jóvenes aristócratas; había una dignidad antigua, un fuego puro que le recordó a su propio padre cuando don Mateo de Toledo prefería pasar semanas a pan y agua antes de rebajar la calidad del abeto de sus violines
para complacer a los canónigos de Castilla.
—Entonces que ardan ellos primero, Elena —respondió Marco con una leve sonrisa que templó la aspereza de sus facciones toledanas—. Vamos a buscar a ese dramaturgo antes de que los soldados prendan fuego a mi madera.
Subieron la rampa de ladrillos rotos y empujaron un portillo disimulado bajo las arcadas de la farmacia del Campo San Bartolomeo.
La plaza hervía con el bullicio habitual del mediodía: mercaderes de telas de Levante gritando los precios de los terciopelos de Esmirna, cambistas contando cequíes de oro bajo sombrillas de lona encerada y un grupo de comediantes ambulantes que afinaban mandolinas desafinadas frente al monumento a
la República.
Junto a la barandilla del puente que cruzaba hacia San Salvador, apoyado con indolencia sobre un montón de barriles de arenques vacíos y escribiendo con rapidez febril en un cuaderno de bolsillo de piel de becerro, un joven de unos veintitrés años observaba la multitud con una fijeza analítica.
Vestía una casaca de paño verde manzana bastante gastada en los codos, calzones de terciopelo marrón con remiendos invisibles y una peluca corta de estudiante de leyes, ligeramente torcida hacia la oreja izquierda.
Tenía una nariz prominente, labios gruesos que dibujaban una mueca burlona y unos ojos pardos, vivaces e inquisitivos, que captaban cada gesto, cada tropiezo y cada hipocresía de los transeúntes con la voracidad de un comediógrafo nato.
Era Carlo Goldoni.
Elena no titubeó: se acercó con paso decidido, le arrebató el cuaderno de las manos con un movimiento ágil y leyó en voz alta el último verso garabateado con tinta fresca:
—«Dice el avaro que ahorra por virtud, mientras su criada le roba el tocino del puchero…» ¡Qué rimas tan mediocres para un futuro abogado de la corte ducal, señor Goldoni!
El joven dio un respingo, se ajustó la peluca con ambas manos y frunció el ceño con una indignación teatral que duró exactamente medio segundo antes de reconocer a la muchacha:
—¡Por las máscaras de la Commedia! ¡La arpista salvaje de Don Antonio!
—exclamó Goldoni, recuperando el cuaderno con una reverencia exagerada que casi hizo rodar su sombrero por los adoquines—.
¿Qué hace la joya más pura de La Pietà paseándose por San Bartolomeo sin su manto de coro y acompañada por un caballero que parece recién salido de un lienzo fúnebre de Zurbarán?
Si el vicario os ve, os condenará a rezar siete salmos penitenciales antes de vísperas.
—El vicario es el menor de nuestros problemas, Carlo —intervino Marco, dando un paso al frente con la gravedad de quien anuncia una sentencia—.
Don Antonio Vivaldi y Canaletto nos envían a ti.
Los espías del Procuratore Malipiero han rodeado mi taller en San Zaccaria.
Tienen orden de registrarlo y quemarlo antes de que caiga la tarde.
Hay un violonchelo bizantino del siglo XII oculto bajo las maderas del sótano.
Si los hombres del Consejo de los Diez echan abajo la puerta, la reliquia se perderá para siempre.
La sonrisa frívola de Goldoni se desvaneció al instante. El estudiante de leyes cerró el cuaderno de golpe, guardó la pluma en su estuche de estaño y clavó sus ojos despiertos en el luthier toledano:
—¿Malipiero? ¿El «Santo de la Laguna» en persona?
—murmuró Goldoni, bajando la voz con una prudencia repentina—.
Ese hipócrita con sotana lleva semanas presionando al gremio de gondoleros para que delaten a cualquier extranjero que alquile una barca sin pasaporte ducal.
Si ha puesto sus ojos sobre San Zaccaria, no enviará a dos alguaciles comunes; enviará a una escuadra entera de sbirri con licencia para degollar.
—Por eso necesitamos tu ayuda, Carlo —dijo Elena, tomándolo del brazo con una urgencia que no admitía dilaciones—.
Canaletto nos dijo que conoces cada muelle y cada máscara de este barrio.
Necesitamos llegar al taller por el canal antes de que los soldados tiren la puerta abajo, y necesitamos una distracción que mantenga ocupados a los guardias en la calle principal mientras Marco y yo sacamos el instrumento por la puerta del agua.
Goldoni se pasó la mano por la barbilla, con los ojos brillando ante la magnitud del desafío. La perspectiva de jugarle una treta a la Inquisición de Estado en su propia ciudad parecía encender en su mente de dramaturgo un fuego incontrolable:
—Una farsa… una comedia callejera con actores armados y guardias enfurecidos —murmuró el joven con una risa nerviosa y deleitada—.
Esto es infinitamente superior a cualquier sainete de Molière.
Escuchadme bien: el canal de San Zaccaria está cerrado por el puente de la Canonica, pero los gondoleros de la cofradía de San Marcos me deben tres favores por haberles ganado un pleito contra los recaudadores de la aduana.
Voy a organizar un accidente marítimo que pasará a los anales de la comedia veneciana.
Goldoni señaló hacia un callejón estrecho que descendía hacia los muelles de San Severo:
—Id al embarcadero trasero del molino de aceite.
Preguntad por Battista el Cojo; tiene un sándolo ligero, negro y sin farol, amarrado bajo los pontones de carga.
Entrad por el canal bajo de San Zaccaria cuando escuchéis el primer alboroto en el puente.
Tenéis diez minutos, no más. Si los sbirri descubren el engaño antes de que hayáis salido con la madera…
que San Marcos se apiade de vuestras almas, porque Malipiero no conoce la palabra perdón.
Sin esperar agradecimientos, Goldoni se caló el sombrero hasta las cejas, se recogió las faldas de la casaca verde y echó a correr hacia el puente de Rialto a una velocidad prodigiosa, abriéndose paso a empujones entre los tenderos.
Veinte minutos más tarde, la niebla invernal sobre el Rio di San Zaccaria era tan espesa que las fachadas de los palacetes parecían muros ciegos de basalto negro.
Frente a la puerta principal del taller de Marco, en la fondamenta empedrada, la tensión había alcanzado un punto de ebullición.
Seis alabarderos con capas de paño oscuro y cascos de hierro remachados bloqueaban el acceso a la calle, sosteniendo teas impregnadas en brea que humeaban contra la humedad del mediodía.
Junto a ellos, un capitán del tribunal con una vara de justicia de plata y dos carpinteros de ribera armados con hachas de tala pesadas se disponían a forzar la cerradura de roble.
Pero en el arranque de la escalinata de entrada, una silueta solitaria les cerraba el paso con una furia desatada.
Don Antonio Vivaldi no llevaba su capa de abrigo ni su sombrero eclesiástico.
Con la sotana desabrochada, la cabellera roja ardiendo como una antorcha desgreñada bajo la llovizna y el rostro encendido por una cólera que le hacía temblar las manos huesudas, el sacerdote pelirrojo se interponía físicamente entre las hachas de los soldados y la madera de la puerta.
—¡Atrás, esbirros del demonio! —bramaba Vivaldi con una voz que oscilaba entre el trueno profético y el silbido asmático de sus bronquios colapsados—.