El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 4 El taller de Canaletto #2
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Capítulo 4 El taller de Canaletto #2

El artista dio un puñetazo suave sobre la mesa, haciendo tintinear los tinteros:

—Durante diez años he medido cada palmo de esta ciudad para mis lienzos.

He descendido a los canales secos durante las mareas muertas para dibujar los pilotes de alerce que sostienen el palacio de los Dogos y la basílica.

Bajo el suelo del baptisterio de San Marcos, a doce pies bajo el nivel medio de la marea, existe una cámara de agua que los arquitectos bizantinos de 1204 construyeron para regular el peso de la basílica contra el fango de la laguna.

Todos los procuradores creen que es una simple cisterna ciega… pero no lo es.

Canaletto señaló con la punta del lápiz una sección transversal de su plano arquitectónico:

—Es una esclusa acústica. Dandolo trajo de Santa Sofía un mecanismo de compuertas de plomo y bronce que responde a la resonancia armónica.

Si el violonchelo negro y el arpa tocan juntos esa partitura en la frecuencia exacta de cuatrocientas treinta y dos vibraciones mientras el agua alcanza el nivel del baptisterio…

las compuertas se abrirán por presión hidrostática, drenando el pasadizo que conduce a la cripta secreta donde descansa el arca de Bizancio.

Elena contuvo el aliento, llevándose una mano al relicario que latía cálido bajo su saya:

—¿Y qué contiene esa cripta, Toni? Don Antonio habló de los tratados alquímicos de la Armonía Sagrada…

Canaletto levantó la mirada. Su rostro joven y despierto se ensombreció con una gravedad terrible:

—Contiene el secreto que puede salvar a Venecia de su ruina…

o destruirla para siempre en manos de un tirano.

Enrico Dandolo no solo trajo oro de Constantinopla; trajo la reliquia original del apóstol San Marcos traída de Alejandría, antes de que el Senado fabricara la falsificación que hoy veneran los fieles en el altar mayor, y los manuscritos de la Restauratio Magna: las fórmulas de fuego griego,

aleaciones de metales indestructibles y secretos de ingeniería que permitieron al Imperio Romano de Oriente resistir mil años contra todos los invasores.

El pintor caminó hacia un rincón del taller y descorrió una cortina de lienzo crudo que cubría un caballete monumental.

Sobre la tela descansaba una veduta impresionante, recién terminada: una vista panorámica de la Piazzetta de San Marcos tomada desde la laguna durante una jornada de marea alta (Acqua Alta).

Las aguas verdosas cubrían las losas de la plaza reflejando las columnas de San Teodoro y del León alado como un espejo líquido.

Canaletto señaló con su pincel la base de la columna del león:

—He pintado este cuadro para un lord inglés, pero en él he ocultado la clave temporal del manuscrito.

Observad la sombra que la pata del león de bronce proyecta sobre el agua.

Ese ángulo exacto solo ocurre una vez al año: en la medianoche del Martes de Carnaval, cuando la marea de la luna llena alcanza su punto más alto y las aguas inundan el baptisterio.

Esa es la hora, amigos míos. Si no estáis dentro de la basílica en la noche de Carnaval con los dos instrumentos afinados…

la marea bajará y la puerta no volverá a abrirse en los próximos cien años.

Marco y Elena intercambiaron una mirada intensa, un diálogo mudo donde el temor al peligro se disolvió en una determinación de acero.

—El Martes de Carnaval es en dos semanas —dijo Marco con voz firme—. Tenemos tiempo para restaurar la tapa armónica del violonchelo y ensayar la partitura con el arpa de Elena.

Sin embargo, antes de que Canaletto pudiera guardar el plano, un sonido seco rompió la calma del ático.

Un silbido agudo, repetido tres veces con cadencia militar, ascendió desde las aguas del Gran Canal bajo los ventanales del estudio.

Canaletto palideció. Se acercó a la barandilla de madera del balcón y miró cautelosamente hacia abajo, ocultándose tras una persiana de esparto.

—Maldita sea mi estampa… —susurró el pintor con los dientes apretados—. Son las góndolas de la Inquisición de Estado.

Marco se aproximó al vano, aguzando la vista entre las lamas de la persiana.

En la ribera del canal, frente al taller de San Polo, tres góndolas negras con espolones de bronce desembarcaban a una docena de soldados con alabardas y capas oscuras.

Al frente del contingente, con su austera sotana negra y el rosario de olivo golpeándole las rodillas a cada paso, avanzaba el Procuratore Alvise Malipiero.

Pero los guardias no miraban hacia el ático de Canaletto.

Uno de los oficiales de Malipiero sostenía en la mano un rollo de pergamino con el sello del tribunal y gritaba órdenes a los remeros señalando hacia el este, hacia el canal de San Zaccaria:

—¡Cerrad el paso por el puente de la Canonica! ¡El Inquisidor ha firmado la orden de registro y demolición del taller del luthier español! ¡Si el forastero opone resistencia, apresadlo vivo; si encontramos la madera negra, quemad el edificio hasta los cimientos!

A Marco se le heló la sangre en las venas.

El violonchelo.

La obra de Enrico Dandolo, el instrumento de quinientos años con su tapa armónica desarmada y su madera imperial, descansaba oculto bajo los tablones de pino en el sótano de San Zaccaria.

Si los hombres de Malipiero registraban el taller con hachas y teas encendidas, la reliquia ardería antes del anochecer y el secreto de la Serenísima quedaría sepultado para siempre en la ceniza.

Marco dio media vuelta con una ferocidad indómita en los ojos, apretando los puños toledanos:

—Tengo que volver a San Zaccaria.

Elena lo agarró del brazo con ambas manos, clavando sus pupilas azul grisáceo en las de él con una fuerza que lo detuvo en seco:

—¡Es una trampa, Marco! Malipiero sabe que volverás para salvar tu taller. Si cruzas ese puente ahora mismo, te colgarán de los muros del Palacio Ducal antes de que puedas tocar una sola cuerda.

—¡Ese violonchelo no puede ser destruido, Elena! —replicó él con la voz quebrada por la pasión del artesano—. Mi padre murió en la miseria por defender la dignidad de su madera; no permitiré que un fanático con sotana queme la memoria de tu linaje y la voz de Bizancio por cobardía mía.

Canaletto intervino con rapidez febril, enrollando el pergamino bizantino y devolviéndoselo a Marco antes de empujarlos a ambos hacia una trampilla disimulada en el suelo del ático:

—Marco tiene razón: sin el violonchelo, la partitura es solo tinta muerta y Elena jamás podrá abrir la cripta.

Pero no iréis solos. Esta trampilla comunica con las galerías de despiece de los carniceros de San Polo; os llevará directamente a los canales traseros sin pisar la calle.

Coged una barca ligera y buscad al joven Carlo Goldoni en el café Florian de la plaza; ese muchacho conoce a todos los gondoleros de Castello y tiene más disfraces de Carnaval que el guardarropa del Dux.

Canaletto tomó las manos de los dos jóvenes, apretándolas con una lealtad limpia y luminosa:

—Salvad ese instrumento, hijos míos. Yo custodiaré los planos y mantendré los ojos abiertos sobre San Marcos. Que el león alado guíe vuestras manos en la oscuridad.

Elena sonrió a través de la tensión, ajustándose el mantón sobre el pecho, y miró a Marco con esa alegría desafiante que ningún peligro lograba apagar:

—Bueno, maestro de Toledo… parece que ha llegado la hora de comprobar si tus versos son tan rápidos como tus piernas. Vamos a robarle un violonchelo a la Inquisición de Venecia.

Marco devolvió la sonrisa, sintiendo que el fuego de aquella muchacha le templaba el acero del alma, y juntos se precipitaron por la trampilla hacia las entrañas oscuras de San Polo, mientras las campanas de San Marcos comenzaban a tocar a rebato sobre las aguas encrespadas de la laguna.