El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 4 El taller de Canaletto
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Capítulo 4 El taller de Canaletto

El laberinto acuático de Venecia se abrió ante ellos como una garganta de piedra y niebla.

Para sortear las patrullas del Consejo de los Diez apostadas a lo largo de la Riva degli Schiavoni, Elena guio a Marco a través de una poterna enrejada en los huertos traseros de La Pietà,

un paso semiclandestino que las monjas utilizaban para recibir las barcazas de verduras de las islas de Sant’Erasmo.

La muchacha se había despojado del hábito exterior del coro; llevaba una saya sencilla de paño pardo y un mantón de lana oscura cruzado sobre el pecho que cubría el relicario de los Dandolo, pero su paso sobre los adoquines húmedos no tenía nada de la pesadumbre monástica.

Caminaba con la agilidad elástica de una gata de tejado, saltando los charcos salobres con una sonrisa traviesa que desafiaba al frío cortante de diciembre.

—Por aquí, maestro toledano —susurró ella, tirando de la manga de la capa de Marco al doblar una esquina ciega en el rio de San Severo—.

Los alguaciles de la Señoría son como los cangrejos de la laguna: tienen pinzas muy duras, pero solo saben caminar en línea recta por las calles anchas.

Si nos metemos por las calli estrechas donde las lavanderas cuelgan las sábanas, ni el mismísimo diablo sabrá si somos fugitivos o novicios rezagados.

Marco no pudo evitar mirarla con una mezcla de asombro y fascinación deslumbrada. La gravedad castellana que llevaba grabada en los huesos desde su salida del Tajo parecía resquebrajarse ante la vitalidad arrolladora de aquella joven huérfana.

—Para haber vivido diecinueve años tras las rejas de una cantoría, Elena, te mueves por los barrios bajos con la destreza de un contrabandista de tabaco de Corfú —comentó él en voz baja, sin dejar de vigilar los reflejos oscuros del agua.

Elena soltó una risa cantarina que el aire helado amortiguó al instante.

—Las rejas de La Pietà solo encierran el cuerpo, Marco; la música vuela por donde quiere, y los gondoleros que descargan leña junto a la sacristía suelen ser los mejores maestros de geografía de este mundo.

Además… —la muchacha se detuvo un segundo bajo un arco apuntado, mirándolo con sus grandes ojos azul grisáceo llenos de una chispa pícara—, tienes la frente demasiado arrugada para tus veintiséis años.

Pareces uno de esos santos de retablo que mi confesor utiliza para amenazarme con el purgatorio.

Si vamos a desafiar a los Diez, al menos hazlo con una sonrisa; la muerte en Venecia es bastante más elegante si no se la recibe con cara de entierro.

Cruzaron el puente de madera de San Polo en el instante exacto en que las campanas de Santa Maria Gloriosa dei Frari tocaban las diez de la mañana.

El sestiere de San Polo era el vientre mercantil y bullanguero de la República: un hervidero de banqueros de cambio, tintoreros con los brazos manchados de índigo y comerciantes de grano que regateaban a voces a la sombra del puente de Rialto.

Sin embargo, a medida que se aproximaban a las aguas anchas del Gran Canal, el estrépito de los mercados fue cediendo el paso a un silencio señorial de palacetes góticos y fondacos de especias.

Elena se detuvo frente a un portalón de roble carcomido por la marea, coronado por un escudo nobiliario cuyos cuarteles habían sido borrados a cincel décadas atrás.

Empujó la aldaba de bronce en forma de delfín y, sin esperar respuesta, cruzó el zaguán enlosado en damero, guiando a Marco hacia una empinada escalera de caracol que ascendía hasta el último piso del edificio.

En el ático abuhardillado, bañado por una luz cenital prodigiosa que entraba a raudales por seis amplios ventanales orientados al norte, el mundo parecía haberse detenido en un instante de eternidad geométrica.

El taller de Giovanni Antonio Canal no olía a los barnices de resina ni al serrín fresco de la luthería de Marco; olía a trementina de Venecia purificada, aceite de linaza crudo, pigmento de lapislázuli afgano y sisa de dorador.

Docenas de lienzos de proporciones monumentales se apoyaban contra los muros de ladrillo visto: vistas panorámicas del Gran Canal, la plaza de San Marcos abarrotada de senadores en miniatura,

el palacio ducal recortado contra cielos de un azul cobalto tan diáfano y limpio que parecían haber sido lavados por los ángeles.

En el centro de la estancia, encorvado sobre un atril de dibujo y manipulando una extraña caja de madera de nogal con un cilindro de bronce y una lente de vidrio cóncavo en su extremo frontal, un hombre joven trabajaba con una concentración maníaca.

Tenía treinta y tres años. Llevaba una blusa de pintor de lino crudo manchada de bermellón y ceniza, los cabellos oscuros recogidos en una coleta descuidada sujeta con un cordel de cáñamo y una mirada afilada, casi febril, que se clavaba en los objetos con la precisión de un compás de acero.

En Venecia y en los salones de Londres comenzaban a llamarlo Canaletto.

—¡No toquéis ese espejo, por los clavos de Cristo!

—gritó el pintor sin levantarse ni volver la cabeza, con un acento veneciano rápido y seco que sonó como un latigazo—.

La luz del mediodía sobre la cúpula de la Salute cambia cada tres minutos, y si la refracción de la lente se desvía medio grado, la perspectiva de la columnata perderá la línea de fuga.

¿Quién os ha dado permiso para franquear mi puerta sin una tarjeta del cónsul Smith?

Elena dio dos pasos al frente, se cruzó de brazos y soltó una carcajada burlona:

—Veo que la fama entre los lores ingleses no ha mejorado tus modales de tragavinos de San Polo, Toni. Don Antonio Vivaldi te envía recuerdos y dice que tu última vista del Molo tiene las sombras de las góndolas tan torcidas que parecen anguilas muertas.

Canaletto soltó el carboncillo sobre la mesa, dio media vuelta de golpe y abrió los ojos con sorpresa manifiesta. Una sonrisa franca, ancha y juvenil borró de inmediato la severidad de sus facciones:

—¡La pequeña Dandolo! —exclamó el artista, arrojando el trapo de limpiar pinceles a un rincón y avanzando hacia ellos con las manos abiertas—.

Solo una huérfana insolente de La Pietà se atrevería a entrar en mi estudio para insultar mis perspectivas.

¿Y quién es este caballero con capa de luto que parece recién escapado de las mazmorras del Escorial?

—Marco de Toledo —respondió el artesano, inclinando la cabeza con dignidad sobria—. Luthier del taller de San Zaccaria.

La mirada de Canaletto cambió en una fracción de segundo.

La ligereza burlona desapareció, sustituida por una lucidez matemática y penetrante.

El pintor se acercó a Marco, examinó las huellas de gubia en sus dedos, olió el rastro de incienso bizantino que aún impregnaba el jubón de cuero y bajó la voz hasta convertirla en un susurro grave:

—El español del violonchelo… Don Antonio me envió un mensaje al amanecer mediante un gondolero de confianza. ¿Traéis el cilindro?

Marco no respondió con palabras. Introdujo la mano en el forro secreto de su jubón y extrajo el cilindro de plata maciza, depositándolo sobre la mesa de mezclas de Canaletto, entre cuencos de pigmento azul ultramar y frascos de barniz de ámbar.

El pintor no se abalanzó sobre el metal; lo contempló con una veneración reverente, casi sobrecogida.

Sacó de su bolsillo un paño de seda blanca, tomó el cilindro por los extremos para no manchar el grabado y leyó con dedos temblorosos el relieve del león alado con la espada desnuda y el águila de Bizancio.

—Quinientos años… —murmuró Canaletto, con los ojos brillando de una emoción que trascendía el arte—.

Las crónicas de la señoría decían que Enrico Dandolo ordenó fundir los sellos de la conquista antes de su muerte en Constantinopla para evitar que los procuradores ambiciosos profanaran su legado.

Pero el viejo Dogo era demasiado astuto para confiar el secreto a las palabras de los hombres; se lo confió a la geometría y al sonido.

Marco desenroscó el tapón helicoidal de plata y extrajo el rollo de vitela imperial teñida en púrpura de Tiro. Lo desplegó sobre una gran mesa de arquitecto cubierta con planos de las cimentaciones de Venecia, sujetando las esquinas con cuatro tinteros de bronce.

Canaletto encendió dos lámparas de aceite adicionales y acercó su camera ottica —la cámara oscura portátil con la que captaba las perspectivas exactas de los edificios venecianos mediante un juego de prismas y espejos reflejados sobre un cristal esmerilado—.

Ajustó la lente superior, proyectando la cuadrícula geométrica del objetivo directamente sobre el pentagrama bizantino de cuatro líneas rojas.

—Elena —dijo Marco, mirándola con intensidad—, traduce los textos en griego bajo los compases.

La joven se inclinó sobre el pergamino. Su dedo índice, fino y habituado a la tensión de las cuerdas del arpa, recorrió la cursiva imperial con una soltura admirable:

—El primer movimiento… se titula La respiración del tercer pilar —leyó Elena con voz clara y templada—.

Las anotaciones dicen: «Cuando el mar de los dálmatas toque la garganta del león de bronce en el ángulo sur… la clave de cuatrocientas treinta y dos vibraciones quebrará el sello del abismo. No con hierro, no con fuego;

con el aire que une la madera del bosque sagrado y la cuerda de metal de los mártires».

—Cuatrocientas treinta y dos vibraciones…

—repitió Marco con los ojos muy abiertos—.

Es la afinación pitagórica perfecta. La frecuencia en la que la madera del violonchelo bizantino resuena de forma natural.

Mi padre me habló de ella en Toledo: los constructores antiguos afirmaban que esa frecuencia no solo produce una nota musical, sino que altera la tensión de los fluidos y hace vibrar la piedra caliza como si fuera cristal fino.

Canaletto no despegaba el ojo del visor de su cámara oscura. Con un lápiz de grafito fino trazaba líneas y ángulos sobre una hoja de papel transparente colocada encima de un plano topográfico de la basílica de San Marcos.

—¡Mirad esto! —exclamó de pronto el pintor, con la respiración entrecortada por el hallazgo—. Esos símbolos que parecen letras griegas y números romanos bajo los neumas no son notas secundarias, Marco. Son coordenadas de cimentación hidráulica.