Capítulo 3 La cantoría de la Pietà #3
Esta madrugada, una falúa clandestina procedente de las islas del mar Jónico fue interceptada por mis guardias en las bocas de Malamocco.
El patrón de la nave pereció antes de confesar, pero sabemos que transportaba mercancías prohibidas…
reliquias heréticas sustraídas de los templos de Oriente que ciertos círculos impíos pretenden utilizar para perturbar la paz de nuestra Serenísima.
Y las pistas de mis informantes apuntan a que los cómplices de esa infamia buscan cobijo en los talleres de Castello.
El corazón de Marco dio un vuelco en su pecho en lo alto de la cantoría. A su lado, Elena apretó los dedos sobre su brazo, conteniendo la respiración.
Malipiero alzó despacio la cabeza hacia la galería alta, clavando sus ojos de pedernal directamente en la celosía de hierro dorado tras la cual permanecían ocultos los dos jóvenes.
Por una fracción de segundo que pareció una eternidad, Marco tuvo la certeza de que aquella mirada de inquisidor atravesaba el hierro y desnudaba el cilindro que llevaba bajo el cuero.
El Procuratore dio dos pasos hacia la escalera de la cantoría y añadió, con una suavidad ponzoñosa que heló la sangre de los presentes:
—He venido en persona, Don Antonio, para inspeccionar los registros de las pupilas y asegurar que ninguna alma impura haya contaminado este santuario.
Me han hablado con especial entusiasmo del talento de una de vuestras arpistas…
una joven huérfana de nombre Elena. Dicen que su voz tiene una pureza angelical.
Y la virtud de las doncellas sin familia es un tesoro que la República debe proteger con mano de hierro… antes de que el mundo las corrompa.
Vivaldi carraspeó con violencia, interponiéndose físicamente en el arranque de la escalera con el arco de su violín por delante:
—Las muchachas están en clausura estricta, excelencia. Ningún hombre, ni siquiera un Procuratore de San Marcos, puede cruzar la reja de la cantoría durante las horas de oración según los estatutos aprobados por la Santa Sede.
Malipiero sostuvo la mirada del sacerdote pelirrojo durante varios segundos interminables. La tensión en la iglesia se volvió tan densa que el chasquido del agua contra los muros exteriores resonó como un trueno distante.
Finalmente, el Inquisidor esbozó otra de sus medias sonrisas piadosas, bajando los párpados con falsa sumisión:
—Respeto vuestro celo canónico, Don Antonio. Por hoy. Pero recordad que las leyes de los Diez vigilan por encima de las piedras y de las rejas. Volveré para el oficio del Martes de Carnaval. Y espero comprobar que la pureza de vuestro coro sigue siendo tan intachable como vuestra fama.
Malipiero giró sobre sus talones con un movimiento fluido de su hábito negro y abandonó la nave seguido por sus alabarderos, dejando tras de sí un olor a incienso rancio y a peligro inminente que tardó minutos en disiparse.
Arriba, en la penumbra de la cantoría, Marco y Elena respiraron por primera vez.
Elena miró a Marco con los ojos muy abiertos, pero en su rostro no había derrota; había una decisión inquebrantable que desafiaba a todo el poder de Venecia.
—Ese monstruo sabe que estoy aquí —susurró la joven, apretando el relicario de los Dandolo contra su pecho—. Sabe que mi sangre guarda el secreto que él codicia para coronar su tiranía.
Marco se puso en pie despacio, asegurando el cilindro de plata bajo su jubón:
—No permitiremos que ponga sus manos sobre ti ni sobre la memoria de Bizancio, Elena. Pero el taller de San Zaccaria ya no es seguro. Esta noche los espías registrarán mi sótano.
En ese instante, don Antonio Vivaldi subió jadeando por la escalera de caracol, con la cabellera roja alborotada y el rostro pálido por la falta de aire.
—¡Tenéis que salir de aquí antes de las doce!
—siseó el maestro, tomándolos a ambos por los hombros con urgencia febril—.
Malipiero va a cerrar las aduanas de Castello al mediodía.
Marco, toma el cilindro y lleva a Elena por los pasadizos del convento hacia el canal de San Severo.
Hay un hombre que os espera en el Gran Canal…
un pintor que conoce cada piedra sumergida, cada ángulo secreto y cada cripta de esta ciudad mejor que los mismos arquitectos de la Señoría.
—¿Quién? —preguntó Marco.
Vivaldi sonrió con una mueca salvaje y desesperada a través de su respiración silbante:
—Giovanni Antonio Canal… Canaletto. Sus lienzos no son simples vistas para turistas ingleses; son los mapas del vientre de Venecia. Id a su taller en San Polo. Él os dirá qué puerta abre la partitura de Dandolo antes de que la marea alta devore la verdad.
Elena se despojó de su cofia blanca, dejando caer su melena castaña sobre los hombros, tomó la mano de Marco con una fuerza cálida y alegre que disipó de golpe cualquier sombra de miedo, y asintió hacia el artesano:
—En marcha, hijo de Toledo. Vamos a enseñarle al Incorruptible cómo cantan las aguas de Bizancio.
Marco devolvió la presión de sus dedos, fascinado por la valentía luminosa de aquella muchacha huérfana, y juntos se deslizaron hacia las sombras del pasadizo secreto, mientras las campanas de La Pietà comenzaban a repicar a muerto sobre la laguna de Venecia.
EL SECRETO DE LA SERENÍSIMA