Capítulo 3 La cantoría de la Pietà #2
—Es lo único que me dejaron en el torno de la scafetta cuando tenía tres días de vida —dijo Elena en voz muy baja, rozando el relicario con la punta de los dedos—.
Las monjas dicen que es el recuerdo de una familia noble que prefirió el secreto a la vergüenza de una hija sin nombre.
Don Antonio dice que es una marca de sangre que no se puede borrar con agua bendita.
Yo solo sé que el metal siempre está caliente, como si guardara una brasa viva dentro.
Marco tragó saliva. El corazón le latía con la violencia de un temporal en la laguna. Miró hacia la nave baja: Vivaldi seguía entretenido discutiendo a gritos con los contrabajistas.
El artesano toledano se inclinó un palmo más hacia la muchacha, bajando la voz hasta convertirla en un susurro que solo las cuerdas del arpa pudieron amortiguar:
—Tu relicario no es una marca de vergüenza, Elena. Es la llave de un linaje que gobernó los mares de Levante.
La joven frunció el ceño, desconcertada ante la gravedad solemne de aquellas palabras:
—¿De qué estás hablando, Marco?
El luthier desabrochó un botón superior de su jubón, apartó el paño de cuero curtido y dejó al descubierto, durante una fracción de segundo, la superficie grabada del cilindro de plata bizantino con el relieve del águila bicéfala y la galera de guerra.
Elena se quedó petrificada. Sus labios se entreabrieron y un temblor imperceptible recorrió sus dedos sobre las cuerdas de tripa.
—Anoche abrí un violonchelo negro del siglo XII traído de Creta —susurró Marco con la precisión de quien confiesa un sacrilegio—.
En su alma de madera descansaba este cilindro, sellado con el mismo león alado que cuelga de tu cuello.
En su interior hay un pergamino de vitela imperial teñido en púrpura de Tiro con una partitura cifrada.
Comienza con una inscripción en letras de oro: H Phonh toy Bythoy: Hymnos Dandolo.
Al escuchar las palabras en griego, el rostro de Elena se transformó por completo. La palidez del asombro dio paso a una fascinación tan intensa y profunda que sus ojos azul grisáceo parecieron encenderse con el fuego de una revelación ancestral.
—La Voz del Abismo… el Himno de Dandolo —tradujo ella en un suspiro entrecortado, con una pronunciación perfecta del dialecto bizantino cortesano—.
Santo Dios… no es una leyenda. Las crónicas griegas que traduzco para la biblioteca del convento hablaban de ello.
Enrico Dandolo ocultó los planos de las criptas sumergidas de la basílica en una composición a dos voces que solo podía ser descifrada por alguien con sangre de su estirpe.
¡La partitura no es un canto sacro, Marco!
Es una clave acústica… una frecuencia armónica calculada para hacer vibrar las piedras bajo el agua.
—Lo sé —respondió Marco con la respiración contenida—.
Mi oído reconoció la escala, pero las anotaciones arquitectónicas y los símbolos bajo el pentagrama son un enigma para mí.
Necesito que traduzcas ese manuscrito, Elena.
Don Antonio me dijo que eras la única en Venecia capaz de leer el griego de Bizancio.
Elena lo miró fijamente. En los ojos de la muchacha no había el menor rastro de miedo; había una audacia indómita, una alegría salvaje ante la aventura que rompía de golpe los muros de su encierro monástico.
Esbozó una sonrisa luminosa y radiante que pareció disipar la niebla entera de la cuenca de San Marcos:
—Cuenta conmigo, hijo de Toledo. Llevo diecinueve años encerrada tras estas rejas doradas esperando que el mundo exterior me plantee una pregunta que valga la pena responder. Te traduciré cada letra de ese pergamino, aunque tengamos que despertar a todos los fantasmas de Bizancio.
Una chispa de complicidad pura, sellada en el silencio de la madera y las cuerdas, unió sus almas en ese instante exacto.
Sin embargo, antes de que Marco pudiera añadir una sola palabra, el aire en la iglesia se congeló de forma repentina y brutal.
Un golpe seco de aldaba retumbó en las puertas principales de la basílica baja. El ensayo de coro se interrumpió en seco; las risas y los murmullos de las muchachas se extinguieron como velas apagadas por un vendaval, y la voz de Vivaldi se quebró en un carraspeo asustado.
Desde la cantoría alta, Marco y Elena miraron a través de las celosías de hierro hacia la nave central.
Un séquito de seis guardias armados con alabardas y capas de terciopelo negro cruzaba el umbral de mármol. En el centro del grupo avanzaba un hombre solitario cuya presencia parecía absorber la poca luz que quedaba en el templo.
El Procuratore Alvise Malipiero.
El Inquisidor de Estado del temido Consejo de los Diez aparentaba unos cincuenta y cinco años, pero su figura espigada y rígida conservaba la disciplina implacable de un soldado de la fe.
No vestía las sedas ostentosas ni los brocados de oro que caracterizaban a la nobleza veneciana decadente de 1730; llevaba una sotana seglar de paño negro austero, sin un solo adorno, ceñida por un cíngulo de lana áspera del que colgaba un rosario de madera de olivo desgastado por el rezo continuo.
Sus cabellos entrecanos estaban rapados en una tonsura sobria y su rostro, afilado y huesudo como el de un buitre en ayuno, ostentaba una palidez casi marmórea.
Era el hombre conocido en toda la República como «El Incorruptible» o «El Santo de la Laguna». El magistrado que visitaba diariamente los hospicios, que donaba sus rentas a los conventos y que clamaba en el Senado contra la podredumbre moral del Carnaval.
Pero en sus ojos —dos carbones hundidos bajo cejas pobladas y grises— no había caridad cristiana. Había una frialdad matemática, un fanatismo despiadado y una soberbia tan colosal que consideraba que cualquier vida humana era una brizna de paja prescindible ante su propia visión del orden divino.
Malipiero avanzó por la nave central con pasos lentos y acompasados, con las manos cruzadas dentro de las mangas anchas de su hábito. Se detuvo frente al atril de Vivaldi, inclinando la cabeza con una reverencia de una humildad tan calculada que resultaba aterradora.
—Laudetur Iesus Christus, Don Antonio —dijo el Procuratore.
Su voz era un murmullo bajo, suave, aterciopelado y monocorde, que llenaba la acústica de la iglesia sin necesidad de alzarse, como el silbido de una serpiente sobre baldosas frías:
—Confieso que la devoción de vuestra música es un bálsamo necesario en estos días aciagos en que nuestra amada República se entrega a la lujuria de las máscaras y a las fiestas paganas.
Sin embargo… el celo de mi ministerio me obliga a recordaros que la belleza sin vigilancia es el terreno predilecto donde anida la serpiente de la herejía.
Vivaldi sostuvo el violín contra su pecho con los nudillos blancos por la tensión, inclinando la cabeza con una cortesía rígida:
—La música de La Pietà solo rinde gloria al Creador, excelencia. Mis composiciones son un escudo contra el pecado, no una puerta para el desorden.
Malipiero alzó una ceja gris, y una sonrisa gélida y mínima curvó sus labios resecos:
—Dios bendiga vuestras intenciones, venerable sacerdote.
Pero la tierra de los hombres está corrompida.