Capítulo 3 La cantoría de la Pietà
El aire salino de la Riva degli Schiavoni cortaba la piel con la frialdad de una navaja recién asentada en cuero.
A las siete de la mañana, la niebla sobre la cuenca de San Marcos no era más que un vapor denso y lechoso que borraba los mástiles de los navíos anclados en el canal de la Giudecca y hacía que los palacios de piedra parecieran flotar sin cimientos sobre la marea alta.
Marco de Toledo avanzaba a paso vivo sobre los adoquines empapados, con el ala ancha de su sombrero calada hasta las cejas y la capa castellana bien ceñida al cuerpo.
Con cada zancada, sentía contra sus costillas la presión rígida del cilindro de plata bizantino, oculto en el forro secreto de su jubón.
El metal, a pesar del hielo de la mañana, conservaba esa insólita calidez casi mineral que había descubierto horas antes en el taller, como si el alma de la madera de Enrico Dandolo latiera al compás de su propio corazón.
A su paso se cruzaban pescadores de Chioggia descargando cestas de anguilas vivas, frailes mendicantes que pedían limosna con los pies desnudos sobre el fango helado y vendedores ambulantes que ofrecían puñados de polenta caliente sobre hojas de col. Sin embargo,
Marco no prestaba atención al bullicio portuario; su mirada analítica escudriñaba las esquinas, los soportales y los puentes.
El aviso de los espías de la noche anterior seguía quemándole la nuca: los sabuesos del Consejo de los Diez estaban en pie de guerra, y en una ciudad construida sobre el espionaje y los susurros de canal,
la línea entre la libertad y las mazmorras del Palacio Ducal era tan delgada como una cuerda de violín.
Frente a él, recortándose contra el cielo plomizo de la laguna, se alzó finalmente la fachada austera de la iglesia y convento de Santa Maria della Pietà.
El Ospedale della Pietà era una de las instituciones más singulares y fascinantes de Europa.
En su origen, un hospicio para niñas huérfanas y expósitas abandonadas a través de la scafetta —el torno de madera empotrado en el muro exterior donde las madres desesperadas depositaban a sus recién nacidos sin mostrar el rostro—.
Pero con las décadas, bajo la dirección musical de maestros implacables como Antonio Vivaldi, La Pietà se había convertido en un conservatorio de prestigio legendario.
Sus jóvenes músicas, las célebres Figlie di Choro, eran consideradas las intérpretes más virtuosas de la cristiandad: tocaban el violín, el oboe, el violonchelo y el arpa con una perfección técnica que atraía a príncipes, filósofos y viajeros de todo el continente.
Sin embargo, las normas de la Serenísima eran despiadadas con el pudor y la castidad: las muchachas jamás debían exhibir sus rostros ni sus cuerpos ante el público.
Durante los oficios y los conciertos, tocaban y cantaban recluidas en las cantorías altas de la iglesia, ocultas tras pesadas rejas de hierro forjado con celosías doradas en forma de rombo (gelosie).
Para los caballeros que abarrotaban la nave, aquellas mujeres eran sombras invisibles, siluetas aladas cuyos arcos y voces parecían brotar directamente de la bóveda celeste.
Marco empujó la pesada cancela lateral del hospicio. Mostró al portero lego la contraseña que Vivaldi le había entregado semanas atrás —una pequeña ficha de madera de boj con el sello del coro grabado al fuego— y murmuró con su acento toledano:
—El afinador de cuerda frotada para el ensayo de las nueve. Por orden de Don Antonio.
El lego asintió con un gruñido hosco y le abrió paso hacia el claustro interior.
El ambiente dentro de La Pietà olía a piedra fría, cera de abejas, jabón de sosa y al aroma tenue de las partituras secadas al calor de los braseros. Al subir por la estrecha escalera de caracol que conducía a la cantoría sur, un torrente de sonido cayó sobre Marco como una catarata de luz líquida.
El ensayo del coro ya había comenzado.
La acústica elíptica de la iglesia multiplicaba las voces femeninas con una pureza cristalina y resonante. Desde la nave baja se escuchaba la voz colérica y estridente de Vivaldi, que acompasaba los compases de un salmo golpeando con el arco de su violín sobre el atril de madera:
—¡No, no, no! ¡Por todos los mártires de Aquilea!
—bramaba el sacerdote pelirrojo, tosiendo con furia entre frase y frase—.
¡Las sopranos están arrastrando el tempo como si empujaran una barcaza de coles por el Gran Canal!
¡El Gloria es un himno triunfal, muchachas, no una marcha fúnebre para un dux enterrado en los Frari!
¡Desde el compás catorce, y que las cuerdas no tiemblen en el cambio de posición!
Marco se deslizó en silencio por el pasillo elevado de la cantoría.
A través de las celosías de hierro dorado, la luz oblicua de los ventanales altos iluminaba la galería de las músicas.
Una veintena de jóvenes vestidas con el hábito blanco inmaculado de la institución, con cofias de lino que recogían sus cabellos, sostenían violines, violas de gamba y partituras manuscritas con una disciplina monástica.
Pero en el extremo oriental de la cantoría, apartada del grupo principal y junto a un pilar de piedra donde la acústica formaba un remanso perfecto, una muchacha permanecía sentada frente a un arpa doble (arpa doppia) de madera de cerezo con tres órdenes de cuerdas.
Marco se detuvo en seco. Su instinto de luthier y su alma de poeta se paralizaron al unísono.
La joven no pasaba de los diecinueve años.
A diferencia de la rigidez tensa de sus compañeras, su postura desprendía una soltura natural, elegante y viva, como si el instrumento fuera una prolongación de sus propios brazos.
Bajo la cofia blanca asomaban mechones rebeldes de un cabello castaño claro con reflejos dorados; sus facciones eran delicadas pero firmes, con una nariz recta, labios curvados en una perpetua chispa de ironía y unos ojos grandes, luminosos,
de un azul grisáceo tan profundo y cambiante como las aguas de la laguna cuando el viento del norte rompe la niebla.
Elena estaba afinando las cuerdas graves del arpa.
No utilizaba una llave de hierro común con prisa mecánica: acariciaba el encordado con la yema de los dedos, inclinaba la oreja hacia la caja de resonancia con los ojos cerrados y, al escuchar una discordancia diminuta, soltaba una risita baja,
fresca y cantarina que parecía burlarse de la gravedad de la estancia.
—Vamos, vieja señora de madera… —murmuró Elena en un dialecto veneciano dulce y chispeante, dirigiéndose al arpa como a una confidente—.
Don Antonio dice que hoy tienes humor de bruja vieja, pero yo sé que solo te falta un poco de sol en las clavijas.
Si no te portas bien, te cambiará por tres violines desdentados de Brescia.
La joven dio dos giros a la clavija superior y pulsó un arpegio ascendente.
El sonido que brotó de las cuerdas no fue el tintineo metálico y frío habitual en los conventos; fue una cascada de armónicos cálidos, redondos, llenos de una alegría luminosa y descarada que cortó el aire húmedo de la cantoría y pareció devolverle la respiración al mismísimo Vivaldi, que abajo,
en la nave, detuvo el arco en el aire y suspiró aliviado.
Marco dio dos pasos hacia el nicho del arpa. La madera del suelo crujió bajo sus botas toledanas.
Elena alzó la vista de golpe.
Sus ojos azul grisáceo se clavaron en la figura del artesano. No hubo timidez forzada ni rubor de doncella asustada; hubo una curiosidad fulgurante, una mirada inteligente y analítica que recorrió la capa oscura de Marco, sus manos marcadas por las gubias y la sobriedad castellana de su rostro.
—No tienes cara de vicario, forastero —dijo Elena con una sonrisa amplia y desafiante, sin soltar las cuerdas del arpa—.
Y gracias a Dios tampoco tienes la peluca empolvada de los procuradores del Senado.
¿Eres tú el luthier español del que Don Antonio habla cuando se le acaban los insultos para las violas?
Marco sintió que la melancolía que solía acompañarlo desde su salida de Toledo se disolvía momentáneamente ante la vivacidad de aquella muchacha. Se quitó el sombrero con una inclinación pausada y ceremoniosa, inclinando la cabeza con esa hidalguía que su padre jamás había empeñado:
—Soy Marco de Toledo, señorita. Don Antonio me pidió que revisara la tensión de los cordales y el puente del arpa mayor antes del oficio de vísperas. Pero veo que vuestras manos tienen mejor criterio para la afinación que la mitad de los maestros de capilla de esta república.
Elena soltó una carcajada cristalina, tapándose la boca con la mano un segundo para no atraer los gritos de Vivaldi desde el coro bajo.
—¡Madre mía, qué modales tan cortesanos!
—bromeó ella con los ojos brillando de picardía—.
En Venecia los hombres suelen hablar con metáforas pomposas sobre góndolas y laureles para esconder que no entienden nada de música.
Pero tú hablas como si conocieras el dolor de la madera.
Acércate, don Marco de Toledo; esta pobre caja de cerezo tiene una clavija rebelde en el registro bajo que me está haciendo perder la paciencia desde el amanecer.
Marco se aproximó despacio, arrodillándose junto a la base del arpa. Extrajo de su bolsillo un pequeño punzón de marfil y un taco de parafina purificada para suavizar el roce del clavijero.
Sin embargo, al inclinarse sobre la consola del instrumento, la mirada de Marco descendió involuntariamente hacia el cuello de la joven.
Bajo la tela modesta del hábito blanco de huérfana, colgando de una cinta de seda azul desgastada por los años, asomaba un relicario ovalado de plata vieja.
En su tapa frontal, grabado con una maestría orfebre que desafiaba a los siglos, destacaba un relieve nítido: tres fajas de azur sobre campo de plata, surmontadas por el león alado rampante de San Marcos empuñando una espada desnuda.
El mismo blasón. El mismo león que sellaba con lacre verde el cilindro bizantino escondido en su propio pecho.
Marco contuvo el aliento. Sus dedos se detuvieron en seco sobre la madera del arpa. Levantó los ojos y se encontró con la mirada de Elena, que había advertido la dirección de su atención.
La sonrisa de la muchacha se suavizó, perdiendo la ligereza burlona para dar paso a una serenidad melancólica y limpia: