El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 2 El secreto en el alma del instrumento #2
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Capítulo 2 El secreto en el alma del instrumento #2

Bajo cada compás de aquella melodía modal, anotadas con una caligrafía cursiva griega apretada y elegante que utilizaba la tinta púrpura imperial, se leían series de letras griegas combinadas con números romanos y símbolos geométricos: triángulos equiláteros,

círculos concéntricos cruzados por ondas y marcas que representaban niveles de agua y columnas sumergidas.

En el encabezado del pergamino, trazado en letras mayúsculas de oro sobre la púrpura de Tiro, figuraba un lema que Marco logró deletrear gracias a los rudimentos de griego que su padre le había enseñado en las bibliotecas de Toledo:

«H PHONH TOY BYTHOY: HYMNOS DANDOLO» (La Voz del Abismo: El Himno de Dandolo).

Marco pasó las yemas de sus dedos a escasos milímetros del pergamino, sin atreverse a tocar la tinta fresca después de quinientos años. Como luthier y músico, su prodigioso oído absoluto intentó reconstruir la melodía en su mente.

Tarareó en voz baja las primeras notas que los neumas sugerían: era un canto lamento, una escala en modo dórico de una tristeza infinita y majestuosa que descendía hacia los graves con una cadencia hipnótica.

Pero al llegar al tercer compás, la notación musical se convertía en un enigma indescifrable: las notas musicales se bifurcaban en dos voces paralelas que parecían exigir la resonancia simultánea de un instrumento de arco grave y un instrumento de cuerda pulsada de registro agudo,

mientras las anotaciones en griego bizantino bajo el texto se volvían un galimatías teológico y arquitectónico de contraseñas acuáticas.

—Es una partitura cifrada… —susurró Marco para sí mismo, con los ojos ardiendo de fascinación—. Una clave acústica. El maestro tenía razón: esto no se escribió para ser cantado en un coro; se escribió para hacer vibrar una cerradura.

Sin embargo, sus escasos conocimientos de griego clásico eran inútiles ante aquel dialecto cortesano de la Constantinopla del siglo XIII, cuajado de términos navales, fórmulas de alquimia bizantina y referencias a los linajes de la Cuarta Cruzada.

En ese instante de concentración absoluta, un sonido exterior rompió la atmósfera sagrada del taller.

No fue el viento, ni el tañido de San Zaccaria.

Fue el chapoteo rítmico, pausado y amortiguado de una pala de remo entrando en el agua del rio bajo su ventana.

Marco apagó la lámpara de alcohol con un soplido rápido y cubrió la bujía de sebo con una pantalla de hojalata, sumiendo el taller en una penumbra azulada y densa.

Se deslizó con el sigilo de una sombra hacia el ventanuco enrejado que daba al nivel del agua y se asomó tras los barrotes carcomidos por el salitre.

A través de la cortina de niebla blancuzca que flotaba sobre el canal, avanzaba una góndola negra como el carbón.

No llevaba el farol de proa reglamentario encendido, ni la tradicional figura de hierro recortada en seis dientes (ferro di prua) que adornaba las embarcaciones civiles de Venecia.

En su lugar, la proa remataba en un espolón ciego de bronce deslustrado.

Los dos remeros iban enfundados en largas capas de paño negro y cubrían sus rostros con máscaras blancas de Bauta, cuya mandíbula puntiaguda ocultaba la boca y deformaba la voz en un susurro hueco.

En el centro de la embarcación, de pie bajo la lluvia gélida, una silueta alta y enjuta permanecía inmóvil como una gárgola.

Llevaba el hábito eclesiástico y la capa de terciopelo oscuro de los altos magistrados de la Señoría, con un crucifijo de plata vieja colgando sobre el pecho: la presencia inconfundible de los inquisidores del temido Consejo de los Diez.

La góndola aminoró la marcha al llegar a la altura del taller de San Zaccaria. Uno de los remeros alzó un farol de aceite con persiana metálica y dirigió un haz de luz amarillenta directamente contra la puerta de cuarterones y las rejas bajas del sótano de Marco.

Marco contuvo el aliento, pegando la espalda contra la mampostería fría y húmeda, con la mano buscando por puro instinto la empuñadura de su cuchilla de desbaste toledana en el cinto. El corazón le golpeaba las costillas con la violencia de un martillo de forja.

Los hombres de la góndola intercambiaron unas palabras en dialecto veneciano cerrado, amortiguadas por el paño de las máscaras:

—El taller del español… —dijo una voz seca y áspera—. El párroco pelirrojo estuvo aquí antes de vísperas.

—El Procuratore Malipiero ha ordenado vigilar cada rincón de Castello —respondió la segunda voz, cargada de una autoridad gélida—.

Dice su excelencia que el luthier tiene manos demasiado hábiles para ser solo un forastero que repara violas.

Si la mercancía de Levante entró por este canal, no saldrá de aquí con vida.

Mantened un puesto de guardia en el puente de la Canonica.

Mañana al anochecer registraremos el sótano con la orden del tribunal.

El haz de luz del farol barrió los barrotes una última vez, haciendo brillar las gotas de condensación en el hierro, y la góndola reanudó su marcha silenciosa, deslizándose hacia las sombras del Gran Canal como un espectro que regresa a su tumba acuática.

Marco esperó a que el eco del agua muriera por completo en la distancia antes de apartarse de la pared. Respiró hondo, sintiendo el sabor a ceniza y peligro en la garganta.

El cerco se estaba cerrando mucho más rápido de lo que don Antonio Vivaldi había previsto. Los espías del Procuratore Malipiero no esperaban al Carnaval; estaban peinando los canales de San Zaccaria con la tenacidad de perros de presa que han venteado sangre fresca.

No había un minuto que perder.

Marco regresó a la mesa de trabajo con paso rápido y seguro.

Tomó el pergamino bizantino con veneración quirúrgica, lo enrolló de nuevo con suavidad y lo introdujo en el cilindro de plata, cerrando la rosca helicoidal con un chasquido impecable.

Deslizó el cilindro en el bolsillo interior secreto de su jubón de cuero curtido, palpando el relieve del león de los Dandolo directamente contra sus costillas.

Luego, miró el cuerpo abierto del violonchelo negro.

Con una rapidez forjada en años de oficio, volvió a colocar la tapa armónica sobre las costillas del instrumento, asegurando los bordes con cinta de lino encerado para que pareciera un trabajo de encolado a medio terminar.

Levantó la mole negra, la envolvió en su sayal de cáñamo y la ocultó bajo una gruesa montaña de tablones de abeto y virutas de madera en el rincón más oscuro del secadero,

detrás de los sacos de cola animal que ningún alguacil veneciano se molestaría en remover sin ensuciarse los guantes de terciopelo.

El reloj de San Zaccaria dejó caer seis campanadas de bronce.

Por el ventanuco bajo comenzaba a filtrarse la primera luz cenicienta del alba de diciembre, dibujando reflejos plateados sobre el lodo de la marea que regresaba con el empuje del Adriático.

Marco se lavó el polvo negro de las manos en una jofaina de agua helada, se enfundó su capa de viaje castellana y se calzó el sombrero de ala ancha.

En su cabeza no resonaban las amenazas de los espías de los Diez, ni el miedo a las mazmorras de plomo del Palacio Ducal. Resonaban las palabras finales que Vivaldi le había susurrado antes de marcharse hacia la niebla:

«Hay una muchacha en la sección de las arpas… una joven llamada Elena que tiene una afinación tan pura que parece de otro mundo… y su relicario lleva grabado el mismo león alado de los Dandolo».

Marco apretó la mandíbula con esa determinación de acero que su padre le había legado a orillas del Tajo.

Solo había una persona en toda Venecia capaz de traducir aquel dialecto sagrado de Bizancio y descifrar la voz de aquel violonchelo mudo. Y esa persona aguardaba tras las rejas de hierro de la cantoría del Ospedale della Pietà.

Marco apagó la última bujía, quitó la tranca de la puerta y salió a la niebla gélida de la Riva degli Schiavoni, dispuesto a encontrar a la muchacha que guardaba la otra mitad del secreto de la Serenísima.