Capítulo 20 / Epílogo Rumbo al Adriático #3
ardía la justicia que había pulverizado la máscara de Malipiero en la plaza pública y ardía la promesa de una vida entera donde el amor y el arte caminarían juntos sin pedir perdón a ningún tribunal de los hombres.
El viento del Adriático azotó sus ropas entrelazadas; el agua de la proa los roció con una lluvia de espuma blanca que se disolvió en el calor de sus mejillas unidas, pero ninguno de los dos se apartó.
El tiempo pareció suspenderse en un abismo de dicha pura, sellado bajo la mirada del cielo del nuevo día.
Cuando se separaron despacio, con la respiración entrecortada y las frentes apoyadas la una en la otra, sus miradas se encontraron a escasos milímetros.
Elena soltó una carcajada baja, entrecortada y hermosa, con los labios encendidos de carmín vivo por la pasión del beso y los ojos anegados en un llanto de júbilo supremo. Acarició la barba de Marco con ambas manos, mirándolo como si acabara de nacer en medio del mar:
—Ahora sí, Marco de Toledo… —susurró ella con una voz que vibraba de triunfo—. Ahora que tu boca me ha hecho reina de tu vida, que vengan los vientos de todo el Mediterráneo. Que sople el siroco o que ruja la tramontana; navegaremos hasta donde la música no tenga fin.
Marco sonrió con esa paz monumental y luminosa que solo conocen los hombres que han conquistado su destino a golpe de verdad. Le depositó un beso suave en la punta de la nariz y otro en la comisura de los labios, antes de volverse hacia la cubierta:
—El viento es nuestro, Elena. Pero hay una deuda que debemos pagarle a este mar antes de que Venecia se borre en el horizonte.
La muchacha comprendió de inmediato.
Sus ojos destellaron con la misma complicidad sagrada que los había unido en el coro de La Pietà.
Caminaron juntos hacia el centro de la cubierta principal, donde los marineros raguseos, fascinados por la presencia de los dos jóvenes, habían asegurado los dos instrumentos sobre una tarima de madera limpia al pie del palo mayor.
Marco desató las fundas del violonchelo negro de Enrico Dandolo.
La madera balsámica imperial, curada por las resinas de Oriente y restaurada por las manos toledanas, brilló bajo el sol del mediodía con destellos cobrizos y oscuros.
El artesano sentó el cuerpo del instrumento sobre la tarima, ajustó la pica de boj y tensó las cerdas blancas de su arco con un giro de tornillo.
A su lado, Elena tomó asiento en una banqueta de madera de haya, acomodando entre sus rodillas la monumental arpa doble de Brescia.
Apoyó la columna de cerezo contra su hombro derecho, respiró la brisa marina y colocó los dedos sobre las cuerdas de plata.
Se miraron una última vez. Una sonrisa compartida, limpia de todo temor, selló el preludio.
Elena pulsó el primer arpegio en modo dórico.
Las notas cristalinas del arpa se elevaron hacia las gavias del navío con una pureza sobrecogedora, llenando el aire del Adriático con una claridad que parecía limpiar las aguas.
De inmediato, Marco apoyó el arco sobre la cuerda grave del violonchelo negro.
Tiró del talón hacia la punta con una fuerza noble y continua, desatando en el mar abierto el tono sagrado de cuatrocientas treinta y dos vibraciones.
No hubo compuertas que quebrar ni piedras que inundar.
El sonido de los dos instrumentos bizantinos se fundió en una sola voz sobre las olas: el violonchelo sosteniendo el abismo con su lamento de tierra y árbol talado, y el arpa volando sobre la espuma blanca con la alegría invencible de la libertad recuperada.
La música de la Restauratio Magna ya no era un secreto para conspiradores en las criptas de la noche; era un himno a la vida, una marea de belleza que se propagó por las aguas abiertas del Adriático,
acariciando las quillas de las naves y perdiéndose en el confín de los cielos como una bendición que desafiaba a los siglos.
Los marineros del bergantín detuvieron sus faenas en las jarcias, contemplando a la pareja con lágrimas en los ojos; el capitán raguseo se descubrió la cabeza con reverencia solemne y el timonel gobernó la rueda con la suavidad con que se guía a una catedral flotante.
A popa, recortada en la lejanía sobre la línea plateada del horizonte, la silueta de Venecia se fue empequeñeciendo despacio.
Las cúpulas de San Marcos, el campanile de ladrillo rojo y los mármoles del Palacio Ducal se convirtieron primero en una miniatura dorada sobre el agua, luego en un espejismo suspendido entre la bruma y finalmente se disolvieron por completo en la inmensidad del mar,
como si la Serenísima hubiera sido un sueño hermoso y terrible del que ambos acababan de despertar.
La ciudad de las máscaras quedaba atrás, purificada en sus cimientos por la justicia de sus hijos libres.
Sobre la cubierta del bergantín que abría rumbo hacia el sur, Marco de Toledo y Elena Dandolo continuaron tocando bajo la luz del nuevo día, con sus miradas enlazadas sobre las cuerdas,
sus almas unidas para siempre en el compás de la eternidad y el secreto sagrado de su amor navegando hacia el amanecer de los justos.
Fin de El Secreto de la Serenísima