El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 1 El taller de San Zaccaria #2
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Capítulo 1 El taller de San Zaccaria #2

No era un tintado superficial con hollín o nogalina; la madera misma, en toda su masa visible, poseía una oscuridad densa, abisal, como el carbón de piedra o el ébano de las costas africanas, pero conservando las vetas apretadas y ondulantes de una madera noble de conífera de alta montaña.

El barniz que cubría la tapa armónica no tenía el tono ambarino y transparente de los Amati de Cremona; era un esmalte espeso, untuoso y casi mineral, que refractaba la luz de las velas con destellos metálicos de un tono bronceado oscuro.

El clavijero no remataba en la voluta tradicional en espiral de la escuela veneciana; culminaba en la talla desgastada pero reconocible de una cabeza de águila bicéfala con las alas plegadas hacia el diapasón, y sobre el cordal de hueso fosilizado se adivinaba un relieve carcomido por el tiempo:

una cruz paté de brazos iguales rodeada por caracteres griegos enlazados.

—Santo cielo… —murmuró Marco, acercando la mano sin atreverse a tocar la superficie—. Esto no ha salido de ningún taller de Brescia ni de Cremona.

—Esto salió de los talleres imperiales de Constantinopla antes de que los cruzados saquearan la basílica de Santa Sofía en el año de gracia de 1204 —dijo Vivaldi en un susurro cargado de reverencia y pavor—.

Tiene más de quinientos años, Marco. Fue traído a la laguna en las galeras de Enrico Dandolo, el gran Dogo ciego que conquistó el Imperio Bizantino.

Durante cinco siglos ha permanecido oculto en las criptas familiares de los Dandolo en Candía, pasando de mano en mano como una reliquia que nadie se atrevía a pulsar.

Marco se inclinó sobre la caja. Con la delicadeza quirúrgica que su padre le había enseñado desde la infancia, deslizó las yemas de sus dedos desnudos sobre la tapa armónica.

Al contacto con la madera negra, sintió una sacudida térmica insólita: la madera no estaba fría como el ambiente invernal del sótano; conservaba una tibieza sutil, como si guardara en su interior una rescoldo que se resistía a extinguirse.

Su oído absoluto, capaz de discernir el grosor de un tablón con solo rozarlo con las uñas, captó una vibración microscópica que erizó el vello de sus antebrazos.

—Tiene una fractura —diagnosticó Marco, señalando con la punta de una lezna una fisura milimétrica que corría paralela al filete del borde inferior izquierdo—.

La viga armónica interna debe de haberse desprendido por la humedad del mar, y la tapa está ligeramente combada hacia el puente.

Si alguien intenta tensar cuatro cuerdas sobre este puente ahora mismo, la presión partirá la madera en dos mitades irreparables.

—Por eso estás tú aquí, hijo de Toledo —repuso Vivaldi, posando una mano huesuda sobre el hombro del joven artesano—.

Los luthiers venecianos son unos charlatanes que solo saben fabricar violines ligeros para que los nobles borrachos acompañen a las cortesanas en los bailes de máscaras.

Tú sabes escuchar el sufrimiento del árbol.

Necesito que abras este instrumento. Necesito que levantes esa tapa armónica con tus cuchillas más finas, que limpies sus junturas y que descubras qué esconde en sus entrañas.

Marco alzó la mirada hacia el rostro afilado del compositor. En las pupilas del sacerdote pelirrojo no había el entusiasmo frívolo de un coleccionista de antigüedades; había una alarma genuina, una tensión que hacía temblar la comisura de sus labios pálidos.

—¿Qué espera que encuentre dentro, Don Antonio? Un violonchelo solo guarda su alma de abeto y el aire que vibra entre sus costillas.

Vivaldi vaciló. Tosió de nuevo, sacó un pañuelo de seda desteñido para secarse la boca y se inclinó hacia el oído de Marco, bajando el tono hasta convertirlo en una confidencia clandestina:

—Hace dos noches, en el archivo secreto de La Pietà, encontré una crónica latina del siglo XIII.

Decía que Enrico Dandolo no solo trajo caballos de bronce y oro robado de Bizancio.

Trajo los tratados de la Armonía Sagrada: la ciencia acústica e hidráulica con la que los arquitectos bizantinos levantaban cúpulas que desafiaban a los terremotos y afinaban las cámaras subterráneas mediante la resonancia de las aguas.

Según la crónica, el secreto para abrir las criptas secretas donde Dandolo ocultó el relicario original de San Marcos antes de morir…

fue sellado en el vientre de un instrumento musical de madera negra por los últimos sabios de la corte de los Comneno.

Marco contempló la mole negra sobre la paja.

La idea de que una reliquia de semejante calibre descansara sobre los caballetes de su humilde taller parecía un desvarío novelesco, una de esas comedias de intriga que los cómicos del arte representaban en las plazas de San Polo.

Sin embargo, al mirar las vetas abisales de la madera y recordar la frialdad con la que el Procuratore Malipiero vigilaba los conventos y los canales, la advertencia del maestro cobró una gravedad asfixiante.

—Si el Consejo de los Diez sospecha que este instrumento está en Venecia… —comenzó Marco.

—Si Malipiero descubre que este instrumento respira en San Zaccaria, tú amanecerás flotando en el canal de la Giudecca con una soga al cuello y yo terminaré mis días pudriéndome bajo los techos de plomo del Palacio Ducal —sentenció Vivaldi con una crudeza que heló la estancia—.

El Procuratore se pasa las semanas predicando sobre la moral de las familias y la santidad de la fe, pero sus espías registran cada nave que arriba de Levante.

Sabe que algo grande ha salido de Creta.

Sabe que el Carnaval es el momento en que la guardia baja la vigilancia y las máscaras permiten mover cualquier mercancía prohibida.

El sacerdote se ajustó la capa empapada, cubriéndose la cabellera roja con el tricornio.

—Tienes tres días, Marco. Tres días antes de que comience el Carnaval y la ciudad se convierta en un manicomio de disfraces de Bauta y fanfarrias callejeras.

Abre ese instrumento con el cuidado con que un cirujano abriría el pecho de un papa.

Y si encuentras algo que no sea madera y cola de pescado…

no se lo muestres a nadie vivo sobre la faz de esta laguna hasta que yo regrese.

—¿Y adónde va usted ahora, maestro? —preguntó Marco, acompañándolo hasta el umbral.

—A La Pietà —respondió Vivaldi con un suspiro áspero que le silbó en el pecho—.

Tengo que ensayar un Gloria a cuatro voces para el coro de las huérfanas.

Hay una muchacha en la sección de las arpas…

una joven llamada Elena que tiene una afinación tan pura que a veces me hace dudar de si la música pertenece a este mundo o al otro.

Y lo más curioso: su relicario lleva grabado el mismo león alado con las alas abiertas que los Dandolo usaban en sus estandartes de guerra.

Sin añadir una palabra más, don Antonio Vivaldi empujó la puerta y se fundió en la niebla algodonosa del callejón, dejando tras de sí el sonido quebrado de sus pasos apresurados sobre las losas húmedas.

Marco de Toledo pasó la tranca de roble, asegurando el cerrojo con dos vueltas de llave.

Regresó al centro del taller y se detuvo frente a la mesa.

La luz de las dos bujías de sebo bailaba sobre el barniz oscuro del violonchelo bizantino, arrancándole destellos cobrizos que parecían respirar en la penumbra.

El silencio en el semisótano era tan espeso que solo se escuchaba el murmullo de la marea lamiendo los cimientos del edificio exterior.

Marco alzó su mano derecha, cerró el puño y golpeó suavemente con el nudillo medio sobre la madera negra, justo en el lóbulo superior de la tapa armónica.

No sonó a madera común.

El sonido que brotó del instrumento fue un tono profundo, aterciopelado y cavernoso, una frecuencia vibratoria tan densa y pura que el artesano sintió una resonancia física golpearle en el centro del esternón.

No fue una nota que muriera en el aire; pareció propagarse hacia el suelo, viajar por las piedras sumergidas de Venecia y perderse en las profundidades de la laguna como una llamada que llevaba quinientos años esperando respuesta.

En el interior del cuerpo del violonchelo, un sonido metálico diminuto —un leve tintineo como de plata rozando contra madera seca— confirmó que el vientre negro no estaba vacío.

Marco tragó saliva, tomó su cuchilla de desarmar de acero de Toledo y una lámpara de aceite con reflector de estaño, y se inclinó sobre el misterio de la Serenísima.