El Secreto De La SERENÍSIMA Capítulo 1 El taller de San Zaccaria
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El Secreto De La SERENÍSIMA

El Secreto De La SERENÍSIMA

Por Andres Romero

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Capítulo 1 El taller de San Zaccaria

La niebla invernal de la laguna no entraba en Venecia como el aire común; reptaba sobre las aguas verdosas del canal, se adhería al verdín de las cimentaciones de piedra de Istria y borraba los contornos de las cúpulas hasta convertir la ciudad en una ilusión suspendida entre dos abismos de agua y

cielo ceniciento.

Era diciembre de 1730. El frío en el sestiere de Castello no perdonaba las junturas de los huesos ni la madera viva de los instrumentos que reposaban en los talleres, esperando que el fuego o la carcoma decidieran su destino.

En el semisótano de un viejo edificio adosado a los muros de la abadía de San Zaccaria, el olor a resina de alerce, aceite de nuez y virutas de arce templaba el ambiente con una calidez casi litúrgica.

Marco de Toledo no necesitaba encender más de dos bujías de sebo para trabajar.

Sus dedos, largos, delgados y endurecidos por diez años de empuñar gubias y rasquetas, conocían el relieve de los tablones con una intimidad que prescindía de la vista.

A sus veintiséis años, conservaba en el fondo de sus pupilas oscuras la sobriedad castellana de su patria natal, esa gravedad silenciosa de los hombres criados a la sombra de los alcázares y las murallas de piedra toledana.

De su padre, don Mateo, no había heredado haciendas ni títulos de hidalguía; únicamente dos arcones de herramientas de acero vizcaíno con los mangos desgastados por el sudor de tres generaciones de artesanos,

un puñado de cuadernos de notas y una lección que le había costado la sepultura a su progenitor: «El árbol canta solo para quien no le exige oro a cambio de su voz».

Mateo de Toledo había muerto en una buhardilla miserable de las riberas del Tajo, negándose a abaratar sus barnices para complacer a los canónigos de la catedral o a los corregidores reales.

Marco había empacado las gubias, vendido las cuatro sillas de pino que amueblaban el desamparo y seguido el rumor de que en la República de Venecia la música no era un adorno de cortesanos, sino la sangre misma que mantenía a flote las islas.

Sin embargo, en las pausas de la gubia, cuando el polvo de la madera flotaba en el haz de luz que caía del ventanuco a ras de marea, Marco tomaba una pluma de ganso cortada al bies y una tira de papel de trapo.

No escribía cuentas de taller ni fórmulas de cola animal.

Escribía versos. Versos breves, de métrica castellana apretada y melancólica, donde comparaba la curvatura de las costillas de un violín con el arco de los puentes venecianos y se preguntaba si el alma humana, al igual que la madera muerta,

solo encontraba su voz cuando un cuchillo le arrancaba las entrañas.

«No es la cuerda quien llora en la penumbra, sino el bosque talado que recuerda la altura de la copa que no vuelve…»

Marco releyó los tres versos, suspiró y deslizó el pedazo de papel bajo una tortuga de plomo que servía de pisapapeles junto a su piedra de afilar.

El agua del canal exterior chapoteó contra el zócalo de la ventana baja.

Un murmullo quebrado de remos y un juramento amortiguado por la bufanda de un gondolero rompieron la quietud del callejón.

Un instante después, la campanilla de latón fijada sobre la puerta principal de cuarterones de roble emitió un tintineo agudo, seguido de tres golpes secos propinados con el regatón de un bastón de caña.

Marco no tuvo que levantarse para adivinar la identidad del visitante. Nadie en todo el barrio de Castello golpeaba con semejante ritmo sincopado, como si los nudillos ejecutaran un allegro implacable.

La puerta se abrió con un chirrido de goznes, dejando entrar una ráfaga de aire húmedo que olía a salmuera y marea podrida, y tras ella apareció una figura envuelta en una capa negra de paño eclesiástico salpicada de gotas de lluvia fría.

—¡Cierra esa puerta, muchacho, antes de que el miasma de este canal podrido me arranque los últimos bronquios sanos! —bramó una voz jadeante, aguda y febril, puntuada de inmediato por un ataque de tos seca y espasmódica.

Don Antonio Vivaldi entró trastabillando en el taller.

Tenía cincuenta y dos años, pero su complexión delgada y su respiración sibilante le conferían la fragilidad de un enfermo perpetuo.

Su famosa cabellera roja, encendida como una brasa bajo el sombrero de tres picos ladeado y sin empolvar, caía en mechones desordenados sobre el alzacuello de sacerdote secular.

En Venecia todos lo conocían como Il Prete Rosso, el cura pelirrojo que rara vez decía misa alegando su célebre strettezza di petto —esa opresión en el pecho que lo asfixiaba a media homilía—,

pero que era capaz de pasarse catorce horas diarias componiendo partituras febriles para las huérfanas del Ospedale della Pietà.

Marco se puso en pie con presteza, apartó las virutas de nogal de una banqueta de madera y ayudó al maestro a despojarse de la capa empapada.

—Buenos días, Don Antonio. El carbón del brasero está recién avivado; acérquese antes de que el aire de San Zaccaria le arruine el ensayo de la tarde.

Vivaldi se dejó caer en la banqueta, frotándose las manos largas y huesudas sobre las brasas ardientes. Sus ojos pequeños, oscuros y vivaces como los de una comadreja, recorrían el taller con esa rapidez maníaca que precedía a sus arrebatos de genialidad.

—Los ensayos de la tarde pueden irse al fondo de la laguna con los desperdicios de los carniceros del Rialto —espetó el sacerdote, recuperando el aliento a trompicones—.

Las muchachas de La Pietà desafinan hoy como una bandada de gaviotas borrachas, los gobernadores del hospicio se quejan de que gasto demasiada tinta comprando papel de Flandes y el Inquisidor Malipiero…

—Vivaldi se detuvo en seco, bajó la voz y miró con desconfianza hacia la ventana enrejada que daba al canal—…

ese hipócrita con sotana de terciopelo se paseó esta mañana por las cantorías diciendo que mis conciertos fomentan la concupiscencia entre las pupilas.

¡Concupiscencia! ¡A mí, que he compuesto más salmos sacros que todos los canónigos obesos de San Marcos juntos!

Marco esbozó una media sonrisa sosegada mientras vertía un poco de infusión tibia de eucalipto en un cuenco de loza y se lo ofrecía al músico.

—El Procuratore Malipiero no tiene oído para el contrapunto, maestro. Solo sabe escuchar el tintineo de los ducados y las delaciones secretas que caen en las bocas de león del Palacio Ducal. No debería amargarse por sus discursos de cuaresma.

Vivaldi tomó el cuenco con ambas manos, aspiró los vapores con fruición y clavó su mirada afilada en el joven toledano.

—No me amargan sus discursos, Marco; me aterra su sombra.

Malipiero no es un burócrata vulgar de los que se conforman con una mordida en las aduanas del puerto.

Cree que es el dedo ejecutor del Altísimo encargado de purgar Venecia de todo lo que no huela a incienso y ceniza.

Y cuando un fanático con poder absoluto empieza a husmear cerca de la música…

es porque huele algo que no comprende. Y lo que no comprende, lo quema.

El sacerdote bebió un sorbo, dejó el cuenco sobre el banco de carpintero y señaló con el dedo índice hacia el umbral exterior.

—Detrás de mí vienen dos mozos del arsenal cargando un arcón. No quiero que pregunten nada. No quiero que hablen. Les pagarás dos sueldos de plata y cerrarás la tranca en cuanto dejen la caja en el centro de esta estancia.

Marco arqueó una ceja oscura. Rara vez el maestro Vivaldi se mostraba tan cauteloso; habitualmente entraba a los talleres discutiendo a voz en grito sobre la tensión de las cuerdas de tripa de carnero o arrojando rollos de partituras manuscritas sobre las mesas de trabajo.

Un momento después, dos hombres corpulentos con blusones de lona alquitranada empujaron la puerta.

Entre ambos transportaban una caja alargada y pesada de madera de pino sin desbastar, protegida por una cubierta de lona encerada atada con cabos náuticos embreados.

Con una respiración jadeante, depositaron el bulto sobre dos caballetes libres en el centro del taller, recibieron las monedas de manos de Marco con un gruñido hosco y se retiraron a la niebla sin pronunciar una sola sílaba.

Marco pasó la tranca de roble, sellando el sótano. El silencio volvió a caer sobre la estancia, roto únicamente por el crujido de los leños y el silbido asmático en la garganta de Vivaldi.

—¿Qué hay ahí dentro, Don Antonio? —preguntó el artesano, acercándose al cajón con su instinto de luthier en guardia.

—Un muerto que se niega a callar —susurró el sacerdote, poniéndose en pie con un esfuerzo evidente y desatando con dedos temblorosos los nudos marineros de la lona—.

Llegó anoche en una falúa procedente de las islas de la Dalmacia.

Iba consignado a nombre de un viejo comerciante de especias que falleció hace tres semanas, pero antes de que los agentes de la aduana de los Diez pudieran abrirlo, un fraile menor amigo mío logró desviarlo a mi botica de confianza en San Polo.

Pertenece a la herencia dispersa de un linaje que gobernó estas aguas cuando Venecia ni siquiera soñaba con los carnavales.

Vivaldi retiró la lona encerada y abrió los pestillos de hierro del arcón de pino.

En el interior, encajado sobre un lecho de paja seca y envuelto en sayal de cáñamo oscuro que desprendía un aroma penetrante —no el olor habitual a trementina, colofonia o alcohol de vino de los talleres italianos, sino una fragancia balsámica, antigua y profunda que recordaba al incienso de mirra,

al benjuí y a las maderas sagradas de Oriente—, reposaba un instrumento de cuerda frotada de proporciones colosales.

Marco contuvo la respiración. Dio un paso al frente, fascinado y desconcertado a la vez.

Era un violonchelo, o más bien el antepasado directo y monumental de lo que en el siglo XVIII comenzaba a estandarizarse bajo ese nombre. Pero lo que heló la sangre del artesano toledano fue el color y la textura de la madera.

El instrumento era completamente negro.