Capítulo 13. El secreto debe desaparecer #2
La conclusión era inevitable. Edward Vale había recibido la orden y había sacado el documento, pero después alguien había intentado borrar su existencia. Y si la carta de Ana había llegado hasta Kent, quizá el documento original también había sobrevivido.
—Tenemos que encontrarlo —dijo Margaret.
Harrow negó con la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si lo encontramos, alguien morirá.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Entonces no podéis pedirme que lo deje.
Harrow la miró con gravedad.
—Os estoy pidiendo que entendáis el precio.
Margaret guardó silencio. Aquellas palabras le recordaron la advertencia de Ana.
La verdad podía ser peligrosa, pero esconderla también tenía un precio.
Había pasado casi diez años protegiendo una historia que no comprendía por completo y que, sin embargo, cada vez parecía estar más cerca de personas capaces de hacer cualquier cosa para impedir que saliera a la luz.
Salieron del archivo al caer la tarde. Margaret caminó por los corredores de la Torre en silencio.
Había entrado buscando un documento y había encontrado algo que cambiaba la historia que llevaba años reconstruyendo.
Ya no era una sospecha. Existía una orden escrita que demostraba que Edward Vale había sacado documentación reservada de la Torre el día anterior a la ejecución de Ana.
Cromwell había autorizado la salida. Al día siguiente, después de la muerte de Ana, alguien había ordenado que no se conservara correspondencia sobre aquel documento.
Era imposible saber todavía qué contenía el original, pero había algo que Margaret comprendía con absoluta claridad: alguien había considerado aquella documentación lo bastante peligrosa como para borrar sus huellas.
Aquello significaba que la desaparición no había sido consecuencia del caos posterior a la ejecución ni de un simple error administrativo.
Había existido una voluntad consciente de eliminar el rastro.
Cuando llegaron al patio, Margaret se detuvo.
—¿Qué pasa? —preguntó Harrow.
Ella no respondió inmediatamente. Había visto a un hombre al otro lado del patio.
No podía distinguir su rostro, solo la capa oscura y un pequeño destello metálico en la mano.
La estrella. Margaret dio un paso hacia él.
El hombre se volvió y durante un instante sus miradas se encontraron.
Después desapareció entre dos edificios.
—¿Quién era? —preguntó Harrow.
—No lo sé.
—¿Lo conocéis?
—No.
Pero algo en su manera de caminar le resultaba familiar.
Margaret permaneció inmóvil mientras intentaba localizar aquel recuerdo.
Había visto aquella forma de caminar antes, no en la Torre ni en Kent, sino en Westminster.
Entonces comprendió que el hombre que la había seguido durante los últimos meses no era alguien que hubiera aparecido después de que ella descubriera el secreto.
Había estado allí mucho antes, quizá desde el principio.
Margaret regresó a sus aposentos aquella noche con la certeza de que ya no podía conservar todos los documentos.
La carta de Ana, la orden de traslado, la lista de nombres y las referencias a Edward Vale formaban un conjunto demasiado peligroso.
Si alguien entraba en su habitación, si alguien la detenía o si alguien conseguía obligarla a hablar, todo podía desaparecer.
Pero destruirlo tampoco era una solución.
Ana había confiado en ella precisamente para que la historia sobreviviera y, después de nueve años, Margaret no estaba dispuesta a convertirse en la última persona que la conociera.
Por eso tomó una decisión que le dolió más de lo que esperaba: dividiría el secreto.
Conservaría una parte, entregaría otra a alguien que pudiera protegerla y destruiría aquello cuya existencia solo sirviera para poner en peligro a personas que todavía vivían.
No se trataba de decidir entre la verdad y la mentira, sino entre diferentes formas de supervivencia.
Había aprendido que los documentos podían ser pruebas, pero también armas; que un nombre podía ser una pista o una sentencia; que una verdad completa podía resultar más peligrosa que una verdad incompleta cuando caía en manos de quienes buscaban poder.
Ana había comprendido aquello antes de morir y por eso había confiado en una mujer joven que, en aquel momento, ni siquiera sabía por qué había sido elegida.
Margaret abrió la caja de plata una última vez.
Sacó la carta, la leyó lentamente y después tomó la orden firmada por Cromwell.
Finalmente colocó sobre la mesa el medallón.
Durante unos minutos no hizo nada. Los tres objetos permanecieron frente a ella como fragmentos de una historia que había sobrevivido durante años a pesar de los esfuerzos realizados para borrarla.
Entonces escuchó unos pasos al otro lado de la puerta.
No se movió. Los pasos se detuvieron y alguien introdujo un papel por debajo de la puerta.
Margaret esperó hasta que los pasos se alejaron antes de recoger la hoja.
Solo había cuatro palabras: «El original sigue vivo. »
Margaret sintió que la sangre se le helaba y volvió a leerlas.
El original. No la carta, no la orden, sino el documento que Edward Vale había sacado de la Torre, el que alguien había intentado borrar de los registros y el que podía contener la verdadera razón por la que Ana había decidido guardar silencio.
Margaret cerró los ojos. Había llegado hasta allí pensando que buscaba una explicación para la caída de una reina.
Ahora comprendía que estaba buscando algo mucho más peligroso: el documento que podía demostrar qué había ocurrido realmente con una parte de la sucesión inglesa antes de que el reino decidiera qué debía recordar y qué debía olvidar.
Y si el original seguía existiendo, también significaba que alguien lo había protegido durante nueve años.
Quizá Edward. Quizá otra persona. Quizá alguien que había permanecido cerca de la Corona todo aquel tiempo sin que nadie sospechara de él.
Margaret guardó lentamente la carta de Ana y el medallón, pero dejó la orden sobre la mesa.
No podía llevárselo todo. No podía permitir que una sola persona poseyera cada pieza del secreto.
Antes de apagar la vela, tomó la orden de Cromwell, la contempló durante unos segundos y comprendió que acababa de cruzar una frontera de la que ya no podía regresar.
Había dejado de investigar para saber qué había ocurrido.
Ahora estaba decidiendo qué parte de aquella verdad merecía sobrevivir.
Y mientras el viento golpeaba los cristales y la noche envolvía la Torre de Londres, Margaret comprendió que el mayor peligro no era encontrar el documento original, sino descubrir que alguien llevaba nueve años esperando que ella lo encontrara.