El secreto de la reina hereje Capítulo 13. El secreto debe desaparecer
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Capítulo 13. El secreto debe desaparecer

La Torre de Londres apareció ante Margaret bajo una lluvia fina que convertía las piedras de las murallas en superficies oscuras y brillantes.

Habían pasado casi diez años desde la última vez que había atravesado aquellas puertas, pero reconoció inmediatamente la silueta de las torres, el perfil severo de los muros y la disposición de los edificios que había aprendido a recorrer cuando todavía era una muchacha que no comprendía del todo el significado de lo que estaba ocurriendo a su alrededor.

Durante el trayecto había intentado convencerse de que regresaba únicamente para buscar un documento, una prueba material que pudiera confirmar lo que Harrow le había contado.

Sin embargo, al acercarse a la entrada comprendió que estaba regresando también a una parte de sí misma que había mantenido enterrada durante años.

La Torre no era solamente el lugar donde Ana había esperado la muerte.

Era el lugar donde Margaret había aprendido que el poder podía cambiar el significado de una vida en cuestión de días y que la verdad, cuando amenazaba intereses demasiado grandes, podía convertirse en algo más peligroso que una mentira.

William Harrow la esperaba en el interior. Había envejecido considerablemente. Caminaba con cierta dificultad y apoyaba una mano en un bastón sencillo, pero conservaba la misma atención vigilante de antaño. Cuando Margaret se acercó, Harrow la observó durante unos segundos antes de hablar.

—Pensé que no vendríais.

—Dijisteis que aquí había algo que debía encontrar.

—No dije que fuera fácil.

Margaret observó el corredor antes de volver la mirada hacia él.

—¿Dónde?

Harrow comenzó a caminar.

—Primero debemos ir al lugar donde estaba recluida Ana.

Margaret lo siguió. Cada paso despertaba un recuerdo.

Una ventana estrecha, una escalera de piedra, una puerta de madera que parecía más pequeña de lo que recordaba; todo estaba igual y, al mismo tiempo, nada lo estaba.

El tiempo había cambiado algunas dependencias, había sustituido puertas y trasladado objetos, pero la estructura seguía conservando aquella sensación de encierro que Margaret recordaba de 1536.

Había regresado muchas veces a aquella habitación en sus pensamientos, pero nunca había imaginado que volvería a cruzar físicamente aquel umbral.

—Aquí —dijo Harrow.

Margaret se detuvo.

Era la habitación. La misma. Durante unos segundos no pudo entrar. Harrow esperó sin presionarla.

—¿Qué recordáis?

—Demasiado.

—Eso puede ser útil.

Margaret cruzó el umbral. La estancia estaba vacía.

Caminó lentamente hasta la ventana y recordó a Ana junto a ella, su vestido oscuro, sus manos y aquella expresión extraña que en aquel momento había interpretado como resignación.

Ahora sabía que quizá no era resignación.

Era decisión. Aquella diferencia había tardado años en comprenderla, pero al volver a mirar aquella habitación comprendió que algunos recuerdos cambiaban de significado cuando la persona que los conservaba había vivido suficiente tiempo para observar sus consecuencias.

—¿Dónde estaba la mesa? —preguntó.

Harrow señaló el lado contrario.

—Allí.

Margaret cerró los ojos. La memoria volvió a aparecer con una claridad que la sorprendió.

Ana había estado escribiendo. No era la carta que Margaret conservaba.

Era otro documento. Margaret recordaba ahora el movimiento de la pluma y el modo en que Ana había ocultado rápidamente el papel cuando alguien llamó a la puerta.

—¿Qué ocurrió esa noche? —preguntó.

Harrow respondió con voz baja:

—Entraron dos hombres.

—¿Quiénes?

—No lo sé.

—¿Los visteis?

—Sí.

—¿Y no recordáis sus nombres?

—No dijeron sus nombres.

Margaret volvió a mirar la habitación.

—¿Qué hicieron?

—Buscaron algo.

—¿El documento?

—Eso creo.

—¿Lo encontraron?

Harrow negó con la cabeza.

—No.

Margaret sintió un escalofrío.

—Entonces alguien se lo llevó antes.

—Sí.

—Edward.

—Probablemente.

Margaret volvió a recorrer la habitación con la mirada.

—¿Dónde escondía Ana sus papeles?

Harrow señaló una zona cercana a la pared.

—Allí había una tabla suelta.

Margaret se acercó. La madera había sido sustituida.

—¿La cambiaron?

—Después de la ejecución.

—¿Por qué?

—Porque encontraron un escondite.

Margaret se volvió hacia él.

—¿Qué había dentro?

—Papeles.

—¿Qué papeles?

—No lo sé.

—¿Quién se los llevó?

Harrow bajó la voz.

—El hombre que vino por la noche.

Margaret sintió que aquella respuesta confirmaba algo que había sospechado durante años.

—¿Edward?

—No puedo asegurarlo.

—Pero llevaba la misma estrella.

Harrow asintió.

—Sí.

Margaret permaneció en silencio. Aquella pequeña confirmación era insuficiente para demostrar la identidad del hombre, pero bastaba para unir dos hechos que durante años habían permanecido separados en su memoria: la existencia de un símbolo que había aparecido en diferentes momentos y la presencia de alguien que había tenido acceso a los documentos de Ana después de su muerte.

—¿Y el documento que salió el día 18? —preguntó finalmente.

Harrow la miró.

—No salió por esta habitación.

—¿Entonces por dónde?

—Por una puerta lateral.

La condujo hasta un corredor estrecho que desembocaba en una zona menos transitada de la Torre.

—Aquí.

Margaret miró alrededor.

—¿Quién estaba de guardia?

—Yo.

Margaret se volvió hacia él.

—Entonces vos lo visteis.

—Vi salir a un hombre con un paquete.

—¿Edward?

—No puedo asegurarlo.

—¿Qué aspecto tenía?

Harrow cerró los ojos, intentando reconstruir una imagen que pertenecía a casi una década atrás.

—Era alto. Llevaba una capa oscura. No pude verle bien el rostro.

—¿Y el paquete?

—Era pequeño.

—¿Como la caja?

—No.

Harrow negó lentamente.

—Era un documento.

Margaret respiró profundamente.

—¿Quién le dio permiso?

—Una orden escrita.

—¿Con el sello del rey?

—Sí.

Margaret se quedó inmóvil. Aquella respuesta introducía una nueva dimensión en todo lo que hasta entonces había considerado una operación clandestina.

—¿La conservasteis?

—No.

—¿Quién la recogió?

—Un funcionario.

—¿Nombre?

—No lo recuerdo.

Margaret lo observó durante unos segundos.

—Lo recordáis.

Harrow no respondió.

—¿Por qué no queréis decirlo?

—Porque todavía vive.

Margaret sintió un escalofrío.

—¿Quién?

—No voy a deciros su nombre.

—¿Por qué?

—Porque ya os habéis puesto en peligro suficiente.

Margaret dio un paso hacia él.

—Ya estoy en peligro.

—Entonces no hagáis que sea inútil.

Harrow introdujo una llave en una pequeña cerradura oculta en la pared y una puerta estrecha se abrió.

—¿Qué es esto?

—Un antiguo archivo.

Margaret entró. El aire olía a humedad y papel envejecido. Había cajas apiladas y estanterías cubiertas de polvo. Algunas llevaban etiquetas antiguas y otras parecían no haber sido abiertas en años.

—Buscad la de 1536 —dijo Harrow.

Margaret comenzó a revisar los documentos.

Había informes, órdenes, registros de movimientos, listas de guardias y correspondencia administrativa.

Muchos documentos carecían de importancia aparente y solo podían comprenderse dentro de una estructura burocrática que había quedado olvidada con el paso de los años.

Sin embargo, mientras avanzaba entre las cajas, Margaret comenzó a comprender que aquel lugar podía contener precisamente las huellas que había estado buscando.

Hasta que encontró una carpeta sin título.

La abrió.

Dentro había una sola hoja. Margaret la leyó lentamente.

Era una orden de traslado fechada el 18 de mayo de 1536.

El destino aparecía como desconocido y el objeto estaba descrito simplemente como documentación reservada.

Pero lo que hizo que Margaret contuviera la respiración fue la última línea: Responsable de la entrega: E. Vale.

Margaret dejó escapar el aire lentamente.

—Lo hemos encontrado.

Harrow se acercó.

—¿Qué dice?

—Que Edward Vale sacó un documento de la Torre.

—Eso ya lo sabíamos.

—No.

Margaret señaló una línea.

—Mirad quién autorizó la orden.

Harrow se inclinó sobre el documento. La firma estaba parcialmente deteriorada, pero todavía podía distinguirse.

Thomas Cromwell.

Harrow palideció.

—Entonces...

—Sí.

Margaret dobló cuidadosamente la hoja.

—Ahora sabemos que Cromwell autorizó la salida.

—Eso no significa que supiera qué contenía.

Margaret lo miró.

—No.

—Podría haber sido cualquier documento.

—No cualquier documento. Está marcado como documentación reservada y relacionado con la correspondencia de Ana.

Harrow guardó silencio. Margaret siguió buscando entre los documentos hasta encontrar otra hoja.

Era un registro posterior, fechado el 19 de mayo, y la entrada correspondiente al documento estaba tachada.

Debajo alguien había escrito: «Transferido.

No conservar correspondencia.» Margaret recordó inmediatamente a Nicholas y la frase que había encontrado años atrás.

No había sido una simple anotación administrativa.

Era la huella de la desaparición, la prueba de que después de la ejecución alguien había intervenido para borrar cualquier rastro documental que pudiera conducir hasta aquello que había salido de la Torre.

—¿Quién escribió esto?

Harrow negó con la cabeza.

—No lo sé.

Margaret observó la tinta.

—Es posterior a la orden.

—Sí.

—Entonces alguien volvió a abrir el expediente después de la ejecución.

Harrow permaneció callado.

Margaret levantó la vista.

—¿Quién tenía acceso?

—Pocos.

—¿Cromwell?

—Sí.

—¿Avery?

—Probablemente.

—¿Harwood?

—No lo sé.

Margaret guardó el documento. Entonces encontró algo más: una pequeña nota pegada en el fondo de la carpeta. La despegó cuidadosamente. Solo contenía una frase: «No conservar el original.» Margaret sintió un vacío en el estómago.

—¿Qué significa?

Harrow no respondió.

—Harrow.

—Que alguien quería que el documento desapareciera.

—Pero no desapareció.

—No.

Margaret miró la caja de documentos.

—Porque alguien lo sacó antes.