Capítulo 12. La verdad sobre Ana #2
Margaret pasó el resto del día revisando sus documentos.
Separó los nombres según las fechas y volvió a colocar los papeles en orden cronológico.
Cuanto más avanzaba, más clara parecía una secuencia que hasta entonces había permanecido oculta: 1532, primeros documentos sobre genealogía; 1534, transferencia de papeles sobre sucesión; desaparición de Edward Vale; 1536, investigación de Ana; 1536, caída y ejecución; 1537, nacimiento de Edward; después, silencio.
Durante años, nadie había vuelto a hablar de aquellos documentos.
O al menos nadie había dejado constancia escrita de ello.
Pero alguien los había conservado. Alguien había esperado.
Y alguien estaba siguiendo sus movimientos.
Al anochecer, Margaret recibió una visita inesperada. Era William Harrow. El antiguo guardia de las dependencias de Ana parecía mucho más envejecido de lo que ella recordaba. Había pasado casi una década, pero el hombre conservaba la misma mirada alerta.
—No deberíais haber vuelto a investigar —dijo.
Margaret lo dejó entrar.
—Todos me dicen lo mismo.
—Porque todos sabemos cómo termina.
—¿Cómo?
—Con alguien muerto.
Margaret cerró la puerta.
—Necesito preguntaros por una visita que recibió Ana dos días antes de su ejecución.
Harrow se quedó inmóvil.
—¿Quién os ha hablado de eso?
—Mi memoria.
El hombre bajó la mirada.
—Entonces vuestra memoria es mejor de lo que pensaba.
—¿Quién era?
—No lo sé.
—Lo visteis.
—Sí.
—¿Llevaba un anillo?
Harrow la miró.
—Sí.
Margaret sintió un escalofrío.
—La estrella.
—Sí.
—¿Sabéis quién era?
—No.
—¿Por qué lo dejasteis entrar?
—Porque tenía autorización.
—¿De quién?
Harrow permaneció callado.
—¿De Cromwell?
—No.
—¿Del rey?
El hombre tardó en responder.
—No exactamente.
Margaret sintió que aquella respuesta ocultaba algo.
—Entonces ¿de quién?
Harrow se acercó a la puerta.
—No puedo decíroslo aquí.
—¿Dónde?
—En la Torre.
Margaret sintió que el aire se detenía.
—¿Queréis que vuelva allí?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque hay algo que no recordáis.
—¿Qué?
Harrow la miró directamente.
—La noche antes de la ejecución, alguien salió de la Torre con una orden que no debía existir.
Margaret no dijo nada.
—¿Qué orden?
—Una orden para trasladar un documento.
—¿Qué documento?
—No lo sé.
—¿Quién lo trasladó?
—Edward Vale.
Margaret sintió que el corazón se le detenía.
—Eso es imposible.
—Eso pensé yo.
—Edward había desaparecido.
—Oficialmente.
Margaret comprendió el significado de aquella palabra.
—¿Lo visteis?
—No el rostro.
—¿Entonces cómo sabíais que era él?
Harrow sacó de su bolsillo un pequeño papel doblado.
—Porque llevaba esto.
Margaret lo abrió. Había una firma. Dos iniciales. E. V. Debajo, una fecha. 18 de mayo de 1536.
Margaret cerró los ojos. El día anterior a la ejecución de Ana.
Edward Vale podía haber estado en la Torre.
No como prisionero. No como acusado. Sino como hombre encargado de trasladar un documento.
Y si aquello era cierto, significaba que alguien había permitido que un hombre oficialmente desaparecido entrara y saliera de la Torre en vísperas de la muerte de Ana.
—¿Por qué no lo contasteis?
Harrow respondió con voz apagada.
—Porque cuando pregunté quién había dado la orden me dijeron que olvidara haberlo visto.
—¿Quién os lo dijo?
Harrow miró hacia la ventana.
—El hombre que tenía autoridad para hacerlo.
Margaret comprendió que la respuesta no bastaba.
—¿Avery?
Harrow negó con la cabeza.
—No.
Margaret esperó. El guardia tragó saliva.
—Fue alguien que no debería haber necesitado dar ninguna orden.
—¿Quién?
Harrow no respondió inmediatamente. Después pronunció el nombre.
—El rey.
Margaret sintió que todo cuanto había creído comprender se desmoronaba.
No porque Enrique hubiera ordenado directamente la caída de Ana —eso era una cuestión histórica mucho más compleja—, sino porque una orden vinculada a un documento había salido de la Torre en vísperas de su ejecución y, según Harrow, llevaba la autoridad del propio rey.
Margaret miró de nuevo la fecha. 18 de mayo.
Un día antes de la muerte de Ana. Entonces entendió por qué alguien había intentado borrar a Edward Vale de los registros.
No porque fuera simplemente un escribiente.
No porque conociera una genealogía. Sino porque había estado presente cuando un documento relacionado con la sucesión fue trasladado fuera de la Torre justo antes de que Ana muriera.
Y si aquel documento era el que ella había estado intentando proteger, la pregunta ya no era quién había querido destruirlo.
La pregunta era quién había ordenado conservarlo.
Margaret levantó lentamente la mirada hacia Harrow.
—¿Dónde está el documento?
El viejo guardia negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Quién lo recibió?
—Tampoco lo sé.
—Entonces ¿por qué habéis venido?
Harrow la miró con una expresión de cansancio.
—Porque hace nueve años prometí guardar silencio.
—¿Y por qué romper ahora esa promesa?
El hombre respiró profundamente.
—Porque he recibido una carta.
—¿De quién?
—De Edward Vale.
Margaret sintió que el silencio de la habitación se volvía insoportable.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
—¿Qué decía?
Harrow sacó otro papel.
Margaret lo abrió. Solo había una frase.
«Decidle a Margaret que vuelva a la Torre. Allí empezó todo. Allí quedó lo que Ana no pudo llevarse consigo.»
Margaret permaneció inmóvil durante largo rato.
Ya no podía distinguir dónde terminaban las advertencias y dónde comenzaba la manipulación.
Edward podía estar vivo o podía haber dejado instrucciones preparadas muchos años atrás.
Avery podía intentar protegerla o controlar lo que sabía.
Harrow podía ser un antiguo traidor que ahora buscaba reparar su culpa o un hombre que continuaba ocultando una parte esencial de la verdad.
Incluso Harrow, cuya lealtad había parecido siempre sencilla, podía estar entregándole una pieza destinada a conducirla hacia una trampa.
Pero había algo que ya no podía negar: la Torre de Londres guardaba la última parte de la historia.
Allí había estado Ana antes de morir. Allí había entrado un hombre cuyo nombre había sido borrado.
Allí había salido un documento que quizá podía explicar por qué la reina había decidido confiar en Margaret.
Y allí, nueve años después, parecía esperar la respuesta que había perseguido durante tanto tiempo.
Aquella noche Margaret volvió a mirar el retrato que conservaba de Ana, una pequeña imagen que había permanecido escondida entre sus pertenencias desde 1536.
Durante años había visto en aquel rostro a una mujer derrotada por la política, por el miedo y por la voluntad de un rey.
Ahora veía otra cosa. Veía a una mujer que había comprendido que no podía salvarse a sí misma, pero que todavía podía decidir qué parte de su historia sobreviviría.
Ana no había dejado a Margaret una prueba para demostrar su inocencia; le había dejado una responsabilidad.
Había confiado en que alguien, algún día, regresaría sobre aquellos últimos días y descubriría que la historia no había terminado cuando cayó la espada del verdugo.
Había otras decisiones, otras manos y otros documentos que habían seguido moviéndose después de su muerte.
Margaret comprendió entonces que la verdadera pregunta no era si Ana había sido víctima de una conspiración perfectamente organizada, porque la realidad era mucho más compleja y probablemente nunca podría reducirse a una sola voluntad.
La verdadera pregunta era qué había ocurrido durante aquellas últimas cuarenta y ocho horas, quién había tenido acceso a la Torre, qué documento había salido de ella y por qué alguien había necesitado borrar el nombre de Edward Vale de los registros.
Si encontraba esas respuestas, quizá comprendería por fin por qué Ana había elegido precisamente aquel momento para entregarle la caja y por qué había pronunciado aquellas palabras que Margaret había llevado consigo durante casi una década: «Procura vivir lo suficiente para poder contarla».
Margaret guardó la carta de Edward junto a la de Ana, apagó la vela y permaneció unos segundos en la oscuridad, sabiendo que al día siguiente tendría que regresar al lugar donde todo había comenzado.
Ya no regresaría como la joven sirvienta que había acompañado a una reina condenada.
Regresaría como la mujer que llevaba nueve años guardando un secreto que otros habían intentado destruir.
Y mientras Londres dormía al otro lado de las ventanas, Margaret comprendió que, cuando cruzara de nuevo las puertas de la Torre, ya no estaría buscando solamente la verdad sobre Ana Bolena.
Estaría buscando la verdad sobre lo que alguien había hecho con ella después de su muerte.