Capítulo 12. La verdad sobre Ana
Margaret recordó una conversación concreta.
—¿Ha venido alguien esta mañana? —había preguntado Ana.
—No que yo haya visto.
—¿Estás segura?
—Sí.
Ana había permanecido unos segundos en silencio.
—Entonces todavía no.
En aquel momento Margaret había pensado que hablaba de un mensajero.
Ahora sabía que no. Ana esperaba a alguien.
Y ese alguien había llegado. Margaret abrió los ojos, se levantó de la silla y buscó entre sus notas una hoja en blanco.
Escribió una palabra: Visitas. Debajo escribió otra: Últimos días. Después comenzó a recordar.
No todos los visitantes habían sido anunciados del mismo modo.
Algunos habían llegado acompañados por guardias.
Otros habían tenido permiso para entrar sin demasiadas preguntas.
Algunos llevaban documentos. Otros solo hablaban con Ana durante unos minutos y se marchaban con el rostro cambiado.
Margaret había visto hombres que llegaban nerviosos y salían todavía más nerviosos.
Había visto a mujeres que evitaban mencionar el nombre de la reina.
Había visto incluso a un sacerdote que permaneció con ella durante un tiempo sorprendentemente largo.
Pero había uno que destacaba por encima de los demás.
Un hombre que no debería haber estado allí.
Margaret cerró los ojos otra vez. La memoria volvió a mostrarle la escena.
Era una tarde gris. Ana estaba junto a la ventana y Margaret había estado ordenando unas prendas cuando escuchó pasos.
No eran los pasos pesados de los guardias.
Tampoco los de un funcionario acostumbrado a entrar con autoridad.
Eran más rápidos, discretos. La puerta se abrió.
El hombre entró. Margaret no había visto su rostro claramente porque llevaba una capucha, pero recordaba algo: un anillo, una piedra oscura y la estrella de ocho puntas grabada sobre el metal.
Margaret se puso en pie de golpe. Había olvidado aquel detalle.
O quizá había pasado años intentando no recordarlo.
La estrella. La misma que aparecía en el medallón.
La misma que había aparecido en los documentos.
La misma que había identificado en el sello de la caja.
Pero había algo más. Recordó que Ana había palidecido al verlo. No de miedo. De reconocimiento.
Margaret volvió a sentarse.
—¿Quién era? —murmuró.
No podía saberlo. Pero recordaba lo que había ocurrido después. Ana había ordenado a Margaret salir de la habitación.
—Id con Eleanor.
—¿Por qué?
—Porque necesito hablar con este hombre.
—¿Quién es?
Ana la había mirado fijamente.
—Alguien que ha venido demasiado tarde.
Margaret había obedecido, pero no había ido muy lejos. Se había quedado en el corredor y había escuchado voces. No todas las palabras. Solo algunas.
—No podéis hacerlo.
—Ya está hecho.
—Entonces habéis condenado a más personas de las que creéis.
—No depende de mí.
—Siempre depende de alguien.
Después, silencio.
—Cuando llegue el momento, Elizabeth no será el problema.
Margaret abrió los ojos. Aquella frase la había perseguido durante años sin que comprendiera su significado.
Elizabeth no sería el problema. Pero ¿qué quería decir?
Se levantó y comenzó a caminar por la habitación.
Hasta entonces había supuesto que el secreto estaba relacionado con Elizabeth.
Ahora comprendía que quizá aquello había sido precisamente lo que Ana quería evitar.
La cuestión podía afectar a la sucesión, pero no necesariamente a la legitimidad de Elizabeth.
Podía existir otra línea de sangre, otro derecho, otro vínculo antiguo que hubiera sido apartado de los registros y que, en determinadas circunstancias, pudiera utilizarse para desafiar la estructura sucesoria que Enrique había construido durante años.
Margaret recordó entonces otra escena. La noche anterior a la ejecución, Ana estaba sentada junto a la cama. Tenía las manos juntas. No lloraba. Margaret había entrado con agua.
—Majestad...
Ana levantó la mirada.
—No me llames así.
—Perdonadme.
—Mañana ya no tendrá importancia.
Margaret había dejado el recipiente sobre la mesa.
—¿Tenéis miedo?
Ana tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Aquella había sido una de las pocas veces que Margaret la había escuchado admitirlo. Después Ana había añadido:
—Pero no de morir.
Margaret había esperado.
—Tengo miedo de que después de mi muerte todos crean que saben por qué morí.
La frase había quedado grabada en la memoria de Margaret.
Ahora adquiría otro significado. Ana no temía solamente ser condenada.
Temía ser interpretada. Temía que su muerte se convirtiera en una historia sencilla: una reina caída, una mujer acusada, un rey que necesitaba una nueva esposa, una sucesión que debía continuar.
Y quizá detrás de todo ello había algo más.
Margaret abrió la caja de plata. Sacó la carta. Leyó de nuevo el párrafo que había encontrado en Kent.
«No permitáis que se confunda la verdad con aquello que conviene que el reino recuerde».
Ahora comprendía por qué Ana había escrito aquellas palabras.
La verdad no necesitaba demostrar que todas las acusaciones fueran falsas.
Necesitaba demostrar que la historia había sido reducida a una sola explicación porque era la explicación que convenía.
Margaret sintió que aquella diferencia podía ser decisiva.
A media mañana fue a buscar a Eleanor. La encontró en una estancia cercana a las cocinas.
—Necesito preguntarte algo.
Eleanor la miró con desconfianza.
—Eso nunca trae nada bueno.
—¿Recuerdas al hombre que visitó a Ana en la Torre pocos días antes de su ejecución?
Eleanor frunció el ceño.
—¿Qué hombre?
—Uno que llevaba una capucha.
—Había muchos.
—Este llevaba un anillo.
Margaret dibujó rápidamente la estrella de ocho puntas sobre un trozo de papel.
Eleanor palideció.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque yo lo recuerdo.
—Yo también.
Margaret sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Quién era?
—No lo sé.
—¿Lo viste?
—Sí.
—¿Qué recuerdas?
Eleanor miró alrededor antes de responder.
—Que Ana lo conocía.
—Eso ya lo sé.
—No. No me entiendes. Lo conocía de antes.
Margaret permaneció inmóvil.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque cuando salió, Ana estaba llorando.
Margaret sintió un vacío en el estómago.
—¿Llorando?
—Sí.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—¿Qué dijo?
Eleanor cerró los ojos.
—Algo sobre una promesa.
—¿Qué promesa?
—No lo recuerdo.
—Eleanor.
—Han pasado nueve años, Margaret.
—Lo sé.
—Y quizá no quieras recordar todo.
Margaret bajó la voz.
—Necesito hacerlo.
Eleanor la miró durante un largo momento.
—Entonces recuerda también esto: después de aquella visita, Ana cambió.
—¿Cómo?
—Dejó de intentar defenderse.
Margaret sintió que la frase encajaba con algo que llevaba años sin comprender.
—¿Porque sabía que iba a morir?
—No.
Eleanor negó lentamente.
—Porque comprendió que había algo que ya no podía salvar.
Margaret permaneció en silencio.
—¿Qué?
—No lo sé.
—¿Estás segura?
—Sí.
Eleanor la tomó del brazo.
—Pero recuerdo otra cosa.
Margaret levantó la mirada.
—La mañana antes de la ejecución, Ana me preguntó por ti.
—¿Por mí?
—Sí.
—¿Qué dijo?
—Preguntó si seguías teniendo la caja.
Margaret sintió que el mundo parecía detenerse.
—¿Cómo sabía que la tenía?
Eleanor negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Te dijo algo más?
—Sí.
—¿Qué?
Eleanor respiró profundamente.
—Dijo: «Margaret no debe conocer todavía el segundo nombre».
Margaret se quedó inmóvil.
—¿El segundo nombre?
—Eso fue lo que dijo.
—¿Y tú nunca me lo contaste?
—Porque pensé que se refería a alguien.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que se refería a lo que estás buscando.
Margaret no respondió. Dos nombres. Un heredero. La rama occidental. La frase de Ana. Todo comenzaba a formar una figura. Pero todavía faltaba una pieza.
—¿Recuerdas cuándo apareció el hombre?
—Dos días antes de la ejecución.
Margaret cerró los ojos. Dos días. Eso significaba que Ana había recibido aquella visita justo antes de entregarle la caja. Quizá la caja no había sido preparada durante meses. Quizá había sido preparada para una emergencia concreta. Para lo que aquel hombre había anunciado.
Margaret regresó a sus aposentos y buscó entre sus pertenencias una pequeña cinta que había conservado desde aquellos días.
Era azul oscuro, casi descolorida, y no tenía ningún valor aparente.
Ana la había llevado atada a la muñeca durante su última semana en la Torre y después se la había entregado a Margaret sin explicación.
Durante años había pensado que era simplemente un recuerdo.
Ahora la observó con otros ojos. La cinta tenía una pequeña costura interior.
Margaret la deshizo cuidadosamente. Dentro había un fragmento de papel.
No recordaba haberlo visto nunca. Lo abrió. Solo había una línea.
«No busquéis al heredero donde el rey lo ha colocado. Buscad el nombre que fue borrado antes de que él naciera.»
Margaret sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
Se sentó. El heredero. Edward. Pero el mensaje hablaba de un nombre borrado antes de su nacimiento.
Entonces comprendió que el secreto era anterior a 1537.
Anterior a Edward. Anterior incluso a la caída de Ana.
Quizá anterior a su matrimonio con Enrique.
Margaret volvió a pensar en la inscripción.
Dos nombres. Un heredero. Y recordó una conversación que había tenido años atrás con el viejo archivista.
«El problema no comenzó con Elizabeth».
Entonces no había entendido la importancia de aquella frase.
Ahora empezaba a hacerlo. No se trataba simplemente de quién debía heredar después de Enrique.
Se trataba de qué derechos habían sido reconocidos, cuáles habían sido borrados y cuáles habían sido manipulados para construir la sucesión que el reino conocía.