Capítulo 11. La última advertencia #2
—Ya has encontrado la carta. Sabes que Ana estaba investigando algo relacionado con la sucesión. Sabes que Edward Vale desapareció. Sabes que Avery te vigila. ¿Qué más necesitas?
Margaret la miró.
—Saber por qué Ana confió en mí.
Eleanor negó con la cabeza.
—Quizá porque eras la única persona que no podía imaginar que sobreviviría a ella.
—No.
—¿Por qué no?
Margaret sacó el medallón.
—Porque había una inscripción que nunca había visto.
Eleanor lo tomó.
—¿Qué dice?
—Dos nombres. Un heredero.
Eleanor levantó la mirada.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Y qué significa?
—Todavía no lo sé.
Eleanor devolvió el medallón.
—Entonces quizá eso sea lo único que necesitas saber.
Margaret negó lentamente.
—No.
—¿Por qué?
—Porque esta mañana, antes de ir a Whitehall, recibí otra señal.
—¿Cuál?
Margaret tardó unos segundos en responder.
—Una persona que creíamos desaparecida puede seguir viva.
Eleanor la miró fijamente.
—¿Edward Vale?
Margaret asintió.
—Hay una carta que lo demuestra.
—¿Dónde está?
—No la tengo.
—Entonces ¿cómo sabes que existe?
—Porque alguien la recibió.
Eleanor se puso de pie.
—¿Quién?
—El hijo de un hombre que trabajó con él.
Eleanor caminó hasta la ventana.
—¿Y qué decía?
—Que cuando el rey dejara de mirar hacia el pasado, la verdad podría regresar.
Eleanor permaneció en silencio.
—Enrique está envejeciendo —dijo finalmente.
—Lo sé.
—Entonces quizá Edward esté esperando.
Margaret sintió un escalofrío.
—Eso es lo que temo.
Aquella noche, después de que Eleanor se marchara, Margaret volvió a sacar los documentos.
Los extendió sobre la mesa y comenzó a compararlos.
La carta de Ana, la lista de nombres, las referencias a Edward Vale, la rama occidental y las notas sobre la sucesión parecían piezas separadas de una historia que alguien había intentado romper deliberadamente.
Pero cuanto más las observaba, más clara se volvía una conexión.
Edward no había desaparecido simplemente porque supiera demasiado.
Había desaparecido porque alguien necesitaba que su conocimiento desapareciera con él.
Y Ana no había conservado los documentos para protegerse a sí misma, porque sabía que aquellos papeles podían ser utilizados contra ella.
Los había conservado porque comprendía que, si desaparecían, desaparecería también una parte de la historia que podía modificar la interpretación de su propia caída.
Por primera vez Margaret comprendió que quizá aquel había sido el verdadero secreto de Ana: no una prueba capaz de salvarla, ni una conspiración que pudiera haber evitado su ejecución, sino una verdad que solo adquiriría todo su significado después de su muerte, cuando ya no pudiera ser acusada de utilizarla para defenderse.
Sacó entonces la carta completa y la colocó junto al medallón.
Había algo que todavía no había comprendido.
La frase sobre los dos nombres. La rama occidental.
El heredero. La desaparición de Edward. Y la lista de hombres.
Margaret tomó una pluma y escribió los nombres en una hoja aparte.
Thomas Avery. Edmund Harwood. Edward Vale.
Después añadió Cromwell, aunque su nombre no aparecía escrito en aquella lista. Debajo escribió Ana Bolena.
Se detuvo. Después añadió otro nombre: Enrique.
Miró los seis nombres durante un largo rato.
No sabía todavía qué relación exacta existía entre ellos, pero comprendió que había llegado a un punto en el que ya no podía continuar buscando respuestas sin aceptar que algunas de ellas podían destruir la imagen que tenía de personas a las que había conocido.
Ana había sido presentada como culpable.
Avery podía ser un perseguidor o un hombre que intentaba impedir una catástrofe.
Harwood había sido un aliado y también un traidor.
Edward Vale había sido descrito como muerto, aunque quizá siguiera vivo.
Y el rey, alrededor del cual giraba toda aquella historia, había convertido durante años la sucesión en una cuestión de obediencia, miedo y sangre.
Margaret dobló la hoja. Fue entonces cuando escuchó tres golpes en la puerta. No eran los golpes habituales de Eleanor. Margaret apagó la vela. Esperó. Volvieron a llamar. Tres golpes lentos. Se acercó a la puerta sin hacer ruido.
—¿Quién es?
No hubo respuesta. Margaret esperó unos segundos. Después escuchó una voz al otro lado. Era una voz masculina, envejecida, apenas audible.
—Margaret Vale.
Ella sintió que el cuerpo se le tensaba.
—¿Quién sois?
—Alguien que conoció a Edward.
Margaret no abrió.
—¿Dónde está?
Hubo un silencio prolongado.
—No puedo quedarme.
—Decidme dónde está.
La voz bajó todavía más.
—Edward Vale murió hace muchos años.
Margaret cerró los ojos.
—Entonces ¿quién sois?
—El hombre que recibió su última carta.
Margaret abrió el pestillo. Pero cuando abrió la puerta, el corredor estaba vacío.
Solo había una pequeña caja de madera en el suelo.
Margaret la recogió. Dentro encontró una hoja doblada y un pequeño sello de cera roto.
Reconoció el símbolo. La estrella de ocho puntas. Abrió la hoja. Solo había una frase.
«La segunda parte de la verdad no está en los documentos. Está en la memoria de quien estuvo allí.»
Margaret leyó la frase dos veces. Después comprendió que la última advertencia no había venido de Avery, ni de Harwood, ni siquiera de alguien que quisiera destruir el secreto. Había llegado de alguien que parecía querer conducirla hacia el origen de todo.
Y ese origen no estaba en Kent. No estaba en los archivos.
No estaba siquiera en los documentos que Ana había escondido.
Estaba en los últimos días de su vida, en las personas que la habían visitado, en las conversaciones que había mantenido antes de ser llevada a la Torre, en aquello que había visto Margaret y que, durante casi diez años, había intentado olvidar.
La joven permaneció junto a la puerta, con la caja de madera entre las manos, mientras el corredor volvía a quedar en silencio.
De pronto comprendió que quizá había estado buscando la verdad en los papeles equivocados.
Había reconstruido nombres, fechas y movimientos, pero había olvidado algo esencial: ella misma había estado allí.
Había visto a Ana en sus últimos días. Había escuchado palabras que entonces no comprendió.
Había visto quién entraba y quién salía de sus aposentos, quién evitaba mirarla, quién parecía demasiado tranquilo y quién mostraba un miedo que no correspondía con lo que decía.
Durante años había tratado aquellos recuerdos como fragmentos dolorosos de una época que prefería dejar atrás, pero ahora empezaba a comprender que quizá Ana había confiado en ella precisamente porque sabía que ningún documento podía contener toda la verdad.
Los documentos podían ser destruidos, alterados o interpretados de otra manera; la memoria de una persona que había estado presente no podía desaparecer con la misma facilidad.
Margaret cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.
Por primera vez desde la muerte de Ana, permitió que regresaran todos aquellos recuerdos que había mantenido encerrados: el olor de la Torre, el sonido de los pasos de los guardias, la expresión de Ana cuando recibió una visita que Margaret no había sabido identificar, el silencio repentino que se produjo después y aquella última noche en la que la reina había pronunciado unas palabras que entonces parecieron una despedida y que ahora adquirían un significado diferente.
Margaret comprendió que la respuesta que buscaba no estaba en lo que Ana había escrito, sino en lo que Ana había decidido no escribir.
Y mientras sostenía entre las manos la pequeña caja con el símbolo de la estrella, supo que tendría que regresar al principio, al mes de mayo de 1536, y recordar cada detalle de los últimos días de la mujer que le había entregado aquel secreto antes de morir.