El secreto de la reina hereje Capítulo 11. La última advertencia
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Capítulo 11. La última advertencia

Al día siguiente, Margaret esperó hasta que la tarde comenzara a caer antes de dirigirse a Whitehall.

Había pasado las horas anteriores preparando cuidadosamente aquello que llevaría consigo y, sobre todo, aquello que dejaría atrás.

La carta completa de Ana permaneció oculta en un lugar que nadie habría relacionado con ella, junto con la copia de los documentos encontrados en Kent.

El medallón de plata, sin embargo, lo llevó consigo, aunque escondido bajo el vestido, sujeto a una pequeña cadena que había improvisado para evitar que pudiera perderlo.

No sabía por qué había decidido llevarlo.

Quizá porque, después de haber descubierto la inscripción que hablaba de dos nombres y un heredero, sentía que separarse de él habría sido como renunciar a una parte de la historia que intentaba comprender.

El cielo sobre Londres estaba cubierto de nubes bajas.

El aire olía a lluvia y a humo de carbón, y una humedad fría se había instalado en los corredores de Whitehall.

Margaret caminó lentamente, procurando que su rostro no revelara nada.

Desde que había regresado de Kent tenía la sensación de que cada persona que encontraba podía estar observándola.

Un criado que permanecía demasiado tiempo junto a una puerta, un funcionario que levantaba los ojos al verla pasar, una mujer que interrumpía una conversación cuando Margaret se aproximaba.

Sabía que parte de aquella sensación podía proceder de su propio miedo, pero también sabía que el miedo no siempre era una invención de la imaginación.

En una corte donde las personas podían perder la vida por una palabra mal interpretada, la prudencia era una forma de supervivencia.

Thomas Avery la esperaba en una estancia pequeña, situada en una zona menos transitada del palacio. No llevaba insignias que indicaran su posición, solo un jubón oscuro y una expresión serena que Margaret había aprendido a desconfiar. Estaba de pie junto a una ventana.

—Habéis venido.

—Me pedisteis que lo hiciera.

—Y habéis venido sola.

—Eso también lo pedisteis.

Avery sonrió ligeramente.

—Sois más cuidadosa de lo que erais hace algunos años.

—Hace algunos años todavía creía que algunas personas decían la verdad cuando no tenían motivos para mentir.

La sonrisa desapareció.

—Kent os ha cambiado.

—Kent me ha mostrado cosas que vos queríais que nunca encontrara.

Avery se acercó lentamente.

—No sabéis lo que encontrasteis.

—Encontré la segunda parte de una carta escrita por Ana Bolena.

El hombre permaneció inmóvil.

—Y encontré documentos relacionados con Edward Vale.

—Eso no significa que comprendáis lo que contienen.

—Comprendo suficiente.

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Comprendéis una parte y estáis llenando los espacios que faltan con vuestras propias sospechas.

Margaret sostuvo su mirada.

—Entonces explicadme qué falta.

Avery guardó silencio.

—¿Quién era Edward Vale?

—Un hombre que trabajó para varias personas.

—¿Para Ana?

—Sí.

—¿Para Cromwell?

—También.

—¿Y para quién trabajaba realmente?

Avery la observó durante unos segundos.

—Esa es la pregunta equivocada.

—¿Por qué?

—Porque suponéis que todos los hombres que aparecen en los documentos estaban del mismo lado.

Margaret sintió un escalofrío.

—No lo estaban.

—No.

—Entonces decidme qué lado defendía Edward.

Avery se volvió hacia la ventana.

—Edward Vale defendía algo que ya no existe.

—¿Qué?

—Una posibilidad.

Margaret frunció el ceño.

—No entiendo.

—Eso es lo que os mantiene viva.

—¿Y vos?

—Yo intento evitar que comprendáis demasiado tarde.

Margaret avanzó un paso.

—¿Quién aparece en la lista?

Avery no respondió.

—Vuestro nombre está allí.

El hombre cerró los ojos durante un instante.

—¿Quién más?

—Edmund Harwood.

Avery abrió los ojos.

—Entonces habéis hablado con él.

—Sí.

—No deberíais haberlo hecho.

—¿Por qué?

—Porque Harwood sabe más de lo que admite.

—Eso ya lo sé.

—Y porque os ha contado una parte que podría poner en peligro a muchas personas.

—¿Qué parte?

Avery volvió a mirarla.

—Que él ayudó a quienes buscaban los documentos.

Margaret sintió que la confirmación le producía más inquietud que la propia confesión de Harwood.

—¿Y vos?

—Yo también hice cosas de las que no estoy orgulloso.

—¿Trabajasteis con Cromwell?

—Sí.

La respuesta fue tan sencilla que Margaret no esperaba escucharla.

—¿Y participasteis en la caída de Ana?

Avery tardó en contestar.

—No directamente.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo daros.

—Todos utilizáis las mismas palabras.

—Porque todos aprendimos demasiado tarde que ciertas respuestas podían convertirse en sentencias de muerte.

Margaret guardó silencio. Avery se acercó a la mesa y apoyó una mano sobre la madera.

—La caída de Ana no fue una sola operación.

No fue un único plan concebido por un solo hombre.

Había intereses diferentes, ambiciones diferentes y personas que actuaban por razones distintas.

Algunos querían apartarla del rey. Otros querían protegerse.

Otros querían asegurarse de que ciertas cosas nunca fueran examinadas.

—¿La sucesión?

Avery asintió.

—Entre otras cosas.

—¿Qué podía comprometer a la corte?

—Depende de lo que entendáis por comprometer.

—Nombres. Decisiones. Documentos.

—Y parentescos.

Margaret se quedó inmóvil.

—¿Parentescos?

Avery bajó la voz.

—Eso es lo que no deberíais seguir buscando.

—¿Por qué?

—Porque una vez que sepáis quién está relacionado con quién, ya no podréis fingir que no lo sabéis.

Margaret pensó en la inscripción del medallón. Dos nombres. Un heredero.

—¿Qué significa la rama occidental?

Avery la miró fijamente. Aquella vez fue evidente que la pregunta había conseguido afectarlo.

—¿Quién os habló de eso?

—No importa.

—Sí importa.

—Edward Vale dejó referencias a ella.

Avery respiró profundamente.

—Entonces ya habéis llegado demasiado lejos.

—¿Qué era la rama occidental?

—Una genealogía.

—¿De quién?

—De una familia.

—¿Cuál?

Avery no respondió. Margaret comprendió que había acertado.

—Está relacionada con la Corona.

—Todo en este asunto está relacionado con la Corona.

—No.

Margaret dio un paso hacia él.

—Está relacionada con la sucesión.

Avery bajó la mirada.

—Sí.

La palabra quedó suspendida entre ambos. Margaret sintió que por fin había atravesado una de las barreras que durante años habían protegido el secreto.

—¿Ana sabía que existía esa línea?

—Sí.

—¿Y Edward?

—También.

—¿Cromwell?

Avery tardó demasiado en responder. Margaret entendió.

—Lo sabía.

—No preguntéis más.

—¿Por qué?

—Porque hay nombres que siguen teniendo poder aunque los hombres que los llevaron hayan muerto.

Margaret pensó en Enrique, en su reinado, en sus matrimonios, en todos aquellos años en los que las personas habían vivido y muerto alrededor de la voluntad de un solo hombre.

—¿El secreto podía poner en cuestión a Edward?

Avery negó con la cabeza.

—No.

—¿A Elizabeth?

—Tampoco.

Margaret sintió que una idea terrible comenzaba a formarse.

—Entonces, ¿a quién?

Avery permaneció en silencio.

—¿A quién podía afectar?

—A todos los que necesitaban que la sucesión pareciera sencilla.

Margaret comprendió que aquella frase no era una respuesta, sino una advertencia.

—¿Por qué me dejasteis venir aquí?

—Porque necesitaba saber cuánto habíais encontrado.

—Ya lo sabéis.

—No todo.

—¿Qué falta?

—El documento original de Edward.

Margaret sintió que su expresión cambiaba. Avery lo vio.

—No lo tenéis.

—¿Cómo sabéis eso?

—Porque si lo tuvierais, no estaríais aquí hablando conmigo.

Margaret no respondió. Avery se acercó todavía más.

—Escuchadme con atención. Si encontráis el documento original, no lo llevéis a la Corona. No lo entreguéis a ningún funcionario. No lo confiéis a ningún hombre que diga actuar por el bien del reino. Y sobre todo, no se lo entreguéis a Harwood.

—¿Por qué?

—Porque él no fue el único que traicionó a Ana.

—¿Quién más?

—Eso debéis descubrirlo vos.

Margaret sintió que la ira sustituía al miedo.

—Siempre me decís que descubra algo. Siempre me dais una advertencia y nunca una respuesta.

Avery la miró con una expresión que por primera vez parecía cansada.

—Porque las respuestas matan más personas que las preguntas.

Margaret se dirigió hacia la puerta.

—No hemos terminado.

Ella se detuvo.

—¿Qué queréis ahora?

—Que me entreguéis la carta.

Margaret se volvió lentamente.

—No.

Avery no pareció sorprendido.

—Sabía que diríais eso.

—Entonces sabíais que no iba a funcionar.

—No pretendía que funcionara.

Margaret sintió que algo no encajaba.

—¿Entonces para qué?

Avery se acercó a ella y bajó la voz.

—Para que sepáis que ya no sois invisible.

Aquellas palabras la acompañaron durante todo el camino de regreso.

Al abandonar Whitehall, Margaret tuvo la sensación de que Londres había cambiado.

Las calles eran las mismas, los vendedores gritaban junto a los puestos, los carros avanzaban levantando barro y los campanarios marcaban las horas con la misma indiferencia de siempre, pero ella ya no podía caminar por ellas como antes.

Había pasado años creyendo que la mejor protección consistía en ser olvidada.

Ahora comprendía que había dejado de serlo.

Su nombre había aparecido en documentos antiguos, había sido pronunciado por hombres que llevaban años vigilando el secreto y, sobre todo, había sido escrito por Ana en una carta que había sobrevivido a su muerte.

Cuando llegó a sus aposentos encontró a Eleanor esperándola.

—¿Dónde estabas?

—Con Avery.

Eleanor se levantó inmediatamente.

—¿Estás loca?

—Quizá.

—¿Qué quería?

—La carta.

Eleanor palideció.

—¿Se la diste?

—No.

—Gracias a Dios.

Margaret dejó la capa sobre una silla.

—Ahora sé que Avery trabajó con Cromwell.

Eleanor permaneció callada.

—También sé que conocía la existencia de la rama occidental.

—¿Qué es?

—Una línea genealógica relacionada con la sucesión.

Eleanor se sentó lentamente.

—Margaret, tenemos que parar.

—No.