Capítulo 10. El precio del silencio
Margaret regresó de Kent dos días después, cuando la mañana apenas había comenzado a iluminar los tejados húmedos de Westminster.
Durante el viaje había hablado poco. El camino de regreso le pareció más largo que el de ida, quizá porque ahora conocía una parte de la verdad que durante años había intentado reconstruir a partir de fragmentos, rumores y documentos incompletos.
La carta de Ana viajaba oculta bajo el forro interior de su vestido, mientras la copia que había preparado en Kent estaba escondida en un compartimento de su equipaje.
Había separado deliberadamente ambos documentos.
Si alguien encontraba uno, el otro debía sobrevivir.
Era una precaución que le había parecido excesiva durante los primeros kilómetros de regreso, pero que, después de todo lo ocurrido, comenzaba a parecerle insuficiente.
La corte seguía funcionando con la misma precisión que siempre.
Los criados transportaban bandejas por los corredores, los funcionarios entraban y salían de las dependencias reales, los mensajeros cruzaban patios con cartas selladas y los nobles conversaban en grupos reducidos mientras vigilaban quién podía estar escuchándolos.
Desde fuera, todo parecía normal. Era precisamente aquello lo que más inquietaba a Margaret.
Había aprendido que las grandes amenazas rara vez alteraban el funcionamiento visible de un palacio.
Los peligros verdaderos podían desplazarse por sus pasillos con la misma naturalidad que un sirviente llevando una jarra de vino.
Catherine Parr estaba en sus aposentos cuando Margaret pidió verla. La reina levantó la vista de un volumen que tenía abierto sobre la mesa y la observó durante unos segundos antes de sonreír.
—Habéis regresado antes de lo que esperaba.
—El asunto quedó resuelto.
Catherine cerró el libro.
—¿De verdad?
Margaret comprendió que la reina había percibido algo en su rostro.
—Sí, Majestad.
Catherine no insistió.
—Me alegra. Kent puede resultar desagradable en esta época del año.
—Lo ha sido.
La reina volvió a mirarla.
—¿Os ha ocurrido algo?
Margaret dudó. Durante un instante estuvo a punto de contárselo todo.
Hablar con Catherine Parr había sido, desde el principio, diferente de hablar con cualquier otra persona de la corte.
La reina poseía una inteligencia tranquila y una capacidad para escuchar que hacía difícil ocultarle las cosas.
Pero precisamente por eso Margaret comprendió que debía protegerla.
Si la verdad llegaba a manos equivocadas, Catherine podía convertirse en una pieza más dentro del mismo juego que había destruido a Ana.
—Nada que no pueda manejar.
Catherine permaneció en silencio.
—Eso no siempre es una respuesta tranquilizadora —dijo finalmente.
Margaret bajó los ojos.
—Lo sé.
—Entonces tened cuidado.
—Lo tendré.
Catherine volvió a abrir el libro.
—Y Margaret.
Ella se detuvo antes de salir.
—Sí, Majestad.
—No dejéis que vuestra prudencia se convierta en aislamiento.
Margaret no respondió.
Catherine la observó durante un instante y después añadió:
—Las personas que guardan secretos demasiado tiempo terminan creyendo que no necesitan a nadie. Es una forma muy peligrosa de soledad.
Margaret inclinó la cabeza y abandonó la habitación.
En el corredor se detuvo, incapaz de continuar durante unos segundos.
La frase de la reina quedó resonando en su memoria mientras caminaba, y Margaret no sabía si Catherine había comprendido algo de lo que realmente estaba ocurriendo, pero tenía la sensación de que había comprendido mucho más de lo que Margaret había dicho.
Aquella misma tarde, Margaret buscó a Edmund Harwood. Lo encontró en una estancia próxima a las oficinas administrativas, conversando con un funcionario. Cuando el hombre terminó de hablar con él y se marchó, Harwood reparó en Margaret. Su expresión cambió apenas.
—Habéis vuelto.
—Sí.
—¿Fue bien vuestro viaje?
—Depende de lo que entendáis por bien.
Harwood permaneció quieto.
—¿Qué habéis encontrado?
Margaret lo miró directamente.
—La parte que faltaba.
El rostro del hombre perdió color. Durante unos segundos ninguno habló.
—No sé de qué me habláis.
—Sí lo sabéis.
Harwood miró hacia el corredor.
—Aquí no.
Margaret siguió sus ojos.
—Entonces decidme dónde.
—No debisteis ir a Kent.
—¿Por qué?
—Porque ya no es seguro.
—¿Para quién?
Harwood respiró profundamente.
—Para vos.
—Eso ya lo sé.
—No, Margaret. No lo sabéis.
Ella se acercó.
—Entonces explicádmelo.
Harwood bajó la voz.
—Hay personas que llevan años esperando que aparezca lo que buscáis.
—Ya me lo habéis dicho.
—No. Antes no podía deciros hasta qué punto.
—¿Y ahora sí?
El hombre la miró.
—Ahora ya habéis leído la carta.
Margaret sintió un escalofrío.
—¿Cómo sabéis que la he leído?
Harwood no respondió. Ella comprendió.
—Alguien os ha informado.
—No preguntéis quién.
—¿Avery?
Harwood permaneció en silencio.
Aquello fue suficiente.
—¿Trabajáis para él?
—No.
—Entonces, ¿por qué aparecía vuestro nombre en los documentos?
Harwood dio un paso atrás.
—¿Qué documentos?
—Los que dejó Edward Vale.
El hombre cerró los ojos durante un instante.
—Entonces los habéis encontrado.
—Sí.
—¿Todos?
—No.
—¿Qué falta?
—Una carta.
Harwood lo miró.
—¿De Edward?
—No.
—Entonces no habéis encontrado todos los documentos.
Margaret sintió que aquella respuesta escondía algo.
—¿Qué carta falta?
—La que explica por qué Edward decidió desaparecer.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—Mentís.
Harwood no se defendió.
—Quizá.
Margaret sintió que la paciencia se agotaba.
Durante años le habían dicho que Ana investigaba la sucesión, que los documentos eran peligrosos y que quizá le había entregado la carta para que sobreviviera.
Ahora sabía que el nombre de Harwood aparecía entre quienes habían tenido acceso a aquellos papeles.
Todo lo que había creído comprender comenzaba a adquirir otra dimensión, y detrás de cada respuesta parecía existir otra pregunta todavía más peligrosa.
—Durante años me habéis dicho que Ana investigaba la sucesión. Me dijisteis que los documentos eran peligrosos. Me dijisteis que quizá me entregó la carta para que sobreviviera. Ahora sé que vuestro nombre aparece entre quienes tuvieron acceso a esos papeles. ¿Qué sois exactamente, Edmund?
El hombre la miró con una tristeza inesperada.
—Alguien que sobrevivió.
—Eso no responde.
—Es la única respuesta que puedo daros.
—¿Sobrevivisteis a qué?
Harwood tardó en contestar.
—A decidir demasiado tarde de qué lado estaba.
Margaret guardó silencio.
—No cometáis mi error —continuó él—. Hay momentos en que intentar permanecer al margen equivale a ayudar a quienes tienen el poder.
—¿Y vos ayudasteis?
Harwood bajó la mirada.
—Una vez.
—¿A quién?
—A quienes querían que Ana desapareciera.
Margaret sintió que el suelo parecía moverse bajo sus pies.
—¿Vos?
—No participé en las acusaciones. No inventé las pruebas. No estuve en la Torre. Pero entregué una información que no debía haber entregado.
—¿Qué información?
Harwood levantó la mirada.
—Dónde guardaba Ana ciertos documentos.
Margaret retrocedió un paso. Ahora comprendía por qué Harwood había hablado siempre con tanta cautela.
No era únicamente miedo. Era culpa, una culpa que parecía haber permanecido enterrada durante años y que ahora comenzaba a salir a la superficie porque Margaret había llegado demasiado cerca de aquello que todos habían intentado ocultar.
—¿Qué ocurrió con esos documentos?
—Algunos desaparecieron.
—¿Y los demás?
—Fueron copiados.
—¿Por quién?
Harwood no respondió.
—¿Por Cromwell?
El silencio volvió a ser suficiente. Margaret sintió una mezcla de rabia y decepción.
—Entonces sabíais lo que estaban buscando.
—Sabía una parte.
—¿Y nunca me lo dijisteis?
—Porque si os lo hubiera dicho entonces, habríais muerto.
Margaret sostuvo su mirada.
—Y ahora también puedo morir.
—Sí.
—¿Por qué?
Harwood se acercó a la ventana.
—Porque el problema ya no es lo que Ana sabía.
—¿Entonces qué?
—Lo que vos sabéis.
Antes de que Margaret pudiera responder, escucharon pasos en el corredor. Harwood se volvió.
—Idos.
—No.
—Margaret, ahora.
Ella abrió la puerta lateral que comunicaba con otra estancia y salió sin hacer ruido. Un instante después escuchó la voz de Thomas Avery.
—Harwood.
Margaret se quedó inmóvil.
—¿Podemos hablar?
—Por supuesto.
La voz de Harwood sonaba tranquila. Margaret avanzó por el corredor alternativo hasta una escalera estrecha y bajó dos niveles antes de detenerse.
Desde allí no podía escuchar la conversación.
Esperó unos minutos y finalmente continuó hacia sus aposentos, llevando consigo la inquietud de una conversación que había terminado sin resolver ninguna de sus preguntas y que, en cambio, había añadido otras todavía más peligrosas.
Al llegar encontró la puerta cerrada. No había nada extraño.
Entró. La habitación estaba exactamente como la había dejado.
O eso creyó. Se acercó al pequeño escritorio y entonces reparó en el cajón, que estaba ligeramente abierto.
Margaret se detuvo. Ella lo había cerrado antes de marcharse.
Abrió el cajón. No faltaba nada. Las copias seguían allí y el pequeño cuaderno de notas también, pero había algo nuevo: una hoja doblada.
Margaret la tomó. Reconoció la letra. No era la de Ana. Era la de Thomas Avery. Solo había una frase.
«Sé lo que encontrasteis en Kent.»
Margaret sintió que el corazón le golpeaba el pecho. Debajo había otra línea.
«Y sé que Harwood os ha contado demasiado.»
Durante unos segundos permaneció inmóvil. Después apareció la tercera frase.
«Mañana, al anochecer, venid sola a Whitehall.»
No había firma. Margaret dobló la hoja. No sabía cómo Avery había sabido que había viajado a Kent.
Tampoco sabía si Harwood había hablado con él antes o después de su encuentro.
Pero había algo que ya no podía ignorar: alguien había entrado en sus aposentos mientras ella estaba ausente, había revisado sus pertenencias y había dejado un mensaje sin llevarse ninguno de los documentos.
Aquello significaba que no estaban buscando únicamente destruir la información.
Querían saber cuánto había descubierto Margaret, qué nombres conocía y, quizá más importante aún, a quién había confiado la verdad.
Aquella noche no durmió. Sacó la carta completa de Ana y la extendió sobre la mesa.
A la luz de una vela, las palabras parecían distintas.
Durante años había leído aquellos documentos intentando descubrir quién había traicionado a Ana.
Ahora comprendía que aquella pregunta podía ser demasiado sencilla.
Había personas que habían actuado por miedo, otras por ambición, otras por obediencia y algunas, quizá, por la convicción de que estaban protegiendo el reino.
El peligro consistía precisamente en que no todos los hombres relacionados con la desaparición de los documentos tenían necesariamente el mismo propósito.
Thomas Avery podía querer destruirlos. Edmund Harwood podía haber intentado protegerlos después de haber contribuido a ponerlos en peligro.
Edward Vale podía haber desaparecido voluntariamente o haber sido obligado a hacerlo.
Y Ana, al escribir que la verdad no debía caer en manos de quienes solo quisieran cambiar un poder por otro, había demostrado comprender que el secreto podía sobrevivir a sus enemigos y convertirse en algo todavía más peligroso.
Margaret volvió a leer el nombre de Edward Vale. Después miró la inicial que aparecía al final de la lista. E.
La misma letra del medallón. Pero ahora había algo que no encajaba.
Si Edward había entregado los documentos a otros antes de desaparecer, ¿por qué había mantenido oculta su identidad?
¿Por qué había dejado pistas que podían conducir hasta él?
¿Y por qué Ana había advertido que no confiara en el primer nombre que encontrara?
Margaret volvió a mirar la frase.
«La verdad tiene dos nombres»
Hasta entonces había pensado que se refería a Edward Vale y a otra persona. Ahora empezaba a considerar una posibilidad diferente. Quizá se refería a dos versiones de la misma historia: una escrita por quienes habían ganado y otra conservada por quienes habían sobrevivido.
La mañana llegó lentamente. Cuando Margaret apagó la última vela, había tomado una decisión.
Acudiría a Whitehall al día siguiente, pero no llevaría consigo la carta original.
Tampoco el medallón. Ni las copias completas.
Había aprendido en Kent que una verdad podía ser destruida si permanecía reunida en un solo lugar.
Guardaría una parte donde nadie pudiera encontrarla y confiaría otra a alguien que todavía no supiera toda la historia.
No sabía en quién podía confiar, pero sabía algo que Ana había comprendido antes que ella: el secreto no sobrevivía porque una persona lo protegiera todo, sino porque era imposible destruirlo de una sola vez.
Antes de abandonar la habitación, Margaret abrió el pequeño compartimento de la caja de plata y volvió a mirar el interior.
Allí estaba el medallón, oscuro y gastado por el tiempo.
Lo tomó entre los dedos y lo giró lentamente.
Por primera vez reparó en algo que había pasado inadvertido durante años.
En el borde interior, casi invisible, había una inscripción diminuta que no había aparecido en ninguno de los documentos.
Acercó el medallón a la llama. Había tres palabras.
«Dos nombres. Un heredero.»
Margaret dejó de respirar durante unos segundos.
Comprendió entonces que la cuestión de la sucesión no había terminado con el nacimiento de Edward, ni con la muerte de Ana, ni siquiera con el paso de los años.
Si aquella inscripción era auténtica, alguien había concebido el secreto mucho antes de que ella supiera siquiera que existía.
Y si las palabras significaban lo que parecían significar, entonces el nombre borrado de la carta, la rama occidental de los registros, Edward Vale y los hombres que habían perseguido aquellos documentos formaban parte de una misma historia.
Una historia que podía afectar no solo al pasado de Ana Bolena, sino también a la manera en que Inglaterra había decidido quién tenía derecho a heredar su corona.
Margaret cerró la caja con manos temblorosas y la ocultó de nuevo.
Al otro lado de la ventana, Westminster comenzaba a despertar, indiferente a la amenaza que se estaba cerrando sobre ella.
Al día siguiente tendría que encontrarse con Thomas Avery en Whitehall y fingir que no sabía nada más de lo que él esperaba.
Pero mientras se alejaba de la ventana comprendió que el verdadero peligro no consistía ya en que alguien descubriera que Margaret guardaba un secreto.
El peligro era que alguien descubriera que Margaret había empezado a comprenderlo.